espacio de e-pensamiento

lunes, 31 de marzo de 2008

Tiempo y soledad en Peñalcázar


Peñalcázar fue fortaleza mora, después cristiana. Situada en tierra de frontera, en el extremo del Duero, su destino se atuvo a la arbitrariedad de los lances y las batallas de un tiempo dudoso. Algunos historiadores han localizado en ella un "Alcócer" perdido en las páginas del Myo Cid, pero otros, basándose en estudios similarmente hipotéticos, se han encargado de negarlo rotundamente. Durante siglos germinó allí una vida ahora irreconocible; tuvo decenas de casas y una magnífica iglesia cuyo campanario dominaba la basta llanura y sobresalía por encima de las cada vez más inútiles murallas. El tránsito de los siglos, sin embargo, fue agotando el sentido de lo que acontecía en sus calles, y un día, como un signo irrefutable, se desplomó la primera techumbre. Los vecinos fueron menguando como mengua la luz del atardecer, de manera imperceptible pero necesaria. En la década de los setenta, los últimos que abandonaron el lugar se esforzaron por tapiar y sellar puertas y ventanas; así pretendían evitar que nadie entrara en sus casas abandonadas, pero dejaron allí a nadie. Y el tiempo lo invade todo. Las murallas, las paredes, los arcos góticos, las molduras se han ido desdibujando desde entonces, y el paisaje urbano se fue deshumanizando para dejar lugar a la maleza y las alimañas que desordenan los muros caídos. Sólo los buitres contemplan hoy la interminable estepa rendida a sus pies y nadie les planta ya batalla por su posesión.

Decenas de pueblos sorianos, como Peñalcázar, abandonados al desquite de la naturaleza; extensiones incalculables de las que se retira toda forma humana que no sea la del tractor y la carretera rural casi siempre silenciosa. Soria es, de esta manera, la región más despoblada de Europa occidental; según los parámetros demográficos, Soria es literalmente un desierto. Un bello desierto abandonado al tiempo y la soledad.