espacio de e-pensamiento

viernes, 13 de febrero de 2009

Las clientelas de la utopía


"De la sustancia de la utopía se han forjado las pesadillas, los sueños y quizás gran parte de aquello por lo que el mundo es mejor y la vida vale la pena. Pero el afelpado reducto de las sociedades protegidas, el maleable tejido de comunicaciones, presiones, adhesiones virtuales y sustitución del contenido por el volumen y difusión de las palabras han creado una clase nueva para la que la utopía es su vehículo, la lona que recubre sólidos edificios de intereses, la contraseña que permite el acceso a zonas deseables y bienes restringidos y que incluso procura el lujo de la superioridad de valores.
El fenómeno es inseparable del parasitismo y el estado de bienestar. En ningún terreno se manifiesta con claridad tan meridiana como en el de los Señores de la Guerra Semántica, que deben su status al monopolio del etiquetado político y moral.
Lo ocurrido en Educación y Cultura (el interesante botón de muestra hispánico) es la punta del iceberg del gran secuestro que ha marcado el espíritu del siglo XX y se esfuerza en extenderse al siglo XXI: Nada menos que el monopolio de ética y estética, de comunicación y de civilización, de orientación axiológica y de representación del mundo que se ha habitado y que se habita. Y ello porque de la impostura, de la mistificación de la Historia, del ocultamiento sistemático de al menos la mitad del planeta de los hechos lleva viviendo, prosperando, aplastando y perpetuándose una clase muy especial de los tiempos modernos que se ha creado toda una técnica de autojustificación, conquista y subsistencia a base de impostar solidaridades, ideales y rebeliones. "

Mercedes Rosúa ha escrito un libro a contrapelo, en abierta oposición a la ortodoxia dominante. La tesis fundamental del texto es que la antigua Enseñanza Media, hace dos décadas, era una institución susceptible de ser mejorada, como todas, pero que funcionaba razonablemente bien, cumplía, más o menos, con la función social que tenía asignada y parecía entonces imposible que degenerara en la medida en que lo ha hecho. Ni que decir tiene que la corrupción de la institución no es casual, inevitable o un efecto colateral de otro tipo de cambios sociales. No. Han ido a por ella, se la han cargado (basicamente los gobiernos socialistas, para qué engañarnos) y el resto hemos asistido como espectadores impasibles, en el mejor de los casos, al desmantelamiento de una institución crucial para el futuro del país.

A Rosúa no le faltan razones para lanzar un ataque frontal a toda la “filosofía” LOGSE que está detrás de la Reforma de la enseñanza media, y que ahora amenaza a la universidad, pero estas razones son conocidas por todos los que estamos dentro del cotarro y, en este aspecto, el libro no aporta demasiado.

Tres son los motivos por los que recomiendo el libro: el primero, y más importante, porque está bien escrito, siempre se agradece acercarse a una prosa precisa, poderosa y contundente; segundo, porque es una cuestión de higiene intelectual leer obras heterodoxas y autores políticamente incorrectos; tercero, por deformación profesional, imagino que es un tema de interés para todos los docentes.

En el “debe” habría que apuntar que demasiadas veces la autora caricaturiza, con lo que la crítica gana en agudeza e ingenio pero pierde profundidad; de la misma forma que caricaturiza el estado actual de la enseñanza secundaria, la autora idealiza en exceso la antigua enseñanza media anterior a la llegada de los primeros gobiernos socialistas, y especialmente la formación y competencia de los añorados, por la autora, catedráticos de bachillerato. Por otro lado apenas se desvelan datos relevantes o información desconocida: no es, en absoluto, un trabajo de investigación, pero podría aportar algo más sobre el problema que analiza; y, finalmente, detecto en el texto cierto victimismo que la autora comparte con otros liberales, digamos radicales, que me recuerda, en parte, al empalagoso victimismo nacionalista tan en boga por estos lares.