espacio de e-pensamiento

martes, 5 de junio de 2007

A propósito de Telemadrid.

Algo de razón tienen los políticos nacionalistas catalanes y sus ordas de voceadores (tv3 y Avui), al sentirse molestos por el documental emitido la semana pasada en la televisión autonómica madrileña. En el documento televisivo se muestra en toda su crudeza y desde una evidente animosidad capciosa, la política lingüística y educativa de los gobiernos etnicistas catalanes, incluido el gabinete montillesco. No dice nada que no sepan ni los madrileños, ni los catalanes: hablar castellano de una forma normal en determinados ámbitos, especialmente el educativo, en Cataluña, es algo del todo imposible. Y siendo algo tan evidente, tanto para unos, los que sufren la discriminación, como para otros, los que permiten o toleran esta discriminación en aras de objetivos más nobles, lo que molesta, o debe escamar, a la clase política catalana, no puede ser el contenido, en el que se intercalan comentarios de algunos de los peores acólitos del etnicismo lingüístico, como Joel Joan, sino el propósito de la emisión, el ánimo, siempre malintencionado de la televisión pepera. Montilla, Carod y demás militantes de la tergiversación, deben, por fuerza, estar agraviados, porque el único motivo del informe no puede ser otro que ese: agraviar.

Que sea verdad o mentira es lo de menos; el pecado está en el origen, como sabe cualquier cristiano versado en su propia doctrina. Por tanto, no es el contenido lo que hay que mostrar como alejado de la verdad, sino el origen, el propósito, la intencionalidad lo que desacredita las afirmaciones vertidas en Telemadrid. Y ese propósito no es otro que la única voluntad que se le puede atribuir a la derecha española, algo que ya ha pasado a ser políticamente correcto y, por tanto, entre los nacionalistas, que lo son de militancia, como no puede ser de otra forma, es una cuestión de fe religiosa: la derecha no hace sino enmarañar, desestabilizar, azuzar… pervertir el normal estado de cosas. Eso hacen los madrileños centralistas y conservadores: tratar de desestabilizar el normal estado de las cosas. Y, en España, lo que es norma, ha devenido en natura; lo que es cotidianidad se reivindica como esencialismo irrenunciable.
Por eso la defensa de los políticos condales no estriba en mostrar la completa falta a la verdad del reportaje madrileño, que va. Si es verdad que es mentira, sería fácil de rebatir: “miren señores fascistas de Telemadrid. Aquí tienen las cifras de profesorado que da sus clases en castellano, completamente acorde a la población que usa de forma cotidiana este idioma en sus vidas públicas y privadas”, información que, sin duda, manejan los consejeros de educación de la Generalidad como resultado de la creación, en el organigrama de la educación catalana, de un funcionario, un comisario político, encargado de, en aras de la protección del catalán, hacerse con tales listas de “parias y judíos”. “y miren aquí” – seguiría el consejero de educación o el portavoz encargado del desmentido- “todas las plazas públicas en castellano que se ofertaron este año, y las horas de lengua castellana dedicadas a lograr que también los de Manresa sepan quiénes son Espronceda y Cervantes… lean lean”. Pero claro, este no es el caso. Como ya he dicho, lo que afirma el reportaje no es algo que nos sea desconocido a nadie; no aporta nada nuevo a nuestra comprensión de la realidad política y social de “este país”. Como mucho, azuza, nuestra mala leche… la nuestra y la de los demás también, por supuesto.

El contraataque y defensa de los políticos catalanes no va, ni puede, ir por ahí. De carrerilla, porque esto es algo que un buen nacionalista tiene que hacer de carrerilla, se apostilla bien en su atarazana etnicista: el victimismo; y bien pertrecho de lamentaciones, pólvora y materiales incendiarios grita aquello de “nos atacan desde Madrid”. Así es como se echa, por enésima vez, a los catalanes de pro a la calle (a los cafés o al fútbol) para defender de nuevo el puerto de Barcelona de los ataques del desalmado Pedro el Cruel, quintaesencia de la maldad castellana. Y en segundo lugar, la otra gran pataleta nacionalista, el tan complejo y bien trabado argumento del “tu también”. Se trata, en este caso, de mostrar que si hay agravio en una dirección, discriminar una de las dos lenguas oficiales en Cataluña, también lo hay en la dirección contraria, la discriminación del catalán… en Cataluña. A continuación del reportaje capcioso y desestabilizador de los fascistas madrileños, los voceadores oficiales, a saber TV3, dedican un usual tiempo y análisis a una terrible discriminación de un trabajador catalán por razón a su reiterado, y en derecho, uso del catalán . Obviemos el hecho, perfectamente constatable de que nunca la televisión pública catalana se ha hecho eco de una noticia, en el mismo sentido, pero respecto al idioma castellano, y noticias hay, sin duda, en abundancia. Lo importante del asunto es el hecho de que frente a un agravio y una discriminación, se reacciona justificándolo en otra discriminación: la discriminación del castellano se justifica en la discriminación del catalán y, por supuesto, si seguimos en esas tornas, desde el reaccionarismo cateto y paleto español, la discriminación del castellano, justifica la discriminación, allí donde sea posible, del catalán… “¡habla la lengua del imperio, perro!”. Un refinamiento poco refinado de la ley del talión: ojo por ojo, lengua por lengua.
Y a todo esto… ¿no vivíamos en un estado de derecho? A mi lo que me gustaría es que el gobierno de la Generalidad, y el del gobierno español de turno, el que sea, dijeran claramente: “cada ciudadano tiene el derecho de usar la lengua que le salga de los cojones”, porque, la verdad, en “este país”, cada día tengo más dudas sobre el hecho de que las palabras no salen de la garganta, sino del interior mismo del escroto. El que quiera hablar catalán, que hable catalán, el que quiera hablar castellano, que hable castellano y el que quiera hablar suajili, pues que hable suajili… ahí, con un par; a ver quién le entiende. Pero lo que, de todas todas, es del todo inadmisible, lo denuncie Telemadrid con sus ocultos intereses españolistas o la gaceta del buen nacionalista (Avui), es que ningún estado o estadillo venga a regular la cotidianidad de las personas, su forma de hablar, los sonidos que su garganta emite. Y me da igual el argumento que se use, también podríamos elaborar un manual, no demasiado complicado, que reuniera por categorías el ramillete de payasadas disfrazadas de razones de peso por las que un estado se puede permitir el lujo de limitar los derechos civiles de los ciudadanos, es decir, la libertad. Me da igual que sea por la cultura, por los valores propios de la “terra”, por la seguridad, por la raza, por la patria o por dios padre y la madre que lo parió. Paso a paso, en “este país”, vamos renunciando una a una, a las conquistas más importantes de nuestra modernidad europea y pareciéndonos, cada vez más, a un estado feudal, con sus reinos, sus vasallajes y sus pleitesías. Y esto ya huele que apesta.

NOTA: Los ciudadanos deberíamos declararnos insumisos de la corrección política; el transcurrir de nuestra más que imperfecta democracia demuestra que todo aquello que es “políticamente correcto” va contra la moralidad pública, es decir, contra nuestros derechos de ciudadanos. Esa es la forma en la que se envuelven las ideas que no se quieren discutir porque carecen de discusión; y lo que carece de discusión es porque es un dogma. La corrección política del catalán, en Cataluña, es algo que debería espantar, más que a nadie, a los catalanes; y así ocurre con muchos de ellos, afortunadamente.