espacio de e-pensamiento

domingo, 17 de febrero de 2013

Haydn, o la belleza en la Modernidad.
Borja Lucena

Haydn parece representar, en el carnaval de la historia, un adiós y una bienvenida. Aunque gran parte de su vida transcurrió bajo el antiguo régimen de mecenazgo de los artistas y músicos barrocos, supo a su vez  que para ese modelo todo estaba perdido, y que se inauguraba una nueva época, a la vez terrible y luminosa. Es decir: un época nueva como todas, y tan incierta como ninguna. De este modo, mientras vivía bajo el hábito ancestral de la casa señorial y los rituales de la nobleza, era capaz de componer sinfonías o cuartetos ajenos ya a ese escenario. El músico, como el filósofo o el santo, cuando lo es de verdad,  parece pertenecer a otra época. 
En sus cuartetos de cuerda, Haydn es especialmente revelador. Su Opus 76, formado por seis cuartetos prodigiosos, permite escuchar la música de alguien que se retira ya del siglo y, a su vez, de un mundo que parece haber agotado sus internas posibilidades y se abre a otras insospechadas. En su asombrosa sencillez, en su reducción de la música a sustancia y a arquitectura esencial, en su desentenderse de todo lo accesorio y prescindible, Haydn manifiesta la grandeza de iluminar, una vez más, el propósito interno de todo arte auténtico: perseguir una belleza desterrada, perdida, inadvertida. El mundo moderno, con su avalancha industrial de mal gusto, ruido y fealdad, también supo conservar, en su mismo comienzo, un pequeño altar a la belleza, quizás con la esperanza de legarlo a quien, presente o futuro, sepa todavía creer y adorar.
De entre el amplio racimo de movimientos de estos cuartetos, mi preferido es, al menos últimamente, el movimiento lento -Largo. Cantabile e mesto- del cuarteto nº 4. Los cuatro instrumentos olvidan el silencio cantando el primer violín una melodía entre lúgubre y exultante, acompañado por un mínimo esquemático de densidad armónica. Como decía Eugenio Trías, Haydn tiene la extraña capacidad de convertir la quincalla más despreciable -como esbozos melódicos de notas insignificantes, repeticiones o cadencias conclusivas- en un material transfigurado y deslumbrante. Eso es lo que en este movimiento ocurre, cuando un minimalista desarrollo armónico accede a empujar lentamente hacia delante la corriente de música que pasa, o cuando una nota aguda colgada del primer violín, como un resto fósil dejado atrás por el resto de instrumentos, vuelve a llenarse de sentido al integrarse en una modulación que conmueve, desarbola y a la vez suprime cualquier expectativa razonable.




martes, 12 de febrero de 2013

Eugenio Trías y la filosofía.
Óscar Sánchez Vega

El pasado domingo ha fallecido en Barcelona a la edad de 70 años Eugenio Trías, a mi modo de ver, uno de los dos filósofos españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX.   Padecía un cáncer de pulmón contra el que venía luchando desde hacía ya un lustro que, imagino, le ha impedido salir una vez más en defensa de la filosofía. Sin embargo, no nos ha dejado desprovistos de argumentos. Sirva como recuerdo y pequeño homenaje  este artículo de prensa que Trías publicaba el 12 de Mayo de 2005 en el Mundo:


LA FILOSOFÍA Y LOS GOBIERNOS SOCIALISTAS 
Después de la primera posguerra, o desde principios de los años 60, España se ha orientado sobre la base de un doble pacto. En dos materias se ha conseguido un acuerdo en el que están involucrados casi todos los habitantes de este país. En primer lugar, el pacto tácito, que sólo una minoría localizada desmiente, por conducir la andadura colectiva por la vía de la paz civil. Y en segundo lugar, el acuerdo de todos los españoles en salir, de forma resuelta y definitiva, de la pobreza secular.
Desde los años 60 todos los gobiernos, primero en la dictadura, luego en la democracia, asumieron esa voluntad unánime, trocando un lenguaje rancio, autárquico y cifrado en valores patrióticos, o de un españolismo folclórico, por el frío lenguaje de las cifras y de los conceptos económicos (balanza de pagos, inflación, paro, pleno empleo, estabilización, desarrollo). En virtud de ese cambio de paradigma mental y moral, España modificó en pocos años su propia estructura social y económica; se invirtió la relación proporcional entre agricultura e industria, entre campo y ciudad; y se consolidó una consistente clase media. Quizás el signo que mejor expresó esa voluntad colectiva por salir del oscuro túnel de la pobreza fue una consecuencia obvia de los primeros pasos que se dieron en esa dirección. Me refiero a la paulatina desaparición del analfabetismo.
¡Qué lástima que ese inicio de alfabetización general no propiciase un tercer pacto tácito! Y hablo de formas de voluntad colectiva sólo a medias conscientes, pero de una inexorable virtualidad en su poderoso influjo en la vida política, pública y cotidiana. "Un tercer gran pacto colectivo por salir de otro túnel, el de la ignorancia y la penuria educativa y cultural. 
Pero desgraciadamente ese pacto no fue igualmente unánime y definitivo. La democracia no trajo, como quizás pudo presagiar alguno de los mejores indicios anunciados por la II República española, una decidida orientación, seria y vigorosa, por la vía de una reforma educativa y de cultura de verdadero alcance y aliento. Mientras que las primeras administraciones socialistas fueron ejemplares en su riguroso ejercicio de la reconversión industrial, o en la consolidación de paradigmas democráticos en la transformación de las fuerzas armadas, en educación y cultura se optó por el brillo ornamental, por una fácil demagogia que no produjo ni promovió, consideradas las cosas en términos generales, un golpe de timón general en esos terrenos. 
Francia tuvo una III República que fue capaz de poner las bases de un modelo educativo que, con todas las convulsiones propias de nuestra época global, ha sostenido y alentado una de las comunidades más motivadas en educación y cultura. En el Imperio Austro Húngaro tuvo lugar, a fines del Siglo de las Luces, una importante reforma educativa que dignificó la posición de los maestros de escuela. Por no hablar de la preferencia por temas de educación, cultura e investigación que las iniciativas romántico-liberales de Humboldt y demás personajes insignes imprimieron en las primeras décadas del siglo XIX en Alemania. 
En España no ha habido jamás un consenso tácito, o una voluntad firme y decidida, de raíz popular, y de obvia absorción gubernamental, en la dirección apuntada. Al menos no lo ha habido en un sentido ni de lejos comparable al que se manifiesta en el ámbito de la economía (y que ha transformado radicalmente el paisaje social español). La educación no ha sido tema y problema que haya suscitado generalizados desvelos. 
Se advertirá que enfoco esta delicada cuestión de un modo bastante inédito, y por supuesto intencionado. No atribuyo únicamente la responsabilidad de esa deficiencia a los sucesivos gobiernos que en dictadura o democracia hayan afrontado este importantísimo tema de la educación y la cultura. 
Al fin y al cabo los gobernantes, vistas las cosas con cierto calado, terminan siempre por ajustarse a demandas explícitamente expresadas por el pueblo. Y éste, en contra de lo que ciertas filosofías algo ilusas pretenden, nos es por necesidad bueno, inocente y acertado en sus inclinaciones y designios. Tanto más un pueblo como el español secularmente contaminado por el profundo arraigo de los más oscurantistas módulos educacionales y culturales. Alguna responsabilidad tendrá el pueblo en haber soportado más de tres siglos de hegemonía de principios mentales y morales derivados de las directrices más retrógradas de la Contrarreforma eclesiástica. 
En cualquier caso esa falta de común designio, o de voluntad férrea a favor de una reforma educativa y cultural de gran calado, la estamos pagando todos, gobernantes y gobernados. Si esa apatía respecto a lo que debe ser una reforma en educación y cultura se coteja con el firme acuerdo unánime por salir de la pobreza, y por la muy decidida y empeñada voluntad por alcanzar cuotas de bienestar, consumo y relativa riqueza en el terreno económico (con el consiguiente ascenso en la escala social), ambas cosas conjuntadas, la negativa y la positiva, la apatía educativa y cultural junto al empeño decidido a favor del ascenso económico y del status social configuran un perfil muy concreto y singular. Se trata de una silueta algo obscena que me atrevería a considerar característica del Ideal Tipo (para decirlo al modo de Max Weber) del Español Medio que se ha ido constituyendo, quizás ya desde mediados de los años 60, y desde luego a partir de las oleadas de relativa prosperidad y de los tiempos del «España va bien». Hablo del éthos del Nuevo Rico; tan sobrado de medios económicos como ayuno y menesteroso en asuntos de cultura y educación. Quizás sea esa falta de resuelta voluntad colectiva lo que permite a los gobernantes asumir, con demasiada frecuencia, actitudes experimentales, aventureras, con frecuencia frívolas, en el indispensable terreno de la educación y de la cultura. Si a esto se añade la disposición cainita de dos partidos que cojean de forma asimétrica, el uno con un concepto en ocasiones cerril del estado y la nación española, y el otro con una idea sectaria y clientelista en su forma de abordar la tarea de gobierno, tenemos el escenario preparado para que la cultura, y sobre todo la educación, se abandone a la improvisación, o a lamentables intrigas, o a políticas personalistas de pasillo. 
La anterior ministra Pilar del Castillo pudo cometer errores en su gestión, pero pueden en cambio reconocérsele algunos aciertos evidentes. ¡También hubo aciertos en esos ocho años de gobierno de la derecha! O en todo caso no todo fue contaminado por la lamentable aventura de la guerra de Irak y del encuentro en las Azores. 
Pilar del Casillo impulsó una campaña ejemplar a favor de las Humanidades que cualquier ministerio responsable, competente, serio, hubiese debido no sólo continuar sino intensificar y desplegar, independientemente de que gobernasen populares o socialistas. Asimismo corrigió, con el mayor sentido común, el lamentable destrozo que en la Enseñanza Media habían perpetrado los socialistas gobernantes de la anterior legislatura. Un plan de estudios en el que el abaratamiento general de la calidad de la enseñanza hallaba su expresión más sintomática en la supresión de la filosofía de los planes de estudio. 
Precisamente una de las virtudes del plan de enseñanza que se confeccionó en la anterior administración consistió en introducir dos importantes asignaturas de filosofía, una sistemática y otra histórica, que compensaban ese incalificable error de los gobiernos socialistas anteriores.No creo que a nadie en sus cabales se le ocurra suprimir la literatura de la Enseñanza Media. ¿Sería posible que alguien fuese capaz de planear un bachillerato en el que no se hiciese mención de Cervantes, de Lope de Vega, de Antonio Machado, de Shakespeare, de Dante, de Joyce, de Esquilo? Hablo de la enseñanza común, impartida en español. No me refiero aquí a posibles aberraciones que tengan lugar en regiones periféricas con abusivas ínfulas, por parte de sus elites gobernantes, de naciones virtuales. 
¿Es más importante conocer a Cervantes que a Platón, a Dante que a Tomás de Aquino, a Joyce que a Wittgenstein, a Esquilo que a Parménides, a Juan Ramón Jiménez que a Ortega y Gasset, a Jorge Guillén que a Zubiri? En ningún país civilizado, en ninguno de los países que comparten nuestra condición europea (Italia, Francia, Alemania, Gran Bretaña) tendrían sentido estas absurdas elucubraciones. Hay consenso en la necesidad de que la filosofía sea uno de los pilares del bachillerato, como puede serlo la literatura o la historia del arte. 
Pero llegan los socialistas al poder, y nuevamente; para sorpresa de todos, y para indignación del colectivo al cual pertenezco, que con mucho esfuerzo ha conseguido durante este siglo que la filosofía levantara cabeza y vuelo, se suprime de nuevo la filosofía de la Enseñanza Media, tanto la asignatura sistemática que trataba todo el abanico de temas que incumben a la filosofía: ética, filosofía del lenguaje, estética, teoría de la ciencia, metafísica; como la que promovía un recorrido histórico, de Parménides a Ortega y Gasset, de Platón a Heidegger o Wittgenstein, sin olvidar a Derrida y a Deleuze. 
Llegan al poder, y lo primero de todo consiste en promover una enmienda a la totalidad o al conjunto de lo programado en el anterior ejecutivo. Y esto en educación se traduce en modificar los planes de estudio, especialmente en Enseñanza Media. Con la filosofía manifiestan una vez más una honda e irreprimible inquina. Se trata de erradicarla de los planes de estudio. Y con ello dar el finiquito al proyecto de iniciar una verdadera tradición filosófica en este país, habida cuenta la escasez que caracteriza el cultivo de la filosofía en un mundo, el español, que no parece remontar vuelo desde la Edad Media y la última escolástica, o que no ha tenido figuras de peso después de Ramon Llull, o de Francisco Suárez, hasta llegar al siglo XX. Pero que durante este siglo (con Unamuno, Ortega, Zubiri, Zambrano, etcétera) ha dado signos evidentes de esperanza que no merecen ser cortados de cuajo de forma tan cruel, tan gratuita y tan injusta. 
Y todos sabemos que la supresión de la filosofía de la Enseñanza Media sería el primer paso para la paulatina extinción en términos absolutos de cualquier estímulo y motivación para orientarse en ese ámbito tan determinante para diferenciar las verdaderas comunidades de cultura (Francia, Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos, Italia) y los países de segunda o tercera clase en asuntos educativos y culturales. 
Se habla de intrigas que subyacen a esta inicua decisión del Ministerio de Educación, o de pescadores a río revuelto que aprovechan la coyuntura para introducir «Ciencia, Tecnología y Sociedad», que puede gozar de cierto refrendo en ámbitos políticos, pues parece hallarse en conexión con los aires de los tiempos. No quisiera dar oído a rumores, algunos de ellos clamorosos, pero sé por experiencia que demasiadas veces la más absurda suposición es, en nuestros meridianos, la verdadera.

viernes, 1 de febrero de 2013

Una historia del trabajo.
Eduardo Abril Acero

Leo estos días en un libro de Jose Manuel Naredo (Raíces económicas del deterioro ecológico y social), una interesante descripción de la historia del concepto de trabajo, un relato que ayuda a hacer una sociología e incluso una psicología de la posmodernidad.  

Nos cuenta Naredo, cómo el concepto actual del trabajo, no es una categoría natural, ni antropológica, ni siquiera es una noción históricamente determinada por la acción del hombre sobre la tierra  a lo largo de los siglos. Al contrario, el concepto actual de trabajo, es una categoría que nació dentro del ámbito de una nueva ciencia que se gestó entre los siglos XVIII y XIX, la economía. Como tal, el trabajo, es una noción perteneciente a un mismo universo léxico junto a “producción”, “desarrollo”, “riqueza” o “sistema económico”, términos fundacionales de la ciencia económica y dentro de cuyos límites ésta se ve constreñida. No es, como así nos lo presentan los científicos sociales de la Economía, un invariante de la naturaleza humana.

Antes del desarrollo de la teoría económica, el concepto de trabajo no aparece como tal. En las llamadas sociedades primitivas ni siquiera existe un término para designar lo que las sociedades industriales llaman “trabajo”. Es verdad que poseen términos para referirse a actividades concretas que nosotros englobaríamos dentro de la categoría de “trabajo”, pero ninguna que coincida con ella. Conceptos más amplios que se refieren a conjuntos de actividades, y que encontramos en estas sociedades, dificilmente encajarían con nuestra noción.

En estas sociedades, las labores dedicadas al aprovisionamiento y la subsistencia ocupan mucho menos tiempo del que dedicamos hoy en día al ámbito laboral. Eso se debe principalmente a que estas sociedades, cazadoras y recolectoras, no tenían la necesidad de acumular excedentes ya que los stocks los proporcionaba la naturaleza y  no había motivo para acarrear con estos bienes y tareas.

Posiblemente la acumulación empezará a hacerse efectiva, inicialmente, en forma de trofeos, como captura de esclavos, lo que daría testimonio del éxito y el prestigio de los jefes en los enfrentamientos militares con otros grupos sociales. La existencia de esclavos podría explicar cómo aparece el desprecio por las actividades destinadas al mantenimiento, actividades que abandonarían los poseedores de esclavos, pues serían realizadas por ellos. No obstante, tampoco el trabajo tal y como lo entendemos actualmente es equiparable a las tareas de estos cautivos. Cómo mucho se podría distinguir entre tareas serviles y tareas exentas de pleitesías. La revolución neolítica no haría sino afianzar esta tendencia, segregando a la población entre los que se dedican a servir y los que son servidos.

En la Grecia clásica tampoco existiría una noción clara de trabajo. Existía una visión atomizada de las distintas actividades que estaban valoradas de muy distintas formas, pero carecían de un término genérico para englobarlas. Las distintas actividades se valoraban de forma general en base a su utilidad o falta de ella. Las tareas preferidas eran las que se hacían libremente, por el mero gusto de realizarlas (la filosofía, el arte, el deporte, la política), mientras que estaban mal consideradas las actividades deudoras de alguna servidumbre, aquellas que tenían alguna utilidad. Las actividades que se realizaban a cambio de un pago, por ejemplo, o las de los esclavos, destinadas al mantenimiento y la provisión, estaban mal consideradas al margen de considerarse realizada por esclavos o por hombres libres. No hay que dejarse engañar, además, por la existencia de la esclavitud entre los griegos, pues muchos de ellos eran hombres libres que se entregaban como esclavos al servicio de un gran señor y así obtener una mejor vida.  Se estimaban, en general,  indignas,  aquellas actividades que se hacían para obtener ganancias. (recordemos el rechazo de Platón a los sofistas por cobrar sus enseñanzas).

El trabajo, entendido como actividad destinada a la subsistencia, en la tradición judeocristiana es considerado como un castigo fruto del pecado y de ningún modo es visto como un objetivo ni personal, ni socialmente deseable. Pensemos por ejemplo en la descripción que hace Ortega del hidalgo español, un modelo de hombre gestado en la España medieval: un hombre que prefiere una vida ascética de escasez y austeridad, y considera las actividades que nosotros llamaríamos “productivas” como una degradación de su persona. Este modo de vida sí representaba para la España tardomedieval un objetivo personal y social deseable. Este planteamiento se plasmaba en el calendario laboral europeo, que destinaba en muchos casos más de la mitad de los días del año a festividades no laborales.

Va a ser entre los siglos XVII y XVIII que va a cambiar la concepción social del trabajo. A ello sí van a contribuir algunas órdenes monásticas que buscaban la salvación a través del trabajo, algo que se hace patente en la revolución que supondrá el protestantismo de Calvino y Lutero. El naciente nuevo sistema económico, propugnado por los ilustrados-liberales, se inspirará en las organizaciones militares y monásticas para racionalizar la actividad laboral, generalizando prácticas de estos ámbitos (monasterios y cuarteles) para la organización del trabajo (los toques de campanas y cornetas, la distribución de las tareas, la parcelación del día temporalmente… etc). Pero es en el siglo XVIII, cuando los liberales-ilustrados, fieles al impulso civilizador de racionalización van a tratar de llevar los objetivos de orden y sistematicidad a todos los ámbitos de la vida. La economía, va a pasar de ser una mera técnica administrativa doméstica, a convertirse en una ciencia ordenadora de la cotidianidad humana; para asistir tal reordenamiento de la vida van a acuñar el actual concepto de trabajo, junto a otros como el de “productividad” o “sistema económico”. El trabajo se va a convertir en una categoría científica, medible en términos temporales, y sobre todo cuantificable racionalmente en forma de remuneración o salario. Los economistas clásicos extenderán la idea, actualmente vigente, de que hay una relación racional entre la actividad remunerada, el trabajo, y el salario, relación que puede ser expresada en términos monetarios. El trabajo, consecuentemente con esto,  será solamente aquella actividad que puede ser medida temporal y monetariamente. Es por eso que no se considera trabajo la actividad de una ama de casa, o el deporte aficionado, o la tarea educativa dentro de la familia,  pero sí el servicio doméstico, el deporte profesional y la educación reglada.

Pero el elemento seguramente decisivo va a ser la ligazón que harán los economistas ilustrados entre trabajo y riqueza. No en vano, Adam Smith va a iniciar su obra fundamental Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776) con la frase “El trabajo anual de cada nación es el fondo que la surte originalmente de todas las cosas necesarias y útiles para la vida que se consumen anualmente en ella”. Y es llamativo cómo, al mismo tiempo que el trabajo que iba reconvirtiendo en una actividad socialmente deseable y resultaba racionalizado a través de su organización temporal, se irá también limitando cada vez más el calendario festivo con el fin de dedicar más tiempo a esta actividad productiva, alejándose cada vez más de los calendarios festivos medievales.

Al ligar la producción de riquezas al trabajo por parte de los economistas, cambió de forma sustantiva la consideración social e institucional del trabajo. Antes de que establecieran este sutil nexo, se consideraba que la riqueza era generada por la tierra mediante la intervención divina y cómo mucho ayudada por la acción humana. Pero la secularización acabará con esta intervención, y Dios irá desapareciendo al tiempo que es sustituido por la acción organizada y sistemática del hombre: el trabajo, o lo que es lo mismo, la producción. Es el hombre el que, mediante su trabajo, genera la riqueza.

Y en un giro de tuerca más, los llamados economistas neoclásicos, ya en el siglo XIX, eliminarán de esta misma ecuación el elemento material: la tierra. Quedará únicamente el trabajo como fuente de la riqueza, sin ninguna ligazón con su sustento natural y social en el que se produce.

Este sistema, surgido entre los economistas liberales, bajo una pretendida excusa de cientificidad, proponía una meta social, que ya no era tan “científica”, sino que la podemos considerar más bien ideológica: el crecimiento incesante, asociado a la idea de que la riqueza puede ser indefinidamente creada a través de esta actividad abstracta que es el trabajo. La visión del trabajo-valor (riqueza-capital), como una categoría abstracta, medible temporalmente y cuantificable monetariamente, se va a extender por Europa como la pólvora, convirtiéndose casi en un dogma de fe, tanto en las visiones capitalistas como en la teoría socialista-marxista. Así, Naredo nos dice que los llamados países socialistas únicamente van a organizar la producción de un modo distinto al de los países capitalistas, pero en esencia, el modelo abstracto que liga la riqueza a la producción, y esto convertido en un objetivo social, va a ser el mismo. El fracaso de los países comunistas vendría del hecho de que, a la larga, van a hacer de forma más deficiente, lo que el capitalismo occidental gestionaba mejor, algo que les terminó por llevar al colapso.

Y de modo similar a la noción de trabajo, la consideración de la riqueza, igual que la de labor como abstracción cuantificable,  va a ir desplazándose paulatinamente hacia la acumulación monetaria por parte de los economistas llamados “neoclásicos” de finales del XIX, generando otra de las categorías genéticas de la ciencia económica: el capital. El capital, que inicialmente se considerará como un mero intermediario, una herramienta para equiparar valores, va a sustituir completamente a la producción de bienes, esto es, a la riqueza, y se va a erigir como categoría abstracta que permita considerar a la economía, como un sistema cerrado y autosuficiente, un puro modelo matemático, independiente de los hombres que trabajan, las fábricas que producen o los campos que alumbran cultivos. Puesto que los bienes producidos pueden ser intercambiados en capital, y eso mismo ocurre con el trabajo, que también puede ser medido en capital, el sistema queda completamente monetarizado, y desligado del medio social en el que se da, convirtiéndose la lógica de la producción y el trabajo en una mera ganancia de capital.

El “sistema económico” deviene, por tanto, en un dispositivo perverso, cuyo objetivo ya no es el sostenimiento de la vida social, la organización razonable de las actividades humanas o la búsqueda de una vida digna y suficiente, sino el matemático e incesante aumento de capital. Por eso, la mejora de los medios técnicos de producción, por ejemplo el hecho de contar con una máquina que haga el trabajo de diez hombres, a lo largo del desarrollo del sistema económico capitalista, no se ha traducido en un aumento del tiempo libre y el ocio, en una liberación del hombre de las tareas de subsistencia, sino precisamente todo lo contrario, una esclavitud aún mayor. Y esto es así, porque los avances  técnicos no están enfocados a la mejora de las condiciones de vida de los hombres, sino al aumento de la riqueza cuantificable. La lógica del dispositivo capitalista no está en la liberación del hombre de las tareas de subsistencia, sino en la producción creciente de bienes y servicios, es decir, de capital.