espacio de e-pensamiento

martes, 5 de junio de 2007

Aberri Eguna.
Borja Lucena

Los telediarios del domingo dieron amplia cuenta de las celebraciones colosales que los patriotas vascos dedican a su patria fantástica. Acostumbrado ya, tras tantos años de tolerancia democrática, a esos fastos imbéciles, lo que me llamó la atención, una vez más, fue el tratamiento periodístico otorgado al racimo de actos públicos en los que, como el Partido Nacionalsocialista en los fastos de Nüremberg, los arbetzales confirman su entrega a la ideología y a la raza. Me sorprendió que los comentaristas no se descojonaran. Al contrario: no rieron ante la visión de la escenografía, grandilocuente como un Bayreuth de feria, ni ante los gestos histriónicos de los caudillos de opereta; tampoco dejaron escapar una carcajada cuando el presidente del más importante partido nacionalista hablaba rabiosamente a las masas contoneándose y moviéndose como un cantante de rap, gesticulando, lanzando palabras como escupitajos, recorriendo en toda su extensión el gran escenario dispuesto para que el Sacerdote Sumo realizara su espectáculo de clown… Las voces opacas que acompañaban a las imágenes hablaban como si toda esa farsa fuera algo normal, como si no hubiera en todo ello una mezcla casi paranormal de lo sórdido y lo cómico. La sensación de irrealidad que todo el montaje patriota me transmitía se enfrentaba poderosamente con el aire de respetabilidad rutinaria con el que los presentadores adornaban las alucinadas imágenes. Era como si un telediario ofreciera con absoluta serenidad las imágenes de la llegada de una nave extraterrestre de la que no dejaran de bajar clones perfectos de Chiquito de la Calzada, y el narrador relatara las declaraciones dadas por los marcianos en rueda de prensa, y después pasara como si nada a la siguiente noticia. Algo así es el Aberri Eguna, y así de chocante que se trate como un hecho más de la realidad mundana.

A pesar de su dimensión humorística, el que lo anómalo aparezca dotado de las señales inconfundibles de la normalidad es verdaderamente preocupante, sobre todo en la esfera de lo político, en la que el hombre se muestra tan recurrentemente como un animal tan peligroso. Recordemos las tesis expuestas por Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo. El núcleo de las ideologías totalitarias está formado, primero, por una ficción que pretende explicar de modo omnicomprensivo la realidad, y, segundo, por el proyecto de hacer de esa ficción una realidad operativa. El triunfo de la ideología se certifica cuando la ficción es admitida por la sociedad de referencia como realidad plena y primordial. El Aberri Eguna del domingo desveló sin equívocos que la historia fantástica inventada por el imbécil de Sabino Arana- cuando, según el catálogo mitológico nacionalista, fue iluminado y convertido a la fe nacionalista- ha pasado a formar parte de la realidad mediocre de la España actual. Tal religiosa conversión tuvo lugar el domingo de resurrección del año 1880, y por eso el Día de la Patria Vasca se celebra, todos los años, el mismo día. Sólo la fecha y los motivos de su elección ofrecen una lección proverbial de cómo la neurosis política se ha adueñado de la vida pública española. El Aberri Eguna conmemora el día en que el padre del nacionalismo vasco acuñó el nacional-catolicismo vasquista en torno a falsedades imperecederas; también que se determinara entonces el destino superior del vasco, concebido como auténtico übermensch frente a la raza inferior de los españoles-maketos. Si hoy se contempla tal disparate como si fuera un acontecimiento de este mundo, no sé qué esperanza nos queda de no aceptar mañana cualquier hecho fútil como una independiente República Socialista de Euskadi, o cualquier otra verdad sabiniana como la afirmación de la condición señorial del hombre euskérico frente a la naturaleza servil de los maketos, lo que, naturalmente, exige que éstos sean gobernados por aquéllos.

Lo que se desprende del espectáculo deplorable del domingo es la unánime aceptación de la farsa como modo de pensar obligatorio, de tal modo que quien no se aviene a la impostura nacionalista es apartado de inmediato del campo de lo políticamente significativo. Desde el momento en que cualquier inadvertido subraya la impresentable ficción del nacionalismo es expulsado más allá de los márgenes de lo aceptable, tachado inapelablemente de “fascista” o “derecha extrema”. La conjura patente de los necionalistas, y, sobre todo, la asunción acrítica de su doctrina por parte de buena parte del espectro político español, me hace temer que, en cierto grado, la lucha está ya decidida y que será muy difícil vencer los embates de la mixtificación. Las condiciones del dominio están satisfechas: la ficción ha suplantado a la polis. El político neurótico ha construido su patria sobre el suelo ruinoso de la realidad deshauciada.


Por Borja Lucena. Feacio. 23:43 - 11/04/2007