espacio de e-pensamiento

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Perplejidades de la filosofía.
Borja Lucena Góngora

Los filósofos comprendieron que el aliento del pensar surge de la insatisfacción ante lo presente a los sentidos; lo que vemos, lo que oímos y tocamos, parece esconder una verdad que en las apariencias no aparece, que en lo revelado no se revela; la inquietud y el temblor que recorren lo manifiesto oscurecen el corazón permanente del mundo que el pensamiento anhela para tomar asiento; el movimiento sin término de las cosas exige algo primero que no se mueva; los sentidos, en fin, sólo nos proporcionan la imagen de un mundo, pero nos alejan a la vez del acceso al mundo mismo. La filosofía ha de ser capaz de elevarse sobre lo dado -lo visto y lo oído- para adquirir lo anhelado, la verdad misma que no se da a la intuición.
Sin embargo, el propósito de la filosofía es la visión (theoreín) de lo verdadero que se busca; el fin del pensamiento es dejar de pensar para llegar a intuir; el del lenguaje -como en el platónico "más allá de las palabras"- callar. La búsqueda de la muda contemplación de lo que es en sí hizo del filósofo alguien que filosofaba para dejar de filosofar, alguien que pensaba para dejar de pensar un día, como Descartes dudaba para desembarazarse de una vez de toda duda.
La filosofía, despreciando la intuición, quiere alcanzar, sin embargo, otra intuición; aferrándose al pensamiento como lugar de la verdad, aspira a renunciar a él para llegar, de nuevo, a ver. Esta es una gran perplejidad de la filosofía.