espacio de e-pensamiento

lunes, 24 de septiembre de 2007

Un partido necesario

El próximo día 29 nacerá en Madrid un nuevo partido: UPyD (Unión, Progreso y Democracia. Esperemos que las urgentes decisiones que el nuevo partido debe adoptar sean más afortunadas que la elección del nombre de la criatura). Nace bajo los auspicios de la gente que lleva años trabajando en “Basta Ya”: Rosa Díez, Fernando Savater, Carlos Martínez Gorriarán… Defenderá la necesidad de un estado fuerte que garantice la igualdad de todos los españoles y tiene como fundamento teórico los ideales ilustrados que, esperemos, esgrima con pericia frente a las huestes romántico-nacionalistas.
Temo que el debate de las próximas semanas se desarrolle en un territorio estéril: ¿A quién le quitará votos UPyD, al PSOE o al PP? No es esta la cuestión. Lo importante del nuevo partido es que va a cambiar el panorama político de un modo imprevisible. Incluso aunque no alcance el éxito electoral, su sola existencia puede alterar los planteamientos de los dos grandes partidos, especialmente del PSOE, y sólo por ello habrá merecido la pena.
El sábado se publicará un manifiesto con las líneas maestras del partido, en el que no habrá grandes sorpresas. Sólo tengo la duda si el partido adoptará un decidido tono laicista, lo que sería muy de desear para darle un contenido al partido, coherente con su raigambre ilustrada, que vaya más allá de la crítica al nacionalismo y marcar las distancias con el PP. Yo por mi parte espero el acontecimiento con ilusión, dispuesto a perder, a mis cuarenta años, la virginidad política para contribuir al nuevo proyecto. Me viene a la mente las imágenes de la noche electoral de las últimas elecciones generales cuando los simpatizantes del PSOE cantaban aquello de: Zapatero, no nos falles. Pues eso.

martes, 18 de septiembre de 2007

La ciudad de los prodigios.
Eduardo Abril Acero

Estos últimos días, en algún rato que tengo, y gracias a mi recién estrenado carnet de lector de la Generalidad Valenciana, ando leyendo un libro de Eduardo Mendoza, "La ciudad de los prodigios". El texto en cuestión, narra las peripecias de Onofre Bouvila, un joven anarquista catalán, durante la época de la Exposición Universal de Barcelona de finales del siglo XIX. Por lo que he leído y, ayudado por el título, es facil ver que tipo de sensaciones pretende hacernos paladear el autor: una ciudad noble y celosa de su libertad y, unos ciudadanos, los barceloneses, inteligentes y guerreros que, pese a un sistema injusto y a un estado irracional, son capaces de ser brillantes.
En el texto me ha llamado la atención el relato que hace el autor del origen llamado "parque de la Ciudadela", donde estaban realizándose las faraónicas obras del proyecto barcelonés. Me gustaría que lo leyeseis y opináseis; sería conveniente contar con algún historiador versado que arrojase un poco de luz (al menos) a mi ignorancia, pues desconozco el grado de realidad y de ficción de lo que aquí se describe.
Un saludo a todos.

lunes, 17 de septiembre de 2007

De aquellos barros, estos lodos.

Hoy he escuchado en una tertulia radiofónica una noticia curiosa: en el seno del Consejo del Poder Judicial hay un cuerpo extraño, uno de los magistrados a veces vota con la mayoría conservadora y otras con la minoría progresista. ¡Qué desfachatez! Su anómalo comportamiento aumenta la incertidumbre que se cierne sobre la venerable institución. Supongo a los feacios al tanto de la polémica que estos días se ha desatado con el boicot del PSOE e IU a al discurso del presidente del Consejo en el inicio del año judicial. Lo más llamativo de todo es la falta de escrúpulos de los partidos políticos al hablar de un poder del estado independiente del poder legislativo. Que en el fondo la independencia no era tal lo sabíamos desde hace tiempo, pero al menos podían disimular, hacer como si…, pero nada, total para qué si lo que demanda la clientela es que los suyos tengan la sartén por el mango o en todo caso que se pongan de acuerdo para repartirse una cuota en el Consejo que satisfaga a ambos. Yo por mi parte pienso que lo mejor sería que el magistrado disidente convocara a cuatro amigotes y montarán el Consejo a su bola.

El problema actual viene de lejos y ningún partido está libre de culpa. De aquellos barros, estos lodos:

La Constitución española de 1978 en su Título VI, art. 122 establece la forma de elección de los miembros del consejo general del poder judicial, que es el órgano de gobierno del poder judicial y que, entre otras funciones, se encarga de elegir a los presidentes de sala del Tribunal supremo y Tribunales de justicia de las Comunidades Autónomas y a exigir responsabilidad disciplinaria a jueces y magistrados, por citar las más importantes. Según este texto, el Consejo General del Poder Judicial está integrado por veinte miembros nombrados por el rey por un periodo de cinco años. De estos:

  • Doce entre jueces y magistrados de todas las categorías judiciales, en los términos que establezca la ley orgánica
  • Cuatro a propuesta del congreso de los diputados y cuatro a propuesta del senado, elegidos en ambos casos por mayoría de tres quintos de sus miembros, entre abogados y otros juristas, todos ellos de reconocida competencia y con más de quince años de ejercicio en su profesión.
Evidentemente el espíritu de la ley constitucional deja el designio político a la minoría de miembros (8 de 12). Se podría haber puesto que de esa manera se eligen los 20, pero deja los otros 12 para que se elijan como la ley determine; no hace falta ser un experto en la materia para comprender que de manera diferente a como se elijen los otros 8.

Fieles a ese espíritu, el parlamento de la época de Suárez elaboró la Ley Orgánica 1/1980, de 10 de enero, del Consejo General del Poder Judicial, que establecía que los doce vocales que la constitución dejaba al margen de su elección parlamentaria, serían elegidos por todos los jueces y magistrados que se encuentren en servicio activo, mediante voto personal, igual, directo y secreto, admitiéndose el voto por correo.

El parlamento felipista, dio un golpe de mano a la independencia judicial, con la redacción de Ley Orgánica 6/1985, de 1 de julio, del Poder Judicial, que modifica la forma de elección de los esos 12 vocales, de manera que el Poder Judicial propone a 36 candidatos, de los cuales 6 son elegidos por mayoría de 3/5 partes del Congreso de los Diputados y los otros 6 por mayoría de 3/5 partes del Senado. De esta forma los 20 miembros del Consejo pasaban a ser elegidos por el parlamento y se establecía el tristemente célebre reparto por cuotas de partido de la totalidad de sus miembros. Que estas modificaciones las hiciese el partido socialista en el poder, no exime de corresponsabilidad al PP, porque, en su campaña para las elecciones de 1996, Aznar prometió volver de nuevo a la elección del Consejo como en tiempos de UCD. Lamentablemente todas las promesas quedaron sepultadas con la euforia de la victoria. A fin y al cabo el control del órgano rector de los jueces es un caramelo demasiado dulce para dejarlo de lado.

A mi modo de ver sólo caben dos opciones: o volver al sistema de la época de Suarez o plantear una reforma de la constitución que acabe con la apariencia de separación de poderes.

sábado, 15 de septiembre de 2007

¿En qué país vivimos?

El manual del buen totalitario señala que el objetivo de cualquier organización de este signo es que el sistema ocupe la total experiencia del individuo; los sistemas totalitarios tratan de minimizar el espacio de lo personal y lo individual, el lugar dentro del cual uno es quién es, diferenciado de los demás, para potenciar el ámbito de lo colectivo; es por eso que su política se extiende a toda la cotidianidad, tratando de regular la experiencia humana al completo, desde el simple acto de levantarse por la mañana, el tipo de comida que se debe comer, las lecturas, los hábitos, los juegos de los niños y hasta las canciones infantiles. De esa forma, creen los totalitarios, reducir el horizonte experiencial del individuo, que deja de serlo para convertirse en un adepto.

En estos días salta a los medios una noticia que, aunque no me sorprende, no deja de escandalizarme: Anxo Quintana, el lider del nacionalismo Gallego, pretende hacer obligatorio, en todas las guarderías, la enseñanza del "himno nacional gallego". Estamos hablando de niños de cero a tres años, que a duras penas se aprenden completo el "susanita tiene un ratón, un ratón chiquitín, que come chocolate y turrón y bolitas de anis" y, de triunfar la propuesta de Anxo (que seguramente lo haga despues de las elecciones), se aprenderán lo siguiente (en gallego):

Los Pinos¿Qué dicen los rumorosos en la costa verdescente
al rayo transparente de la plácida luz de la luna?
¿Qué dicen las altas copas de la oscura pinocha
arpada con su bien compasado y monótono cimbrear?
De tu verdor ceñido y de los benignos astros,
confin de los verdes castros y tierra valerosa.
Nunca te olvides de la injuria y el rudo encono;
despierta de tu sueño, hogar de Breogán.
Los buenos y generosos nuestra voz entienden,
y con arrobo atienden nuestro ronco sonido,
pero sólo los ignorantes, los fieros y duros,
imbéciles y oscuros no nos entienden, no.
Ya ha llegado el momento de aquellos antiguos bardos,
que a vuestras ilusiones cumplido fin darán:
pues, donde quiere, gigante, nuestra voz pregona
la redención de la buena nación de Breogán.

Afortunadamente, los ideólogos de mi infancia fueron Gabi, Miliki, Fofó y Fofito... los de nuestros hijos... Cualquier Anxo Quintana de turno.

Vivimos en un país de locos.

sábado, 8 de septiembre de 2007

Guía de prevención para el nuevo curso político.

Ayer viernes, el profesor Innerarity publicó un artículo en El País acerca del papel que la izquierda tiene en el mundo contemporáneo; su reflexión se refiere a la izquierda de forma general, pero bien podríamos aplicar su análisis al estado lamentable de la actual izquierda española.

Según el filósofo, se ha producido en los últimos años una inversión ideológica entre la izquierda y la derecha: tradicionalmente, la derecha se consideraba a sí misma conservadora en virtud de una concepción pesimista de lo antropológico y lo social, que la llevaba a tratar de conservar estructuras, conceptos y valores que, si bien era injustos, no lo eran demasiado puestos en una balanza a tenor de las virtudes y los vicios; la derecha era pesimista, poco confiada en el progreso y en el futuro, y tendente a justificar la “inevitable” injusticia y desigualdad social. La izquierda, en cambio, era optimista, confiada en el futuro desde donde hacía sus cálculos reformistas y revolucionarios, y con un ansia progresista que acabe con la injusticia social y restaure el reino de los cielos en la tierra.

Actualmente, ocurre, según Innerarity, una situación contraria. La derecha se ve a sí misma como optimista y confiada en la mejora del futuro por vía del reformismo; el ejemplo claro lo sitúa el autor en Francia, en la figura del presidente Sarkozy, quién ha prometido una profunda reforma de las estructuras del estado francés. La izquierda actual, por el contrario, se presenta de una forma mucho más sombría, heredera del pesimismo de la antigua derecha. Ve el mundo, como un gigantesco monstruo maligno, que se despliega a través del omnipresente mercado global, frente al que únicamente es capaz de adoptar una postura ética y estética; la izquierda culpa al mercado, al liberalismo y a la globalización, como la raíz de todos los males. Pese a ello, está lejos de proponer una alternativa o siquiera pensar que el mercado puede ponerse al servicio de los valores tradicionales de la izquierda (justicia social e igualdad). Encerrado en esta visión reduccionista y simplista, la izquierda sólo sabe proponerse a sí misma como una alternativa moral, o como una actitud meramente estética, postura que lleva a miles de jóvenes a comprar camisetas del Che estampadas en las fábricas de Inditex del sudeste asiático. Consciente de ello, la posibilidad de movilizar sus bases sociales pasa, inevitablemente, por el descrédito moral y estético de su oponente: los otros son malvados que envenenan los mares, explotan a niños del tercer mundo, especulan con nuestro futuro, se enriquecen con nuestra desgracia, contaminan la atmósfera, alteran el clima y visten con jerseys de angora, marca Pull&bear, comprados en El Corte Inglés … todo eso nos hace buenos a nosotros (aunque no tengamos una alternativa para ninguna de nuestras denuncias). Al mismo tiempo, se hace eco de las causas de los excluidos, se convierte en abogado del pluralismo y defiende los derechos históricos de los pueblos “oprimidos”, no para construir una alternativa de poder, sino para reclutar aliados, porque de eso se trata, de concebir la política en términos puramente militares, sumar adeptos a nuestra causa y aislar al enemigo por todos los flancos posibles.

La actual política española, que comienza ahora un nuevo curso cargado de promesas de repetición de todo lo anterior, es un ejemplo fantástico de todo lo que nos dice este profesor de filosofía. La alianza de Zapatero con el nacionalismo periférico y el compromiso con sus reivindicaciones históricas, la implantación a nivel nacional de la nueva asignatura, manual del buen ciudadano, la movilización de todo el aparato para desprestigiar alternativas de izquierda que puedan ser viables pero que se salgan de este esquema (como el caso de Ciutadans o el partido que esperamos funden Rosa Díez y Fernando Savater), el paulatino desmantelamiento del estado en forma de un incremento de competencias de las Comunidades Autónomas, y las leyes propagandísticas y promesas de ayudas a los oprimidos, que cada dos o tres meses se anuncian a bombo y platillo (matrimonio, vivienda, igualdad, maternidad), son parte de un cuidado de diseño político de una izquierda que, hoy por hoy, carece de identidad y definición y, como tal, solo puede jugar al “yo soy bueno porque ellos son malos”
... A cada uno le toca decidir si prefiere ser un adepto o que le tomen por malo.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Cuius regio, eius religio.
Borja Lucena


Casi atolondrado por el intercambio incesante de argumentos y el derroche de retórica que acompaña a la introducción en el sistema educativo de la asignatura de "Educación para la ciudadanía", creo que es prioritario intentar adivinar qué se esconde bajo la angélica verborrea que trata de promocionar una asignatura de contenido evanescente y líquido -vamos, lo que siempre se ha llamado "una maría"- como la cura de todos los males educativos. Bajo los pesados adornos ideológicos parece descansar una consecuencia inevitable: los alumnos saldrán del instituto sin idea alguna de matemáticas, sin dominio del lenguaje que se extienda más allá del balbuceo, sin conocimientos de arte y filosofía, pero "sintiéndose"-porque se trata de una asignatura planteada en el marco inclasificable y equívoco de los "sentimientos"- "ciudadanos". Muchos han apuntado al carácter doctrinario de la asignatura, pero es importante también subrayar el menoscabo educativo que supone eliminar todo tipo de contenidos y conocimientos en favor del aprendizaje de fórmulas y consejas morales estereotipadas. Me temo que es ya irreversible la transformación de la figura del profesor de filosofía en "párroco de ciudadanía"

Últimamente he llegado a dudar de la auténtica motivación de esta "Educación contra la ciudadanía". La verdad es que me ha llegado a parecer impulsada antes por la simple estupidez que por una voluntad de control y uniformización política que exige derroches intelectuales notables. No obstante, las declaraciones de la mimistra del ramo me han obligado a desdecirme y admitir que esta nueva asignatura se encamina -como tantas cosas en España- a la creación de parroquias y feudos ideológicos. La noticia reveladora ha sido que el Ministerio de Educación ha declarado que los colegios concertados y privados tendrán libertad para "adaptar" el currículum a sus propios supuestos ideológicos; es decir, el ministerio ha reconocido a los colegios católicos el derecho a adoctrinar según su gusto, así como se reserva la potestad de catequizar según la ideología "progresista" en el seno de la escuela pública. La transacción ha sido modélica, ya que a cambio de colaboración y silencio cómplice se otorga a ese sector de católicos acomodaticios y subvencionados -¡ay!, ¡su reino sí es de este mundo!- la facultad de hacer de su capa un sayo en materia educativa Queda dicho que el objeto de la educación no es la transmisión de conocimientos que convierte al súbdito en ciudadano, sino la condena a ser tiranizado por el dogma que el educador, sea éste el estado o un particular, se avenga a imponer.

Como la historia parece cumplir tan a menudo el papel de "maestra de la vida" que muchos clásicos le asignaban, no he podido evitar acordarme del Tratado de paz firmado por las principales potencias europes en 1648. En ese año, al finalizar la gran guerra religiosa que asoló a Europa en el siglo XVII, las potencias firmantes reflejaron la fórmula "Cuius regio, eius religio" como solución al enfrentamiento religioso entre los católicos y las distintas confesiones reformadas. En vez de consagrar el derecho individual a la práctica de cualesquiera creencias o religiones, se establecía que los individuoa serían adscritos forzosamente a la religión practicada mayoritariamente en la región en la que les había tocado en suerte nacer. De hecho, esto significaba que el rey o señor de cada uno dictaminaba cuál era la religión que debía mantener y cuáles las verdades que debía aceptar. En consonancia con ello, y dando muestras de una "memoria histórica" bien loable, el propio gobierno que promociona la reforma educativa se ha retratado -a pesar de los reiterados esfuerzos por transmitir la convicción de que la nueva asignatura "no tiene propósito adoctrinador"- al desempolvar la vieja fórmula que, publicitada por algunos como modo de salvaguardar la libertad religiosa, sirvió para enterrar a los europeos bajo la voluntad omnímoda de sus señores: cuius regio, eius religio.

Desde la modesta posición de profesor condenado a educar contra la ciudadanía sólo me queda escribir estas palabras desesperanzadas: estoy harto de dogmas, de recetillas, de cuentos morales que enseñan el Bien que al poder convenga. Me da igual que la escuela adoctrine en el dogma católico tridentino, el calvinista o la beatería "progresista", porque en todo caso, en vez de promocionar la libertad propia del ciudadano, sólo servirá al propósito de extender la peste de la servidumbre.

sábado, 1 de septiembre de 2007

¿Una despedida?

[Nota preventiva: lo que sigue es un homenaje a mi tía Menchu, muerta el jueves. Se lo debo. Quizás pueda parecer impúdico o injustificable hacerlo aquí, pero el imperativo de sinceridad con que emprendimos el proyecto de "feacios" me permite atreverme a escribir aquello que en cada momento me venga en gana, incluso a utilizarlo como improvisado diario. En lo venidero podremos entregarnos de nuevo al siglo.]

Viernes, 31-VIII-2007

Ayer murió Menchu. Cuando el sábado la visitamos, en el Hospital de La Princesa, su cara palidecía señalando el rictus inequívoco de la muerte; su voz débil aún tenía fortaleza para mostrar cierto ánimo y, sobre todo, transmitirlo, pero sabía que esta vez se moría. En el momento de despedirnos dio muestras evidentes de echarse a llorar, y yo escapé para no unirme a su llanto. Desde entonces su semana se ha acompasado a una lenta agonía, a un progresivo apagarse, a un irse sin remedio. A pesar de todo, yo seguía en la certidumbre de su inmortalidad, obcecado en no advertir que estas jornadas eran las del crepúsculo. Ayer la vi por última vez; adormecida por la morfina, y apenas capaz de mascullar alguna palabra inteligible, despertó de su morir para acoger a los que quería con el mismo afecto y benevolencia con los que solía obsequiarnos. Su frente estaba empapada de sudor frío y el cabello escaso se arremolinaba en el más auténtico desorden. Su mirada se perdía en lejanías de difícil cálculo. Aproveché un momento de relativa lucidez para preguntarle si me reconocía: "Mi Borja querido", dijo escapando del lenguaje caótico en que se hundía a cada poco. Esta vez no pude evitar llorar francamente, y el miedo a que me viera desconsolado me hizo volverme hacia una ventan que se asomaba, desde el piso noveno, a mi Madrid soleado de finales de agosto. El tiempo que pasé con ella, quien apenas advertía ya el mundo en derredor y dialogaba consigo entre la quimera y la nada, no cesé de aferrar su mano, como si así quizás pudiera evitar que marchara. Al despedirme besé su frente fría y le dije que hoy volvería a verla, que no se fuera de allí y esperara. Pero hoy ya está muerta. Mi Menchu querida.
El hecho rotundo de su muerte, el milagro de la desaparición, me lleva hoy a una pregunta desacostumbrada en esta vida empapada de lo efímero. Una pregunta que para Unamuno era la única crucial: ¿Tenemos un alma inmortal? Y si no es así: ¿Qué hacer? ¿Vale la pena esta duda?