espacio de e-pensamiento

miércoles, 30 de mayo de 2012

Los recortes en educación y el Efecto Covaleda.
Borja Lucena Góngora

Covaleda es un pequeño pueblo de la provincia de Soria. Está a unos cuarenta kilómetros de la ciudad, en medio de inacabables bosque de pinares. Yo tengo mucho cariño al pueblo y a su pequeño instituto, porque me tocó dar clase allí durante un curso, que en Soria es casi como decir un invierno, y me encontré con una pequeña e insospechada felicidad.
Ayer hablé con mis compañeros de Covaleda y me comentaron lo que en el instituto significan las cifras abstractas que - en su presentación aséptica, periodística, técnica, como datos meramente presupuestarios de austeridad y recorte- tan poco duelen. Unos ceros de más o de menos en los proyectos burocráticos, unos guarismos plasmados en los informes del ministerio, se pueden convertir en una debacle en el terreno tan frágil y cotidiano de los centros educativos reales. Por llamarlo de algún modo,  podemos denominarlo el "Efecto Covaleda", donde tampoco faltan, por estas fechas, mariposas.
Las más inmediatas consecuencias de la Nueva Política Educativa, según me contaron, son tan sencillas y contundentes como sólo la realidad sabe ser. En el universo de la declamación nos pueden tranquilizar con vaguedades sobre la calidad educativa, o con la perspectiva de que la ruina es necesaria para, algún día, hallar al fin la recompensa del progreso. Mientras tanto, el futuro sigue tan lejano como siempre y tenemos un presente donde se multiplica la inmundicia.
En cuanto toca al asunto concreto que aquí nos ocupa, nos dicen que no es tan terrible: sólo son dos o tres horas más de clase semanal para cada profesor y un leve incremento de alumnos por clase. Con esto, nos tranquilizan, nadie debe preocuparse porque pueda lastrarse de un modo significativo la actividad académica. Pero esto responde a una mirada de lejos. Miremos de cerca. Miremos al IES Picos de Urbión de Covaleda. ¿En qué se traducen esos pequeños retoques administrativos? En una gran desarticulación de lo que hasta ahora ha venido siendo la realidad de un centro rural capaz de proporcionar a muchos pinariegos, mal que bien, un único acercamiento a las letras o las ciencias, a eso que antaño se llamó saber.

De las cosas que me contaron mis compañeros de Covaleda me gustaría apuntar alguna que pueda dar al menos cierta idea. En primer lugar, tal y como saltaba a la vista desde el principio, la austera austeridad parece que va a servir para eliminar definitivamente las asignaturas que no corren con el favor de los tiempos emprendedores. Es la muerte de las lenguas muertas. El curso que viene desaparecerán en el "Picos de Urbión" las enseñanzas de latín y griego, y nada hace pensar que vayan algún día a ser recuperadas. La profesora que hasta ahora se dedicaba a su impartición será reciclada en profesora de francés, ya que -¡hay que contar con la casualidad!- tiene estudios de esa lengua en la escuela de idiomas. En segundo lugar, se suprimirá también la asignatura de dibujo técnico y el profesor correspondiente impartirá en su lugar la de informática. Supongo que la administración está convencida de que es absurdo preparar a los jóvenes de la sierra de Urbión para estudiar filologías o ingeniería, aunque sea de montes. Por último, la situación del profesor de filosofía tampoco es envidiable, y a ella soy especialmente sensible; a partir de ahora se encargará no sólo de las asignaturas de filosofía y algunas de música, sino también de clases de ciencias sociales. En el rostro de los profesores de filosofía se va dibujando, me temo, lo que previsiblemente se anuncia para los de secundaria en general: convertirse en "chicos para todo", en competentes especialistas en cualquier cosa que las necesidades burocráticas demanden, es decir, en la nada.
Cuando nos hablen de la necesidad y pertinencia de las reformas, del futuro esplendoroso del sistema educativo tras estos ineludibles cambios; cuando nos hablen de que no pasa nada por unas horas de más o unos bachilleratos de menos; cuando así nos hablen, recordad Covaleda.