espacio de e-pensamiento

domingo, 22 de septiembre de 2013

Hernán, crítico de Freud
Borja Lucena

Últimamente he advertido un poderoso impulso anti-freudiano en Hernán. A sus casi tres años, esta criatura parece teñida de la obsesión por desmontar pieza a pieza la elaborada fábrica de las teorías de Freud; a veces, como el otro día, me asusto al ver en él la mismísima refutación de los grandes dogmas del psicoanálisis. Lo siento, Edu: hay individuos que, sin necesidad de decir nada, rebaten con su sola presencia las más complejas y estructuradas ideas.
Estábamos en casa, al caer la tarde, y un sol todavía cálido desenredaba las cortinas. Hernán, que de común es tremendamente cariñoso, me abrazó diciéndome: "Papá, te quielo", y yo, a quien la costumbre no ha quitado la capacidad de enternecimiento, me sentí enormemente halagado y, digamos, feliz. Entonces, apartando su cara y dirigiéndome una mirada dulcísima, me susurró: "Nunca te voy a matar".

jueves, 12 de septiembre de 2013

Contra los sistemas educativos.
Borja Lucena

Entre todas las turbulencias propiciadas por el nuevo y enésimo proyecto de reformar el sistema educativo español, existe algo que me hace sospechar casi de cualquiera de las posturas homologadas al efecto. Los términos mismos del debate me parecen aceptar mucho más de lo que yo estaría dispuesto a conceder, y, en general, no encuentro en los argumentos de unos u otros serias razones para confiar en cualquiera de las partes. Si lo que expreso en primer término es un rechazo rotundo de los intentos de reforma es, precisamente, por mi casi instintiva repulsión a la compulsiva obligación actual de reformarlo todo. Sentir náuseas ante la sola mención del progreso o de la eficiencia, me parece, hoy en día, un deseable objetivo de higiene intelectual.

Para ser breve, y atender sólo a razones, diré que plantear el problema -o diría más: la esencia- de la educación en términos de "sistemas" me parece el punto de partida falaz en el que todo el progresismo actual, sea de derechas o de izquierdas, viene, de la mano, a naufragar. El problema es que unos y otros se aferran a un modelo teórico, a un sistema, a una estructura, nacida de la cabeza de cualquier Zeus y cuya organización garantizaría -tan automática y suavemente como las manecillas de un reloj se deslizan sin tropezar- que los "fines educativos" advinieran como llega la lluvia en otoño. Unos defienden un nuevo "modelo", que llaman LOMCE; otros jurarían que el sistema al que conducía toda la historia del mundo ya fue implantado hace veinte años, pero no ha tenido tiempo de exhibir su ilimitada reserva de bondades: la LOGSE. Todos despliegan y enarbolan un sistema, como si la educación fuera cuestión de sistemas; es más, como si pudiera existir un modo predecible y exitoso de hacer las cosas en el espacio de un aula, de tal manera que podamos por fin excluir la caprichosa personalidad de los profesores y los alumnos, que se empeñan en no copiar ningún modelo razonable y previo. Es la era de las metodologías, de los protocolos y la reglamentación de las prácticas. Y ante la avalancha de sistemas y métodos, sólo se me ocurre recordar lo que me parece salta a la vista ya en el primer paso que damos en el mundo: nadie sabe lo que hace; nadie puede saber con exactitud a dónde le llevarán sus acciones, cuál será el resultado de sus apuestas y movimientos. Pretender que el mundo se pliegue a modelos predecibles conduce, la mayor parte de las veces, a desconecerlo, y, no pocas, a chocarse con él. Los adoradores de los sistemas llegan, a menudo, a una confianza tan apasionada en ellos que incluso creen que no hace falta siquiera que el profesor tenga conocimiento de la materia que imparte, porque todo es cuestión de aplicar la metodología correcta; o postulan que hay que esperar que los alumnos encuentren dentro de sí un impulso innato y certero que les conduzca, a través de las reglas y prácticas correctas, a descubrir y desarrollar ellos mismos los conocimientos que antaño buscábamos en los maestros.  El entusiasmo ante los sistemas es, en general, una peligrosa manera de evitar reconocerse limitado por la realidad, y, en el particular caso educativo, una mortífera forma de hacer sufrir a las generaciones venideras las consecuencias de esa incapacidad. Volveremos a unos términos comprensibles en el debate educativo cuando, dejando de lado la adoración mística de los sistemas y las normativas, hablemos de cosas mucho más simples, más llanas, más cercanas a una experiencia de lo que ocurre: qué conocimientos tiene el profesor, que exigencia implica para el alumno, cómo suscitar en éste el deseo de elevarse a la altura de lo impartido... Mientras la forma metódica difumine y oscurezca los contenidos culturales y de conocimiento que la escuela es encargada de transmitir, el profesor seguirá inerme ante una tarea que, así planteada, le convierte en insignificante y prescindible: hoy en día estamos esperando que se invente por fin la computadora que sea capaz de sustituir del todo al profesor, cuyas actuales prótesis informáticas llegan a veces a asemejarlo a una máquina todavía imperfecta y pendiente de evolución.

Esta reflexión algo caótica, y de ninguna manera didáctica, me ha sido sugerida por la lectura de las "Memorias de ultratumba", de Chautebriand, del que no quisiera comentar sólo uno, sino doscientos cincuenta pasajes. Aquí os lo dejo:


"la verdad es que ningún sistema educativo es preferible en sí a otro: ¿quieren más los hijos a sus padres hoy que los tutean y no los temen? Gesril era mimado en la misma casa donde a mí se me reprendía: fuimos los dos personas honestas y unos hijos cariñosos y respetuosos. Tal cosa, que creéis mala, contribuye a desarrollar el talento de vuestro hijo; tal otra, que os parece buena, ahogaría este mismo talento". 

Chautebriand, Memorias de ultratumba, I, 5. 

lunes, 2 de septiembre de 2013

Otoño árabe.
Óscar Sánchez Vega

En cierto modo era previsible: después de la primavera árabe del 2010 y sin mediar el verano, nos encontramos con lo que muy bien pudiéramos denominar el otoño árabe. Después de la esperanza y los aires revolucionarios, el desencanto, cuando no la tiranía, la guerra y la muerte. Las causas son muchas, complejas y en buena medida desconocidas por mí – y barrunto que también por la mayoría de tertulianos y “opinadores” profesionales que, sin embargo, pontifican con aplomo-. En cualquier caso, no es este el tema de estas líneas. Lo que me interesa es valorar la acción política de lo que podemos llamar izquierda radical en España y Europa.

Da la impresión que el único criterio político que tienen algunos es la política de EEUU – y de las democracias occidentales en general- : si los yanquis dicen blanco, nosotros negro. Este pseudocriterio no es más que un automatismo del pasado que operó asidua y eficazmente entre la izquierda europea en el siglo XX. El antiimperialismo americano daba por sentado que EEUU es una potencia enemiga de la clase trabajadora y, por tanto, la posición americana es siempre contraria a los intereses de los trabajadores. De todas formas este criterio nunca operó de manera aislada en el pasado, era necesario coordinarlo con otros criterios que nos permitían identificar dónde se encuentran los intereses de la clase trabajadora en los conflictos sociales y políticos. Antes de la caída del muro los “buenos” eran aquellos que defendían las libertades civiles, la autodeterminación de los pueblos, la colectivización de los medios de producción, las políticas fiscales progresivas, la igualdad de género, la educación pública, denunciaban la explotación laboral, la discriminación racial etc. La situación actual es muy diferente en la medida en que ninguno de estos criterios puede aplicarse a los conflictos árabes contemporáneos. Cuando la lucha se establece entre los tiranos laicos o las dictaduras militares por un lado y los islamistas por otro ¿cómo saber qué opción tomar? ¿cómo identificar a “los nuestros”? La perplejidad de la izquierda sería absoluta si no fuera porque le queda un último asidero, una última referencia: los “malos” son aquellos a quienes apoya EEUU. Llama mi atención que en los foros radicales de la red este es proclamado sin rubor alguno como el criterio último y definitivo que ha de orientar la toma de partido del revolucionario europeo y español.

No hace falta profundizar mucho para comprender que estar en contra de los EEUU no puede ser, no debiera ser, el único criterio. Cualquiera que aspire a ser escuchado en relación a este tema debería presentar algún argumento sobre la justicia o injusticia de las demandas y los objetivos de las partes en conflicto al margen de cuáles sean los intereses económicos o geoestratégicos de EEUU en aquella parte del mundo. Se puede estar en contra de los militares egipcios, apoyados por EEUU, y también en contra del régimen de Bashar al Assad, objetivo, por lo que parece, de un inminente ataque por parte de EEUU.

Es en el fondo una obviedad: para dar una opinión acerca de cualquier conflicto político es preciso guiarse por algunos criterios. Si, como es el caso, entramos a valorar los conflictos del mundo árabe, la izquierda europea haría bien, a mi modo ver, tener en consideración criterios semejantes a los siguientes:

  • Deben ser apoyados los movimientos y partidos democráticos laicos allá donde surjan aunque sean una pequeña minoría.
  • Las tiranías y las dictaduras militares, aunque se cobijen bajo el manto del laicismo, son aborrecibles.
  • El islamismo, por razones obvias para un demócrata, no es una opción política defendible.
  • Cuando el conflicto se establece entre tiranos e islamistas no debemos apoyar a ninguno -solo a los demócratas laicos, víctimas de unos y otros-
  • Cuando uno de estos bandos indeseables aprovecha su superioridad militar y política para masacrar a su pueblo, como en el caso de militares egipcios, Gadafi o Bashar al-Assad, merece ser castigado de algún modo.

Si después de aplicar estos criterios, u otros semejantes, resulta que tenemos a los americanos enfrente apoyando a “los malos”... mejor para nuestra complaciente autoimagen de viejos revolucionarios antiimperialistas, pero, insisto, una acción, una postura política, no puede ser buena -o mala - por el mero hecho de ir en contra – o a favor - de los EEUU.