espacio de e-pensamiento

martes, 24 de febrero de 2009

Tomás de Aquino y el sol de la tarde

Hay días de febrero que simulan ser primavera; días en que el viento, misterioso e invisible, agita las ramas de los árboles aún insensibles como si tratara de despertarlos de su prolongado letargo. Hoy, un día de esos, me he sentado a los pies del fragmento más digno de muralla de Soria y he recibido el sol de la tarde como una promesa de algo indeterminado pero bueno. A mis pies el Duero murmuraba cosas ininteligibles.
Situado en medio del mundo, he abierto la Summa Contra Gentiles y he leído algunos capítulos. Envuelto en la serenidad y la calma he vuelto a pensar que lo que me admira de Santo Tomás -a pesar del carácter extraño que para mí presenta buena parte de su filosofía y sus especulaciones teológicas sobre los ángeles y las formas separadas- es la pasión por penetrar la consistencia del mundo, en cualquiera de sus grandes o mínimos fenómenos. Nada nos dice de él mismo, y el mundo es respetado por un yo que todavía no ha adquirido las monstruosas dimensiones del sujeto moderno.
El "Yo" moderno, frente al humilde agradecimiento por la simple existencia de las cosas, es insaciable devorador, anulador de realidades, triturador de presencias que no se identifiquen con los instrumentos que sirven a su ansiedad por suprimirlo todo. De ahí el carácter asfixiante y oscuro de buena parte de la filosofía moderna, que levanta ideales pálidos para usurpar el lugar de las cosas iluminada por el sol. Para Tomás de Aquino, al contrario, lo maravilloso no es su yo, que no aparece; lo maravilloso es el mundo inacabable y las fuentes del ser de las que brota. El mundo es irreductible al deseo, siempre lo desborda y lo mantiene encendido, porque ése es el deseo más poderoso, más invencible: el de conocer sin suprimir. Un deseo que impulsa al conocimiento de una realidad que no puede agotarse. Los dos polos cuya separación irremediable permite la apertura de lo que, propiamente, llamamos "vida": realidad y deseo.
Por esta razón tan sencilla, por esta bendita ingenuidad y mundanidad, me gusta leer a Tomás de Aquino.