espacio de e-pensamiento

jueves, 17 de enero de 2008

Los 350 expertos del I Foro de la Alianza de Civilizaciones

De un tiempo a esta parte los expertos se han convertido en componente fundamental de todo problema que se precie. De hecho, si no hay expertos implicados parece que el asunto no posee relevancia alguna. El experto se hace presente en todo momento como un observador privilegiado, como una mente sin limitación alguna para el juicio definitivo sobre lo que ocurre. Muerto Dios, el cetro vacante de la omnisciencia pasa a ser su posesión exclusiva. El único problema que tiene el experto es que necesita un contrato, porque, a diferencia del Dios cesado, su corporalidad le exige una relación constante con ciertos bienes materiales. Este ser privilegiado, esta mente preclara, no obstante, se encuentra con que nadie razonable se dejaría conducir en su vida ordinaria por sus consejos; cualquiera aplaude sus sabias decisiones, su reflexión y su pausada pantomima intelectual, pero nadie está dispuesto a arriesgar su propia vida, sus bienes y sus afectos por hacer mínimo caso a esa voz histriónica que clama en nombre del Bien. Es ahí donde se revela la función redentora del estado: como el político no repara en gastos -y es que gastar el dinero de los demás se presenta como una labor generosa y gratificante- adivina que no hay mejor propaganda que, en vez de emplearse en la arriesgada tarea de resolver problemas, publicitar la extrema preocupación que le causan; para ello contrata a un experto o a varios cientos, dependiendo del quantum de preocupación que quiera transmitir a la audiencia democrática. El experto, dotado del aura inexplicable del curandero, extirpa la mala conciencia de quien no hace nada y, al mismo tiempo, engrosa su cuenta de resultados a cargo de la riqueza común. No se hace nada, pero se piensa en qué hacer, lo que extiende un sentimiento de satisfacción casi navideño. La multitud de problemas y pseudoproblemas -mantenidos perpetuamente como tales- producen así la proliferación de una clase parasitaria que, unida a la de los políticos, se convierte a su vez en un grave problema.

Porque, ¿para qué entonces el estado? Olvidadas sus funciones auténticamente políticas, asistimos a un proceso imparable de conversión del estado en mantenedor artificial de gente inútil y, no sólo eso: nociva y pesada; gente que remedia la falta de talento exigiendo a los demás que les proporcione compensación pecuniaria; gente que se alimenta del complejo de culpa ambiente, de la falsa conciencia, de la carencia de valor para enfrentar los problemas que rodean a la sociedad contemporánea. Alrededor del estado todo se termina convirtiendo en farsa e impostura, en negocio y corruptela, en sopa pública a la que se acercan los incapaces y los listillos; el estado como medio de subsistencia de tantos cretinos, como responsable subsidiario de la mediocridad y la abulia intelectual de los aprovechados, como soporte y promoción de lo bajo y pobre; es desalentador el comprobar cómo termina por convertirse en causa de la ruina de todo lo que toca, ya que se encarga de subvencionar a todos aquellos que necesitan ser subvencionados para realizar algo. Un estado desensamblado, deconstruido, jibarizado en sus atribuciones políticas; un estado que se constituye en monumental justificación de sí mismo y de todos los mantenidos por su caprichosa Gracia. ¿Qué más decir? Nietszche: allí donde empieza el estado termina el hombre.