espacio de e-pensamiento

domingo, 12 de mayo de 2013

Me gusta Gus Van Sant.
Eduardo Abril

Con las películas de «Gus Van Sant» me pasa como con las canciones de Springsteen: nunca fui a buscarlas, no las esperaba, y sin embargo, con diligencia y tiempo, fui viendo unas y escuchando otras, y disfrutándolas todas, sin pretensiones ni expectativas. Después de muchas canciones y unas cuantas películas, de muchos años al cabo, fue cuando me apercibí de que me gusta Gus Van Sant y me gusta Springsteen.

¿Y por qué me gusta? hay muchas cosas que con calma, igual que invade el sol de invierno una ciudad mediterránea abriendo un espacio para un sosiego reflexivo y a la vez bullicioso, me hacen disfrutar. Cosas como esos eternos planos-secuencia de Elephant o Paranoid Park, en los que una cámara solitaria, como unos ojos que no parpadean, recorre la escena junto a los personajes. En estas dos películas Van Sant consigue algo emocionante: te deja estar en la escena, como si fueras un personaje más, un personaje sin dialogo, casi como todos los demás. Eres un alumno más, parado delante del campo de deporte, viendo cómo delante de ti pasa la vida, o tal vez te fumas unos canutos sentado en la pista de skate, poniendo cara de pocos amigos.

Me gusta también, por ejemplo, la delicadeza de Van Sant al tratar a cada uno de sus personajes; hay un cuidado extremo, una pretensión voluntaria en la dirección de la película en lograr que no sea el guión el que dicta las palabras, sino una persona de carne y hueso la que habla, aún cuando la mayoría de las veces no hable. No hay malos ni buenos, ni personajes de relleno, hay personas intentando hacer cosas, y los ojos de un espectador, yo, tratando de comprenderlas. Incluso si esas cosas nos son extrañas, siempre son presentadas de forma que queda abierto un resquicio por donde mirar y comprender. Comprendes, por ejemplo, que Blake, esa especie de Kurt Cobain desquiciado, ya no quiera estar con gente y su decisión de suicidarse no sea un acto de desesperación (Last Days), o las vidas cotidianas e intrascendentes de Eli, de Nate, de John, que en su insignificancia no son nada intrascendentes. John, por ejemplo, no deja que su padre borracho conduzca al llevarle al instituto, y al llegar tarde, tiene que sufrir una amonestación de uno de sus profesores que sólo ve que llega tarde a clase (Elephant). O lo crudo que puede ser el castigo de la conciencia en un adolescente aislado, incapaz de comunicarse con nadie, viviendo en un universo de personas sin lazos afectivos de ningún tipo, cuando eso, justo eso, es todo lo que necesita (Paranoid park). Comprendes a Mike y Scott, aburridos de una ciudad que no les ofrece nada, gastando su juventud en una conducta sexual enloquecida (My private Idaho). Te emocionas al comprender por qué Chuckie, un trabajador de la construcción sin educación ni perspectivas es feliz cuando su amigo Will se marcha de Boston, seguramente para siempre, y no le volverá a ver (Indomable Will Hunting). Y comprendes por qué Sue no tiene ningún problema moral al engañar y estafar a familias del medio oeste, pagándoles cien dólares por algo que vale mil (Tierra prometida).

No es un cine de moraleja, pese a que la puedas encontrar si quieres en “Indomable Will Hunting”, en “Tierra prometida” , en “Descubriendo a Forrester” o en “Milk”. En todas esas películas hay un plano, el más superficial y tonto, que abre la posibilidad de quedarte con una enseñanza, un aire de autocomplacencia incluso. Pero de nada de eso van las películas de Van Sant. Tienes que fijarte en los personajes para que desaparezca todo resquicio de análisis moral. Ninguno de ellos resulta un héroe y sus vidas no pueden ser tomadas como ejemplares. Eso que hay de bueno y que puede ser interpretado como una moraleja, no es más que un reflujo, un efecto imposible de evitar, siempre que personas de carne y hueso toman decisiones, sean las que sean. Es el resultado de la vida y su interpretación.

Se ha acusado al cine de Van Sant de predecible, pero incluso eso no tiene por qué ser un “defecto”. Ahora parece que una película no es una buena película si no incluye el director un giro inesperado en los acontecimientos, un final insospechado, la mayoría de las veces abierto, una novedad en cada secuencia. Desde que Shyamalan hace películas, y películas geniales, por cierto, parece que todos se han lanzado a emularle y ya no vas al cine a ver buenas historias, sino a ver si alguien te sorprende de alguna manera. Hay docenas de películas con final predecible que no dejan de ser grandes películas; “El buscavidas”, “Tiburón” , “El padrino”, “El hombre que mató a liberty Balance”, todas ellas son películas que no tratan de sorprendernos y que, de cierto modo, anticipan el final desde casi la puesta en escena. En el caso de Van Sant, sus películas no son historias con un punto y final, y por tanto, no corre el celuloide buscando desenlaces audaces. Son historias que se meten en la piel de sus personajes, que tratan de convertirlos en personas sin la máscara del guión y que, por tanto, no encuentran su destino en las tres últimas secuencias.

Pero, y llego ya al final, lo que me gusta más de las películas de Van Sant, y es algo de lo que me he dado cuenta en la última de ellas, “Tierra prometida”, es que todas ellas están traspasadas por un tema transversal, que en esta última se hace central: la infancia como un paraíso perdido. Los personajes de sus películas son todos Adanes expulsados del edén, errantes en un mundo hostil, buscando su retorno al paraíso o desangrados por su imposibilidad. “Tierra prometida” es una película predecible y evidente vista desde fuera: un par de lobos, representantes de una compañía de gas, malvada y sin escrúpulos, se presentan en un pueblo perdido de la América profunda, habitado por pobres corderillos a los que la promesa de unos pocos dólares será suficiente para robarles sus tierras y construir en la zona una “mina de gas”. El desarrollo de la película va anticipando su final: Steve, interpretado por Mat Damon, en contacto con el aire del campo, la frescura de sus paisajes y la bondad simple de sus gentes, va resquebrajando sus convicciones urbanas de ejecutivo sin escrúpulos para terminar cambiándose de bando. A priori parece una fábula moral, una crítica al capitalismo, una defensa del apacible mundo rural norteamericano. Pero en el fondo no hay nada de eso. Van Sant lo que nos va poco a poco presentando es de qué forma se va haciendo presente en Steve, el paraíso perdido de su infancia, al que había renunciado años atrás. El ejecutivo arribista va borrándose, dejando cada vez más espacio al niño roto de la infancia, que añora a su madre y nunca superó a su padre. Es en ese momento cuando el mundo se abre para él, y ese pueblo de paletos, cobra significación como una “tierra prometida”, un paraíso en el que aún se puede ser inocente. No hay, pues, consideraciones morales en su elección.

Las películas de Van Sant pueden leerse, al fin y al cabo, como una odisea fracasada en la que Ulises nunca arriba a las costas de Ítaca porque ya renunció, o como una odisea fracasada en la que nunca llega, pero aún no se presentó la dimisión.