espacio de e-pensamiento

martes, 5 de junio de 2007

Espartaco

A diferencia de las actuales democracias representativas, la antigua y primera democracia occidental, la griega, era un sistema de acción directa; esto significa que los ciudadanos libres, con voz, acudían a la asamblea a participar y discutir sobre los asuntos de la ciudad. Y allí, entre todos, superando tumultos y jaleos, salían adelante las decisiones de la mayoría. En la Atenas de Pericles, no tenían este derecho todos los miembros de la comunidad: ni los esclavos, ni las mujeres, ni los extranjeros, podían acudir al ágora a exponer sus quejas y a proponer sus soluciones.

En las modernas democracias representativas, como la nuestra, la acción directa es imposible. En un país de cuarenta millones de habitantes es imposible contar con una cámara parlamentaria que diera asiento a todos los que quisieran participar de la política, y todas las demás posibilidades, el voto instantáneo a través de internet, por ejemplo, resultan demasiado rocambolescas y susceptibles de manipulación. Por eso las democracias de los modernos países europeos son sistemas representativos. Esto quiere decir que los ciudadanos, desde la consideración de las distintas propuestas políticas, depositan su confianza en unos representantes, los partidos políticos, y que esta confianza tiene fecha de caducidad, en nuestro caso cuatro años. Ellos, los políticos profesionales, en representación nuestra, enfrentan los problemas de nuestra gran polis, debaten las soluciones y, entre tumultos, toman las decisiones que guían los destinos de nuestra sociedad.

Hoy, hemos presenciado con absoluta perplejidad, de qué forma el sistema parlamentario democrático, se puede tragar a sí mismo y, en aras al buen clima, anular el debate y negar la representación política de cerca de diez millones de españoles. Muchas veces he escuchado, como justificación del levantamiento que algunos militares llevaron a cabo en mil novecientos treinta y seis, contra el sistema democrático, al que daba sustento la voluntad de los españoles, que el clima social y político estaba tan crispado, que era necesario poner paz, en aras de una vuelta a la normalidad. Esa vuelta a la normalidad supuso una guerra atroz y cuarenta años de dictadura. La analogía es exagerada, pero el fondo del asunto no se le escapará a una mente lúcida.

Hoy, el partido político que sustenta al gobierno, el partido socialista, y las demás fuerzas parlamentarias, Izquierda Unida y los nacionalistas, han pactado para no debatir las propuestas del otro gran partido presente en el congreso, el Partido Popular, la segunda fuerza más votada en las pasadas elecciones. No es que hayan decidido votar en contra de todo lo que propongan, sea lo que sea, es decir, hacer oídos sordos a las palabras que consideran necias; esto, desde luego, no sería contrario al espíritu democrático, aunque sea una transcripción adulta del infantil “habla Chucho que no te escucho”. Que va, no es eso; resulta que lo que han decidido es negar el diálogo, impedir el debate, anular el derecho al parlamento al segundo partido en número de votos y, negar la representación parlamentaria a casi diez millones de españoles.

Cuando un ciudadano deposita su voto en las urnas, sabe que el destino de su decisión puede ser muy variopinto; es posible que su voto, junto con otros, decida finalmente el gobierno de la nación, o sirva para que un partido pequeño, con escasa representación parlamentaria, engrase sus bisagras y use más poder del que le tendría, considerándolo en tantos por ciento; también puede ir parar a la oposición, que oponiéndose en minoría, resulta incapaz de sacar adelante ni una sola de las políticas a las que aspira. El ciudadano sabe que su voto no otorga poder ejecutivo, pero confía en que otorga palabra; su voz queda representada a través de su decisión, en la figura de un diputado en cuyo escaño inscribe su nombre esta decisión más muchas otras.

En la democracia española esto no es así, visto lo visto. Parece ser que, aquí, como en la democracia de Pericles, algunos miembros de la comunidad, son tan válidos para el trabajo, la convivencia y la tributación, como todos los demás, pero carecen de voz en el ágora… mujeres, niños, esclavos y metecos, o lo que es lo mismo, votantes de derecha. A algunos se les nota ese tufo estalinista, que tanto mal hizo en la Segunda República, que considera que la democracia, o es de izquierdas, o no es democracia… sólo hay negros y huracanes al sur del Missisipi…

Tal vez no nos sorprenda que existan estas tendencias en la izquierda española, que parece que nada aprendió tras cuarenta años de dictadura. Sin embargo me cruje lo burdo de la justificación, un insulto a la inteligencia. Argumentan que esta decisión la toman por una cuestión de sanidad democrática, para tratar de rebajar la crispación política, para lograr que el clima de enfrentamiento se suavice y retornemos a un estado de cosas moderado. Y para apagar el fuego echan gasolina…es como si, en una comunidad de vecinos, para evitar que la vieja del quinto continúe con sus quejas sobre la temperatura de la calefacción central, le cosen la boca. Pensarán que desde que han tomado esta decisión, las juntas de vecinos son mucho más productivas… “al fin y al cabo, solamente le hemos cosido la boca, no la hemos matado y arrojado al atlántico desde un avión militar”. Miedo me da que las cosas mejoren por aquí.

“Total - pensarán - los del Partido Popular, lo único que hacían era molestar, quejarse, insultar, tomar la palabra para aumentar la tensión y hacer que se nos atraganten las aceitunas”. El argumento que viene usándose los últimos meses desde el bloque “superdemocráticodelamuerte”, que encarnan socialistas, comunistas y nacionalistas, es que, toda esta conducta se justifica en el hecho de que el Partido Popular es marginal, está aislado, ha perdido la cordura y la decencia. Y la prueba evidente de todo esto es que mientras TODOS VOTAN SI, sólo ellos votan no, y cuando TODOS VOTAN NO, sólo ellos votan si… porque claro, la pluralidad de fuerzas políticas en democracia debería conducirnos a que todas ellas actuasen al unísono, pensaran lo mismo, tomasen las mismas decisiones, ¿es eso? Vale, si es así, en las próximas elecciones, que defiendan la papeleta única. Que baje dios y lo vea.

Lo sorprendente y llamativo del parlamento español, y lo que debería llevarnos a la reflexión, no es precisamente que exista un partido que vota contra todos los demás, y todos los demás que votan contra un partido. Lo realmente increíble es que no haya tantas discrepancias como partidos, ya que no puede multiplicarse esta pluralidad por el número de diputados, desgraciadamente. Este espíritu roussoniano que nos lleva a valorar la homogeneidad, a mi juicio, solo engendra uniformidad, es decir, uniformes (y me da igual que los uniformes sean caqui, verde militar, camisas negras, boninas rojas o chaquetas de pana). Prefiero que las decisiones se tomen entre tumultos y jaleos… eso es lo que faltaba justamente, en las sesiones parlamentarias de la famosa democracia orgánica.

Yo, atendiendo a las pasadas elecciones, que justifican el organigrama político actual, no me encuentro entre esos diez millones de ciudadanos convertidos en metecos, pero me repugna esta situación, tanto que me dan ganas de ser uno de los esclavos, pero metiéndome a Espartaco.