espacio de e-pensamiento

miércoles, 23 de febrero de 2011

Soldados de Salamina.
Rousseau a propósito del 23F
Eduardo Abril Acero

Rousseau enuncia en su famoso Contrato que todos los hombres nacen libres, y que es esta libertad el fundamento de su racionalidad y no al contrario. El argumento que terminó por imponerse entre los racionalistas ilustrados, no fue el suyo sino el kantiano, la defensa de que el hombre es libre porque es racional, y ejercer su libertad equivale a desplegar su discurso y sus acciones de acuerdo un orden deductivo o apriorístico de pensamientos. Rousseau pensaba que ocurría de modo inverso: precisamente porque somos libres y nuestra vida no está escrita de antemano, sino que estamos obligados a tomar decisiones, el hombre despliega una poderosa herramienta, la razón. Esta facultad, no es, como también señalará Nietzsche años después, una potencia divina que nos pone en contacto con algo superior a nuestras propias vidas contingentes, rebosantes de deseos e intenciones. Por eso, si Nietzsche vio que ese deseo de describir la racionalidad como una tendencia divina o natural a la verdad, a lo teórico, escondía una furtiva e insana voluntad de poder, Rousseau, con otras palabras, mostraba que la razón, separada de las vidas cotidianas de los hombres, entregada a la actividad teórica y al progreso tecnológico, se convertía en una poderosa arma corruptora de las almas. Es en este contexto donde hay que entender su renuncia de la filosofía, su rechazo del mundo moderno y de las sociedades sofisticadas. Aunque Rousseau no pudo ver cumplirse su crítica en toda su plenitud, supo entrever que en estas sociedades, el hombre entregado a la razón teórica, encadenado, se olvida de sí mismo, de su intimidad natural, y se pone al servicio de una maquinaria aplastantemente racional.

Pero aún así, pese a las cadenas, el hombre sigue siendo libre y esta libertad es también el fundamento de la perfectibilidad humana: podemos permanecer corrompidos o perfeccionarnos. Porque somos libres organizamos nuestra vida dándole la espalda a nuestra naturaleza corrompiéndonos o, por el contrario ponemos la razón a su servicio mejorándola. Se puede caricaturizar a Rousseau, como ya lo hizo Voltaire, y señalar que esta vuelta a la naturaleza que está pidiendo el ginebrino no es más que una recuperación de nuestra animalidad más simple, un ponernos de nuevo a cuatro patas, afirmaba. Pero lo cierto es que el bueno de Rousseau, en su simpleza, decía cosas mucho más profundas. Cuando nos habla de la intimidad natural humana, habla de la existencia de dos sentimientos innatos: el amor propio y la piedad natural. El primero de ellos consiste en el cuidado de sí, mientras que el segundo apunta al cuidado de lo que nos rodea, de quienes nos rodean. De esta forma, actuamos libremente en la dirección de nuestra propia perfección cuando cuidamos de nosotros mismos al tiempo que cuidamos de los demás, y nos corrompemos cuando disponemos nuestras potencias racionales y nuestras acciones para otros fines alejados de nuestra naturaleza, alejándonos de la perfección de nuestro espíritu.

Pues bien, en cada decisión que tomamos nos jugamos esta perfectibilidad, la posibilidad de ser mejores o de empeorándonos corrompiéndonos y encadenándonos. Una de las novelas que mejor describe esta situación, y que leí hace tiempo, es la de Javier Cercas, "Soldados de Salamina". La historia de Cercas reflexiona, precisamente, en torno a la cuestión de la heroicidad, o si se quiere, por no darle el tono épico que conlleva la palabra "héroe", reflexiona en torno a lo que hace que alguien sea simplemente una buena persona. Para quien no haya leído el libro, describe la historia fingida de un periodista que trata de escribir la historia del frustrado asesinato de Sánchez Mazas, el ideólogo de la Falange, por parte de soldados republicanos en el final de la Guerra Civil; Cercas cuenta cómo Mazas pudo escapar de su destino gracias a que un soldado dejó que se marchara encubriendo su huída frente a sus compañeros. El periodista, también llamado Javier Cercas, da finalmente con Miralles, un viejo excombatiente de Lister, en un asilo del sur de Francia. Hábilmente, el escritor deja ver que en aquel viejo, ahora un poco amargado por el declive inevitable de su vida, late un gran tipo o un héroe, como se prefiera. La razón de esta distinción radica en que Miralles fue el soldado que, hace años, pudo encañonar a Mazas engordando un poco más la lista de muertos de la guerra, pero no lo hizo. Y no lo hizo sencillamente porque no quiso hacerlo. Era un soldado de Lister, comunista y posiblemente estalinista, seguramente acostumbrado a ver sangre, curtido en la batalla, pero le pareció que matar a un hombre asustado y en retirada, cumpliendo, eso sí, con las órdenes de la sociedad a la que creía servir, simplemente no estaba bien. Frente a la razón de la guerra que impone la muerte del enemigo, el soldado eligió el cuidado.
Hoy se conmemora un hecho funesto de la democracia española; hace treinta años que una parte del ejército se levantó en armas contra la constitución y contra el pueblo, creyendo que así salvaguardaba las esencias más profundas de España. Pero el golpe fracasó, y lo hizo en buena medida porque hubo mucha gente que, en aquel momento, en lugar de obedecer las órdenes impuestas por el régimen militar naciente, actuó, jugándose la vida, desde el amor propio y el cuidado de los demás. Estoy pensando fundamentalmente en los periodistas que dejaron de ser funcionarios al servicio del estado, de cualquier estado, o meros registradores de la realidad, para actuar como hombres libres buscando su perfección y su futuro. Por ejemplo, los trabajadores de Televisión Española que, después de ordenarles los militares el cierre de las emisiones, siguieron transmitiendo. O la redacción de El País o Diario16 con sus ya famosos titulares: "El País con la Constitución" y "Fracasa el golpe de estado", ambos cargados de ironía, ambos imposibles de ser considerados mero reflejo de la realidad. Titulares que, lejos de una consideración del lenguaje como descripción del mundo, convertían las palabras en acciones contundentes, tan reales como quien da un puñetazo en la mesa; palabras que se erigían como verdaderas acciones políticas. Y, como ya sabía Rousseau, la acción política, la razón encarnada en los hombres que diría Hegel, puede estar tanto al servicio de la corrupción y el mantenimiento de la injusticia, como al servicio de la virtud y la libertad. No ocurre, como creen algunos, que la defensa de la libertad es racional, mientras que la injusticia y la opresión es irracional. En el primer caso, los periodistas corrompidos y envilecidos, con su pluma al servicio de intereses económicos o de partidos políticos, terminan por convertirse en hombres corrompidos de difícil recuperación. En el segundo caso, hablamos de periodistas con un profundo amor propio que entienden bien que la virtud está en el cuidado, cuidado de uno mismo y cuidado de los demás; algo así como la "sorge" heideggeriana. Estos periodistas tuvieron la oportunidad impagable, oportunidad que no se nos presenta a todos tan nítidamente, de elegirse a ellos mismos convirtiéndose, como Miralles, en buenos tipos, o elegir ser una pieza más en el poderoso engranaje del poder envileciéndose.

Tal vez en lo que se equivocaba Rousseau es en el orden de los adjetivos al comienzo de su Contrato, y debería haber escrito “El hombre nace encadenado pero en todas partes late la posibilidad de ser libre”.

5 comentarios:

  1. Magnífica entrada Edu. No se me había ocurrido esa manera de contraponer a Kant y Rousseau y es muy interesante: la libertad antes de la razón. Haces de Rousseau el primer existencialista.

    Aunque si miro atrás, también veo precedentes…extraños precedentes. La Ética de Spinoza (curiosamente Spinoza el determinista, el que niega la libertad) también insiste en que las virtudes cardinales son la fortaleza (el cuidado de uno mismo) y la generosidad (el cuidado de los otros) y podría suscribir plenamente que “actuamos libremente en la dirección de nuestra propia perfección cuando cuidamos de nosotros mismos al tiempo que cuidamos de los demás, y nos corrompemos cuando disponemos nuestras potencias racionales y nuestras acciones para otros fines alejados de nuestra naturaleza, alejándonos de la perfección de nuestro espíritu.”

    Al final igual resulta que actuar decentemente pude justificarse desde filosofías deterministas o existencialistas. Esta bien que así sea, de lo contrario sería demasiado fácil dar la razón a unos u otros. Desde una perspectiva pragmática dos teorías o enunciados dicen cosas diferentes si generan acciones diferentes y también puedo interpretar y reconocer los ejemplos que pones desde la ética kantiana o la de Spinoza.

    El ejemplo de Miralles está muy bien traído. No tengo tan claro el de los periodistas: si la edición cerrase a las 12 de la noche… no te digo que no, pero ¿A qué hora cierra la edición? ¿A las 5 e la mañana? No lo sé. Pero a esa hora ya no era muy heroico condenar el golpe de estado. Eran más descriptivos de lo que piensas.

    Saludos

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  2. Fenomenal visión, Edu: das buena cuenta de la dialéctica trabada entre libertad y racionalidad, una dialéctica que ofrece modos muy distintos de reunir a ambas. Lo nafasto de la deriva contemporánea fue, como dices, la asimilación de la libertad a la razón en un sentido fuerte y hegeliano, es decir, en el sentido de afirmar que la libertad es la realización de la razón, la autodeterminación racional cuyo contenido de libertad se manifiesta como asunción racional de la necesidad. Así se puede entender el marxismo -honorable heredero de Hegel-, y todas sus degradaciones (leninismo, stalinismo, maoísmo..), pero también la otra gran ideología, el nazismo, aunque sea a través de la bruma de los conceptos de la sangre y la raza.

    Sólo hay dos detalles que objetaría:
    1- A pesar del lenguaje, no creo que Rousseau sea tan inequívoco. Pienso, por ejemplo, en el problemático ajuste de la noción de "volunbtad general" a la contingencia de la libertad individual.
    2-Lo del golpe de Estado me pareece demasiado unilateral, un poco como una bella historia de amor. Creo, como suele pasar en casi tod acontecimiento histórico, no estaba tan claro que "los malos" fueran tan pocos y malísimos, ni "los buenos" tantos y tan buenos.

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  3. ....sobre el 23-F

    Hubo un momento en que S, como otros de su generación, creyó que podría ser útil: el 23 de febrero de 1981, cuando Tejero ocupó el Congreso y los diputados se agacharon.... S estaba en Ginebra, dando un curso para la KSU que tenía allí un grupo de estudiantes. Vio por la televisión francesa las imágenes de Tejero y tomó el Talgo de las nueve de la noche: En las estaciones de Perpiñan y Cerbère vio algunas caras conocidas que se ponían a salvo, y llegó a Barcelona cuando Tejero todavía estaba en el Congreso, chanchulleando con Armada. Durante largas horas de viaje S había imaginado a la gente concentrada. En Barcelona fue a ver algunos amigos. Nadie se había movido. En algunos pueblos de los alrededores de Barcelona, los únicos que se presentaron en los ayuntamientos fueron viejos, que no encontraron ni tan sólo a los alcaldes. En Ribes, el alcalde tuvo que echar un escándalo a algunos de los más radicales, que hablaban de hacer las maletas. S comprendía que desde Madrid y la Generalitat se diera la consigna de no salir ala calle, para evitar que los militares se imaginaran otro 19 de julio. Pero no entendía que los sindicatos no dieran la consigna de que, si los sublevados vencían, estallara una huelga general... Nunca en mi vida, dice S, sentí la mezcla de rabia, desprecio, impotencia e indignación, asco y desilusión que sentía aquellas 48 horas pasadas en Barcelona. Tejero acaso dio dos vueltas de llave al sepulcro del Cid, pero Franco consiguió una victoria póstuma al haber convertido a un pueblo en cuarenta millones de mansos que sólo pensaban en el piso comprado a plazos y en el vídeo o la moto que querían comprarse. Jamás me he sentido tan desgraciado como en aquellos dos días de febrero en Barcelona. Ni siquiera los dos últimos días de marzo de 1939. En el siglo pasado habrían hablado de “lubridio”, en 1935, de vergüenza, ahora hablan de sensatez.”


    Víctor Alba. Sísifo y su tiempo. Memorias de un cabreado (1916-1996)

    Victor Alba fue uno de los principales dirigentes del POUM

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  4. Lo que quiero decir con este textito de Victor Alba es que…… si hubo “héroes” del 23-f fueron esos ancianos –quien los recuerda????- EN TANTO que se comportaron como ciudadanos dispuestos a hacer cumplir la ley que les hacía no ser… súbditos.

    Lo demás, toda esa morralla que nos hemos inventados a posteriori sobre ese día, lo único interesante es que sirven para crear la imagen de un ciudadano modélico. Y eso es útil, claro. Incluso bueno. Pero falso.

    Preguntemonos que les hubieran sucedido a los supuestos héroes que nos hemos fabricado sobre ese día de haber triunfado el golpe.

    Oh si, ya lo oigo:

    “Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”

    Pero ¿Qué les hubiera ocurrido a esos patéticos viejetes si hubiera triunfado el golpe?

    ¿Qué se jugaban unos y otros?

    ¿De que heroes hablamos?

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  5. Lo que quiero decir, es que para entender que es el héroe, hay que ir antes de toda discusión sobre si el hombre es racional porque es libre o al revés.
    El héroe es, primero de todo, civil. Su sentimiento de justicia va más allá –como es lógico- de su intimidad natural. Incluye a un grupo al que pertenece. Esto es, se basa en un sentimiento de justicia previo a toda concepción de la libertad o de la razón.
    El héroe que no es ideal ni de cartón piedra (estatuas) es normalmente anónimo, imperfecto, como los ancianos del 23-f. Parten de su condición ciudadana. Actúan porque defienden la libertad civil.
    Saben que su acción puede suponerles la muerte. Se juegan su propia vida. Saben que en determinada situación (como podría haber sido una represión después del triunfo de un golpe) su acción como ciudadanos estaba destinada a la muerte.

    En este mundo postmoderno, el héroe es el anti-héroe.

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