espacio de e-pensamiento

jueves, 3 de noviembre de 2011

Tarde de otoño en Soria
Borja Lucena

Ahora las hojas del otoño llenan "La dehesa" de restos, de despojos innumerables, como si en el suelo quedaran los deshechos de una felicidad caduca y ya agotada que se llamó verano. Todo chorrea tras las lluvias de los últimos días. Los paseos olorosos flanqueados por castaños , por hayas y olmos que languidecen; la oscuridad que poco después del mediodía se adueña de las veredas perdidas entre los árboles; la espalda flamígera de los chopos, como hogueras encendidas en la penumbra del anochecer. Todo sugiere una melancolía brusca, repentina, inevitable. ¡Tendríais que ver cómo viste "La dehesa" ahora que el otoño ha caído sobre sus árboles, sobre sus tristes bancos de madera! En Soria el otoño es extremadamente corto, apenas dura dos o tres semanas; pero su brevedad se ve compensada por la intensidad de su eclosión, por la densidad extremadamente concentrada de sus colores. Por su fugacidad casi eterna.
Esta tarde paseaba por "La dehesea" mientras Hernán, en su carrito, dormía minúsculo bajo una masa confusa de mantas, bufanda y abrigo. Paseábamos sin prisa, como si no lloviera. Y entonces he pensado que hay veces que la melancolía es de obligado cumplimiento, o, como diría Aristóteles, prudente; y que quien no sepa entregarse a ella cuando el otoño lo dispone es que no se ha enterado de nada. Entonces la melodía ha venido a mi cabeza, y poco a poco la versión entera del "Autumm leaves" que dejó tras de sí la corta vida de Eva Cassidy. He regresado a casa y la he vuelto a escuchar. Aquí os la dejo, como otro regalo más del otoño.

8 comentarios:

  1. Gracias por el viaje soriano de tu mano. Seguro que disfruto yo más de la ensoñación del texto que tu de la acequia que os separa al caminante y al que imagina su acción anterior.

    El día de hoy ha sido muy duro, demasiado trabajo, demasiadas responsabilidades. Si lo hemos hecho todo bien otros se llevarán los méritos. Eulen y la administración. Yo como mucho me puedo considerar actor, la relevancia dependerá de la mirada del director. A mi francamente me es indeferente. Yo ahora escucho música que no me pertenece pero que hago mia, no podría escribir sin las variaciones de Gould. Ciertamente es una anecdota. También me abriga el otoño soriano que regala Borja. Seguramente estoy cansado y no puedo alumbrar las arbitriaridades que tanto éxito tienen en estas páginas.

    No me reconozco en mi ciudad sin andarla absolutamente. Adoro Madrid,seguramente porque me permite dejar de andar cuando considero que es suficiente. Conozco esta ciudad como la palma de mi mano. Conozco sus estaciones, sus miedos, sus gentes, sus decires. Cuando quiero descubrir caminos nuevos se abren ensoñaciones nuevas donde poder perderse. Me ha pasado, como en el camino, estar en Madrid y no saber donde estaba. Mi única respuesta andar.

    Nuestra piel es lo que andamos, los caminos que nos abrigan. La descripción de Borja es la correcta. Todos albergamos un paraiso fuera de los afectos. Cualquier teoría que albergue prerrogativas individualistas es absurda. Credo quia absurdum. Dejadme en paz.

    Los años nos hacen más sabios. Los añps nos hacen más cínicos, soñamos el fantasma de la experiencia. Recuerdo sueños atroces que con 20 años me aterraban, ahora son peores y los veo como una película. No me me lleveís al cine a ver una de miedo, en sueños me me descojono.

    Y tengo toda la descripción de Borja en mi cabeza y la disfruto como los tortuosos y maravillosos días de verano del Arroyo de la miel, y el Mar.

    Os recomiendo no modestamente la biografía de Andrew Delbanco: Melville. Me la he leido en idas y vueltas en el metro: extraordinaria.

    La melancolia tiene mala prensa. Hernan no la alcanza pero te provoca tu deriva con su concepto. Yo la tenía antes de Ana. Ninguno de los dos albergabamos noticia más allá de una precaria justificación.

    Kant que como todos sabéis es un cachondo la definia de un modo que me ha llamado la atención. En tiempos de orden, el melancólico es un inadaptado pero en tiempos de penuria o de miedo u horror es el que mantiene cierta templanza frente al caos de los no melancólicos.


    Esto como agradecimiento al texto de Borja:

    Ahora si me permitís os voy a mandar un cuento que ya le mande a Borja, creo, para que me enseñeis y me aportéis (no esta rematado pero lo he abandonado) y para compartirlo con Feacios pues os aprecio a todos y ya convoco la reunión de navidad.

    ResponderEliminar
  2. EL SOBRE ME LLEGÓ HACIA LAS 18:00 H. YO BAILABA EN LA COCINA.

    La noche, sin épica o con suficiente, despertar, mirar la hora en el móvil que también cubre la función de despertador, calcular el tiempo de sueño restante hasta las 06:05, alargar el brazo sobre el cuerpo girado hacia la derecha, acompasar la respiración, cerrar los ojos, poco descanso. En mi duermevela de siglos, soñé con Isidoro Suárez en la justa de Junín. Mientras el vaso de leche del primer café giraba en el plato del microondas, tuve un presentimiento y volví al libro recién leído. Isidoro Suárez, bisabuelo de Borges, resultó vencedor en la batalla de Junín. El sobre venía certificado y el cartero salía del portal cuando me vio cargado de bolsas: “¿Alfredo Ferreiro? (los carteros tienen una intuición que les salva de recorrer el mismo camino dos veces), sí, vengo de su puerta, ah, disculpe, vengo de hacer la compra – la infatigable inclinación a la justificación, que me revienta - , ¿me puede firmar aquí?, sí, un momento. Dejé las bolsas en el suelo; algo consternado por no llevar un bolígrafo, el cartero tuvo que prestarme el suyo. Firmé. Cogí las bolsas y entré en el portal. En el ascensor, y tras cerrarse las compuertas, el sobre deslizó dedos que sostenían las bolsas, cayendo con levedad y precisión para desparecer justo por la línea de holgura que mediaba el suelo y las compuertas. No creemos en imprevistos ni en el azar, así que pulsé la tecla que representaba el dos arábigo e inicié el ascenso; luego bajaría a ver si era posible recuperar el sobre. La plataforma se detuvo en el primero. Lo achaqué a una avería y, como no quería jugarme un encierro estúpido, salí del montículo. El sobre estaba allí, posado en las frías baldosas del rellano. Lo recogí sin hacerme ninguna pregunta: siempre es mejor. Subí andando los dos tramos de escaleras que comunicaban con el segundo y entré en casa.
    Estaba limpiando en casa: hacer los baños, pasar la aspiradora, fregar, todas esas cosas que los hombres celebramos como si hubiésemos vivido un escarceo lunar. Me había puesto trozos de arias de ópera y bailaba resbalando por el parqué gracias al material deslizante de los calcetines, serpenteando con los brazos, remontando la seducción de una mujer que quería ser yo. Yo ella, que no ella yo. Heliopea no es el sol. El sol es un demonio, pura y simplemente. Sonó el timbre y corrí a ponerme una camiseta: “Buenas tardes, traigo este sobre para usted, puede poner su nombre, su DNI y firmar aquí”. Sin abrir la boca, correspondí a cada una de sus exigencias y cerré la puerta. Quedé inmóvil, entre la puerta y la alfombra que cubría el recibidor. Sentí una descarga en la mano derecha, el sobrecogimiento incierto del calor, y el sobre declinó la izquierda hacia el suelo. Me acuclillé allí mismo, abrazando las piernas y me quedé mirando el sobre; no sé por qué pensé en el ascensor y en las bolsas del Mercadona, por qué no caí en la cuenta de que el muchacho que me entregó el sobre no me resultaba familiar. También pensé en mi ridícula postración. Más bien en el prurito de afectación. Recogí el sobre y me levanté. En la ascensión entreví una pregunta y un temblor que murieron en la pereza de la respuesta.

    ResponderEliminar
  3. Saliendo del ascensor, caí en la cuenta de que el sobre no era más grande que la uña del dedo gordo de la mano que lo sostenía. Lo primero fue una justificación, lo segundo quietud. Le di la vuelta, para lo que hube de ayudarme del pulgar y el índice de la otra mano. El reverso solo difería del envés en una medida imperceptible, pero a mi me pareció más grande. Solo podía ser el mismo sobre: si una cosa se convirtiese en otra perecería lo que es y vendría a ser lo que no es, ya lo dijo Zenón. Pero era, y tenía remitente. Cierto asombro que bordeaba temor, rompió con la pauta. Me senté en el sillón rojo del salón y mis dedos posaron el sobre a mi derecha, justo al lado del cenicero. Pensé en media ala de un lepidóptero; lo científico rompió el posible hechizo y sentí el alivio de todos los hombres.

    La primera vez que en un puesto de oriundos peruanos observé libros enanos pensé que los enanos del Perú menguaban respecto de los de aquí. Menos prejuiciado, pues ya había superado el trauma del enano de circo, caminé la posibilidad de que la naturaleza compensara la discriminada medida, respecto de los normales, con un sentido de la vista más diestro en el peruano. La verdad es que nunca he abierto uno de esos libros, y ahora por necesidad me convenzo de que en cada página hay una sílaba y que las páginas son tan finas que es posible estampar en ellos Conversación en la catedral con prólogo del mismo Vargas Llosa. En mi aprensión llego a temer que el sobre reduzca uno de esos libros, afortunadamente aún no albergaba el temor de que me lo presentara el trilero. Sería Bruja, más temible aun deseable.

    ResponderEliminar
  4. A veces sentía que estaba cansado de pasear, de correr lo supe siempre, nunca me ha gustado. Cansa mucho. Corro porque no tengo respuesta para las otras preguntas y correr no es una pregunta. El cansancio de caminar es imperceptible más si lo haces con asiduidad. Correr es un modo de castigarme y de sufrir gratuitamente y cuestionar la capacidad de asimilar el pecado, cada carrera es una redención dentro de un bucle infinito y la retirada antes del agotamiento final un modo de no colmar la sentencia. También era pequeño el sobre.

    El primer día que volví del trabajo, y no estaba, no le di importancia y pasaron varios meses sin que estuviera allí, no es descartable, que buscando una explicación más prosaica, no reparásemos el uno en el otro. Otro día, posterior a los anteriores, saqué del bote las judías verdes, les eché un pellizco de sal y un tibio chorro de aceite de Huelma y me dirigí al salón, suelo comer viendo las noticias para desinformarme y conjeturar una aproximación a l............... Ese día un caballo inauguraba una exposición de pintura, la boca no es diestra ni zurda; en la clausura del V festival de Jazz de Sigüenza un espectador alertó a la Guardia Civil para denunciar al saxofonista del Rova Quarter con el pretexto de que ejecutaban música moderna, género que el denunciante tenía contraindicado por su psicólogo. Me senté sobre él. Intenté abrir el periódico, lo compagino con el televisor y la deglución, y no pude, se veía claramente que las hojas no estaban pegadas; si humedecía el índice empezaban a correr hasta asomar la paginación y el día, pero al llegar a un tope, el año, se detenían. Por fin amigué con la extrañeza y me asomé a la ventana del salón. Enfrente no estaba el supermercado que siempre me abasteció hasta que el nuevo Mercadona sazonara mi despensa de marcas blancas de cierta calidad. Recordé, después de tantos años, que la última vez que subí a casa me fijé y estaba allí; de hecho me dije, después de comer las judías bajo, si me quedo dormido mañana como mierda. Al volver al sofá enfrenté el sobre y pensé que todo era normal; relegué su desaparición al despiste, incluso olvidé que esa mañana me había afeitado con cuchilla y no me paré a imaginar que el miércoles siguiente frisaría una sonrisa ante el nuevo invento. No funcionó. En japonés leí las instrucciones, si de verdad te quieres ver afeitado o recortar tu barba, si no mientes al espejo, estarás como te quieras ver. No parecen instrucciones en japonés, esto es en el 2011, en el año 4074 todos sabíamos todas las lenguas, pero no éramos conscientes del aprendizaje; de hecho lo sabíamos todo, en el camino solo dejamos la recurrencia de la rueda, todas las lenguas se aprendían como la lengua madre, todas las madres como la lengua; no había niño que templara sus cabellos sin desgastar el arte de una guitarra; los dentistas, que no ejecutaban directamente con las manos, debían observar hasta la simbiosis un piano, y así los que tenían dientes; la piel era un edredón y la gente se abrazaba a sí misma y se reconfortaba en sí mismo y con otros.

    En el tiempo invernal
    Así al fuego hay que hablar
    -estándose uno bien echado
    En lecho blando,
    en buena hartura, bebiendo dulce vino,
    comiendo sus garbanzos-;
    Tú, ¿de qué raza de varones eres?,
    ¿Cual es ya el cuento de tus años, Fuerte?
    ¿Cuántos tenías cuando nos invadía el Medo?

    Tras releer la parodia de Jenófanes

    Abrí el sobre ayudándome de una aguja de coser. Me pareció vacío. Ya era el año 7842, se mantuvo el calendario católico por comodidad tras sopesar el desacuerdo respecto de una nueva medida, tantos fueron los voluntarios................ Quizás esta fue la última decisión sensata antes de lo que vendría después. La desilusión casó con el espejo, pues esperé una hoja de papel como verme envejecido y derrotado, la piel caída, el ombligo ausente.

    ResponderEliminar
  5. En el 2010 les separaron, igual - piensa ahora - que antes les habían unido. Quizás en noviembre, en el 12356 la memoria respecto de esos años es precaria. Por otra parte gozamos de un caudal de registros extraordinaria, el proyecto solo se consolidó en el año 2954 y lo anterior descansa en hemerotecas virtuales, ahora devastadas. Finalmente se constató el error, pero pasaron miles de años antes de que se derogara la ley que consagraba el olvido como placenta del porvenir y la desaparición como sustrato de la abundancia. En este tiempo las noticias las conoces antes de que se produzcan; por ejemplo, un eco de sociedad que refiere un escenario en el que dos personas se comprometen, para el instante en que te llega su resonancia impresa confirma un divorcio. Y así todo. Si puedes esconderte puedes masticar 36 veces; si te sorprende tu hermana con el móvil para captar el gesto y la grasilla que tizna la barbilla , no te enteras y has hecho la digestión. Es bueno en medicina, porque no conoces enfermedad: siempre te diagnostican la tercera reencarnación aunque los tumores se acumulan y orbitan diagnósticos abortados, los médicos se enfrentan a la vez al éxito de su ciencia y a la frustración intima. Se repiten actos antes contundentes, la muerte es volver a por ejemplo hacer la cama; la agonía es estirar las sábanas, cuadrar el edredón…, y cuando reglas el embozo resucitas y estás empezando a desandar la eternidad. Se esta cerca de que ésta se acerque a la absoluta infinitud, la novedad de la novedad.

    Desde mi calabozo aumenté la imagen todo lo que pude. En el 15200, cuando llevaba 13190 en esa torre, que un principio no calzaba 20 metros y ahora me aleja de las nubes, tener un ordenador del año 2000 no era precisamente un lujo. Mi condena provenía de un acto aún no cometido, pero ya noticiado lo que emasculaba el perverso goce de la trasgresión. Cuando vinieron a detenerme, en un gesto automático cogí el vacío que dejó el sobre una vez que lo abrí. En la celda no había espejos y solo podías reflejarte en las palmas de las manos. El progreso expansivo me permitía leer instrucciones en sueco de una copa que si la rompías y seguías recomendaciones últimas se convertía en un váter, lo que me ayudo a terminar una digestión que arrastraba miles de años. Las lágrimas incrementarían el eterno encierro. Para reconducir la mortalidad debías pecar más allá de los inmortales, lo cual era imposible o bien les negaba y no estaba permitido.

    ResponderEliminar
  6. Yo escondía el portátil todos los días. Los días duraban 21 años y aun así me faltaba tiempo. Tuve que empezar a borrarlo todo. Para empezar tuve que mantener el aumento hasta discernir el entorno. Tu foto no podía ser vista, mientras no se descubriera; tú, que intentabas escapar, seguirías huyendo allí por el 2011. Si hubiera cedido al primer impacto estarías aquí conmigo en esta celda. Qué guapísima está, la chaqueta qué bien le cae, la camisa qué colores, qué mirada. Aparte de destilar sentimientos y recuerdos, la fealdad era común entre los cautivos, todos los libres tenían los mismos rostros, el sentimiento una conmoción que desesperaba una nueva descarga. En el año de 20873 nadie mira así. Los ojos, las ojeras simétricas, la mentira del gesto, ahora en el 24564 todo se ve, los labios rojos. Sufrí 600 años de tortura por empalmarme, por desear, por admirar, por arrodillarme. Estaba vedada la satisfacción, la desafección, orillar un impulso final computaba la mancha. Todos los hombres son uno y uno quien los dirige. Besé tu boca y el día que cesó el castigo me quitaron el portátil. No entendieron que una imagen pudiera representar tu boca y que yo sintiera la misma muerte y me absolvieron del encierro para condenarme a la parodia.

    ResponderEliminar
  7. Llevaba 7 meses de tiempo prehistórico, 32010 años de tiempo real. No soportaba la falta de descomposición de mi cuerpo. Eso era lo peor de la cárcel: la eternidad. Soñaba con tu vejez, con tus labios cortados y tu melena canosa. Soñaba mi muerte y tus lágrimas. , Miserable, el carcelero no me pegaba, me condenaba a la potencia y el éxito en el amor. En el año 45938, el amor era poetizado como la mirada que confería la actualidad del deseo. El verso suelto se extinguió y el amor se definía como la consumación de una representación, deseabas callos, pues callos, esa mujer, pues esa mujer, o ese hombre. No había que estar de acuerdo para follar, si uno o una no alcanzaban la estética o el interés del oponente cedía pues era el precio a pagar para consumar el deseo y todos tragaban. La soledad del encierro alumbró esquinas. Y me pase el año de 2559 pensando en el autobús, “Pozuelo”, y dos furgonetas blancas. Y me escapé.

    ResponderEliminar
  8. Me podían perdonar que te echara de menos, que las furgonetas fueran blancas, que jugara a escribir un cuento tras un intento de localización, que supusiera mi inteligencia sobre la de ellos, que el inolvidable año de 100586 siguiera con la misma obsesión, igual que la imagen de Isidoro Suárez, sable en mano, sudando, agarrado a las riendas y con las piernas fuertemente apretadas contra los lomos del caballo, cargar, cargar, el galope que revienta el cuerpo, el brazo rígido alejando la punta del sable lo más posible en busca del enemigo. Lo que no me perdonaron fue que aumentara tu imagen tanto que tus lunares formaran una cometa y que tu boca sea lo que uno quiere morder y explote dentro de él. ¡Qué sabor!, saltaron las alarmas y los dioses se despertaron y asaltaron la celda donde yo tenía el arma: una simple regla de madera que solo tú puedes recordar, 24 cm. Se abalanzaron sobre mí y yo salté sobre tu boca, sobre la belleza de unos labios tan mortalmente perfectos. Solo quería tocarlos con los míos cuando tú quisieras y volver al 2011. Me relegaron a la categoría de irrecuperable, y olvidaron el perdón, y el deseo, asumieron mi límite y su nombre.
    .
    .
    .
    Soy viejo, muy viejo, al principio no me reconocí, se me echaron muchos años de golpe tras la huida y la excomunión. Recuerdo la fecha de mi nacimiento pero no los años que acumulo. Aquí solo los que consiguen compartir el día y sus inercias son coetáneos, el resto, los que solo rescatan ensoñaciones robadas o regaladas por los contumaces rescoldos de la memoria son según escucho pesadamente longevos. Según machacan el record me lo llevo yo, “buenos días Matusalem”. Una periodista muy guapa me hizo preguntas y cuando leí lo que escribió no discerní, yo le referí toda mi epopeya y ella solo registro: Mama, su nombre, a mi padre y hermanos, que confundía a todo el que se me acercaba por otros de los que no tenía referencia y que suponía afectos y que la llamaba puta y la tocaba el culo y me trasportaba y sofocaba obscenidades, lo que le daba pie a prodigarse en la incomodidad de la situación y en un ligero juicio sobre mi. Si lo recuerdo, si lo pude añadir a la carta que confíe al océano tras la huida y que en mi desesperación encumbré al mar sin la corteza de una botella que no tendría sentido, es porque ellos me hicieron vivir esto, porque lo viví primero en la celda, a poco de su desesperación, la mía llego después, sólo y en la isla a la que arribe tras la evasión.

    APENAS VEO, MIS OJOS APENAS SE ABREN. DESPIERTO ME RODEA UNA HABITACIÓN CUYAS PAREDES SON ANAQUELES QUE LAGRIMEAN EL POLVILLO DE LIBROS QUE MURIERON SIN SER LEÍDOS. SE QUE ME QUEDA MUY POCO. NO NECESITO COMER PUES AÚN ME QUEDAN SECUELAS DEL CAUTIVERIO. NO DUERMO, PUES NO DESPERTARÍA Y AÚN FESTEJA EL RESENTIMIENTO DE LOS INMORTALES AUNQUE SE QUE EN POCO SE OLVIDARAN DE MI. POR LAS TARDES ME SACAN AL JARDÍN Y SIENTO OLORES Y VOCES DENTRO DE MI Y LOS VEO A TODOS. HUELO LA TIERRA, ESCUCHO EL CRUJIR DE SUS HUESOS Y AMO SUS MUERTES. ELLA, ELLA TAMBIÉN ARRIMO LA ORILLA, MURIÓ, SIN INTERFERENCIAS, DE MUERTE NATURAL.

    ResponderEliminar