espacio de e-pensamiento

viernes, 18 de abril de 2014

Ideología tan cotidiana.
Borja Lucena

De suerte que, en el interior de esta clase, una parte se presenta constituida por pensadores de la clase (sus ideólogos activos (…), los que hacen de la elaboración de la ilusión sobre sí misma su tarea principal); mientras los otros, en relación a estas ideas e ilusiones, tienen una actitud más pasiva y receptiva, ya que, en realidad, son los miembros activos de esta clase y tienen menos tiempos de elaborar ideas e ilusiones sobre sí mismos.
K. Marx y F. Engels, La ideología alemana
  1. La ideología es una sustancia viscosa, de elasticidad inabarcable y terca. Se torna invisible, pero conserva su carácter pegajoso y asfixiante; su invisibilidad, en vez de transparente, envuelve y esconde las cosas. Se inmiscuye en los intersticios, ocupa los espacios en los que alienta la vida y se desarrollan las relaciones sociales. Es, por naturaleza, una fuerza expansiva que tiende al imperio.
    Todo estado, todo orden político, genera de modo necesario una ideología en la que amparar y justificar el poder que lo anima, un discurso del que hacer emanar una legitimidad sin la cual su estructura formal y material, así como las acciones que emprende, vacilarían[1]. La diferencia que cabe notar entre distintas épocas y sociedades es de grado y extensión; a veces, la ideología puede circunscribirse al ámbito casi exclusivo del poder político o religioso, dejando de lado áreas vastísimas de la vida. Esto fue una constante en la historia europea, campo de batalla de poderes enfrentados que evitaba la hegemonía de uno solo. Incluso en el poderoso imperio romano el estado no se podía proponer la educación de todos los ciudadanos. La limitación del poder efectivo del estado hacía impracticables las ensoñaciones utopistas de los que querrían hacer de los hombres la arcilla en la que dar vida a experimentos sociales ciertamente imaginativos. En otras ocasiones, sin embargo, correspondiendo al crecimiento del estado, la ideología amenaza con extenderse hasta cubrir los límites mismos de la vida que ampara. El siglo XX, con el acrecentamiento del poder estatal hasta lo nunca antes concebible, la sofisticación virtuosística de los medios de control social y la propaganda, el dominio exhaustivo de la educación de la totalidad de los ciudadanos, etc., ha hecho posible lo que hasta entonces sólo había sido el anhelo de mentalidades utópicas y fanáticas: la ampliación del adoctrinamiento ideológico hasta las fronteras no sólo de la vida común, sino también de la totalidad de las conciencias. Un poder de esta naturaleza puede convertirse, sino está debida e internamente limitado por su propia constitución, en el mayor de los tiranos. La tiranía perfecta es no sólo posible, sino incluso probable, cuando la misma sociedad tiranizada posee la convicción subjetiva de necesitar del tirano para su propia supervivencia.
    Hoy en día no existe manifestación existencial que se libre del abrazo turbio de la ideología vigente. Todo acontecimiento ha de soportar su presencia sofocante como un rumor inquebrantable. Relacionada con una forma de poder, expresa a su vez el malestar profundo generado por un complejo de culpa inducido, dirigido a justificar la existencia misma de la doctrina en la que se sustenta la dominación; para ello, no sólo ilumina exageradamente la conciencia culposa, sino que se constituye en bálsamo que calma la tortura generada por su invariable presencia.
    La hegemonía de la ideología se da combinando un mecanismo de imposición que debilita la voluntad hasta conseguir que desaparezca toda resistencia (la extensión de la culpa) y la aniquilación de la idea de verdad, que tiene necesariamente que ser contemplada como estorbo para la consecución del pleno señorío ideológico. La estrategia de imposición del dominio se da en la forma de una compleja economía de la culpa: astuta creación de un malestar para el que la misma ideología que lo provoca ofrece remedio aparente. Como Iglesia Verdadera, y a través de sus sacerdotes reconocidos, a un mismo tiempo subraya la culpa y dispensa su absolución. De esta manera, crea las condiciones para convertirse en subjetivamente necesaria. La culpa, como expresión del centro en torno al cual el discurso ideológico contemporáneo se fortalece, ha logrado que la sociedad europea, en sus distintas variantes, sea manipulable a voluntad, como un niño desvalido o un imbécil. La dominación, hoy, se oculta tras un discurso mentiroso proclamado al albur como liberador, tras la propagación de la ignorancia vestida con los ropajes de un relativismo cultural, que, paradójica pero eficazmente, se impone como un conocimiento verdadero de la realidad carente de verdad. Para paliar la culpa es preciso hacer desaparecer toda idea de verdad. Lo que se oculta más profundamente es que la verdad ya se tuvo que eliminar para crearla. La falacia originaria consiste en la identificación de relativismo y libertad, dado que la sola existencia de verdad ha de limitar la voluntad de elegir. La doctrina en uso promete la liberación con respecto a la verdad, seduce al individuo, a la masa, ofreciéndole la eliminación de aquello que se resiste a su ilusión de omnipotencia. El precio es evidente, y la omnipotencia realmente ilusoria, ya que el escamoteo de la realidad y la aniquilación deseada de toda verdad que no sea relativa despoja a los individuos de toda libertad efectiva; la única libertad de esta manera concebible, sin realidad alguna en la que realizarse, es la ensoñación, la profusión de buenos deseos y pensamientos, la virtualidad indigente de las buenas intenciones[2]. La acción convergente de Culpa y Relativismo ofrecen el estado idóneo para la existencia de una ideología de poder omnímodo y difícilmente cuestionable.
    Evaporada la verdad, se alcanza el estado idóneo para el dominio de cualquier sociedad política. No hay hechos, sólo ideología. Todo acontecer, ya sea de signo estrictamente político, difusamente cultural, deportivo o gastronómico, se impregna de las mismas palabras y justificaciones legitimadoras. Se convierte en solidario o termina por poseer como fin supremo unas nebulosas tolerancia o igualdad. La valoración de la realidad se antepone al conocimiento de ésta con el fin de moldearla al capricho de los productores de ideología[3]. Esta dominación sutil, casi invisible, pero patente, al servicio de poderes no necesariamente económicos, pero también económicos, ha terminado por confundirse con la estupidez más llana para conformar el conglomerado de opiniones, sofismas y valoraciones que se destilan incluso en los programas televisivos de simplicidad más evidente; todo vehículo capaz de transmitir la verdad administrada no deja de ser aprovechado. En rigor, el contenido ético del discurso enunciado por el cátedro progresista es idéntico al del futbolista o el famoso solidario del día; de hecho, utilizan ambos un lenguaje en el que no es posible pensar de manera heterodoxa.
    El lenguaje es objeto preferente de una acción metódica que pretende dominar el pensamiento individual a través de la adherencia de valoraciones uniformes e inequívocas; las palabras proporcionan las cosas mismas, por lo que éstas se impregnan de los valores depositados en aquéllas a priori. El ideólogo sabe que quien domina el lenguaje domina con él la realidad, y por ello se dedica incansablemente a la creación de un nuevo código en el que toda significación indeseada sea literalmente imposible; el lenguaje se reduce, tanto sintáctica como semánticamente, de manera que proporciona una realidad mutilada, disminuida, aligerada de sus contenidos contradictorios e incontrolables. La fe que se asimila al hacerse miembro de la comunidad lingüístico-ideológica contemporánea reafirma la bondad del correcto modo de pensar, y transmite la placidez de saberse perteneciente al reino de los buenos. Ciertas palabras se ven insufladas de un aura sagrada e incontestable, otras se convierten en malditas y levantan airadas exclamaciones de escándalo; como ejemplo de las primeras basta citar la omnipresente solidaridad, de tal manera que eslóganes como sé solidario provocan un asentimiento generalizado que evita cuidadosamente la pregunta por el objeto de tal afecto magnánimo (¿solidario con los derrotados nacionalsocialistas? ¿con los pobres? ¿con los asesinos o torturadores?). Palabra maldita, entre nosotros, es España, desterrada al ámbito, también maldito, de la derecha. No cabe argüir que sólo en los últimos años se ha producido, interesadamente, tal identificación, o que en tal caso el comunista Miguel Hernández habría de ser un derechista recalcitrante al dedicar poemas a la Madre España[4], porque el juicio se enuncia ante rem. El maniqueísmo más ramplón se enseñorea de la categorización de lo real, la realidad entera encuentra asignada su cualidad moral definitiva, preescrita por los creadores del discurso políticamente incontestable.

  2. El complejo europeo de culpa

    Todo poder es, en potencia, generador de sentimientos culposos, ya que en su esencia se encuentra la disponibilidad del hacer, y no hay acción moralmente inmaculada. El sentimiento subjetivo de ser bueno, en su dimensión absoluta, proviene sólo de la renuncia a todo poder, y por ello el santo se ha vestido casi siempre con los ropajes de la inacción y el retiro. Tras siglos de desprestigio, renace por mor de la nueva estructura ideológica el ideal del santo, pero un santo democratizado, un santo que ya no es imagen rara, ya no es héroe solitario, sino pueblo[5]; despojado de sus elementos teológicos más complicados, sin duda los más valiosos, el cristianismo sin Dios se populariza definitivamente. La moral que, en rigor, antes sólo se hacía literalmente válida para unos pocos individuos excepcionales, se convierte en uniformadora de la totalidad de la población. El proceso posee unas líneas fácilmente reconocibles: la axiomática cristiana se centra necesariamente en torno al sentimiento de la deuda; creada la figura del Acreedor Máximo, el hombre no puede más que pensarse como irremediable deudor. La figura del santo permite, sin embargo, liberar grandes cantidades de culpa mediante el sacrificio de unos pocos individuos de gran valía. Así, exonerada de la culpa que amenazaba con atenazarla, el resto de la sociedad puede proseguir sus actividades naturales. Incluso se hace necesario un quantum de culpa que redimir. El paso contemporáneo supone, por un lado, la eliminación de un Dios hace tiempo innecesario, toda vez que el complejo de culpa está ya adherido a las paredes del alma occidental; por otro, liquida también la concepción del hombre superior capaz de asumir la culpa de la sociedad entera, con lo que ésta se vuelve a depositar intacta en el todo: La Sociedad, como sujeto, ha de convertirse en santa, todos, en cierta manera, han de hacerse santos. Pero una sociedad de santos es una construcción destinada a desaparecer: la comunidad no tiene como fin exclusivo la defensa ante ataques procedentes del exterior o el interior, pero si desiste de ejercer tal función renuncia a la consecución de todo fin[6].
    La culpa es un instrumento privilegiado de anulación de la voluntad libre, ya que hace al individuo impotente, incapaz para la acción. De esta manera se le transforma en una dúctil prolongación de los intereses opacos que sostienen la fe vigente. La culpa es un negocio de naturaleza intensamente lucrativa, dotada del poder sagrado de crear consumidores complacientes en tanto el consumo de ciertos productos, ya sean bienes o ideas, libera del profundo displacer creado por el remordimiento. El bálsamo ideológico, creador de la culpa, se encarga de aliviarla beatificando la figura usurpadora de las buenas intenciones, convirtiendo a éstas en objeto de culto, escamoteando la acción misma al sustituirla por una sola de sus partes. A través de la sacralización de las buenas intenciones, la ideología en uso ofrece al creyente la oportunidad de escapar a la culpa que astutamente en él ha alimentado: le da la oportunidad de sentirse bueno al sustituir el hacer culposo por un hermoso desear. La ensoñación, el delirio, los buenos deseos inofensivos ocupan el lugar de la acción, y así la doctrina administra la absolución de los pecados estableciendo un pacto implícito con el creyente. El precio es únicamente la donación de la libertad individual a una maquinaria ideológica de la que se depende necesariamente para renovar periódicamente el pacto de inocencia. La acción significativa es abandonada al líder, al partido, al sindicato, los verdaderos sujetos políticos en una sociedad que, de hecho, procura reducir al individuo a la insignificancia. Esta estrategia, este kantismo de revista del corazón, hace espúrea la acción al concebirla como innecesaria, sustrayéndola a menudo del ámbito del juicio moral. Finalmente se dirige a hacerla invisible. Sólo se enjuician las intenciones, las bellas palabras adornando la nada, las sonrisas que se exhiben como anuncio amable de la tiranía estrenada. Y se consume.

  3. La suspensión del juicio

    La ideología se oferta como único efectivo bálsamo para atenuar el malestar que ha logrado crear. Ha conseguido asegurar la convicción de que occidente es un error, es más, es el único error, el pecado que exige las más rotunda de las penitencias. La culpa exige la paralización de toda acción posible en tanto la sociedad misma se empapa de un angustioso miedo al error y se prohíbe cualquier nuevo yerro. La única forma de acción contemplada como permisible es el consumo de los productos patrocinados por la ideología como moral y políticamente correctos. Las consecuencias efectivas no sólo tienen que ver con la inacción cobarde, sino también con lo que pudiéramos llamar la suspensión del juicio ante las acciones ajenas. Atenazado por la culpa, e incapaz para la acción valiente, occidente también se condena a eliminar la legitimidad de sus propios juicios morales cuando se refieren al resto de culturas o civilizaciones; se da aquí un doble argumento falaz: por un lado la conciencia de los propios errores hace ver que se ha perdido la facultad de enjuiciar legítimamente las acciones de los supuestamente maltratados; por otro, se contempla con pánico cómo el error también se puede dar, y de forma primaria, en el juicio. Lo correcto, lo que no dispara indefectiblemente la culpa, es, entonces, refugiarse en un relativismo que evita la apreciación moral de las acciones de los no-occidentales, sobre todo de los francos enemigos de occidente, mientras la propia acción, en tanto exprese lo sospechosamente occidental, se identifica inequívocamente con lo malo, por lo que se sustituye invariablemente por las buenas intenciones, siempre exentas de error posible. La constitución de este vector que pretende dirigir toda la civilización europea occidental explica la monótona repetición de las mismas palabras manidas y vacías como cántaros desfondados: diálogo, tolerancia, cooperación, etc., se convierten en consignas normativizadas que sellan la corrección vacua de cualquier cosa, siempre que cuente con el perdón de las víctimas eternas. Al contrario, todo lo que explícitamente no se confiese como tal se convierte en sospechosa disidencia antidemocrática o, llanamente, fascista. Se convierte en thoughtcrime, en la terminología de Orwell. Esta acumulación interminable de imposturas recibe el nombre, a menudo, de cultura del diálogo, aunque en otras ocasiones se utilizan expresiones de imbecilidad y vacío similares.
    Occidente se hace sujeto responsable de todo lo perverso que alumbró la historia, lo que atenaza sus miembros haciéndole progresivamente imposible la acción; además, proporcionalmente a la satanización de la acción propia, se santifica toda acción ajena, se justifica, se disculpa. Aquí, en lo tocante a la acción foránea, no hay juicio moral posible, porque el hombre occidental, tan perverso, no está legitimado para enjuiciar nada. La idiocia predominante es llevada a un paroxismo tal que parece difícilmente creíble, como si de un sueño desagradable se tratara[7]. Lo único que es lícito hacer con los criminales fanatizados que procuran aniquilar todo lo occidental, ya que no condenarlos, es dialogar, lo que en el lenguaje ideologizado significa procurar obtener la graciosa absolución de parte de quien de partida posee posición moral privilegiada, el inocente, el buen salvaje.

    (Interludio: el diálogo a ultranza
    Sería el momento, aunque el propósito pueda ser vano, de anunciar una Crítica de la Razón Dialógica[8], esto es, del imperativo acrítico de tolerancia y diálogo universales que obvia la pregunta por la posibilidad pragmática y realista de llevarlo a cabo. La imagen onírica de un diálogo universal formulado en tales términos, llamémosle alianza de civilizaciones, hace abstracción de todo contenido, objeto o sujeto concretos, con lo que adquiere condición de espectro. Así como de la Crítica de la Razón Pura se desprende que antes de volcar la razón en el conocimiento de objetos es preciso determinar las condiciones de posibilidad de un objeto en general, del mismo modo, antes de ofrecer el diálogo como panacea universal, sería preciso contemplar las condiciones de posibilidad de un interlocutor real. Sin la constitución de interlocutores efectivos, el milagroso diálogo se rebela como monólogo dirigido a santificar de forma narcisista las propias intenciones, lo que se muestra desvergonzada, impunemente, en el modo en que los bienintencionados profetas se solazan en sus propias palabras vacías, en cómo se agradan los políticos que representan la pantomima de la bondad tolerante.)

  4. El buen salvaje

    El axioma sobre el que descansa la condena definitiva de occidente, y que como una oración hipnótica repiten los niños desde la cuna, es la malignidad de la civilización occidental como tal, su colonialismo atroz, su afán destructor de la naturaleza, su modelo social basado en el solo egoísmo, su falta de espiritualidad, su culpa, su culpa, su culpa como un ritmo monótono e inobjetable. En la culpa y el desesperado intento de sustraerse a sus designios se embosca el discurso ideológico que de antemano se caracteriza como superior, ya que se define negativamente con respecto a lo que se ha categorizado como perverso. La distinción nítida con respecto a lo malo se propone como núcleo de todo valor moral aceptable, así como, según Voltaire, a la chusma inglesa no le importaba regirse por un calendario que retrasara con respecto al año solar, ya que eso le permitía no coincidir con el calendario gregoriano de la iglesia de Roma. El discurso moralizante adora la inacción, la rendición anticipada, ensalza todo lo que no sea occidental sin atreverse a juzgar sobre su valor intrínseco. Perdida en esta corriente confusa , Europa agoniza oprimida por el peso de su propio poder, por la culpa inmensa que le causa haber sido poderosa y poder todavía serlo. Ante la sola posibilidad de mantener o acrecentar su poder, el progresista se molesta: eso quiere decir más culpa, por lo que el automatismo moral tan eficiente le asalta en la forma de un remordimiento culpable por todos los otros que sufren. No sólo los otros humanos, también el dolor todo que soporta la naturaleza: el ecologista ha sido el encargado, en el seno de la especialización del trabajo ideológico, de extender la culpa de occidente más allá de los límites de lo humano, hasta alcanzar los límites mismos de lo real.
    El mito del buen salvaje continúa modelando de manera perversa la relación de occidente con el resto de los hombres. Esto quiere decir que se fragmenta el código moral en dos grandes áreas, sólo aplicables de manera unívoca y separada: la moral de la culpa, que occidente se obliga a soportar ascéticamente, y la moral de la inocencia, sólo referida a lo no-occidental. La dotación de construcción intelectual tan absurda como maligna, sin embargo, parece redimir a una parte de occidente de sus insoportables culpas, por lo que grandes segmentos de la población se convierten, a menudo inconscientemente, en eficientes minadores, en quintacolumnistas al servicio de los rencorosos enemigos de la civilización occidental. El buen salvaje estará siempre guarecido bajo la aureola de bondad que le presta el no estar contaminado por la corrupción que emana de la civilización occidental, y su acción será siempre comprensible, aun cuando terrorista o asesina, por ser la natural defensa del animal herido ante la maldad del infiel occidente. Su acción es inocente, no aprensible por las categorías morales válidas para la acción occidental, y si no fuera por el imperialismo al que están sometidos, su reino sería el de los cielos.

  5. El Perdón de los Pecados. La música y el bálsamo ideológico

    El bálsamo que redime de los dolores de la culpa y la mala conciencia se oferta en muy distintas formas. También se vende como arte. La música, la pintura, la arquitectura se han convertido también en autos públicos en los que aliviar una buena cantidad de culpa. El ritual del amante del arte dicta de antemano cuál es la valoración acertada, cuáles los matices que es preciso silenciar, y qué será necesario no nombrar. El criterio estético se ve sustituido por un uniforme criterio ético que valora el arte sólo en tanto promociona los valores por doquier dominantes: si la obra es incomprensible y deforme, pero critica determinado aspecto de la civilización occidental, no apreciarla es señal de falta de sensibilidad y conservadurismo. Lo bueno y lo malo artísticos no se refieren ya a las cualidades estéticas presentes en la obra, sino que adquieren un significado inequívocamente moral que refiere a la adscripción a una de las banderas en que se divide el campo ideológico. La música, creada de modo compulsivo para satisfacer el delirio consumista de grandes segmentos de población, sirve de manera idónea a los designios de la ideología; el juicio estético se sustituye por valoraciones que en ningún caso alcanzan el dintorno de lo estrictamente musical. Se juzga al músico no como músico, sino como profeta de la doctrina redentora. No basta más que asistir a un concierto de la denominada música étnica para contemplar el más acabado rito de perdón de los pecados. En la mayoría de los casos es inútil procurar comprender el entusiasmo que genera una música sino pobre sí resueltamente simple; ahí no hay juicio musical alguno, hay sólo juicio ideológico. La ceremonia consiste en reivindicar las otras músicas oprimidas por el formidable edificio de la armonía occidental, y sólo el sentido moral del evento permite comprender los efectos tónicos que resultan en un público que consigue descargarse, aunque sea momentáneamente, de algo del peso del remordimiento. El bálsamo ideológico, en forma de música, ha producido de nuevo sus efectos satisfactorios.

  6. Notas

    [1] Esto no quiere significar, contra Marx, que sean todas las ideologías igualmente perversas, falsas u opresoras. Tal conclusión habría de apoyarse en la abstracción del contenido efectivo del sistema de ideas que ampara la existencia de un poder determinado, así como de la naturaleza misma de tal poder, y, en última instancia, en una premisa mayor absolutamente injustificada, pero aceptada plenamente por ciertas corrientes de pensamiento judeo-cristianas, como la marxista: la malignidad de todo poder terreno.
    [2] Orwell, característicamente lúcido, contempla como única esperanza de libertad la existencia de la verdad. Sólo si la verdad existe, afirmo con él, hay oportunidad de ser libre, ya que la libertad es necesariamente el enfrentamiento individual con una verdad no dependiente de arbitrio ninguno. El totalitario régimen de 1984 se convierte en inexpugnable sólo desde el momento en que la sociedad que tiraniza se convence de que la verdad es una variable dependiente de la colectividad que la piensa.

    La libertad consiste en poder afirmar que dos más dos son cuatro.

    [3] Queda para otra ocasión la pregunta sobre la pragmática originadora de la ideología: ¿a quién interesa tal sistema de valores? Lo cierto ahora es su existencia. Sólo una mirada a los sistemáticos intentos de eliminar de los centros de enseñanza el conocimiento riguroso, desplazándolo a favor de entretenimientos y adoctrinamiento ideológico, muestra el interés que los prosélitos de la doctrina vigente sostienen en mantener a los niños y adolescentes en la ignorancia, terreno de siembra idóneo para la fe. La manipulación ideológica, mantenida con constancia desde la temprana niñez, impide que el alumno desarrolle modos de defensa basados en el conocimiento. De esta manera, a través del sistemático escamoteo de la realidad, se crea un electorado dócil. V. Mercedes Ruiz Paz, la secta pedagógica; Grupo unisón ediciones. Madrid, 2003.
    [4] España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos
    de dolor y de piedra profunda para darme: no me separarán de tus altas entrañas, madre (…).
    Miguel Hernández, El hombre acecha.
    [5] Este mes de mayo, el ministro de defensa ha ofrecido un emotivo ejemplo de santidad al afirmar sin empacho que prefiere morir que matar.
    [6] La aparición del pacifismo a ultranza es síntoma inequívoco de esta recuperación amplificada del ideal de santidad; durante la preeminencia del ideal aristocrático de santidad, la sociedad no se veía incapacitada para la acción guerrera; desaparecidos, sin embargo, los hombres superiores, la sociedad en su totalidad se hace sujeto de culpa, por lo que se ve condenada a la inacción y, si persiste, a la desaparición o la esclavitud.
    Dispuestos a mantener siempre con las ciudades extranjeras relaciones pacíficas. A causa de este amor que es excesivamente inoportuno, cuando hacen lo que desean, llegan, sin advertirlo, a perder toda aptitud para la guerra, crean en la juventud idéntica disposición y están siempre a merced de sus agresores, razón por la cual no hace falta que pasen muchos años para que tantos ellos como sus hijos y la ciudad toda, a menudo sin darse cuenta, se vuelvan, de libres, esclavos.
    Platón, Político, 308 a

    [7] El espíritu, por llamarlo de alguna manera, suicida e imbécil que lleva a afirmar a intelectuales como Susan Sontag que el hombre blanco es el cáncer que soporta la tierra. Quizás lo más sorpresivo no es la manifestación individual de la idiotez moral, en este caso evidente, sino su institucionalización a través de premios y recompensas mediante las que la clase política ritualiza su absolución ideológica. En este caso, la intelectual nombrada fue galardonada con el premio Príncipe de Asturias en su rama de Humanidades.
    [8] La necesidad de esta crítica es evidente en la facilidad con que se hace pasar como moneda legal una burda falsificación del auténtico diálogo; sería erróneo entender esta crítica como el intento de eliminar la razón en tanto se expresa en un diálogo posible, así como Kant no pretendía acabar con la razón pura al someterla a crítica. Más bien pretende reducir la razón, ya sea teorética o dialógica, a sus límites legítimos, impidiendo su expansión incontrolada a ámbitos en los que no encuentra real acomodo y se convierte en delirio visionario, como el padecido por quien concibe como posible un diálogo con quien como única argumentación posee la condena al degollamiento.