espacio de e-pensamiento

miércoles, 15 de febrero de 2012

A las 14.30 en "La taberna griega"

Me gustaría hacer de secretario de la comida que, un año más, los feacios hemos compartido para celebrar la amistad, la vida y, por qué no, la filosofía. No sé si estaré a la altura de tan magno propósito, pero no será la falta de empeño lo que me impida realizar un acta rigurosa, concisa y fiel a los hechos.
Para empezar dando cuenta de algo, decir que, con el fin de no defraudar a nadie, el último en llegar al restaurante de la Calle del Tesoro fui yo. Hay tradiciones que conviene no descuidar. Una vez reunidos los convocados, comenzamos con el previsible primer punto del orden del día: otra botella de vino, por favor. Allí estaban los feacios, de brazos fuertes y mente astuta, despojados ya de los broncíneos cascos, ávidos por partir los alimentos y beber de las jarras el vino. Alguna fotografía ha quedado, y algunas palabras:
Santi, fecundo en ardides, achacó a los presentes que ya no habláramos de nacionalismo
Óscar, pastor de hombres (asturianos), volvió a despistarnos con el uso astur del pretérito perfecto simple, hablándonos de lo que había acontecido hacía cinco minutos como si de un pasado ancestral se tratara.
Javi, amontonador de nubes, con su risa franca nos dijo que todo lo que sabía no sabía por qué lo sabía.
Edu, domador de caballos, dijo que hablar de ideología era una memez, y entonces habló de psicosis y neurosis.
Alfredo, de pies ligeros, volvió a repetir que ninguno había dicho nada de consideración desde que abandonamos la universidad y terminaron aquellas discusiones en la cafetería del Pabellón B. Después se marcó un simpático baile con el camarero mientras sonaba la típica música griega de los anuncios de colonia.
Diego, de vibrante casco, preguntó si podía considerarse realmente marxista a Lenin.
Y yo –cuéntame musa la historia…- me reí mucho y abusé del vino.
Todo el sábado, soleado y frío, como cuando Madrid vuelve a ser en febrero Castilla, lo pasamos de esta guisa. Después de comer tomamos un café, ateridos por la caída de la tarde, procurando beneficiarnos de los últimos rayos del sol que se escondía tras el telón de la Glorieta de Bilbao. Después, vagar por calles desdibujadas y bares inciertos. La primera copa la tomamos en “El Parnasillo” de la Calle San Andrés, y allí Alfredo le dijo a Eduardo que veía una cabeza encima de una camisa. Hablamos sin cuento, y la siguiente fuimos a buscarla (la siguiente copa, se entiende) a la Calle de La Madera, donde algunos recordábamos haber llevado al bar “Marx Madera” un comunismo incipiente y condenado a fracasar. Han pasado casi veinte años. En esa calle del barrio de Malasaña, nos refugiamos en “Casa Julio”, y aguantamos hasta que la noche se había ya enseñoreado de la ciudad. Después –con alguna parada intermitente para repostar- vueltas y vueltas hasta atravesar la Gran Vía, cruzar la Puerta del Sol sitiada por la policía, alcanzar la Calle Huertas. Allí, ya diezmados por las bajas, terminamos en el “Rainbow”, el bar donde pinchan el mismo “heavy metal” desde hace diez años, o veinte, o incluso treinta. En este lugar, donde a menudo es preciso refugiarse huyendo de la música insecticida del resto de bares nocturnos, no sólo no se puede fumar, sino que el camarero te obliga a salir sin tu copa si quieres hacerlo. Tanto escrúpulo legal en un tío melenudo, un tío enorme con una camiseta de tirantes negra de Iron Maiden, da no sé qué.
Todo el tiempo lo pasamos hablando de filosofía y de mujeres -lo que no siempre es lo mismo-, pero también sobresaltados por los mensajes que le hacían llegar a Santi cada vez que le metían un gol al Barcelona. Cuando ya nos comenzábamos a sentir algo viejos, paramos en un bar de copas de la Calle Velázquez, donde terminamos de sentirnos ancianos rodeados de mujeres a las que casi doblábamos la edad. Después, sólo una acera despoblada y sombría que guió mis pasos vacilantes hasta casa.

Hasta la próxima, feacios.