espacio de e-pensamiento

lunes, 12 de noviembre de 2007

Rendición Altruista.
Eduardo Abril Acero

              Confieso que la bronca del rey, que ya ha dado la vuelta al mundo, convirtiéndose en una de las cinco noticias más leídas en internet a lo largo y ancho del planeta, me hizo sacar a flote ese espíritu taurino que, secretamente, tengo. Me refiero al instante en el que un aficionado, en la novena corrida de San Isidro, cualquier año, cansado de tanto pasteleo, tedioso y aburrido por las tardes anteriores, se levanta de su asiento frente al tendido siete y, con los pelos de punta grita…. ¡toma ya!, volviéndose a sentar y, a imitación del torero, y con el mismo aire de satisfacción, mira a los lados, participando de una comunión profana.
          Con esas mismas disposiciones ayer, viendo el vídeo, que lleva camino de convertirse en éxito de superventas, en lo interno gritaba yo, como si se tratara de la faena arrojada de un héroe del coso, ¡toma ya! Después, viendo las declaraciones adolescentes de Chávez pensaba para mis adentros... "cómo equivoca el presidente al torero y al toro… igual que el toro debe pensarse al salir a la plaza “se van a enterar estos toreros”.
          Pese a todo, y a estos momentos de hinchada patriótica, no creo que haya sido una buena reacción la de nuestro jefe del estado. Es verdad que la actitud de Chávez y los suyos, es decir, Evo Morales, Daniel Ortega, Alan García, y el cubano Carlos Lage, era del todo inaceptable para la delegación española, pero no lo es menos el hecho de que ese no es el papel del jefe del estado. Le correspondía al presidente del gobierno la defensa de nuestra posición y nuestros intereses y, según lo visto, así lo hizo. Tal vez se le pueda achacar cierta laxitud, es verdad, pero en comparación al desaire real, cualquier discurso lo sería.
      Sí que es, sin embargo, reprochable, la actitud del gobierno español con respecto a estos gobernantes los últimos años. Más reprochable, si cabe, teniendo en cuenta que los gestos de hermanamiento y amistad entre nuestros gobiernos, a través del más amistoso de los ministros de Zapatero, Moratinos, han desembocado finalmente en la misma acusación que se le habría hecho a cualquier otro gobernante de derechas: “capitalismo esclavista e injusto para con nuestros pueblos oprimidos de parte de la madre patria”; al menos, podríamos decir en descargo del comandante Bolivariano, que ha tenido el buen gusto de echarle el muerto del imperialismo fascista al ya icono de los chivos expiatorios del mundo latino: Jose María Aznar, exculpando, al menos en parte, al hermano en la izquierda, camarada Jose Luis. Pese a todo, descubrimos ahora, que las fotos junto a estos “comandantes”, como a estos tipos les gusta decir de sí mismos y la defensa de la izquierda latinoamericana más carnívora, por parte de nuestros gobernantes, no ha sido más que una pose estética; una actitud meramente publicitaria que cuenta con que, en el mundo que vivimos, vende más camisetas el Comandante Che Guevara que Abraham Limcoln.
Y es que, en la vieja Europa, y especialmente en España, una característica muy común de cierta izquierda es la de defender la Revolución, no ya aquí, sino en lejanos paraísos. Ya lo llevamos haciendo unas cuantas décadas; los intelectuales franceses y alemanes (por no decir los españoles, que tenían al enemigo fascista en casa) tardaron mucho tiempo en perder la ilusión por la utopía soviética en manos del camarada Yosif y muchos años más para superar a Mao, gracias al superficial mayo francés de Jean Paul Sartre.  Eso si, todas estas exaltaciones dialécticas de un marxismo rancio, se hacen durante la tertulia de una tarde de domingo, en el salón de un confortable chalet adosado, tomando mate argentino y té de Ceilán.
Se produce, entre estos revolucionarios de salón, un curioso desplazamiento psicoanalítico que, Sigmund Freud llamaba “rendición altruista” y que explica, entre otras cosas, el fanatismo de las hinchadas futboleras o el “síndrome de la madre del artista”. Así, vemos que las hinchas de un equipo, suelen vestirse con el atuendo de alguno de sus admirados y vivir en primera persona los aciertos y éxitos de aquel, como si fueran propios; y del mismo modo, ciertas madres (o padres) proyectan de tal modo sus ilusiones y deseos en sus hijos que, de forma patológica, viven sus éxitos y fracasos como si de ellos mismos se tratara. Este mecanismo, nos dice el psicoanálisis, permite aceptar altruistamente una vida difícil, carente de satisfacciones, sin recompensas ni promesas de mejora, a fin de obtener tales gratificaciones viviendo la vida de otros. Pues bien, en el revolucionario europeo late un proceso similar: vive una vida burguesa y monótona, acomodado en una clase media europea que nada le falta y a la que, de ningún modo está dispuesto a renunciar, una vida que no le augura grandes destinos, ni penurias de importancia. Al mismo tiempo, satisface sus deseos de justicia, de mejora, de realización, no a través de su propia actividad revolucionaria, una lucha que le llevaría a tambalear los cimientos de su apacible y cómoda monotonía, pero sí a través de la lucha de otros, la larga lista de comandantes, subcomandantes y comandantes en jefe de los pueblos oprimidos de Latinoamérica. En esta misma disposición estaba nuestro presidente del gobierno cuando aseguraba no hace mucho que “algunas utopías inalcanzables merecen ser perseguidas”.
No es de extrañar, por tanto, que Zapatero tenga que asistir con desagrado a la sublevación de estos iconos de los que se alimenta buena parte de su electorado. La izquierda española se ha apoyado de forma meramente estética, como justificación de su propia vocación guerrillera, en estas utopías igualitarias que, por fuerza deben serlo utópicamente. Y puesto que esto es así, tarde o temprano tenía que venir alguno de estos comandantes a denunciar, fieles a su oficio, los desmanes capitalistas de las empresas españolas.