espacio de e-pensamiento

viernes, 15 de octubre de 2010

Thomas Mann y el aprendizaje significativo.
Borja Lucena

"Un aprendizaje es significativo cuando los contenidos son relacionados de modo no arbitrario y sustancial (no al pie de la letra) con lo que el alumno ya sabe. Por relación sustancial y no arbitraria se debe entender que las ideas se relacionan con algún aspecto existente específicamente relevante de la estructura cognoscitiva del alumno, como una imagen, un símbolo ya significativo, un concepto o una proposición (AUSUBEL; 1983 :18).
Esto quiere decir que en el proceso educativo, es importante considerar lo que el individuo ya sabe de tal manera que establezca una relación con aquello que debe aprender. Este proceso tiene lugar si el educando tiene en su estructura cognitiva conceptos, estos son: ideas, proposiciones, estables y definidos, con los cuales la nueva información puede interactuar". (tomado literalmente de "avizora.com")

          El texto anterior no es de Thomas Mann. Al principio estuve tentado de titular esta entrada como "Thomas Mann contra el aprendizaje significativo", pero me di cuenta de que era un poco idiota. El escritor no estaba ni a favor ni en contra de eso, y lo único de lo que habla en el texto que al final transcribo es del fenómeno del aprendizaje, y no de teorías que dictan cómo debe llevarse a cabo. Esto último es algo que siempre me ha llamado la atención sobre las teorías pedagógicas en boga: uno no sabe si intentan describir y comprender el hecho del aprendizaje y la adquisición de conocimiento o, más bien, si pretenden legislar sobre las maneras tolerables en que es dado aprender, condenando a toda otra forma de aprendizaje al silencio o al repudio. La provisional conclusión a la que he arribado es que ciertos pedagogos muchas veces se olvidan de contemplar la realidad empírica de los aprendizajes, y más bien se resuelven en sustituirla por el aprendizaje tal y como, entienden, debería siempre ser.
         En este sentido, el concepto de "aprendizaje significativo" me parece merecedor de atención por mostrar en qué se convierten cosas cotidianas y comunes, casi prosaicas, al cristalizar en dogmas ideológicos. El "aprendizaje significativo", como si fuera una cosa, ha traspasado el umbral de la mundanidad parta adquirir la consistencia de algo perteneciente a una cosmovisión. Para ello, ha tenido que simplificarse, alisar sus contornos hasta hacerse redondo y categórico, borrar la complejidad con que los psicólogos en un tiempo lejano lo trataron, para desembocar en la babosa superficialidad con que es recogido y pregonado desde la legislación educativa y los gabinetes funcionariales. Cuando digo que ha adquirido la consistencia de lo ideológico me refiero a los rasgos que acercan este tipo de conceptos a los de las ideologías; lo crucial en este caso no es la verdad o la falsedad - al igual que ocurre en el caso de las ideologías- sino el modo de convertirse ciertas proposiciones, sean verdaderas o falsas, en axiomas desde los que deducir la realidad, y que, por ello, relegan la experiencia empírica o la niegan como algo insustancial o meramente aparente. En el caso del "aprendizaje significativo", la cuestión no descansa tampoco en que sea verdadero o falso, ya que, de hecho, me parece una obviedad señalar que buena parte de lo que aprendemos se inscribe en una línea evolutiva, de tal manera que, para aprender, a menudo necesitamos disponer antes de una serie de conocimientos adquiridos que permitan la transición; lo importante aquí no es, entonces, que el "aprendizaje significativo" de hecho se dé, sino que se convierta en un axioma del que, necesariamente, toda realidad debe deducirse, de tal manera que, si la experiencia y los hechos muestran algo que no es deducible de la teoría -como puede ser un aprendizaje "no significativo", abrupto y discontinuo, mimético o más parecido a una conmoción que al blando paso evolutivo de una cosa a otra- son los hechos los que han de desaparecer, o, en lenguaje hegeliano, ser conducidos a su idea.
          A mi modo de ver, eso ha ocurrido en las escuelas al imponerse teorías pedagógicas que desdeñan la modesta pero insustituible experiencia: todo aprendizaje tiene que ser "significativo" y, si no, no es aprendizaje, por lo que ha de ser desterrado de las aulas. Esto tiene mucho que ver, creo, con el hecho de que buena parte de la educación haya adquirido ese signo de monotonía y aburrimiento que señala a las cosas muertas, que se haya sustraído la pasión que dispara lo absolutamente nuevo e incomprensible, que se haya convertido en el transcurso mediocre de programas, de prácticas tecnológica previsibles y fastidiosamente familiares.
        El siguiente texto de Thomas Mann me pareció idóneo para revelar ése carácter, a veces olvidado, del aprendizaje: cuando nos enfrentamos a lo que no podemos comprender y el encuentro mismo hace brillar una claridad ininteligible y llena de ímpetu. Está tomado de la soberbia "Doktor Faustus", una novela sobre el aprendizaje y la muerte, el demonio, la soledad. Y la música.
        "(...) el conferenciante hablaba de cosas, asuntos y valores estéticos que hasta entonces no habían entrado en el ámbito de nuestros conocimientos y que ahora veíamos surgir de modo impreciso en el horizonte, al conjuro de su siempre vacilante palabra. No estábamos en situación de comprobar lo que decía, como no fuera a la luz de sus propias interpretaciones pianísticas, y escuchábamos todas aquellas explicaciones con la oscura y agitada fantasía del niño que presta oído a legendarias historias incomprensibles mientras su espíritu, blandamente impresionable, se siente, como en sueño y por intuición, enriquecido y estimulado. "Fuga", "contrapunto", "Heroica", "confusión por colorido excesivo de las modulaciones", "estilo clásico", todo ello tenía para nosotros algo de fabuloso, pero lo escuchábamos con gusto y boquiabiertos, como los niños gustan de prestar oídos a lo incomprensible y a lo inaccesible. Con mayor gusto en verdad que si se tratara de cosas próximas, correctas y normales. Muchos se resistirán a creerlo, pero ésta es la forma más intensa, la forma superior, y quizás la más fructífera, de la ensañanza. La enseñanza anticipativa, pasando por encima de vastas zonas de ignorancia. Mi experiencia pedagógica me dice que éste es el método que la juventud prefiere y, por otra parte, el espacio que deja uno vacío tras de sí, se llena por sí mismo con el tiempo."