espacio de e-pensamiento

miércoles, 6 de junio de 2007

¿Qué ha salido mal?... sin reproches.

Pese a lo fácil del caso no voy a levantar aquí la bandera del “ya te lo decía yo”, no creo que hoy sea un día para ponerse a izar calaveras. Pero tampoco quiero que pasen estas horas, las de hoy, sin dejar unas cuantas palabras “por ahí”.
ETA vuelve a las andadas y rompe eso que se ha mal llamado “proceso de paz”. No nos ha sorprendido, porque rara vez ETA nos sorprende, salvo en la hora, el lugar, y la cantidad de explosivo utilizado; de nuevo una larga lista de palabras enunciando las mismas cosas, los mismos propósitos, todos los demonios de siempre. Y frente a eso, al menos en mi caso, solo cabe la desazón; Madrid volverá a ser un sitio menos seguro y por ahí, seguramente ya hay un tipo que camina acompañado de la tipeja de la guadaña, fiel aliada de estos salvapatrias.
¿Qué es lo que ha pasado? ¿qué es lo que ha salido mal? Hace un año, muchos de nosotros, aunque no yo, confiábamos en que la jugada del presidente del gobierno fuera maestra, pensaban que tenía un as en la manga. Tal vez, creían otros, que el nacionalismo radical vasco se había atemperado y, desde cierta conciencia de “no nos queda otra” pedían puertas abiertas por las que ingresar en la comunidad política democrática. Nada de eso ha sucedido y, mientras que el presidente del gobierno, y todos nosotros detrás de él, nos quedamos con las manos vacías, los ultras batasunos y etarras, siguen siendo los mismos, solo que más fuertes.
No quiero entrar a analizar el problema en términos de “ellos y nosotros”. Tampoco quiero caer en la eterna diferenciación entre razón e ideología; no creo que el problema esté en que la progresía española y el nacionalismo estén embarcados en una interpretación falseadora de la realidad que les impide ver las cosas con nitidez, convirtiéndoles en fanáticos y que, en el otro lado, estemos nosotros, hombres iluminados por la razón, que somos capaces de atisbar de qué modo la izquierda y el nacionalismo ofuscan todas las miradas. No creo que este sea el campo de batalla donde “la verdad” tenga que decidir el ganador, después de unas eternas tablas.
En cierta forma, creo que el propósito de Zapatero y el partido socialista, en esencia no era baldío. Lo que han pretendido es algo tan difícil como “cambiar el estilo”, cambiar el modo de hablar acerca de la realidad política, de tal forma que, sutilmente, se fuera confundiendo el discurso de la izquierda española y la izquierda nacionalista (si es que se puede hablar de izquierda nacionalista). Se trataba, por tanto, de modificar las palabras y sus usos, de hablar de modo diferente de ellos y con ellos. Tal vez así, pensaban los socialistas, irán cambiando las voces por las pistolas. Estoy convencido de que Zapatero tuvo que tener la sensación, en algún momento de ese proceso, que de una forma u otra, había “entendimiento”, que los léxicos no estaban tan alejados, que la interpretación del mundo y del hombre que lleva a “Pakito” a empuñar una “nueve milímetros” no es tan diferente a la de un tipo de León que se afilia al partido.
El proyecto del partido socialista era, en cierta forma, el de ampliar el diccionario democrático, incluyendo palabras como “pueblo”, como “lengua propia” o “diferencia étnica”; y, a la vez, matizando el uso que, en una democracia como la nuestra, tienen palabras como “libertad”, “justicia”, “igualdad”, “nación”. Se trataba de crear un superlenguaje, un superléxico que fuéramos capaces de hablar todos y que sirviera de marco común; ahí se enmarcaban las grandilocuentes palabras de Zetape augurando estabilidad para dos generaciones. No voy a entrar a discutir un matiz capcioso: ¿pensaba el presidente en establecer un lenguaje común para todos o sólo común a toda la izquierda? El primer caso me parece admisible, el segundo, que a veces se mostraba como el elegido, un marco en el que la derecha y el pensamiento divergente quedaran aislados como parias, me resulta repugnante.
Y es que, utilizando la terminología de Rorty, en el fondo, lo que le pasa a este país es que hay demasiada gente usando léxicos y categorías lingüísticas en las antípodas unos de otros, que impide, de facto, establecer un estado político común. Él no entraría a considerar si el modo como conciben los nacionalistas vascos y catalanes al hombre y su vinculación con el estado, está más cerca, o más lejos de la verdad, que la forma de concebirlo desde una postura liberal o socialdemócrata. Diría más bien, que usan las mismas palabras de formas completamente diferentes, lo que conlleva modos distintos de ser y de enfrentar los problemas políticos; no habría aquí racionalidad contra ideologías, puesto que no existen criterios para decidir si nuestra esencia va más por el camino de la individualidad o somos necesariamente el cuerpo de una comunidad étnica. Desde esta perspectiva el intento socialista de cambiar el estilo para ampliar los horizontes y que, así, también ellos cayesen de este lado de la marca, no sería, en principio mala idea. Aunque, sin embargo, lo ha sido.
Se me reprochará, seguramente que este “cambio de estilo” no es una mera formalidad, y es verdad. Nietzsche nos dice en “El caminante y su sombra” que “corregir el estilo es corregir el pensamiento” y, desgraciadamente así ha ocurrido con el Partido Socialista: su cambio de estilo, su búsqueda de formas distintas de hablar, no ha acertado a modificar ni un solo uso lingüístico de los radicales vascos; prueba de ello es su último y trágico comunicado, perfectamente intercambiable por cualquier otra disquisición del Zutabe de hace dos años, o diez. En cambio, nos deja, en herencia, a una izquierda disminuida, que usa palabras como “igualdad” o “libertad” en una esfera peligrosamente cercana al etnicismo. Se podría añadir, desde una idea Heideggeriana, que también está en Rorty, que este cambio de estilo no es, ni puede ser, decisión propia, sino que, primero se cambió el estilo, sin un propósito, y después fue posible el encuentro [aunque mejor no embarrarnos en estas consideraciones].
Y es que… ¿de qué se puede hablar con ETA? ¿de qué se puede hablar con el universo nacionalista? Usamos las palabras en sentidos que les resultan extraños y ellos, las arrojan apareciendo ante nuestros ojos como fanáticos enfervorizados. El intento ha sido fallido y seguirá siéndolo mientras tengamos léxicos diferentes. Lo que nosotros vemos como delirio ellos lo ven como “lucha heroica” y lo que es para nuestra comprensión “razón y libertad” ellos lo entienden como “opresión y esclavitud”. ¿Qué lenguaje podemos hablar para entendernos?... ninguno. Ni ellos “entraran en razón” ni nosotros “aceptaremos el delirio”.
Solo cabe esperar que el discurso legitimador de la violencia, en el País Vasco, se seque, se agote, termine en una vía muerta. Después del intento fallido y pragmáticamente revelador, de Zapatero, ya no nos podremos hacer más castillos de naipes pensando que, tal vez, el tipo de hombres que son, se parezca cada vez más, al tipo de hombres que somos. Por eso, si queremos que se seque, solo cabe dejar de regarlo, negarles el foro y rescatar a aquellos que, sin ninguna explicación, aprendan a hablar de modo diferente. Y mientras tanto, seguir conversando de esta forma, usando palabras como “individuo” y “talento” en un modo que ellos no saben hacer, y aguantar que nos peguen un tiro en la nuca, de cuando en cuando.