espacio de e-pensamiento

viernes, 9 de enero de 2009

Vasili Grossman y la libertad sin mercado.
Borja Lucena

En su novela "Todo fluye", Vasili Grossman se atreve a inmiscuirse en los mecanismos y resortes que aseguraron durante tantos años la pervivencia del régimen totalitario soviético. Iván Grigórievich vuelve al mundo tras treinta años de existencia espectral en un campo de trabajo; no obstante, el mundo al que regresa es ajeno y desconocido, como si la Revolución hubiera satisfecho la siniestra promesa de reformar por entero la realidad. Las ciudades, las calles, los barrios, todo ha cambiado de nombre y de modo de existencia, e Iván vaga perdido en busca de cosas y personas que no son más que recuerdos. En leningrado y Moscú encuentra a algunos de los amigos que lo habían delatado y que ven en él a un fantasma venido del más allá sólo para inquietar su sosiego; el Hombre Nuevo es una realidad contundente que ha sustituido hace mucho a familiares, amigos y conocidos. Iván busca también a la mujer que le amó y terminó por olvidarle, pero ante la certidumbre del absurdo sólo llega a mirar su casa desde muy lejos.

Después de deambular por el mundo nuevo instaurado triunfalmente por la revolución, Iván encuentra un trabajo modesto y una habitación en casa de la viuda Anna Serguéyevna. Trabaja junto a un obrero que se queja de los logros de la revolución: "Ni siquiera podemos hacer huelga. ¿Y qué clase de obrero es ése que no tiene derecho a huelga? Anna Serguéyevna le relata la historia de una mujer, que fue ella misma, que dirigía un koljós en el que todo lo que se cosechaba era entregado al estado, que en compensación pagaba con una vida miserable. Las mujeres que robaban un puñado de grano para tener qué darle a sus hijos eran condenadas a siete años de reclusión. Iván y la viuda, avejentada y pálida, hablan lentamente acerca del paraíso del proletariado, y hablan sobre lo primero que la política revolucionaria se empeñó en mantener apartado de la nueva sociedad, la libertad: Rusia había visto muchas cosas en mil años de historia. Durante los años soviéticos el país había sido testigo de victorias militares mundiales, enormes construcciones, ciudades nuevas, presas que detenían el curso del Dniéper y el Volga y canales que unían los mares, la potencia de los tractores, de los rascacielos... La única cosa que Rusia no había visto en mil años era la libertad. La libertad, que adorna los ampulosos discursos de la burocracia, es pensada por Iván como una presencia modesta y casi vulgar, porque lo que la convierte en un bien que vale la pena no es su declinación universal -"la Libertad del Pueblo", "la Libertad del Proletariado"- sino su adherencia a los gestos y sucesos cotidianos. En este sentido, Vasili Grossman, nos obliga a plantearnos una reflexión incómoda para las teorías políticas al uso: ¿tiene sentido hablar de la libertad cuando se desvincula su ejercicio de amplios campos de la existencia humana como es la libertad de comprar y vender, de dedicarse a esto o a lo otro? ¿Es efectiva una libertad sin mercado? ¿No se convertirá la libertad en sólo una palabra más de un discurso mentiroso si aceptamos que la vida económica ha de estar reglamentada y dirigida por el estado, por mucho que sigan existiendo leyes que proclamen la salvaguarda de las libertades políticas? Anna Serguéyevna intenta encontrar una explicación a la insoportable vida que padecen los hombres bajo la égida del socialismo: Aun así, en el campo es donde se llevan la peor parte. A mi modo de ver, el estado les quita demasiado, ya sea a la gente de la ciudad o a la del campo. Sí, de acuerdo, las casas de reposo, las escuelas, los tractores, la defensa nacional..., entiendo todo eso, pero se llevan demasiado, deberían llevarse menos. Iván señala entonces ese trozo de libertad cuya amputación puede equivaler a la eliminación completa de cualquiera de sus formas: Antes creía que la libertad era libertad de palabra, de prensa, de conciencia. Pero la libertad se extiende a la vida de todos los hombres. La libertad es el derecho a sembrar lo que uno quiera, a confeccionar zapatos y abrigos, a hacer pan con el grano que uno ha sembrado, y a venderlo o no venderlo, lo que uno quiera. Y tanto si uno es cerrajero como fundidor de acero o artista, la libertad es el derecho a vivir y trabajar como uno prefiera y no como le ordenan. Pero no hay libertad (en la URSS) ni para los que escriben ni para los que cultivan el grano o hacen zapatos. 

¿De qué hablamos cuando hablamos de una libertad sin mercado?