espacio de e-pensamiento

miércoles, 23 de enero de 2008

No es un juego

El estado progresista persiste en su intención de llegar a dominarlo todo. Como un vampiro, el político se acerca al cuello de lo vivo, de todo lo que aún respira y no ha sido sometido al frío hálito del funcionariado. Como una noche prematura que ensombrece lo espontáneo y lo somete a las normas inflexibles de la gestión. Si no se evidencia algún día que no estamos dispuestos a ser prolongaciones biónicas de la Gran Máquina, ésta terminará por elegir nuestros pensamientos y decidirá cuándo hemos de reírnos. El estado se ha adueñado de nuestra salud y nuestra enfermedad, de nuestros desplazamientos y terrores, de nuestra identidad; se hace sospechosamente presente en el momento en el que vemos la luz por vez primera y desea también regular el modo en que debemos morir; contabiliza los conocimentos que hemos de recibir y pontifica sobre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo; cuida de mi bienestar y protege de los daños que pueda ocasionarme el estar vivo.
El último movimiento del Leviathán difícil de saciar se dirige a regular los juegos infantiles, a introducir la asfixia del cálculo en lo que -de por sí- no obedece a cálculo ni utilidad. La obsesión es burocratizar, maximizar, planificar todo lo que pueda ocurrir desde la cuna a la sepultura; en el fondo, convertir la vida en un proceso aburrido y predecible. La Junta Progresista de Andalucía -ocupada en la tarea de redimir a la humanidad andaluza- dicta las normas y los juegos, prescribe qué debe sentir el niño que se entrega a uno u otro menester, cuál debe ser el pasatiempo preferido de los niños y cuál el de las niñas; legisla incluso sobre el resultado de cada juego y abole el fin de tantos : no debe haber ganador porque supone sembrar el veneno de la competición y la desigualdad entre los que el estado ha destinado a ser idénticos e intercambiables como números o como miembros de un rebaño uniforme.
A menudo parece que una parodia ridícula y humillante, escrita por un genio o un loco, dirige los pasos de este país desventurado. De tropiezo en tropiezo, parece que hemos entregado el mando a una manada de subnormales. Dan ganas de mandarlos a todos a la mierda.