espacio de e-pensamiento

lunes, 24 de mayo de 2010

El Verdugo.
Eduardo Abril Acero

Hay cierta tragedia carpetovetónica en la caída de Zapatero; cuando llegó a la Moncloa el escenario político era muy distinto; el país iba viento en popa, todo el mundo ganaba dinero, se compraba un buen coche, una casa carísima y podía pagarse unas vacaciones en el extranjero. Las reformas no eran realmente necesarias ni siquiera en aquellos ámbitos en los que resultaban evidentes, como en el caso de la educación, puesto que para educar camareros, albañiles y encofradores, no hacía falta rasgarse las vestiduras. La política en la calle había derivado en lo que deviene en todas las sociedades democráticas, en un objeto de consumo, un divertimento, un modo de ocupar el tiempo de los ociosos. En las “casas de posibles”, la clase media con una formación intelectual, los hijos elegían sus profesiones como quien elige una afición; el niño mayor marchaba a hacer ingeniería a Madrid porque desde pequeño le gustaron los aviones, y el menor se hacía del partido, de las juventudes, e iba ocupando cargos en la organización. La vocación la había descubierto en el instituto, después de haber sido elegido delegado de curso y elogiado por su profesor de ética con un comentario irónicamente indeterminado: “este niño tiene madera de político”.
La virtud de Zapatero, criado en esta ociosidad en la que uno se juega poco, crecido dentro de los congresos locales, provinciales, regionales y nacionales de las Juventudes socialistas, una mezcla de mitin político, acampada de scouts y convivencia de congregación mariana con botellón pagado por el partido, fue precisamente la visión clara de que en la política, como en el mundo de los refrescos y las zapatillas, todo era cuestión de marca. Y así entró Zapatero a presidenciar el país, decidido a crear una buena marca, su logo de presidente: ZP. Y como tal resultó brillante. Zapatero desarrolló un discurso, un léxico, claramente identificable y distinto de todas las demás marcas, llevando la política española al territorio que se le daba realmente bien: la ideología. Durante unos años, en España, realmente ya no se trataba de desarrollar un plan hidrológico, mejorar las infraestructuras, ampliar las coberturas sociales, reformar y mejorar la educación, integrar la creciente inmigración o adecuar la sanidad al aumento de la población. Se trataba más bien de delimitar bandos, aislar enemigos y abrir nuevos frentes ideológicos en forma de debates sociales y opinión pública. Y para eso Zapatero abrió todos los melones: de nuevo la antigua lucha de clases, la vieja cuestión de la identidad, la revivificación del pasado, la conjura del capitalismo, la lucha de género y la alianza de las civilizaciones.
El nuevo léxico de Zapatero le encumbraba como un político valiente que se enfrentaba a todas las injusticias, mientras que sus oponentes aparecían como agentes de todas las conjuras perversas habidas y por haber. Lo llamativo, sin embargo, era que más allá de retiradas de tropas más o menos anecdóticas, y desplantes a banderas extranjeras como si se tratara de un niño que en plena rabieta frunce el ceño y te retira la cara, el léxico de Zapatero resultaba inocuo desde un punto de vista material: no se alteraba ni una sola de las estructuras sociales que el presidente heredó y que denunciaba como injustas, estructuras que hacían funcionar al país. Eso sí, a nivel electoral, como espectáculo mediático-político, el discurso era activo y tremendamente rentable, mostrando su verdadera utilidad. Zapatero clamaba por todos los oprimidos del mundo, y a los “oprimidos” que le votaban, todos viviendo en chalets pareados y con dos coches aparcados en la cochera se les encogía el corazón y se hinchaban de emoción.
El problema llegó cuando los oprimidos dejaron de estar en países lejanos y empezaron a multiplicarse en la propia casa; fue entonces que el discurso diseñado para no mover ni una sola piedra pero hacer latir todos los corazones, comenzó a hacer aguas; básicamente porque cuando el subsidio del paro no alcanza a pagar la hipoteca ni a mantener el coche, el “capitalismo internacional” resulta una palabra demasiado vaporosa, demasiado abstracta, y uno en esos momentos requiere un culo al que darle una patada. Porque si es verdad que tenemos un enemigo que está asfixiándonos, entonces lo que queremos es un dirigente lo suficientemente audaz como para echarnos al monte, a nuestra Sierra Maestra, y plantarle batalla. Pero Zapatero no ha sido finalmente este y en los últimos días ha escenificado él mismo su propio drama; se ha plantado delante de todos los españoles para contarnos que nos va a aplicar la máxima pena, el español garrote, pero obligado por una dictadura internacional que no respeta ninguna de sus buenas intenciones. Él solamente es un verdugo que pensaba que no tendría que girar la llave, una víctima más del cruel sistema.

Su caída recuerda mucho a la de aquel otro verdugo, el de Berlanga, que tuvo que ser arrastrado al patíbulo donde el verdadero condenado esperaba impasible y entero. Aquel se hizo ajusticiador creyendo que nunca tendría que cumplir con el significado de la palabra que lo nombraba y aprovechando un momento de paz en el que el Garrote yacía solitario; quería un buen puesto entre el funcionariado público y un piso gratis, y confiaba que su profesión hubiera dejado de ser lo que es para convertirse en una figura meramente retórica.
Conviene que no olvidemos, no obstante, quién es la víctima en la película, precisamente al que no se le oye.