espacio de e-pensamiento

jueves, 28 de noviembre de 2013

Ética y Política.
Óscar Sánchez Vega


Ética y política constituyen ámbitos distintos, conviene no confundirlos: la noción de política apunta a la condición de ciudadano, tiene como fin la regulación de la vida pública; en cambio la ética o moral (a la vista de nuestro objetivo utilizaré ambos términos como sinónimos) regula la totalidad de la conducta humana, pero, especialmente, la vida privada. Los totalitarismos del siglo XX se han caracterizado, entre otras cosas, por un desbordamiento del ámbito político, es decir, por una invasión recurrente e injustificada de la vida privada de las personas en aras de ciertos ideales políticos. Por el contrario el liberalismo político, conforme a la teoría de Rawls, pretende separar el ámbito público, donde prevalece el sentido de la justicia, y el ámbito privado, donde se realizan determinadas concepciones de bien. La tesis de Rawls es que lo justo debe predominar sobre lo bueno, es decir, dado que existen diversas concepciones enfrentadas del bien, lo mejor es construir unas reglas básicas de justicia compartidas por todos. El Estado por tanto, no debe sostener una concepción particular sobre el bien. No exigirá a los ciudadanos que se pongan de acuerdo sino que se abstengan de prescribir a los demás cuáles deben ser sus concepciones sobre el bien.  Los críticos del liberalismo reprochan a Rawls -con razón, pienso- que este planteamiento ha generado consecuencias indeseables, tales como: desintegración social, falta de compromiso colectivo, desmotivación política etc.

Por otro lado encontramos en Aristóteles un viejo programa filosófico que, por un lado garantiza la vida privada, al distinguir entre ética y política, pero por otro es capaz de establecer las conexiones necesarias a fin de que los valores éticos orienten de algún modo la acción política. Ambas, ética y política, apuntan a un fin común: la vida buena de los ciudadanos. Una política es buena si asegura las condiciones materiales mínimas que hacen posible la felicidad de los ciudadanos. Lo dice de un forma muy hermosa la Constitución americana al garantizar como un derecho inalienable de los ciudadanos la búsqueda de la felicidad - no la felicidad misma, que sería una conquista individual, esto es, ética -.  Por otra parte una vida ética es inconcebible, para Aristóteles, al margen de la polis. Un sano egoísmo, preocupado ante todo por alcanzar la propia felicidad, es el que nos conduce hacia la acción y la vida política.

(I)

Sirva lo anterior como marco teórico de lo que sigue. La crisis económica en la que estamos insertos comenzó a finales del 2008 y todavía hoy, pese a lo que digan algunos, no se vislumbra el final del túnel. Es pues, por su profundidad y duración, una de las mayores crisis económicas del sistema capitalista en su ya larga historia. Quisiera hacer, este es el objetivo de estas líneas, una lectura ética de esta crisis política y económica que padecemos. Muy posiblemente una lectura tal no sea especialmente penetrante, seguramente la crisis queda mejor explicada desde las categorías económicas y políticas, pero entiendo que desde la ética se puede aportar algo.

En realidad, las lecturas o interpretaciones éticas de la crisis están muy difundidas y son muy habituales pero, muchas no inciden en una cuestión que considero fundamental.  Comparto, sin embargo, otros puntos importantes. Podemos estar de acuerdo en que al menos una de las causas fundamentales de la crisis ha sido la codicia de las élites económicas y financieras de todo el mundo.  También comparto la opinión de muchos cuando señalan que el problema no ha sido que las actuales élites sean especialmente corruptas, en comparación con las del pasado, sino que las circunstancias han cambiado,  favoreciendo operaciones bursátiles y financieras especialmente insensatas y temerarias. No se trata, por tanto, de una casual degradación de la fibra moral de las clases dirigentes sino más bien que la laxitud de algunas normas han permitido todo tipo de desmanes. Discrepo, sin embargo, a la hora de señalar cuáles son las normas que han fallado y cómo se han de reforzar en el futuro. Muchos sostienen que la crisis ha sido posible por la escasa regulación y control del mercado por parte del Estado.  El problema, dicen, es que los más grandes especuladores de Wall Street - y del resto del mundo- han campado a sus anchas, han hecho y deshecho a su antojo fuera del alcance del control de Estado o el Parlamento.

Llegado a este punto quiero recordar que no aspiro a formular ninguna explicación económica, ni siquiera a hacer una breve historia de la crisis, solo una lectura moral. La lectura habitual toma un punto de partida que comparto: la causa principal fue la codicia de la clase dominante. Donde discrepo es en contrafáctico, es decir, en las medidas que habría que haber tomado en el pasado y, lo que es más importante, habrá que tomar en el futuro para que algo semejante no se repita. Aquí el discurso de la izquierda política insiste en el control y la vigilancia: para evitar la codicia excesiva hay que vigilar, someter las conductas privadas a la vigilancia del Gran Hermano, establecer más normas, más reglamentos, más comisiones que impidan el afloramiento del egoísmo codicioso. Si este planteamiento fuera correcto sería de esperar que aquellas instituciones más “controladas” hubieran desarrollado una praxis más honesta, menos codiciosa, pero no ha sido así: las Cajas de Ahorros, sometidas a un mayor control público que los bancos privados no han desarrollado una práctica más honesta y prudente sino al contrario. Un mayor control estatal  no genera comportamientos más honestos.  Los ejemplos son muchos: todas las instituciones de los regímenes totalitarios estaban -y están- sometidas a un férreo control estatal lo que no impide en absoluto todo tipo de corruptelas y comportamientos fraudulentos.

Otra cosa son los mecanismos de contra-control de los que hablaba Skinner. Según el psicólogo americano si el poder no se limita mediante mecanismos de contra-control, es decir mediante respuestas por parte de los controlados, tiende a derivar en despotismo y tiranía. El contra-control a diferencia del control estatal es multifacético y se ejerce desde la ciudadanía, no desde las instituciones burocráticas del Estado. Skinner argumenta su tesis señalando que en aquellas instituciones donde es más difícil ejercer el contra-control  (las que se dedican al cuidado de los niños, los ancianos, los prisioneros,  los psicóticos y los "retrasados") son los espacios donde se han documentado más episodios de abuso de poder. El problema no es que estos controladores tengan una "fibra moral" peor que la de sus compañeros que trabajan en otras instituciones, sino la ausencia de contra-control.

(II)

Pues bien, si, como sostengo, un mayor control público no garantiza una mayor ética en las decisiones de las élites económicas y financieras ¿Cuál es la solución? A mi modo de ver el valor ético que habría que fomentar y formular jurídicamente de la mejor forma posible es la responsabilidad. La responsabilidad es simplemente hacerse cargo de las consecuencias que generan las acciones libres y conscientes. El problema moral más importante de esta crisis ha sido y está siendo la impunidad de los que hubieran debido pagar por sus vilezas.

Podemos y debemos distinguir entre distintos tipos de responsabilidad: moral, social, política y jurídica. No entraña la misma responsabilidad, por ejemplo, mentir al cónyuge que mentir ante un tribunal; pero lo que es inadmisible es que la distancia entre la responsabilidad moral y social, por un lado y la jurídica- ya sea civil o penal-  por el otro, sea tan enorme como la que ha habido y hay en este país. Aquí todos sabemos quiénes han sido los responsables morales y sociales de la crisis, los cuales apenas han asumido responsabilidades políticas y en ningún caso responsabilidades jurídicas. Otros países, como Islandia, han procedido de manera muy distinta exigiendo responsabilidades políticas a los dirigentes y responsabilidades jurídicas -civiles y penales- a los banqueros.

Cuando propongo que el valor ético a promocionar es la responsabilidad lo que defiendo es acortar las distancias entre responsabilidad moral y jurídica, es decir, modificar el marco legal de tal modo que deban responder ante la justicia aquellos que, consciente y libremente han puesto en peligro la estabilidad del sistema financiero o los ahorros de toda una vida de los pensionistas. Si esta conexión hubiera estado firmemente establecida desde un principio la codicia de los especuladores y los banqueros hubiera encontrado un freno en el miedo a las posibles consecuencias.

Temo que no hay que ser un psicólogo muy sutil para detectar los motivos e intenciones que guían las decisiones económicas de todos los ciudadanos y especialmente, de los grandes inversores que son a fin de cuentas los únicos que en sentido estricto toman decisiones dignas de considerar desde un punto de vista macroeconómico.  Thomas Hobbes ya las había detectado en el siglo XVII: el miedo y la codicia. Un sentimiento, una inclinación, se combate con otro. La mejor manera de combatir la codicia es mediante el miedo; el miedo a las consecuencias que acarrean las decisiones equivocadas. Este y no otro es el mecanismo que mueve a la Bolsa: las acciones suben o bajan, no por una consideración racional de la economía de un país o de una compañía en particular, sino simplemente en función del balance codicia/miedo, cuando la codicia es más fuerte que el miedo las acciones suben, en caso contrario bajan. La racionalidad aquí apenas juega papel alguno. Durante años los españoles - no solo la clase dirigente - invirtieron sus ahorros y se endeudaron en propiedades inmobiliarias que se revalorizaban un 20% año tras año ¿Por qué? ¿Por una estimación racional del valor de este producto? En absoluto. Simplemente porque no había miedo a que se depreciaran, pero cuando su valor en el mercado estaba ya muy encima del valor real, apareció el miedo y los precios cayeron en picado.

¿Hay una enseñanza moral en todo esto? Yo creo que sí. El miedo es un factor que debe estar presente en la vida económica de un país como contrapeso a la codicia. Pero el miedo, por si solo, no es un valor, no es algo digno de estimación. Lo que es un valor es la responsabilidad y lo que significa es que debemos apechugar con las consecuencias de nuestros actos: cuando hacemos lo correcto - en cualquier orden de la vida: afectivo, moral, político, económico- merecemos recibir las recompensas oportunas y cuando conscientemente actuamos de manera impropia deberíamos sufrir de igual modo las indeseables consecuencias. Lo que es del todo inmoral es privatizar los beneficios de la especulación, por ejemplo, y socializar las pérdidas. Desde el punto de vista ético una diferencia fundamental entre la crisis del 29 y la actual es que en la anterior cientos de grandes empresarios e inversores se suicidaron, acabaron con su vida ante la imposibilidad vital de hacer frente a sus responsabilidades. En la actualidad… ¿conocemos algún banquero o especulador que se haya suicidado? ¿Cuántos están en la cárcel pagando por sus errores?

(III)

El declive de la responsabilidad personal va parejo, naturalmente, al reconocimiento de las personas jurídicas no físicas: compañías, corporaciones, sociedades anónimas y limitadas, fondos de inversión etc. La proliferación de este tipo de instituciones y su preponderancia en la sociedad capitalista avanzada han socavado los cimientos de la responsabilidad individual tal y como había sido entendida en el pasado. Una institución -Lehman Brothers o Bankia, por ejemplo -  puede ser acusada y condenada por fraude sin que ninguna persona física asuma responsabilidades civiles o penales. Además los máximos accionistas de las grandes corporaciones suelen ser sociedades constituidas por otras sociedades que, ensambladas al modo de la muñecas rusas, hacen prácticamente imposible identificar a las personas reales que se esconden detrás de las siglas.

Una sociedad moralmente saludable debiera hacer coincidir la persona moral y la persona jurídica porque la única responsabilidad real es la individual. ¿De qué sirve hacer responsable de una mala praxis a una institución si esta puede disolverse o declararse en quiebra y sus antiguos dueños continúan en disposición de montar nuevas sociedades, nuevas tapaderas para sus fechorías? La responsabilidad de una persona jurídica no física es sólo civil -nunca penal: no puede encarcelarse una sociedad- y muy limitada pues termina con el fin o disolución de la sociedad, lo cual es muy habitual como saben millones de desempleados españoles. O sea que, en la práctica, las personas jurídicas no físicas no son responsables de sus actos; y no estamos hablando de unos actores cualquiera, sino de los actores protagonistas. Toda la economía mundial se mueve, por tanto, en virtud de la voluntad y los intereses de “personas” irresponsables.

Urgen medidas jurídicas y políticas que impidan que algo semejante vuelva a ocurrir y entiendo que el sentido ético de estas medidas ha de estar encaminado a potenciar la responsabilidad de las personas reales, especialmente aquellas con cargos importantes, como los consejeros delegados de las grandes compañías e instituciones financieras. Para ello no es preciso, pienso, complejas reformas políticas y jurídicas sino más bien podar y simplificar: acabar con todo el andamiaje legal que permite operar a las grandes corporaciones en la más absoluta impunidad. No creo que sea tan complicado, los dueños de las sociedades o corporaciones deberían estar perfectamente identificados y responder por los daños que sus compañías pudieran ocasionar.  Esta exigencia de responsabilidad, que es una exigencia ética más que política, entiendo que puede y debe ser asumida tanto desde el liberalismo como desde el socialismo. Una sociedad que no exige responsabilidades a los ciudadanos, especialmente a sus ciudadanos más eminentes, deviene más pronto que tarde en un estercolero moral.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Retrato de Ortega
Borja Lucena

La parodia es, también, una forma de conocimiento. Me he reído mucho leyendo la descripción -de la que aquí os selecciono algún pasaje- que Rafael Reig hace de Ortega Und Gasset:

EL ALCIONISMO

Ortega era un tipo muy bajito, con la cabeza muy gorda, y muy presumido. Hablaba levantando la barbilla y manoteando. Llevaba pajarita, traje a rayas y zapatos de dos colores. A menudo incluso fumaba con boquilla. Las chicas le miraban con éxtasis, pestañeaban, se llevaban las manos al escote, apretaban las rodillas y rozaban un muslo contra el otro. Eran las flappers del Lyceum club Femenino (...)

Ahora habían venido todas a escuchar a Pepe Ortega, que desde la tribuna las miraba con desdén y satisfacción. A la mayoría ya se las había tirado. Alguna valía algo, admitido, pero en general eran unas niñatas sin iniciativa ni concupisciencia. (...) A Pepe lo que de verdad le perdía eran las marquesas, a ser posible algo jamonas. Eran su especialidad, su afición recreativa o su "hobby", como había empezado a decir, porque ahora estaba aprendiendo inglés. A las marquesas, Ortega les hablaba de la filosofía y el golf, del dharma y la tortilla de patatas, y a la media hora las tenía en el bote. Se las llevaba a una habitación del hotel Victoria, donde les pedía que se la chuparan.

 -Hoy día copular es de albañiles -aseguraba-. Yo soy un egregio. 

Sobre la tarima, Ortega sacó pecho, recorrió con la mirada los muslos temblorosos de las chicas del Lyceum, sonrió con chulería y dijo a voz en cuello:

-¡Hay que huir como de la lepra de la expresión de cualquier sentimiento humano! (...) La poesía tiene que ser poesía pura, libre de implicación sentimental. El arte es un juego, es algo completamente intrascendente, caballeros. Ese es el nuevo arte: ¡un deporte! ¡Una inyección de juventud deportiva! ¿La poesía es hoy el álgebra superior de las metáforas! (...) Hoy día, en la era del velocípedo y el cinematógrafo, la vanguardia es un arte impopular, un arte que sólo se dirige a los que son capaces de entenderlo: los egregios.

Hizo una pausa teatral y luego afirmó:

-Estos son los días del alción. ¡El arte nuevo será alciónico o no será, caballeros!

¿El alción? Entre el público se multiplicaron las miradas de perplejidad. ¿Qué tenía que ver el alción? ¿Qué era un alción, por cierto?

-Es como un martín pescador, un pájaro - susurró Juanjo Domenchina.

-Ah, claro, ya, un pájaro.

-Cosas de Pepe Ortega, no hay que hacerle mucho caso. 

Ortega apoyó las palmas de la mano en la mesa y clavó la vista en los senos de María Zambrano:

-Muchachos, hay que hacer un arte artístico. Sois la vanguardia. He dicho.

(...)

De camino, Ortega se tomó una copa de anís en una taberna. No solía hacerlo, pero esa nocha la necesitaba.
El local estaba lleno de plebe, de vulgo, de masas: esa España invertebrada que acudía a contemplar ejecuciones y nunca había leído a Husserl.
De pronto, al fondo, reconoció al pequeño de los Machado. Cambió de sitio para que no le viera, no quería saludarle. Era un boicoteador, un transnochado: sus poesías seguían tratando de la vida. Se negaba a hacer deporte. 


Rafael Reig, Manual de literatura para caníbales




miércoles, 13 de noviembre de 2013

Filosofía y Literatura.
Óscar Sánchez Vega

El vínculo entre filosofía y literatura se remonta a los orígenes, así encontramos en Platón al fundador de la filosofía y a un literato de primer orden. Además podemos encontrar en el filósofo ateniense las claves para entender el tipo de relación que cabe establecer entre filosofía y literatura o, lo que es lo mismo, entre argumentación dialéctica y relato mítico. El mito no es un añadido superfluo a la dialéctica, tampoco es un instrumento para una mejor difusión de la doctrina platónica. Por el contrario, el relato mítico es una exigencia de la argumentación dialéctica y arranca donde allí donde los logoi han terminado. El mito va más allá de los logoi, apunta a lo que en sentido estricto no puede ser dicho sino solo sugerido.

Pues bien, los herederos de Platón, los representantes más conspicuos de la filosofía académica, parecen haber olvidado desde hace tiempo esta importante lección. El filósofo académico, sea de la rama que sea - analítico, marxista fenomenólogo…- tiende a ignorar o mirar con desdén a los filósofos que cultivan la literatura o a los literatos con ínfulas filosóficas. Ambos son considerados diletantes; útiles, tal vez, como divulgadores pero carentes de la profundidad y el rigor que cabe exigir de la racionalidad filosófica. No puedo estar más en desacuerdo con esta apreciación.

Hace unos días hemos celebrado el centenario del nacimiento del filósofo del siglo XX que, desde mi punto de vista, mejor ha transitado por ambos géneros cultivando con igual maestría el ensayo y la novela: Albert Camus. La filosofía académica francesa, encabezada por Sartre, nunca reconoció - más bien al contrario - la obra del que era considerado un aficionado advenedizo argelino. Tampoco han tenido mejor suerte los literatos de temáticas filosóficas, entre los que cabe destacar la figura de Borges, el cual, por razones semejantes a las que afectan a Camus, no forma parte de los planes de estudio de ninguna Facultad de Filosofía que se precie. En España, podemos coronar como rey y señor de este extraño territorio híbrido a Miguel de Unamuno y, en un nivel inferior de reconocimiento, pero no de calidad, a George Santayana.

El menosprecio, como filósofos, de los autores citados es una petulancia que no tiene ninguna justificación.  Los, digamos, "filósofos literarios" no es que estén al mismo nivel que los filósofos académicos sino que, dependiendo de los objetivos que nos hayamos marcado, están en un nivel superior. Los ensayos filosóficos mejores y más interesantes, para mí, no son los que tratan de las cuestiones más  profundas y vitales, sino de otros temas que nos resultan menos íntimos, más "fríos". Así, por ejemplo, entiendo que la filosofía académica en sus distintas ramas - filosofía del lenguaje, filosofía política, teoría del conocimiento etc- hace una provechosa labor cuando se marca el objetivo de reflexionar en torno a ideas tales como democracia, verdad científica, mente, arte, cultura, libertad política, secesión, significado etc. En cambio cuando se trata de internarse en el centro mismo de la existencia y de plantearse  algo así como "el sentido de la vida”, la filosofía académica no transmite del mismo modo que la literatura y, en ocasiones, se muestra fatua e inane. Si mi objetivo es dilucidar la noción de libertad política, un ensayo filosófico- de Isaiah Berlin o Antonio Negri, por ejemplo- me resulta adecuado, pero cuando se trata de reflexionar sobre el paso del tiempo o la muerte prefiero  a Proust o Dostoievsky antes que a Heidegger o Merlau-Ponty.

El discurso conceptual sigue unas reglas -lógicas, semánticas y sintácticas- que imponen unas limitaciones al pensamiento que son felizmente rebasadas en la obra literaria. La expresión literaria de las ideas no es más vulgar que la académica, al contrario, conforme al patrón platónico es más profunda y reveladora.  La tesis que pretendo defender es esta: las ideas filosóficas más profundas hallan su más adecuada expresión en forma literaria, no conceptual. Así, por ejemplo todas las formulaciones conceptuales de las ideas pacifistas y naturalistas palidecen al lado de las reflexiones de Lyovin y la descripción de la vida rural que hace Tolstoi en Ana Karenina o la historia de Joseph Wayne en A un dios desconocido de Steinbeck. La noción de identidad personal es puesta en cuestión de manera admirable en la obra de Pessoa o en La metamorfosis de Kafka de forma al menos tan profunda como en las reflexiones de  Schelling o Deleuze. La manera en la que Zweing trata del amor en Carta de una desconocida no tiene replica conceptual alguna. El lenguaje es, como señala Victor Gomez Pin, el protagonista principal de En busca del tiempo perdido de Proust  y también es el protagonista principal de la novela de Javier Marías, Corazón tan blanco. Borges reflexiona de forma magistral sobre la idea de tiempo en El jardín de senderos que se bifurcan o sobre la idea de infinito en La biblioteca de Babel. El sentido de la vida o más bien la ausencia del mismo es tema principal de El extranjero de Camus o El Caminante de Hesse. La idea de poder y los efectos de la corrupción política se concretan en la progresiva desintegración moral del personaje de Cayo Bermúdez en Conversación en la Catedral.  La soledad está presente en toda las generaciones de la familia Buendía, especialmente en la figura del coronel Aureliano Buendía. También la consideración de la memoria y su función son un tema central en Cien años de soledad. La importancia de la voluntad, su rango por encima de la realidad cotidiana es el asunto central de El tambor de hojalata. Del mismo modo encontramos en La montaña mágica de Mann una reflexión insuperable sobre el paso del tiempo y la muerte. La lista pudiera ser interminable: la idea de expiación en Lord Jim, la de virtud en Vida y destino, la de eterno retorno en La insoportable levedad del ser, la de libertad personal en Demian etc.

Por último quisiera reconocer una manifiesta injusticia: muy posiblemente la mejor manifestación literaria de las ideas enumeradas sea la poesía. No tengo más excusa para la omisión de importantes autores y obras líricas que el desconocimiento y una escasa sensibilidad poética que me conducen una  y otra vez a un muy reducido círculo de autores - Ángel González y Miguel Hernández, principalmente - dejando al margen muchos otros que seguramente merecen todo el reconocimiento y serían muy buenos ejemplos de la tesis expuesta.

domingo, 3 de noviembre de 2013

El Valle de los Caídos en Arán.
Eduardo Abril Acero


Cada cierto tiempo un viejo debate vuelve a la escena política en este país: ¿qué hacer con el Valle de los Caídos? Generalmente el debate se abre desde la izquierda que, con cierto criterio, arroja un poco de atención sobre un asunto que no deja de ser, todavía, una herida abierta: en el Valle, un monumento franquista que el régimen dedicó a los caídos de la guerra civil, aún persiste la distinción entre los vencedores, que descansan en tumbas con nombres y apellidos, y vencidos, aquellas otras tumbas de quienes no tuvieron ni reconocimiento ni una sepultura digna. El argumento que esgrime la izquierda no carece de razón, más cuando encuentra enfrente un comentario tan poco sólido como el de “no remover”. Los partidarios de mantener la sepultura del máximo sepulturero no van más allá de decir eso: no removamos las heridas, no reescribamos la historia, no nos metamos a reabrir heridas ya cerradas.
No obstante, mi propósito en esta entrada no es el de escoger bando y argumentar sobre la conveniencia o inconveniencia de encontrar o no encontrar otra sepultura para el dictador, sino reflexionar en torno al sentido profundo de este debate, que tiene todos los indicios de hacerse recurrente, como un sueño que, de cuando en cuando se repite, ofreciéndonos el indicio de que algo no funciona, y sigue sin hacerlo una y otra vez. El Valle de los Caídos, como problema no resuelto, como debate abierto y reabierto una y otra vez, supone un horizonte en el que izquierda y derecha pueden encontrar su sitio simbólicamente, reafirmar una identidad. Es por eso que, en rigor, no hay una verdadera intención de “hacer algo con el Valle de los caídos”, puesto que eso impediría el reconocimiento propio, la adopción de una identidad grupal, tanto de la izquierda como de la derecha.
Lo importante, por tanto, está en identificar en qué consiste esta identidad. Que esto se produzca con respecto al Valle de los Caídos no es baladí; la identidad proviene siempre de la historia, ya hablemos de un solo hombre, que cifra su identidad en su nombre, en sus logros, en el que fue en aquella ocasión, en el triunfo o fracaso que tuvo, o hablemos de grupos y colectivos, que encuentran su identidad generalmente en modelos de identificación y en elementos comunes con el otro. Y el Valle es aquí una buena forma de encontrar esos modelos de identificación. En la derecha, empeñada en “pasar página” y considerar a Franco y el franquismo ya como parte de la historia, como lo es Isabel II, Fernando VII o el Cid, se entreve una disposición política que parece minimizar los efectos del relato de la Historia, y mira al futuro. No es difícil encontrar argumentos del tipo “eso es cosa ya del pasado, lo importante es trabajar por el presente y mirar al futuro”. Pero lo cierto es que ese ninguneo del pasado y en especial del franquismo es impostado y su pretensión es precisamente la contraria. El tratamiento de Franco y del franquismo como un hecho más del pasado, de nuestra historia, lo eleva a la categoría de Historia con mayúsculas, de Historia oficial, lista para ser ya fijada en los libros de texto como un paso más en la andadura de este país. Pero lo cierto es que, lo que queda ninguneado aquí no es el franquismo, sino sus víctimas. Y también esa mirada al futuro y la preocupación por el presente, tampoco carece de interés político; en el fondo, la escritura que algunos quieren hacer del franquismo es el de un “mal necesario”: Franco fue un dictador, sí, y en muchas cosas fue duro, nefasto y cruel, pero al fin y al cabo, sacó a España de un régimen descarriado y levantó España, desarrolló el turismo, la agricultura y alfabetizó el país. Lo que hay que ser es, como lo fue el dictador, audaces y valientes, no temer las decisiones difíciles y tirar para adelante. Tal es el modelo de identificación.
El modelo de identificación de la izquierda no es mucho más esperanzador. La izquierda se ve a sí misma como una pura negación, la tachadura de lo otro, de lo que no es ella misma. Por eso mismo necesita como el agua alguien y algo que tachar. Más allá de eso, no ha logrado evocar una identidad verdaderamente significativa. Recuerda, siguiendo un símil futbolístico, a ese hincha deportivo, que antes de que gane su equipo, lo que verdaderamente desea es que pierda el equipo rival. Por eso no ha conseguido generar una identificación positiva, un proyecto colectivo de país, puesto que todo el ser del colectivo se cifra en la oposición a aquello que se cifra como el enemigo, el otro.
Que la derecha se agarre a esta identificación y se vea a sí misma como ejemplo de eficacia y pragmatismo, ocultando una auténtica veneración de la historia, no es algo nuevo ni original  en la derecha española frente al resto del mundo. Pero que la izquierda sea incapaz de provocar una identidad positiva, que mire al futuro, que trabaje por sus ideales históricamente constituidos, especialmente por aquel que busca reducir al máximo las desigualdades, sí es un mal endémico de nuestro país. Y esto se puso de manifiesto hace ya unos años, cuando se desató en las plazas de todas las ciudades, una verdadera explosión de ilusión por forzar cambios verdaderamente significativos en el país, y la izquierda política fue incapaz de reaccionar, desprevenida e incompetente, sin saber cómo mirar ya al futuro.
Por eso, si algo me parece urgente y necesario para este país, es que la izquierda encuentre, o si de prefiere “recupere”, una identidad esperanzada y valiente, que mire al futuro con decisión, y que quiera verdaderamente producir cambios, más allá de seguir estancada en la búsqueda de enemigos.
Podría para eso cambiar de Valle en sus reflexiones: en lugar de seguir pensando en el Valle de los caídos, repensar el Valle de Arán, que es otro Valle de otros Caídos. Hace un par de días, cuando volvió a surgir en los medios el debate eterno en torno a la sepultura de Franco, me acordé de un libro que leí este verano, “Inés y la alegría” de Almudena Grandes. La novela cuenta una historia ficticia que se sostiene sobre una historia real, algo que en los últimos tiempos se ha puesto muy de moda. (Spoiler) Almudena Grandes cuenta la historia, a través de los ojos de Inés, una madrileña republicana que en origen era una niña bien de familia de derechas,  de cómo miles de milicianos españoles invadieron en 1944 el Valle de Arán, con la pretensión de echar a Franco del poder y restaurar la República. Los soldados que invadieron Arán eran los españoles que ganaron la Segunda Guerra Mundial, los primeros que entraron en París luchando contra los nazis, los que combatieron a los Africa Korps de Rommel en el Sahara. Eran soldados ganadores, que bien habrían podido disfrutar de su éxito, recibir honores y haber tenido una vida dulce como ciudadanos franceses o ingleses y que, sin embargo, después de diez años disparando un vejo Mauser aún tenían ganas de partirse el lomo por los habitantes de esta vieja piel de toro. Todos ellos, los que entraron en Arán, aproximadamente 13.000 hombres, eran voluntarios y lo mejor que sabían decir de sí mismos es que eran españoles. Allí murieron unos seiscientos y el resto se retiró algunos días después de comenzada la operación ante la imposibilidad de romper las líneas del ejército de Franco, y la falta de apoyo tanto de los aliados como de los “españoles del interior”. La intención de los combatientes y de su máximo lider, Jesús Monzón, era la de no abandonar Arán, y establecer allí, en un Valle fácil de defender, un gobierno alternativo al gobierno de Franco, en territorio español, y que el reconocimiento internacional hiciera el resto. Sin embargo el nuevo dirigente del Partido Comunista, Santiago Carrillo, más interesado en complacer las instrucciones de Moscú que en devolver la legitimidad al Estado español, ordenó la retirada de los combatientes y defenestró a Jesús Monzón. Esa fue sin duda la última batalla de la guerra civil, y una de las más valerosas. Sin embargo, los caídos en ese otro Valle no salen en ningún libro de texto, ni se les reconoce mérito alguno, pese a que su intención era la de darlo todo por los que consideraban sus “compatriotas”.
Es ese Valle, el de Arán, y esos combatientes, donde la izquierda española debería buscar sus modelos de identificación, en esos hombres quijotescos y valerosos que, o murieron en Arán, o descansan ya en cementerios franceses. Hombres que volvían a España porque añoraban el campanario de su pueblo, y sentirse entre los suyos, que no querían hacer la Revolución sino vivir en un País en paz, pero con justicia. Hombres que creían en el futuro, pero de verdad. En cambio, prefiere enredarse en seguir buscando enemigos.

PD. Para no decepcionar diré algo sobre el Valle de los Caídos, el del Escorial, mucho menos importante que el de los Pirineos. No creo que haya que sacar de allí al Dictador y entregar los restos a la familia; esa opción la perdió Franco desde que convirtió su cuerpo corrompido en patrimonio nacional. Si de mí dependiese desconsagraría la Basílica y la convertiría en un museo de los crímenes de la Guerra Civil. Entre ellos, tal vez el último, que Franco descanse bajo la cúpula de una iglesia. Nunca imaginaría el dictador que su mausoleo sería, finalmente, un museo del horror y su tumba parte del catálogo de la exposición.