espacio de e-pensamiento

martes, 7 de mayo de 2013

Las Nuevas Ciudades Sagradas
Borja Lucena Góngora


Esas viejas ciudades que no fueron al principio sino aldeas y que con el transcurso del tiempo se convirtieron en grandes ciudades, están ordinariamente muy mal trazadas si las comparamos con esas plazas regulares que un ingeniero diseña a su gusto en una llanura.
Descartes, R.; Discurso del Método, segunda parte


En el principio fue la cuadrícula. Quizás con decir esto nombremos el centro de la doctrina religiosa que levantó las Nuevas Ciudades Sagradas. Hacía ya siglos que algunos habían advertido que el viejo Dios había muerto, y, aunque no fuera así, lo cierto es que el nacimiento de la Nueva Época había significado su olvido irrecuperable, así como de la fe que irradiaba. Los hombres no parecían ya desear un fundamento para el ser de las cosas y el mundo, sino preferir mejor un principio para su organización.
La Organización fue adorada como Nueva Diosa, y, con ella, los hombres alcanzaron la convicción de que todo es posible, de que todo es dado a quien encuentra los medios técnicos para ello. El sentimiento de omnipotencia, esparcido por doquier como se esparcían por la tierra todo tipo de tecnologías, era una realidad rutinaria desde el momento en que de la sola voluntad humana dependía crear el mundo de nuevo. Sólo bastaba con organizarlo otra vez. La Nueva Diosa, entonces, apareció revestida de nombres distintos: Organización, Método, Razón, Estado, Progreso, Utilidad, Revolución… Tantos nombres para una única Diosa verdadera.
Las Nuevas Ciudades fueron levantadas como había soñado Descartes, profeta reconocido como enunciador de los más exactos presagios. Todo lo que anteriormente había existido había de ser arruinado antes de poder organizar las nuevas urbes; todo había de desaparecer para garantizar que la Nueva Ciudad erigida fuera realmente un producto acabado de la voluntad de construir, sin deudas o rémoras del pasado, sin nada que escapara al dominio y la previsión. Primero, el mundo era allanado. Se hacían desaparecer los montes, las depresiones del terreno eran igualadas y convertidas en planas llanuras. Todo lo que obedecía a esa especie de molesto azar natural había de ser erradicado para posibilitar el dominio completo sobre las cosas y la propia vida. Se hacían desaparecer los vestigios de épocas pasadas, las tumbas que los hombres ya muertos habían levantado para recordar a sus muertos, sus casas que no respondían a plan racional alguno; también sus monumentos obcecados en guardar memoria de lo sido, una memoria inútil, improductiva, supersticiosa. Después empezaba todo: se trazaba la Santa Cuadrícula. Las calles eran tendidas siguiendo sus sabias líneas rectas; las avenidas proyectadas con la anchura y desolación suficiente; las señales que guiarían el tráfico, los semáforos, las indicaciones varias se situaban ya sobre el asfalto negro, aun antes de que hubiera nada más, como haciendo patente que el Plan –que todo lo preveía- conocía de antemano los movimientos, los desplazamientos, las trayectorias que hasta el final de los tiempos podrían tener lugar. Por su parte, los huecos abiertos en la Santa Cuadrícula no habían sido abandonados al albur de las circunstancias: de cada uno de ellos pendía un destino; aquí los bloques rectangulares de viviendas, tallados con precisión geométrica, donde vivirían tantos miles; en ése, el Centro Comercial donde se iría a comprar y a pasear los domingos; allí los hospitales, los colegios, las fábricas, los parques infantiles, las oficinas y ministerios, las comisarías y parques de Bomberos. La Cuadrícula estaba así completa, y todo tan detalladamente planificado que los futuros habitantes de la Nueva Ciudad podían sentir aliviados que nada podría ya sobresaltarlos, porque nada nuevo, nada incierto o imprevisto, podría nunca aparecer. A continuación, las casas se llenaban de gente, y los colegios, y las oficinas; y la vida, día tras día, era, una y otra vez, la magnífica reiteración de un solo día, que había sido programado con cuidado y previsión.
Los habitantes de la Nueva Ciudad repetían cada jornada los rituales domésticos, los desplazamientos, las actividades acostumbradas en las oficinas o los calabozos, la esperada vuelta a casa demorada por necesidades de la producción, el cálido tacto de la tarima flotante y el sonido tranquilizador de la televisión en el salón, las sábanas esperando para el merecido descanso… De todos esos habitantes pocos hubo, no obstante, que no llegaran en algún momento a abrigar una duda; muchos llegaron a comentarlo en el café con los compañeros más cercanos, que guiñaron los ojos con desagrado:
Sí –les decía- tenéis razón; está claro que la Organización nos ha dado una ciudad, y lo ha dispuesto del modo más conveniente para hacer lo que tenemos que hacer, pero… ¿podría un Dios verdadero crear un mundo olvidándose de dotarlo de belleza?

( Publicado originalmente en www.latidosdelolvido.com )