espacio de e-pensamiento

martes, 22 de abril de 2008

Nosotros los sin patria.

Hoy, releyendo las páginas de la Gaya Ciencia, llegué a uno de esos textos que tiene la virtud de siempre emocionarme... un viento fresco bajo esta luz del Mediterráneo que compartí hoy con este viejo amigo. De sobra lo conoceis, pero merece la pena recordarlo; me recordó quién quiero ser:


"Entre los europeos de hoy no faltan aquellos que tienen derecho a llamarse sí mismos, en un sentido relevante y honorable, los sin patria -¡a ellos encomiendo expresa y cordialmente mi secreta sabiduría y gaya scienza! Pues su suerte es dura, su esperanza incierta, es una obra de arte inventar un consuelo para ellos- ¡pero de qué sirve! Nosotros los lujos del futuro, ¡cómo seríamos capaces de estar en este hoy como en nuestra casa. Nos desagradan todos los ideales ante los que alguien todavía podría sentirse como en su casa, incluso en este tiempo de transición frágil y hecho trizas; en lo que concierne a sus «realidades», no creemos que sean duraderas. El hielo que aún hoy nos sostiene ya se ha vuelto muy delgado: sopla el viento del deshielo; nosotros mismos, los sin patria, somos algo que resquebraja el hielo y otras «realidades» demasiado tenues... No «conservamos» nada, tampoco queremos regresar a ningún pasado, no somos de ninguna manera «liberales», no trabajamos por el «progreso», no requerimos taponar en primer término nuestros oídos frente al canto del futuro de las sirenas del mercado -lo que ellas cantan, «iguales derechos», «sociedad libre», «no más señores y no más esclavos», ¡no nos seduce!; no consideramos en absoluto como deseable que se funde sobre la tierra el reino de la justicia y la concordia (puesto que bajo todas las circunstancias se convertiría en el reino de la más profunda mediocridad niveladora y chinería), nos alegramos con todos aquellos que, como nosotros, aman el peligro, la guerra, la aventura, que no se dejan indemnizar, atrapar, reconciliar, castrar; nosotros mismos nos contamos entre los conquistadores, reflexionamos acerca de la necesidad de nuevos órdenes, así como de una nueva esclavitud -pues a cada fortalecimiento y elevación del tipo «hombre» corresponde también una nueva forma de esclavizar -¿no es verdad? ¿No hemos de sentirnos por todo esto difícilmente como en nuestra casa, en una época que ama considerar como su honor que se la llame la época más humana, más benigna, más justa que hasta ahora se ha visto bajo el sol? ¡Ya es bastante malo que precisamente ante estas bellas palabras tengamos segundos pensamientos todavía más espantosos! ¡Que sólo veamos allí la expresión -también la mascarada del profundo debilitamiento, del cansancio, de la vejez, de la fuerza declinante! ¡Qué pueden importarnos los oropeles con que un enfermo engalana su debilidad? Aunque él pueda exhibirla como su virtud -¡no cabe ninguna duda de que la debilidad vuelve apacible, ah, tan apacible, tan justo, tan inofensivo, tan «humano»! La «religión de la compasión» hacia la que se nos quisiera persuadir -¡oh, conocemos suficientemente a los hombrecitos y mujercitas histéricas que hoy necesitan precisamente de esta religión como velo y atavío! No somos humanitarios; nunca osaríamos permitirnos hablar de nuestro «amor a la humanidad» -¡alguien como nosotros no es bastante actor para hacer eso! O no es bastante saint-simoniano, no es bastante francés. Uno tiene que estar afectado por un exceso galo de excitabilidad erótica y de una enamorada impaciencia para acercarse con su sensualidad, incluso honestamente, a la humanidad... ¡La humanidad! ¿Hubo alguna vez una mujer vieja más espantosa entre todas las mujeres viejas? (-tendría que ser algo así como «la verdad»: una pregunta para filósofos). No, no amamos a la humanidad; por otra parte, tampoco somos ni de cerca bastante «alemanes», tal como se entiende hoy la palabra «alemán», como para apoyar el nacionalismo y el odio de razas, como para poder alegrarse de la nacionalista sarna del corazón y del envenenamiento de la sangre, por cuya causa se delimita y bloquea hoy en Europa a un pueblo contra el otro, como si estuviesen en cuarentena. Somos demasiado despreocupados para eso, demasiado maliciosos, demasiado consentidos, demasiado bien informados, demasiado «viajados»: preferimos, con mucho, vivir en las montañas, alejados, «intempestivos», en siglos pasados o por venir, sólo para ahorrarnos con eso la silenciosa ira a que nos sabríamos condenados como testigos de una política que vuelve yermo al espíritu alemán, en tanto lo hace vanidoso y es, además, una política pequeña -¿no necesita ella, para que su propia creación no se desmorone nuevamente de inmediato, plantarla entre dos odios mortales? ¿No tiene que querer la perpetuación de los muchos pequeños Estados de Europa?... Nosotros los sin patria, con respecto a la raza y a la procedencia, somos demasiado diversos y estamos demasiado mezclados como «hombres modernos», y, por consiguiente, nos sentimos poco tentados a participar en aquella mendaz autoadmiración e impudicia de razas que hoy se exhibe en Alemania como signo del modo de pensar alemán, y que aparece doblemente falsa e indecente entre el pueblo del «sentido histórico». Para decirlo con una palabra, somos -¡y debe ser nuestra palabra de honor! -buenos europeos, los herederos de Europa, los ricos, sobrecargados, pero también ubérrimamente comprometidos herederos de milenios del espíritu europeo: en cuanto tales, surgidos también del cristianismo y contrarios a él, y precisamente porque hemos crecido desde él, porque nuestros antepasados fueron cristianos, de una honestidad sin reservas del cristianismo, que por su fe estuvieron dispuestos a sacrificar sus bienes y su sangre, su posición y su patria. Nosotros -hacemos lo mismo. ¿A favor de qué, sin embargo? ¿A favor de nuestra incredulidad? ¡No, eso lo sabéis vosotros mejor, amigos míos! El sí oculto en vosotros es más fuerte que todos los no y tal vez que os enferman junto a vuestro tiempo; y si tenéis que zarpar hacia el mar, vosotros emigrantes, también os obliga a ello -¡una creencia !..."

9 comentarios:

  1. Aquí no estamos de acuerdo Edu.
    El Nietzsche más aprovechable es el se interroga acerca de la existencia individual, la “realidad”, la verdad, el arte o la ciencia. Sus escritos alimentan aún hoy nuestras reflexiones y nos son de provecho, pero sus escritos más políticos, como este de los buenos europeos, son los más prescindibles e incompatibles con una raiz ilustrada de la que no estoy dispuesto a prescindir.
    Alguna vez hemos hablado de ello, puedes darle todas las vueltas que quieras pero palabras como estas “… no consideramos en absoluto como deseable que se funde sobre la tierra el reino de la justicia y la concordia (puesto que bajo todas las circunstancias se convertiría en el reino de la más profunda mediocridad niveladora y chinería), nos alegramos con todos aquellos que, como nosotros, aman el peligro, la guerra, la aventura, que no se dejan indemnizar, atrapar, reconciliar, castrar; nosotros mismos nos contamos entre los conquistadores, reflexionamos acerca de la necesidad de nuevos órdenes, así como de una nueva esclavitud -pues a cada fortalecimiento y elevación del tipo «hombre» corresponde también una nueva forma de esclavizar -¿no es verdad?” son del todo incompatibles con una política ilustrada que muchos defendemos como la mejor forma de hacer frente a la barbarie etnicista.
    Ya sabes lo que pienso, lo voy a reiterar, con ánimo polémico por supuesto: en esas palabras se esconde la semilla del fascismo.
    Saludos

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  2. Ya... Nietzsche es duro, pero no menos duro que la vida misma, esa es su grandeza. No comparto contigo, como bien sabes, que Nietzsche tenga algo que ver con el Nazismo; de hecho, para mi, este texto le aleja de todo eso, aunque evidentemente hacemos lecturas distintas.
    Lo que me gusta de Nietzsche es esa firme voluntad para no ignorar absolutamente nada; por ejemplo, esto que suena tan duro y, en ese sentido lo rescatas:"cada fortalecimiento y elevación del tipo «hombre» corresponde también una nueva forma de esclavizar"... ¿acaso no es verdad? como tu dices, puedes darle si quieres las vueltas que te parezca y puedes no renunciar a la raíz ilustrada que también yo defiendo, pero ¿acaso no es verdad que también la ilustración y la razón ilustrada ha engendrado una nueva forma de esclavitud? ¿crees que no existen los esclavos en una democracia? ¿crees realmente que la democracia es el reino de la igualdad de derechos?...En detectar este tipo de contradicciones Friedrich era un mago: hablamos de una forma del mundo, nos contamos cuentois acerca de cómo son las cosas y como deberían ser... nos llenamos la boca con "igualdad", "justicia", "libertad" y, sin embargo, todas esas cosas faltan de nuestra experiencia cuando nos pegamos un chapuzón de realidad. El ejemplo que me gusta de todo esto es el que ví usar a Gomez Pin, a propósito de su libro sobre Nietzsche ("el poder de la mentira", muy recomendable, por cierto): en democracia todos tenemos los mismos derechos y el poder se ejerce mediante la palabra y las urnas... pero ¿es eso realmente cierto?... ¿quién tiene más poder E.T.A o yo?
    La propuesta política de Nietzsche en este texto va por ahí; es una propuesta al tiempo que política, ética. Porque no habla de cómo organizar la sociedad, sino de cómo disponernos nosotros, los buenos europeos, frente a ella. ¿Y de qué forma? pues a través de esa última creencia con la que cierra el texto y que encierra, ahora sí, la mayor contradicción del pensamiento Nietzscheano. Los "sin patria" son los conscientes de que llevan una máscara, y además de eso, son conscientes de que esa consciencia es una nueva máscara. Pero a ellos, ya no se las dan con las mojigaterías de la "igualdad", del mismo modo que no se las dan con las de la "raza", la "sangre" o la "tierra".
    Bien puede completar este texto otro de la misma obra (creo), el de "los aeronautas del espíritu", ahí, sin hablar de política viene a decir algo parecido.
    Esta idea que trato de defender, la recoge muy bien Rorty, cuando habla de que tipos como Nietzsche son los que fuerzan a la sociedad y al hombre mismo, a salirse de sus raíles para explorar nuevas formas de estar en el mundo, nuevas mentiras sobre las que vivir. Nietzsche descubrió demasiado pronto que la democracia liberal es un castillo de naipes y, al mismo tiempo, que las pretensiones de comunistas y fascistas no son muy distintas. Si te quedas sólo en la frase dura, entonces eres tu el que lee como un fascista (o un bolchevique), pero te quedas sin averiguar el significado profundo del buen europeo, el apátrida, el que como el poema de Holderling, es un extranjero que siempre está de regreso.
    A mi me gusta(ría) verme así.

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  3. Edu, la interpretación que haces al final del “buen europeo” es de carácter ético y como tal me interesa.
    Lo único que digo, y repito, es que una lectura política del “buen europeo” o “la bestia rubia” o “el noble” de Nietzsche (o la “existencia auténtica” de Heidegger) es incompatible con ciertos principios políticos en los que sigo creyendo. Tal vez la libertad, la igualdad o la justicia (sin comillas) sean ficciones ausentes de la realidad social, pero yo las veo al modo kantiano como postulados de la razón práctica-política. Si tales principios no orientan la praxis política ¿Para qué abrir la boca? ¿Desde donde criticar la impostura de los políticos o gobernantes? Ocurre como con los postulados morales de Kant: si no existen, debemos de hacer como si existieran, porque de lo contrario la política sería solamente un combate donde impera la ley del más fuerte y lo coherente sería entonces, feacios, retirarse al Jardín y cerrar este blogg.

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  4. "la política sería solamente un combate donde impera la ley del más fuerte"
    ¿ACASO NO LO ES?
    "lo coherente sería entonces, feacios, retirarse al Jardín y cerrar este blogg."
    ¿QUIÉN QUIERE SER COHERENTE? YO NO...

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  5. Dado la hora, dejaré para mañana la lectura de los anteriores dos comentarios, así que no sé si algo de lo que aquí digo se solapa con ello. Sólo quería señalar una de las grandes ironías que se cumplen en Nietszche: él, que se afirma como el gran anticristiano, asume como propia la gran innovación política del cristianismo que es el desprecio de las patrias. Es el primer cristianismo el que, para escándalo de los pensadores paganos como Celso, incluyen como noción política fundamental la vanidad de las artificiosas fronteras "nacionales". Nietszche, proclamándose "apátrida", no hace otra cosa que resucitar ese antiguo principio cristiano...¿No es verdadero y fiel el que él mismo se considerara una paradoja? Os traigo un pequeño trexto del siglo II y de autor cristiano desconocido (extraído de la maravillosa Historia de la Filosofía Medieval de Gilson que D. Cógito tuvo a bien obsequiarme hace tiempo). El texto pertenece a una obra titulada "Carta a Diognetes": " Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por la tierra que habitan, ni por su idioma, ni por sus costumbres. Tampoco habitan en ciudades que les sean privativas, ni emplean un dialecto particular, ni viven de una manera extraordinaria (...) ni ellos se proclaman partidarios de un dogma humano. Habitan ciudades griegas o ciudades bárbaras, según les ha caído en suerte; se adaptan a sus costumbres exteriores en el alimento, el vestido y en todo lo que concierne a la vida, mas no por ello dejan de manifestar lo que hay de maravilloso y paradójico en la constitución de esa sociedad que forman.^Porque habitan sus propias patrias como si dueran allí huéspedes; participan en todo, como ciudadanos, y permanecen aparte de todo, como extranjeros. Toda patria extranjera les sirve de patria y toda patria les es extraña (...)"

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  6. Obviamente si interpretas “el más fuerte” a posteriori como “el que vence”, claro que en política siempre vence el más fuerte, lo que pasa es que lo único que dices es que “gana el gana”. Si por el contrario interpretas “el más fuerte” en el sentido en el que yo estaba pensando como “el que tiene en sus manos los medios de coacción”, la historia, reciente y antigua, tiene un buen puñado de excepciones.
    Sobre lo de la coherencia también discrepo. ¿Cómo era lo de Rorty? ¿Que no había ninguna coherencia entre su afición por las orquídeas y su posición política o algo así? Vale lo acepto. A lo que no me resigno es a aceptar la incoherencia dentro de un mismo campo semántico. Si hablamos de política no puedo ser comunista y liberal a la vez y si hablamos de horticultura no me pueden gustar por igual las orquídeas salvajes y las margaritas. Otra cosa es que como con las meigas “haberlas haylas” (las incoherencias), pero no son casa buena y es preciso combatirlas.

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  7. Obviamente si interpretas “el más fuerte” a posteriori como “el que vence”, claro que en política siempre vence el más fuerte, lo que pasa es que lo único que dices es que “gana el gana”. Si por el contrario interpretas “el más fuerte” en el sentido en el que yo estaba pensando como “el que tiene en sus manos los medios de coacción”, la historia, reciente y antigua, tiene un buen puñado de excepciones.
    Sobre lo de la coherencia también discrepo. ¿Cómo era lo de Rorty? ¿Que no había ninguna coherencia entre su afición por las orquídeas y su posición política o algo así? Vale lo acepto. A lo que no me resigno es a aceptar la incoherencia dentro de un mismo campo semántico. Si hablamos de política no puedo ser comunista y liberal a la vez y si hablamos de horticultura no me pueden gustar por igual las orquídeas salvajes y las margaritas. Otra cosa es que como con las meigas “haberlas haylas” (las incoherencias), pero no son casa buena y es preciso combatirlas.

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  8. Perdón por la anterior reiteración. Al contestar a Edu se me ha colado el comentario de Borja. Un apunte, no más, yo tb me voy a dormir: el problema, Borja, es que Nietzsche no solo es apátrida sino que también es anti-humanista y anti-cosmopolita , o sea que dispara a diestra y siniestra.

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  9. en mi ignorancia, un apunte: Como dice Edu, Nietszche nos obliga a mirar. Y no nos permite refugiarnos ni en sitemas, ni en coherencias ni en razones morales universales.Nos muestra sin piedad que la vida se escapa de lo inteligible, pues a la vez simple y abrumadora.
    Pero como bien dice también Oscar, no paramos, humildemente, de sacar unas gotas de inteligibilidad, de oponer lo simbólico a la historia, humanizandola.Los ideales kantianos dan músculo a nuevos superhombres, apátridas que creen en el entrenamiento universal, en los que la fuerza no es palanca para imponerse, sino argamasa del muro.Que hermoso engaño

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