espacio de e-pensamiento

martes, 11 de marzo de 2008

Análisis político.

Lo voy a exponer con claridad meridiana. Por mi querencia a buscar en mis actos siempre el bien común, hecho que suele ser más efectivo cuanto más me preocupo en perfeccionarme a mí mismo en vez de a mis semejantes, lo diré, España se me queda chica; por muy contradictorio que parezca, cuanto más chica se me queda España, más grande me parece mi barrio, y enorme la comunidad de propietarios en la que resido. Algo parecido me ocurre con la humanidad: cada vez que me acerco a ese ente, menos relevante me parece frente a lo humano, cualidad que me desborda y termina sobrepasando.

Asisto en el Auditorio a la representación de la misa alemana de Brahms junto a un público de ancianas que se quedan dormidas al primer compás (al segundo, no exageremos). Este evento, que consta de tres representaciones, no volverá a repetirse quizás en décadas; da igual, la sala presenta un buen notable número de butacas vacías. Con esta motivación, las cuerdas y los metales cumplen su función y el coro, más animado, se esfuerza... pero no hay color ni motivación. La prensa no se hace eco, no hay análisis pormenorizado, ni siquiera un comentario social del asunto.

Me resisto, al día siguiente, a comprar dos entradas para ir a ver La vida es sueño; pienso en las afinidades entre Velázquez y Calderón mientras sufro con indolencia un atasco provocado frente al Santiago Bernabeu debido al colapso de un derby futbolístico. Pienso en Séptimo Severo, en Agripa... Observo la legión de aficionados que en orden y algarabía creciente discurren entre el tráfico automovilístico hacia el estadio con sus figuras poco atléticas, desfondadas y risueñas.

Estoy en casa, con un libro entre las manos que acaba de tirar por tierra todo lo que hasta ahora tenía por sentado; me pregunto cómo es posible que me haya dado cuenta de que el libro y no yo está en lo cierto; mi mujer está algo triste porque dice que llevo todo el día ignorándola, sentado en el sofá sin hacer nada..., y cómo le explico yo... La calefacción vuele a hacer ruido y tengo que purgarla, llevo purgándola una semana y no para de hacer ruido.

Una furgoneta en doble fila me impide mover el coche; he desistido tras cinco minutos tocando el claxon. En el vagón del Metro una anciana le recrimina al joven que está a mi lado que no le ceda el asiento, y el joven termina por ofrecérselo. El olor de la anciana me provoca una náusea..., y complejo de culpa.

Trabajo duro; observo la faena y pienso en llegar a casa, en ponerme una cerveza, besar a mi mujer y poner el oído en su tripa, por si escucho el latido del niño que lleva dentro. Cuando llego a casa, me pongo una cerveza, beso a mi mujer, e intento escuchar el latido de mi hijo dentro del vientre de su madre. Se me han quitado las ganas de volver a trabajar, y al día siguiente, aprovechando la ausencia del encargado, me dedico a no hacer nada.

Es un restaurante caro en el que hemos decidido cenar este aniversario. La comida no es nada del otro mundo, aunque uno se siente agasajado por el servicio y el buen gusto con el que se ha decorado el comedor y por la calidad de la cubertería y la vajilla. El taxista que nos trae de vuelta a casa no para de hablar de comunistas y de catalanes: no sé lo que dice, pero ya estoy en contra suya.

Llueve; por una grieta en el tabique que hace de medianera con el bloque colindante se filtra el agua y me ha provocado una gotera en la pared de la habitación de matrimonio, justo al lado de la lámina de un pintor impresionista que compré en el Thyssen; la aseguradora de la finca no se hace cargo, la aseguradora del piso no se hace cargo...

Mi madre me recrimina que no quiera bautizar a mi futuro hijo, y yo no paro de reírme y de amenazarla con apostatar; esto me cuesta un mes de berrinche con mi madre y una agria discusión familiar; pero no pienso ceder.

Ha aparecido el cadáver de una prostituta en el parque del vecindario, cerca de un colegio público. Los asesinos ya no saben ni guardar la compostura y abandonan los cadáveres en cualquier parte; hasta que llega la policía, el barrio entero se arremolina frente a la víctima y descubre que no causa tanta impresión, como creían, ver a una muerta desconocida... en vivo.

Me acaban de pedir consejo a la hora de elegir una novela y les he dicho que no hay novela buena, que todas acaban por pervertir el ánimo. Conozco bien los recursos intelectuales de quienes me han pedido tal consejo, sé que sólo querían aparentar interés por mis conocimientos. Me he inventado un título, Las ironías del joven Gödel, de John Falstat; a ver qué me cuentan dentro de un par de meses...

En el mercado, todos intentan engañar a todos...; los pescaderos, vendiendo merluzas sin cabeza y sin ser merluzas; el señor de la chaqueta de pana y pañoleta al cuello, ante un compañero de la misma guisa, analizando el sonido de las sandías en busca de la más sabrosa; el nieto sisándole la vuelta a la abuela; en la cola de la pollería, la señora de los rulos en un descuido adelantándose dos turnos; en la bodeguilla, un albañil jugando en una tragaperras...

Termino mi turno en el trabajo y tengo por delante varios días de descanso. Los dedico a instruirme sobre España, la relación entre las distintas comunidades, del Estado con los ciudadanos, de los ciudadanos entre ellos; de Europa y Norteamérica, de Spinoza y los camboyanos supervivientes de Pol Pot. Leo en un libro que en una de las batallas napoleónicas, un batallón disciplinario de reconocimiento francés resistió sin apenas bajas el tiroteo y acoso de una buena línea de granaderos austríacos del cuerpo de avanzadilla del emperador del Danubio, con el que trabó contacto; al parecer, el batallón francés, compuesto de la morralla de la división, carecía de municiones, pues los carros de aprovisionamiento habían desaparecido la noche anterior entre el intrincado laberinto de cañadas de aquella región y nadie se había preocupado de abastecer a tal grupo de desarrapados; en tal situación, cerca de una granja a la que se habían acercado con orden de requisar y hacerse con toda la leña que pudieran, se toparon con los lustrosos granaderos de un cuerpo austríaco, que a saber qué harían por allí. Aunque andaban sin municiones, la misión no era tan importante como para notar tal falta, al menos hasta que se encontraron con aquellos aguerridos combatientes delante suyo; había que actuar con rapidez, y así se actuó: el oficial al mando de aquellas tropas había conseguido recuperar días antes del descalabro de la columna de aprovisionamiento una reata de mulas que transportaba buen y abundante coñac, que siempre llevaba cerca de sí para que no se perdiera tan delicioso licor. Viéndose en tal apuro, se dice que todo aquel coñac se lo habría ofrecido con gran generosidad a sus hombres, como prueba de camaradería y buenas intenciones, antes de disponerlos en orden de combate. Totalmente borrachos, pero firmes ante el enemigo, y sin darse cuenta de que nadie les había dado munición alguna, mostrando sus mosquetes como si fueran a disparar (algunos creían incluso que sí disparaban), los franceses mantuvieron a los austríacos sujetos al terreno, hasta que el capitán al mando de los granaderos, un joven aristócrata vienés, decidió que aquel punto era un terreno fuertemente defendido y que lo mejor era retirarse a una loma, quinientos metros hacia la retaguardia, y esperar una carga de algún escuadrón de caballería, que nunca apareció. Ninguno de los franceses, tras la escaramuza y al volver a la sobriedad, se le ocurrió maldecir al oficial que con tal crueldad les había puesto en tal amenaza de muerte, sin munición alguna con la que replicar al enemigo. Cuando la noticia llegó al cuartel general de la división a la que pertenecían aquellos soldados, se abrió un expediente disciplinario y se inició una investigación para depurar responsabilidades ante tal hecho y osadía, indigno de un oficial francés; de lo que se sabe, el oficial abogó en su defensa que sus hombres estaban poco instruidos y eran altamente indisciplinados y que el hecho de que no tuvieran munición era una circunstancia sin importancia pues: “con tan mala puntería como tenían, no habrían acertado nunca en ningún austríaco”. También se dice que el oficial fue degradado y encarcelado, pues la osadía no había consistido en arriesgar la vida de sus hombres de aquella manera, sino en la de haber desperdiciado un coñac tan bueno, que al parecer iba destinado a no sé qué mariscal de campo de Bonaparte...

CASANUEVA