espacio de e-pensamiento

martes, 5 de junio de 2007

Jugadores y mentirosos.
Eduardo Abril

El presidente del gobierno lo ha dicho meridiano, lleno de orgullo patrio: “todos ganan”. Esta debe ser la grandeza de la democracia española: da igual lo que se vote, lo que se diga, lo que se haga… al final todos ganan. Al fin y al cabo, y esto lo sabe cualquier historiador, “ganar” o “perder” es una cuestión de mera reescritura. Dependiendo de qué elementos de lo real decida yo elegir como relevantes, qué hechos, qué números, qué cuentas, el discurso resultante resulta igual de relevante y, en cada caso inclinado hacia un lado u otro de la balanza. Esto no lo descubro yo, ni tampoco los políticos españoles; llevamos ya unos cuantos años siendo posmodernos y sabemos que la verdad depende de la pluma con la que yo la escriba; no voy a ser yo el torpe que venga aquí a enarbolar algún criterio metafísico por el cual, tengamos que reconocer que es más de ley contar los votos, las alcaldías o contar las viejas. Esto no es relevante.

Ya que vamos de Nietzscheanos ultimamente en Feacia, traeré aquí un pensamiento más de este profundo alemán. Pensaba el de Röcken que la verdad era el conjunto de criterios y reglas que un pueblo, una sociedad, canonizaba convencionalmente. La verdad, como ya saben mis alumnos, no es tanto, una “representación veraz” como una serie de procedimientos que, más o menos, todos podemos admitir como deseables. Pues bien, si esto es así, algo falla en la sociedad española en la que puede ser verdad tanto una cosa como su contraria. Y eso implica que, en unas elecciones democráticas puedan ganar, a la vez, tanto el ganador, como el perdedor. Significaría eso, pensando desde esta idea, que ese pacto que daría comienzo, en un sentido ilustrado, a nuestra sociedad, por el cual, aceptamos como deseables e inevitables ciertas convenciones, es un pacto defectuoso en origen. O lo que es lo mismo, para que nos comprendamos, que el marco político en el cual pensamos y vivimos no es el mismo para todos. Desde luego no es posible una sociedad, sea del tipo que sea, que no existe cierta claridad respecto de las reglas de juego: sería como si intentaran jugar un equipo de fútbol contra un equipo de rugby sin haber decidido previamente qué se va a considerar como falta, como punto o como “fuera de juego”. Y en este tipo de partidas los españoles tenemos ya cierta práctica: los que quemaban conventos en el treinta y cuatro, o fusilaban campesinos en el treinta y nueve, creían, por igual, que salvaban la patria de sus enemigos.

Una de esas reglas que, convencionalmente, en una democracia, debemos admitir como verdadera, aunque no sea más que una ficción válida,es la de que el otro, sea quien sea, y diga lo que diga, mientras respete las mismas reglas que respetamos todos, puede tener algo que decir. Esto es, que los adversarios también tienen su espacio político junto al nuestro y, en el punto de partida todos somos iguales. El grado de poder político que alcance una afirmación, un programa, una propuesta, dependerá de las adesiones, de la democracia, al fin y al cabo. Esta es una de estas convenciones de las que adolece nuestra sociedad: el contrario, de origen, carece de esta posibilidad. Y es tan así, que incluso sobre los resultados electorales, es decir, sobre quién queda legitimado a cumplir sus espectativas políticas, cabe la interpretación ideológica y capciosa. “Halaaa”, se me dirá, ¿dónde vas? ¡Cómo te pasas!, ¡qué "exagerao"! Y seguramente tengan razón; es verdad que suelo ser excesivo en casi todo. Pero queda claro el reproche que hago del resultado: no es posible que ganen todos. Si fuera así, estaríamos jugando diferentes partidas, y eso me da más miedo que el hecho de que haya un mentiroso. Y el mentiroso no lo es porque su interpretación sea menos válida o porque su elección de criterios sea defectuosa; lo es porque hay un ánimo consciente y malintencionado de saltarse las reglas del juego; lo es porque hay un deseo de alterar las cuentas.

¿Quién es el mentiroso? Esta es la cuestión amigo Watson…
PD. Explorar la segunda posibilidad, que juguemos diferentes partidas, prefiero no considerarla. A ver si cerrando los ojos desaparece el problema. A veces ocurre.