espacio de e-pensamiento

jueves, 25 de octubre de 2007

¿Ha pasado el tiempo de los héroes?.
Óscar Sánchez Vega

El caprichoso destino ha querido que dos noticias coincidan en el tiempo: Una, la muerte de un joven en Valencia como consecuencia del fuerte golpe recibido cuando se disponía a socorrer a una chica maltratada; otra, la difusión del vídeo de la agresión del impresentable de turno a una adolescente ecuatoriana, mientras otro joven observa imperturbable la escena. El joven valenciano encontró la muerte por realizar lo correcto, mientras que el barcelonés (y no me estoy metiendo con los catalanes, no quiero decir que la cobardía es un rasgo de su “carácter nacional”…) se inhibe de actuar y recibe el premio de continuar su vida, como si nada hubiera pasado, como si nada hubiera presenciado… ¿o no? ¿Le reconocerán su familia y amigos en el célebre vídeo? ¿habrá confesado a estos que él era el que presenció la escena sin mover un dedo? ¿qué imagen de si mismo le devolverá el espejo cuando se mire en él?

No podemos exigir a los ciudadanos ( porque de eso se trata: de perfilar lo que es un ciudadano) que no tengan miedo, no podemos pedirles que se apunten voluntarios a una ONG (esto último dudo que sea siquiera recomendable), o que dediquen parte de su tiempo a tareas socialmente útiles para la comunidad; pero deberíamos exigirles, a ellos y a nosotros mismos, que se comporten dignamente cuando la ocasión lo requiera.

A mi modo de ver una concepción trágica de la vida ayuda no poco. Pienso que es de estúpidos y temerarios ir en busca del peligro, la violencia y la muerte, pero es posible que la vida te lleve a una encrucijada donde no haya otra salida digna, una que te permita mirarte al espejo al día siguiente. Pienso que los mitos son esquemas, unos más racionales o útiles que otros, que nos explican una situación y nos dan una pauta de acción. El mito del libre albedrio es útil y necesario en ocasiones, pero otras veces es preferible dejarnos llevar por el mito del hado y el destino. En una situación como la del metro es preferible no cavilar demasiado, levantarse maldiciendo tu suerte por haber cogido aquel tren y presenciar la escena, y, temblando de miedo, ir al encuentro de un mal golpe o una traicionera puñalada. Cualquier otra acción, o mejor inacción, es indigna y humillante para el espectador y para la sociedad entera que no pude menos que reconocerse en el anónimo cobarde.