espacio de e-pensamiento

lunes, 28 de enero de 2008

Federalismo cultural

En política existen propuestas y acciones peligrosas, así como propuestas y acciones ridículas. El gran mérito del gobierno actual ha sido conjuntar lo ridículo y lo peligroso de tal manera que, a menudo, el carácter paródico de tantas decisiones impide percibir el contenido demoledor que albergan. El gobierno ha consumado el carácter escénico de la política. Su género predilecto, aunque apunte a una tragedia latente, es el de la comedia, como demuestra su pericia para provocar la carcajada. La política, por fin, se destapa; se arranca la máscara de la honestidad y el respeto a las leyes, pero lo hace con tal sentido cómico que oculta el ruido y el destrozo tras de las innumerables y sonoras risas. Día a día -y más a medida que se acercan las desazonantes elecciones generales- desgrana propuestas disparatadas más propias del teatro del absurdo que de cualquier política razonablemente asumible. La última que he leído supone el colmo del ridículo, pero también presenta una amenaza cierta para la siempre frágil vida de todo lo que reunimos bajo el nombre de "cultura". El programa del PSOE -a iniciativa de los barones feudales catalanes- incluye la propuesta de promocionar el "federalismo cultural". El ridículo de la expresión es notorio y no necesita más explicación. Estamos acostumbrados a la proliferación de conceptos imbéciles desde que los nacionalistas y los "progresistas" legislan también sobre el lenguaje. La amenaza que esta estupidez representa es clara: desintegrar la cultura española, trocearla, despedazarla hasta que se convierta en una muestra histórica de algo que, a lo sumo, alguna vez existió; en su lugar se multiplicarán las fábricas de pensamiento y arte subvencionados por los diversos gobiernos locales, se terminará de expulsar de las actividades culturales a todo el que muestre valía y libertad para convertirlas en sinecuras con las que premiar a los inútiles políticamente fieles. Lo fundamental no es que se consiga la sustitución de una cultura por otras -lo que parece ser un proceso inevitable del devenir humano-, y ni siquiera que una cultura de superiores realizaciones materiales -tanto históricas como contemporáneas- vea ocupado su lugar por una pléyade de culturas subsidiarias e insignificantes en relación a la historia del mundo. Lo fundamental es que la "federalización cultural" significa la extinción de toda forma de cultura genuina -caracterizada no por la extensión, sino por su alcance y significado universales- para poner en su lugar un remedo hueco, mentiroso y dependiente del capricho del poderoso.

Leyendo la "poética musical" de Stravinsky me vino a la cabeza el glorioso "federalismo cultural"; el músico ruso, sin conceder nada a la nauseabunda "tolerancia" y corrección política contemporáneas, afirma sin ambages que la extinción del universalismo supone el fin de la cultura propiamente dicha. Queda lo demás, todo aquello que, a partir de ahora, agotará el repertorio de lo que llamemos cultura: Sardana, pelotaris, aurresku, muiñeira, sevillanas, jotas....

Aquellos tiempos han cedido el lugar a una nueva época que quiere uniformarlo todo en el aspecto material, al paso que tiende a destrozar todo universalismo en el orden espiritual, en beneficio de un individualismo anárquico. Así es como, de universales, los centros de cultura se han hecho particulares. Se concentran en el marco nacional, y hasta regional, mientras llega el momento de irse diseminando hasta desaparecer.
Igor Stravinsky, Poética musical

miércoles, 23 de enero de 2008

No es un juego

El estado progresista persiste en su intención de llegar a dominarlo todo. Como un vampiro, el político se acerca al cuello de lo vivo, de todo lo que aún respira y no ha sido sometido al frío hálito del funcionariado. Como una noche prematura que ensombrece lo espontáneo y lo somete a las normas inflexibles de la gestión. Si no se evidencia algún día que no estamos dispuestos a ser prolongaciones biónicas de la Gran Máquina, ésta terminará por elegir nuestros pensamientos y decidirá cuándo hemos de reírnos. El estado se ha adueñado de nuestra salud y nuestra enfermedad, de nuestros desplazamientos y terrores, de nuestra identidad; se hace sospechosamente presente en el momento en el que vemos la luz por vez primera y desea también regular el modo en que debemos morir; contabiliza los conocimentos que hemos de recibir y pontifica sobre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo; cuida de mi bienestar y protege de los daños que pueda ocasionarme el estar vivo.
El último movimiento del Leviathán difícil de saciar se dirige a regular los juegos infantiles, a introducir la asfixia del cálculo en lo que -de por sí- no obedece a cálculo ni utilidad. La obsesión es burocratizar, maximizar, planificar todo lo que pueda ocurrir desde la cuna a la sepultura; en el fondo, convertir la vida en un proceso aburrido y predecible. La Junta Progresista de Andalucía -ocupada en la tarea de redimir a la humanidad andaluza- dicta las normas y los juegos, prescribe qué debe sentir el niño que se entrega a uno u otro menester, cuál debe ser el pasatiempo preferido de los niños y cuál el de las niñas; legisla incluso sobre el resultado de cada juego y abole el fin de tantos : no debe haber ganador porque supone sembrar el veneno de la competición y la desigualdad entre los que el estado ha destinado a ser idénticos e intercambiables como números o como miembros de un rebaño uniforme.
A menudo parece que una parodia ridícula y humillante, escrita por un genio o un loco, dirige los pasos de este país desventurado. De tropiezo en tropiezo, parece que hemos entregado el mando a una manada de subnormales. Dan ganas de mandarlos a todos a la mierda.

jueves, 17 de enero de 2008

Los 350 expertos del I Foro de la Alianza de Civilizaciones

De un tiempo a esta parte los expertos se han convertido en componente fundamental de todo problema que se precie. De hecho, si no hay expertos implicados parece que el asunto no posee relevancia alguna. El experto se hace presente en todo momento como un observador privilegiado, como una mente sin limitación alguna para el juicio definitivo sobre lo que ocurre. Muerto Dios, el cetro vacante de la omnisciencia pasa a ser su posesión exclusiva. El único problema que tiene el experto es que necesita un contrato, porque, a diferencia del Dios cesado, su corporalidad le exige una relación constante con ciertos bienes materiales. Este ser privilegiado, esta mente preclara, no obstante, se encuentra con que nadie razonable se dejaría conducir en su vida ordinaria por sus consejos; cualquiera aplaude sus sabias decisiones, su reflexión y su pausada pantomima intelectual, pero nadie está dispuesto a arriesgar su propia vida, sus bienes y sus afectos por hacer mínimo caso a esa voz histriónica que clama en nombre del Bien. Es ahí donde se revela la función redentora del estado: como el político no repara en gastos -y es que gastar el dinero de los demás se presenta como una labor generosa y gratificante- adivina que no hay mejor propaganda que, en vez de emplearse en la arriesgada tarea de resolver problemas, publicitar la extrema preocupación que le causan; para ello contrata a un experto o a varios cientos, dependiendo del quantum de preocupación que quiera transmitir a la audiencia democrática. El experto, dotado del aura inexplicable del curandero, extirpa la mala conciencia de quien no hace nada y, al mismo tiempo, engrosa su cuenta de resultados a cargo de la riqueza común. No se hace nada, pero se piensa en qué hacer, lo que extiende un sentimiento de satisfacción casi navideño. La multitud de problemas y pseudoproblemas -mantenidos perpetuamente como tales- producen así la proliferación de una clase parasitaria que, unida a la de los políticos, se convierte a su vez en un grave problema.

Porque, ¿para qué entonces el estado? Olvidadas sus funciones auténticamente políticas, asistimos a un proceso imparable de conversión del estado en mantenedor artificial de gente inútil y, no sólo eso: nociva y pesada; gente que remedia la falta de talento exigiendo a los demás que les proporcione compensación pecuniaria; gente que se alimenta del complejo de culpa ambiente, de la falsa conciencia, de la carencia de valor para enfrentar los problemas que rodean a la sociedad contemporánea. Alrededor del estado todo se termina convirtiendo en farsa e impostura, en negocio y corruptela, en sopa pública a la que se acercan los incapaces y los listillos; el estado como medio de subsistencia de tantos cretinos, como responsable subsidiario de la mediocridad y la abulia intelectual de los aprovechados, como soporte y promoción de lo bajo y pobre; es desalentador el comprobar cómo termina por convertirse en causa de la ruina de todo lo que toca, ya que se encarga de subvencionar a todos aquellos que necesitan ser subvencionados para realizar algo. Un estado desensamblado, deconstruido, jibarizado en sus atribuciones políticas; un estado que se constituye en monumental justificación de sí mismo y de todos los mantenidos por su caprichosa Gracia. ¿Qué más decir? Nietszche: allí donde empieza el estado termina el hombre.

martes, 8 de enero de 2008

Cruces, hoces y martillos
Óscar Sánchez Vega

La Unión europea tiene expresamente prohibida la exhibición de símbolos que propicien el odio, la xenofobia y el racismo a partir del acuerdo del 19-04-2007. Los países de la UE tienen dos años para adecuar sus códigos penales. En ellos deberán incluir penas de "un máximo de al menos entre uno y tres años" de cárcel para quien incite en público a la violencia o al odio contra grupos definidos por su raza, color, religión, descendencia, nacionalidad u origen étnico. También para los que públicamente "condonen, nieguen o trivialicen genocidios, crímenes contra la humanidad y de guerra definidos por la justicia internacional, así como los del régimen nazi”

Hasta nueve países castigan en Europa la negación del Holocausto, entre ellos Francia, Alemania y Austria, y en el caso francés se incluye como hecho delictivo la negación del genocidio armenio por parte de los turcos. El precedente francés puede abrir la caja de Pandora: de la misma forma el gobierno de Argel podría considerar delito negar que Francia utilizó la tortura contra los rebeldes en Argelia o los polacos podrían aprobar una ley en la que se considere delito negar la existencia del Gulag soviético o el Parlamento irlandés castigar la negación de los horrores de la Inquisición española o el Parlamento español establecer una condena mínima de 10 años de cárcel para cualquiera que afirme que los serbios no intentaron llevar a cabo el genocidio de los albaneses en Kosovo etc.

Sin embargo es preciso reconocer que si bien los imaginarios (y reales) corolarios son esperpénticos, la premisa mayor es perfectamente asumible: no se deben permitir los símbolos que propicien el odio, la xenofobia y el racismo. El problema de la sociedad en su conjunto y del legislador en particular es que debe hilar muy fino para que la norma que limita la exhibición de símbolos y opiniones sea respetuosa con la libertad de expresión Este problema ya estaba de algún modo planteado en la Ética a Nicómaco cuando Aristóteles señala que la ética (o el derecho) no es una disciplina teórica que pueda fijar valores y normas de actuación a partir de principios estrictamente racionales, por lo que el criterio del hombre prudente que sabe valorar las circunstancias concretas es imprescindible. Lo que quiero decir es que no puede fijarse de manera enteramente a priori lo que puede o no puede permitirse al margen de las circunstancias que rodean el presunto hecho delictivo, por lo que la legislación debe mantenerse en términos a veces insatisfactoriamente generales. El principio puede y debe ser sostenido, pero la legislación no debiera recoger la serie, potencialmente infinita o al menos indeterminada, de casos particulares que vulneran el principio con la siempre discutible excepción de la negación del Holocausto por lo que este caso tiene de paradigmático.

La legislación que prohíbe negar el Holocausto ya ha sido aplicada al menos una vez, que yo sepa. En Austria han condenado a pena de tres años al “historiador” británico David Irving por dos intervenciones públicas en 1989 en las que negó la existencia de cámaras de gas en Auschwitz, y adujo que la "Noche de los Cristales Rotos", la primera gran persecución violenta contra los judíos de Alemania en 1938, no fue perpetrada por los nazis.

Pero no se trata solo del Holocausto, es bien sabido que en nuestro país justificar lo que ellos llaman “lucha armada” es apología del terrorismo y está penado por al ley. Otra cosa es si la aplicación de la ley obedece a criterios jurídicos o depende más bien de por donde soplen los vientos políticos.

He aquí un reto para el pensamiento: ¿dónde están los límites? ¿dónde trazar la precaria línea que separa la libertad de expresión del derecho a la dignidad personal y colectiva de las víctimas de la barbarie? La exhibición de simbología y propaganda nazi o la del logo de ETA no está amparada por la libertad de expresión y por tanto son considerados hechos delictivos por la legislación vigente. La pregunta que me planteo, el problema que quiero plantear es si la negación del Gulag es una cuestión equiparable a la negación del Holocausto. O, concretando más, ¿si está prohibida la exhibición de esvásticas nazis no deberían estar igualmente penalizado el símbolo comunista de la hoz y el martillo?

Voy a poner las cartas boca arriba: yo considero que no, porque son casos diferentes.

Pero la cuestión es mucho menos evidente de lo que parece a primera vista. Aquellos que pretenden equiparar uno y otro caso, como los gobiernos de los países bálticos que sufrieron de primera mano los crímenes de Stalin, tienen buenas razones para ello. La mayoría de los “intelectuales” europeos fueron muy reacios a condenar, o siquiera admitir, los crímenes del estalinismo con alguna excepción digna de mencionar como el filósofo francés Jean Francoise Revel, primero en su obra Ni Marx, ni Jesús y especialmente un su último trabajo, La gran mascarada. El objetivo de Revel es mostrar el desastre que supuso para los países que lo padecieron el “socialismo real” y denunciar la impostura de sus colegas de izquierda que optaron por mirar para otro lado. Los aproximadamente 100 millones de muertos victimas del totalitarismo de izquierdas en todo el mundo son bastante más que un buen argumento en contra del comunismo. Aun así muchos todavía achacan el horror a la corrupción de las clases dirigentes, a la perversión del ideal, a la presión del capitalismo etc. La verdad, sin embargo, es otra: cuando se desprecia la vida humana, la libertad y la individualidad el resultado no puede ser diferente. Un estado todopoderoso que carece de controles democráticos tiende, por su propia naturaleza al despotismo y a la corrupción…ayer, hoy y siempre. Pero no solo es culpable el estado y sus gobernantes de los crímenes cometidos sino también el ideal en nombre del cual se instaura el estado totalitario como nos hace ver Borja en su comentario a la película La vida de los otros. Así pues no me engaño: el comunismo es culpable, los símbolos comunistas esconden la tortura y muerte de millones de inocentes, y a pesar de todo…no es lo mismo.

Ahora se supone que debiera seguir un estricto análisis de los símbolos, términos, ideas y teorías a las que remiten las dos ideologías de resulta del cual pudiéramos establecer objetivamente la inconmensurabilidad de las mismas. Pero no es ese el camino. Al menos el mío. Es más: sospecho que el de nadie, aunque no todos estén dispuestos a admitirlo. Decía William James que cada uno escoge la filosofía más afín a su temperamento, de tal manera que los racionalistas más acérrimos simplemente escogen el camino que les marca su carácter…mal que les pese. Pues bien, en el caso que nos ocupa ocurre que siento que no es lo mismo y, al modo de los viejos hegelianos, aspiro a reconciliar sentimiento y razón, es decir, a encontrar razones que fundamenten el sentimiento; pero no me engaño: el sentimiento es quien marca la “hoja de ruta” si una razón es contraria al objetivo trazado la descarto y busco otra.

Reconocer el origen sentimental de esta indagación me permite alejarme del discurso racional- filosófico- y encontrar las “pruebas” que busco en otros géneros literarios. Para comprender la esencial perversión del nacionalsocialismo mejor que leer sesudos ensayos de filosofía política es preferible acercarse a las obras de los supervivientes del Holocausto. Por ejemplo Primo Levi o Jean Amery. Nada de lo que yo aquí pueda exponer puede dar una idea de lo que estos dos hombres, y tantos otros, padecieron en los campos de exterminio, ni siquiera de lo que logran transmitir en sus obras. Amery, en Mas allá de la culpa y la expiación, comenta explícitamente la cuestión que nos ocupa; reconoce que el estalinismo fue espantoso y que en el gulag murieron tantos inocentes como en los campos de exterminio y sin embargo es diferente porque el genocidio era consustancial al nacionalsocialismo pero no al comunismo. Ambas ideologías propician estados totalitarios deleznables, pero a lo largo de la historia hay múltiples ejemplos de déspotas y dictadores que no se lanzaron al exterminio de sus semejantes. El problema es que los nazis no percibían a los judíos como sus semejantes. Este es el quid de la cuestión. Comunismo y nacionalsocialismo son ideologías totalitarias indeseables, pero el nazismo es peor porque nace del odio y el resentimiento hacia el otro que, en virtud de su alteridad, es despojado de su naturaleza humana lo que permite tratarlo peor que a una bestia. El nazismo, más que una opción política, es una coartada moral para dar rienda suelta a los peores instintos humanos en nombre de la patria, la raza o cualquier otro colectivo sobre el que puedan recaer sentimientos de pertenencia. La compasión por los que sufren, suponiendo que sea un sentimiento natural y universal, como señalaba Hume, sólo se desencadena entre los semejantes, los nuestros, es decir, la tribu o la horda. Ampliar el círculo de los que deben ser considerados “nuestros semejantes” es el objetivo de la civilización occidental desde el momento mismo de su constitución en la antigua Grecia. El nazismo supone un ataque frontal a todo este trabajo cultural, representa sencillamente la vuelta a la barbarie.

Por lo que respecta a la otra parte ya hemos señalado que el comunismo como ideología es culpable de la masacre de millones de personas. Pero sería más apropiado hablar de “culpabilidad” cuando la referimos a personas y no a ideas. Desde esta perspectiva debo admitir que los comunistas soviéticos son tan culpables de los crímenes del gulag como los nazis alemanes lo que no quiere decir que todos los comunistas y todos los nazis fueran personas despreciables. Podemos imaginar a un tendero alemán en la década de los 30, como el padre de Oscar, el protagonista de El Tambor de Hojalata, que se deja seducir por la retórica fascista y continua siendo una buena persona que no hace girar su vida sobre los goznes del odio. Del otro lado podría estar un veterano comunista que nunca ha hecho mal a nadie y ha dedicado su vida entera a “la causa” y en tiempos de Stalin, viejo y vencido, calla ante el terror y la iniquidad. La diferencia es que el tendero puede ser buena persona a pesar de ser nazi, o, lo que es lo mismo, en la medida en que no es un buen nazi; mientras que el viejo ruso puede ser una buena persona y un buen comunista; en su fuero interno pensará, con razón, que los traidores al ideal son los dirigentes y no él. Estas analogías son terriblemente subjetivas, lo sé, pero en mi descargo debo recordar que el subjetivismo había sido confesado líneas atrás. La cuestión es que me es imposible imaginar una buena persona que sea a la vez un buen nazi, lo que para mí da buena prueba de la intrínseca maldad de esta ideología.

Sin embargo no puedo menos que admirar a los jóvenes antifascistas que en la década de los 30 y los 40 hicieron frente y finalmente derrotaron – salvo en España- al totalitarismo fascista, aunque no se me oculta que su ideal era igual de peligroso desde el punto de vista de la libertad y los derechos del Hombre. La diferencia con el fascismo es que el ideal de la justicia y la igualdad universal que perseguían los comunistas es, en principio, loable. El problema es que cuando se percataron que su ideal era tan puro que no resistía la comparación con la realidad humana declararon la guerra a la imperfecta y corrupta humanidad. Al fin y al cabo algo similar ocurrió con los ascetas y místicos cristianos: su reino no era de este mundo. Pero no deja de ser una meta que, interpretada al modo kantiano, - como una idea regulativa que orienta y guía la praxis política, aunque se sabe de antemano inalcanzable - fue un positivo motor de cambio de la sociedad y puede ser una opción política respetable, siempre y cuado sea desconectada del fanatismo y la intransigencia de la que hicieron gala sus partidarios.

Por el contrario no hay nada respetable en el nazismo; esta ideología es como una enfermedad infecciosa que conviene atajar sin miramientos: aquel que está contaminado se convierte en un peligro para la sociedad en un doble sentido: por su actitud contra los otros (que pueden ser los inmigrantes, los moros, los gitanos, los españoles o maquetos etc) y por la posibilidad de contagiar a los que él considera sus semejantes inoculándoles el virus del odio al otro, al diferente.

El comunismo, en cambio, es un camino equivocado que lleva a un callejón sin salida, pero siempre es posible deshacer el camino andado y tomar una nueva dirección – la prueba más evidente es la cantidad de excomunistas que hoy militan en partidos socialdemócratas o liberales en toda Europa- .

La conclusión a la me llevan estas líneas es que el estado debería abstenerse de reprimir los símbolos comunistas o anarquistas. Quien ostenta tales símbolos hace uso de su libertad de expresión y todo lo más que el estado debiera hacer con él es pedagogía democrática para hacerle ver que su opción política es equivocada. Pero la impúdica exhibición de simbología nazi es un insulto a las víctimas y una intolerable proclama al odio y a la discriminación que no puede ni debe ser permitida. Así pues entiendo que la situación legal actual es razonable, lo cual no deja de ser un final sorprendente cuando uno empieza a reflexionar sobre los diferentes problemas políticos que nos afectan como país y como estado.

martes, 1 de enero de 2008

Desde la Patagonia

Permitidme, amigos feacios, que irrumpa desde el reverso del mundo. O quizás el anverso. Aquí -en el hemisferio austral- todo se manifiesta de modo anómalo para mi acostumbrada mentalidad boreal. En la Patagonia el nuevo año irrumpe sin todavía haber caído la noche, y poco después ya comienza el amanecer a alumbrar el horizonte y los montes lejanos; el cielo nocturno se enciende de estrellas desconocidas y enigmáticas; el verano lo recorre todo mientras en la añorada Europa el frío sigue siendo una venerable tradición navideña. Parece que me encontrara ahora al otro lado del espejo.
La Patagonia es una estepa infinita y uno se siente por primera vez ante la magnitud temible del mundo. Sólo la empalizada de las pequeñas poblaciones -separadas entre sí por millares de kilómetros- ofrece el espejismo de esa genial ficción que es la vida ciudadana. Lo demás es espacio vacío habitado por pumas, calafates y tierra seca.
Los argentinos son europeos transplantados a un medio extraño y -a veces- hostil. Por eso, en medio de desiertos o selvas inabarcables, se encierran en ciudades calcadas a las de la vieja europa, como si así consiguieran conjurar las potencias descontroladas de la naturaleza austral. Bariloche, por ejemplo, es una ciudad construida de acuerdo con el modelo de las ciudades alpinas, aunque esté en los Andes y no los Alpes. Tan exacto es el calco que uno de los productos peculiares de la urbe es el chocolate. Una Suiza soñada. Toda actividad humana se aferra al vínculo europeo, y es probable que así sea para evitar el regreso a la naturaleza nada rousseauniana que amenaza por todos lados. En Europa la civilización es ya una segunda naturaleza que ha domesticado a la primigenia - que es sólo recuerdo y nostalgia-; aquí se siente todavía el aliento de la fiera y la lucha por la supervivancia en cuanto uno se aleja de las casas. Visto esto parece que la repetida tradición europea de despreciar a Europa y repudiar su civilización no proviene más que del lujo y la facilidad con que los hombres son allí criados. El resto del mundo se muere por ser Europeo, por reproducir en cualquier habitat el modelo europeo de la ciudad y el artificio. Por arrancarse a la tiranía de lo natural. Incluso el indigenismo no responde más que al modelo europeo de añoranza de unas raíces fabuladas. En el imaginario de todos los que habitan estas tierras desoladas del cono sur Europa parece ser -una vez más- sinónimo de civilización. ¿Es la única acepción?