espacio de e-pensamiento

lunes, 15 de noviembre de 2010

De hombres, dioses y demiurgos.
Eduardo Abril Acero

Pensando en los dioses es fácil darse cuenta en qué se diferencia el de los judíos-cristianos del de los filósofos platónicos. El dios de los cristianos es todopoderoso mientras que el de los platónicos es un demiurgo incómodo y ocioso. Yaveh creó el mundo de la nada, inventó todas las cosas y todas las ideas y lo puso a funcionar. El resultado no podría ser otro que “la maravilla de la creación”, un universo perfecto y abrumador que nos hablaría del poder de Dios en cada uno de sus rincones. En cambio el Demiurgo en su sucio taller copió imperfectamente el diseño original, saliéndole como resultado un mundo imperfecto susceptible de mejora.
       Considerar que el universo es una vulgar vasija de alfarero o pensar que es un lugar frente al que maravillarse, determina en buena medida nuestra disposición a estar en él. Esta es la distinción que hay entre un filósofo platónico y un teólogo cristiano:  el primero es consciente de que este mundo imperfecto debe ser transformado para acercarlo al ideal, introducir, como señala Platón en La República “armonía”, mediante “la persuasión o la fuerza”; el segundo se ve abrumado frente a la inmensidad de lo real y carece de voluntad para alterar ni una sola de las piedras que Dios colocó, con cuidado, en la creación, al principio de los tiempos. El primero se acerca al mundo con la pretensión de cambiarlo; en el segundo, la acción se limita a la contemplación de la obra de Dios y a su defensa contra cualquier adulteración.
El filósofo es el técnico que opera y cambia; el religioso es el que espera y calla. Heidegger ya vio con toda claridad que la esencia toda del platonismo era la técnica, la transformación calculadora del mundo que no deja que las cosas sean simplemente, sino que las emplaza a ser de un modo más preciso y deseado. Occidente, desde Grecia hasta hoy,  desde Platón a Nietzsche, deviene en una desaforada pasión por el progreso, por el diseño, por la exigencia de que el futuro responda a nuestros deseos, se adecue al ideal, sea ese ideal, llegando incluso al paroxismo neurótico de creer que nuestras proyecciones son más reales que la realidad misma.
Pero este afan transformador de los hijos de Platón presenta muchas caras. Por ejemplo, la política revolucionaria marxista, en su afán transformador trata de refundar la caverna desde cero; destruir el orden de lo existente para crear, sin trabas, un nuevo comienzo, una nueva sociedad. El marxista se concibe a sí mismo como un demiurgo al comienzo de los tiempos, dispuesto a moldear la realidad conforme  a un ideal, de justicia e igualdad sí, pero también de eficacia matemática. La dialéctica marxista imagina que, puesto que el hombre es el fiel reflejo de los modos de producción, de las relaciones sociales, para construir una sociedad nueva, sin contradicciones, se trataría de diseñar esos modos de producción y esas relaciones sociales, de forma completamente nueva, de forma que las nuevas relaciones alumbraran también un nuevo hombre, una nueva sociedad, incluso una nueva naturaleza y una nueva realidad. El marxista es implacable en su deseo: la realidad toda debe responder, por la persuasión o por la fuerza, a un ideal dialéctico soñado, imaginado, pensado, como si el plan mismo del universo debiera obedecer a esta ensoñación.
Pero también está el universo visto por los ojos de un cristiano, ese universo intocable respecto del cual sólo cabe la contemplación, la comprensión, la espera, la serenidad. El  universo entero, y todas las cosas que contiene, son la creación ex nihilo, de un dios perfecto y omnipotente. Alterar ese universo, que nos ha sido entregado entre oropeles, es enfrentarse a la voluntad de Dios. Por eso el problema del cristiano es siempre el problema del mal y su respuesta la teodicea, la justificación de Dios. La teodicea es una disciplina consistente en la justificación de lo que hay, puesto que eso que hay procede de Dios. Aunque la filosofía cristiana pudo inspirarse en ciertos momentos en el espíritu técnico de la filosofía griega, su raíz judía no podía ser silenciada: Dios lo es todo, y el hombre no es nada. El objetivo del hombre no es la transformación del mundo, sino la contemplación de la obra de Dios tal y como ha sido concebida. Olvidaron, claro, que a la ciudad nada le interesan ese tipo de hombres entregados a la comprensión que no bajan a la caverna y se las ven con los problemas vitales, como si el filósofo, el teólogo o el místico estuvieran por encima del mundo. El cristiano se ve en la necesidad de justificación de la obra de Dios que, igual que Cristo llevó su cruz, se doblegó ante la injusticia, sufrió calladamente la condena, murió para ejemplificar la mansedumbre, siente la necesidad de separarse de las cosas, y de contemplar y comprender el sufrimiento de vivir. Es cuando creemos en el dios cristiano cuando, por necesidad, debemos volvernos ajenos al dolor de los hombres, pues comprendemos su necesidad. Si no qué sentido tiene que el mismísimo Dios, encarnado en Cristo, sufra todas las penalidades y miserias humanas, sino es el de dejarle claro a los hombres que lo que se les pide es que sufran calladamente sus vidas y contemplen con pasividad el sufrimiento ajeno.
La justificación que hace Leibniz en su Teodicea anticipa el Hegel de después de la fenomenología: el dolor es un mal necesario, un momento necesario del discurrir del mundo y este, es el mejor de los universos posibles creados por Dios, así que también podemos maravillarnos frente al dolor, la miseria y la crueldad, siempre que alcancemos la comprensión necesaria que nos permita tener una visión sub specie aeternitatis. Este es el conservador de salón, capaz de convivir con la infamia y la injusticia sin mover un dedo, con la excusa de que el mundo es el que es y no podemos hacer otra cosa que dejarlo ser. Y está aquí también el germen del fascismo y el nacionalismo, entendiendo por esto la obsesión compulsiva por la preservación de las esencias, por la recuperación de un mundo mitológico que tal vez sólo existió en sus proyecciones neuróticas, la preservación del ser del pueblo, un fantasma que permanece inalterable desde el orígen de los tiempo. El nacionalismo etnicista y sobretodo   el fascismo,  justifica la violencia extrema contra todo aquello que suponga una amenaza del mejor de los universos y disfruta de esa violencia mediante una “comprensión superior”. El nacionalista sueña con una sociedad en la que el sufrimiento es admisible siempre que sea el modo propio de expresión de un pueblo, igual que el cristiano no tiene inconveniente en convivir con la injusticia siempre que la obra de Dios quede a salvo. Por eso, por ejemplo, el cristiano no tolera al homosexual, que contamina la creación inmutable tal y como fue concebida en la mente divina, y el nacionalista no tolera la mezcla -de la lengua, de la tradición, de la raza- pues contamina ese nuevo dios, el pueblo étnico (una metáfora del pueblo elegido de los judíos). Cualquier alteración de la esencia, de la raza, de la lengua, de la cultura es un atentado contra la sacrosanta creación de Dios.
Ambos modos de tener dioses, el dios de los filósofos que cree que puede transformar el mundo, inventando una nueva realidad perfecta, a imagen del sueño de las ideas, o el dios de los cristianos y esencialistas, que piensa que hay que preservar la creación de la contaminación y el pecado, crea monstruos. Monstruos como Stalin y Hitler. La diferencia entre la brutalidad estalinista y la brutalidad nazi radica en que los primeros se justificaban en el desarrollo futuro de la sociedad, en el avance inexorable de la historia, en la actividad modeladora incesante del demiurgo humano, mientras que los segundos miran al pasado, un pasado ficticio e ideal, una situación cero en la creación, un paraíso perdido. Ambos creen que todo está permitido con tal de crear la sociedad del futuro, o volver al paraíso perdido. Para Stalin todo estaba permitido para la revolución, incluído el asesinato de millones de  personas que obstaculizaban el avance de la Revolución y el advenimiento de la sociedad perfecta. Para los nazis, el paraíso perdido existía ya, de facto, en el pueblo alemán y su raza de dioses nórdicos; se trataba entonces de limpiar, depurar, descontaminar, desbrozar, eliminar todos los elementos contaminantes que impiden que la raza y el pueblo pueda expresarse en su verdadera esencia. En ese orden, está permitido el asesinato de los impuros y la eliminación de la cultura contaminante. 
         Pero entre el dios de los cristianos y el dios de los filósofos, hay un resquicio para otro dios, un imperfecto demiurgo platónico. Platón nos habla en el Timeo de este extraño dios que, teniendo como modelo las ideas, como un artesano, modela un mundo de cosas imperfectas. Esta es la idea que me parece importante, y de la que Platón era consciente: sólo las ideas son perfectas, las cosas son imperfectas. Por eso este dios platónico, es un dios chapucero, un dios que moldea y se afana, pero cuyas obras son siempre deficitarias, un Kluge que diría Gary Marcus. El demiurgo, en su tarea de moldeamiento de la realidad, se encuentra con la eternidad y absoluta quietud de las ideas, pero con el cambo incesante y la temporalidad encarnada de los materiales. Así que, en ningún momento moldea un mundo perfecto; el demihurgo platónico es un dios capazde hacer “apaños” siempre susceptibles de mejora. A diferencia del dios cristiano, no crea, de la nada, un mundo perfecto, y a diferencia del dios de los filósofos, es incapaz de llevar a cabo un moldeamiento definitivo, que no esté sometido al cambio y a la corrupción.
          Podemos vernos a nosotros como un demiurgo así, con una firme vocación transformadora de lo real en dirección a la construcción de un mundo lo más justo y vivible posible, pero como un demiurgo chapucero que se las tiene que ver con una materia prima que no obedece a nuestros deseos. Sólo así comprenderemos que lo que hagamos, sea lo que sea, siempre será susceptible de mejora.
Si observamos con detenimiento la naturaleza, lo más probable es que nos demos cuenta que Dios ha sido ese chapucero que improvisa a medida que construye, en lugar de un elevadísimo arquitecto o un artesano meticuloso. Marcus nos propone una metáfora que ejemplifica perfectamente este hecho; si quisiéramos construir una industria, por ejemplo una central nuclear, nos tomaríamos tiempo y seríamos cuidadosos con el hecho de hacer un buen diseño, algo que soportase cualquiera de los problemas que pudieran presentársenos. Que fuera un diseño definitivo, es decir, perfecto, dependería de que tuviéramos la previsión necesaria para anticipar cualquiera de las posibles dificultades que nuestra central podría encontrarse. Esto, evidentemente, es imposible, salvo que seamos un dios tan poderoso que pudiéramos preveer el futuro. Así que tendríamos dos opciones; o bien cada vez que nos encontrásemos con un posible fallo de nuestro diseño, echar la central abajo y volver a reconstruirla mejorada; o bien no hacer eso, sino que conservando la estructura original fuéramos capaces de modificar alguno de sus elementos para que aguantase, es decir, una chapuza aceptable.
Esto es básicamente lo que ocurre en nuestras centrales nucleares; muchas de ellas fueron diseñadas en los años sesenta y hoy en día siguen en funcionamiento. Pero funcionan con un sinfín de modificaciones; en esta década, por ejemplo, la informática no se había desarrollado y actualmente casi todas las centrales, las viejas y las modernas, se controlan desde poderosas máquinas computadoras. Por tanto, hubo que hacer modificaciones para poder incorporar sistemas informáticos a estructuras que ni soñaban con ellos cuando se diseñaron. Se hace así porque el coste económico de echar abajo una central para levantar una nueva cada vez que hubiera que hacer modificaciones es algo sencillamente inasumible.
          Pero en la naturaleza ocurre algo similar; las modificaciones que incorporan los diferentes seres se hacen siempre sobre estructuras preexistentes. El resultado es generalmente una chapuza, un Kluge. Ocurre por ejemplo con la posición bípeda humana; es verdad que esta supuso una ventaja cuando nuestros antepasados comenzaron a vivir en la sabana, bajándose de los árboles, pero también ha hecho que seamos el único animal que presenta problemas espalda y dolores de parto. Un buen diseñador habría tenido en cuenta estas cuestiones a menos que claro, sea algo buscado; “parirás con dolor…” que dice la Biblia. En su libro “Kluge, la azarosa construcción de la mente humana” Marcus da cuenta de este hecho mostrándonos cómo el lenguaje, la memoria o el conocimiento son de esta clase de apaños, chapuzas que van soportando de manera más o menos aceptable los problemas con que se van encontrando, que se diseñan a partir de estructuras preexistentes y que tienen ciertos efectos secundarios imprevisibles.
Con nuestras construcciones, ya sean diseños físicos o sociales, ocurre algo similar: pese a lo que pudiéramos pretender no se construyen desde cero, sino que siempre se crean a partir de estructuras preexistentes en las que introducimos modificaciones. La lógica revolucionaria marxista parte de la idea de que se puede echar abajo la sociedad entera y reconstruirla, desde cero, sin contradicciones, una sociedad perfecta. Por eso, el revolucionario no puede, por más que quiera, abandonar la revolución: siempre hay que echar abajo lo existente porque siempre surgen problemas. El dios del marxismo, por más que quiera, no puede preveer una construcción social que salve todos los inconvenientes. El esencialista, en cambio, ya sea un nacionalista o un fascista, no puede abandonar nunca su tarea desbrozadora y descontaminadora, puesto que la tarea de recuperación de ese mundo de esencias perfectas e inmutables, nunca termina de acaecer; siempre necesita un enemigo contra el que descontaminarse. El demiurgo chapucero del que hablo, no necesita derrumbar nada porque considera que nunca se empieza nada desde cero, sino que todas las cosas están sometidas al cambio y la corrupción. Y tampoco necesita descontaminarse de nada, ni encuentra necesidad en la búsqueda belicosa de enemigos, puesto que considera que la realidad misma es una mezcla incesante e interminable. Para él, todos somos una raza mestiza, una cultura mestiza, un hombre y una sociedad hecha de retales. El resultado que espera es siempre un apaño más o menos aceptable, pero del que se derivan consecuencias que no esperábamos y con las que estaremos obligados a convivir aceptablemente o introducir nuevas modificaciones. Por tanto, si volvemos a las consideraciones políticas, un posicionamiento coherente con la descripción chapucera de lo real, es aceptar que todo lo más a lo que podemos llegar es a hacer un nuevo apaño más o menos efectivo, es decir, que mitigue en parte el sufrimiento, que disminuya la crueldad, que aumente el bienestar, teniendo claro que todo eso tendrá un coste inicialmente incalculable y que sólo podremos vérnoslas con él en el futuro.
Pero este ethos está muy lejos del mesianismo dado que no hay una exigencia al futuro ni se trata de que la empiria corrobore nuestras tesis como verdaderas; se trata más bien de partir ya del hecho de que el universo entero es una chapuza y nosotros no iremos mucho más allá de chapucear un poco más. Puesto que no existe un conocimiento fiable del desarrollo de los acontecimientos, puesto que no podemos preveer el futuro, lo mejor es tratar de hacer reformas desde la esperanza de que estas puedan resultar suficientemente efectivas y siempre considerando que puede no haber sido buena idea.
Si algo funciona entonces está bien.