espacio de e-pensamiento

viernes, 21 de febrero de 2014

Born to run to the River.
Eduardo Abril

No hay dos canciones de Springsteen más opuestas ni más complementarias que Born to run y The River. En la primera, Born to run (1975), una canción escrita hacia el futuro y llena de emoción, Springsteen nos habla de una vida al margen de la ley en una sociedad que nunca cumple lo que promete; es la historia de un antihéroe americano que quiere tensar las cuerdas de lo posible. La segunda, The River, Springsteen la grabó en 1980 y supone una exposición cruda y sincera del verdadero sueño americano, ya truncado. En ella, atravesada por una insuperable melancolía, un antihéroe americano, obrero de la construcción, recuerda cuando aún su vida se jugaba en una promesa sencilla, cuando aún no estaba ya todo dicho y la realidad era amable y jovial. La promesa de un futuro brillante, pero al margen de la sociedad en 1975, se convierte en un genio melancólico y pesimista en 1980, pero dentro del sistema.
Springsteen contrapesa una y otra identidad en dos canciones que bien podrían poner banda sonora a la vida cotidiana del hombre contemporáneo. En un mundo que es in-mundo, sólo cabe la vida en el margen del sistema, tensando la contradicción de vivir esquizofrénicamente la cotidianidad diaria de un “sueño americano fugitivo”, con la nocturnidad de “conducir por mansiones gloriosas en máquinas suicidas” y escapar mientras aún se es joven de esa ciudad-sociedad que no es más que una trampa mortal. Y sólo en 1980, cuando escuchamos The River, comprendemos qué pasa cuando no aprovechamos esa condición de vagabundo que es la juventud, en que aún nos quedan fuerzas para romper las cadenas y escapar. Allí,  ya nos olvidamos que “nacimos para correr” y la vida se ha hecho inmunda, la vida de un trabajador en paro de la Johnstown Company, que mira de soslayo a su mujer Mary, y recuerda con melancolía cuando aún podía mirar al futuro con ilusión.
Pero los dos temas, al fin y al cabo, no dejan se ser ambas dos canciones de amor, dos canciones que desvelan dos formas de relacionarnos con el otro. La primera, un amor que quiere llegar al final, que busca explorar todos los límites, que quiere comprobar hasta donde de real puede llegar la emoción, el deseo y el sentimiento, que tiene la firme voluntad de redimir una realidad gris y vacía: “correremos hasta desfallecer, nena, nunca volveremos atrás. ¿Caminarás conmigo por el alambre? Porque nena, sólo soy un asustado y solitario jinete y tengo que averiguar qué se siente. Quiero saber si el amor es salvaje. Quiero saber si el amor es real”. La segunda, una relación traspasada por el demonio de la melancolía, que ya no sabe de promesas y que se sostiene sobre el recuerdo de lo que ya nunca más volverá a ser: “Yo actúo como si no me acordase y Mary hace como si no le importara”.
 





jueves, 6 de febrero de 2014

Hannah Arendt: ¿Qué significa comprender?
Borja Lucena

  “La respuesta no convencerá al científico, 
que bajo la presión de los hechos y los experimentos, 
se vio obligado a renunciar a la percepción 
sensorial y, por tanto, al sentido común, 
gracias al cual coordinamos la percepción 
de nuestros cinco sentidos para configurar la total captación de la realidad. También se vio obligado a renunciar al lenguaje corriente, que aun en sus pretensiones más elaboradas sigue 
indisolublemente ligado al mundo sensorial 
y a nuestro sentido común”.

La comprensión presenta en Arendt caracteres muy diversos a los esfuerzos por constituir un sistema de la realidad; su objetivo no es agotar exhaustivamente el campo de lo real dando cuenta del todo, sino más bien explorar lo parcial que nos es dado sin pretender integrarlo sistemática y consistentemente en una cosmovisión. Como una narración, siempre envuelta en la red tejida por otras innumerables narraciones e historias que conforman un horizonte fenomenológico del que no hay manera de poseer visión abarcadora y precisa, cualquier comprensión está ya de siempre caracterizada por su carácter opinable y fragmentario.
 Como algunos comentaristas han señalado, la idea de “comprensión” forjada por Arendt bebe profundamente de la ruptura existencialista con la ambición de asegurar la transparente continuidad entre ser y pensar y, consecuentemente, con el proyecto de llegar a edificar una teoría coherente del todo. Particularmente afecta a la visión de Jaspers, la pensadora judía comparte con él la convicción de que la comprensión se atiene por naturaleza a un principio de fragmentación, es decir, que, una vez aceptado que no hay un Ser más allá de los seres que pueda ser conocido, la filosofía -o el pensamiento- se libera de la pesada e impracticable tarea de explicarlo todo desde un solo principio monista; la realidad es, en última instancia, irreductible, y, en su completitud, es irrepresentable, por lo que no es posible agotarla en el pensar.

Querer comprender exige desterrar el objetivo de la consistencia lógica, dado que significa permanecer en apertura ante las contradicciones y equívocos que conforman el mundo en el que se da la experiencia. De acuerdo con esto, la realidad existencial del comprender no puede ser identificada con el ejercicio teórico del conocer ni con la construcción de teorías científicas acerca de los fenómenos naturales o humanos, ya que el científico, en su búsqueda de una realidad que no se halla presente en la experiencia común del mundo y que, sin embargo, constituiría su esencia escondida e inaccesible a los sentidos, renuncia obligatoriamente al marco de la comprensión humana -dada siempre como situación espacio-temporal- para aspirar al punto de vista privilegiado de alguien que es capaz de aprehender la realidad del mundo desde un lugar situado en su exterior5. El comprender, como estructura existenciaria del hombre, como “modo específicamente humano de estar vivo”, se contrapone a la ambición por alcanzar un punto de vista universal desde el que contemplar, como un objeto separado, la estructura nuda del mundo; se distingue de la pretensión de situarse, más allá del tiempo y el espacio humanos, en el no-lugar del “observador que flota libremente en el espacio elegido por Einstein como sujeto científico de conocimiento, o en el punto de apoyo de Arquímedes que sirvió a la ciencia moderna para escapar idealmente de las condiciones mundanas y codiciar un punto de vista que hubiera trascendido las limitaciones constitutivas del conocimiento humano.
La estructura propiamente humana del comprender lo aleja de las pretensiones de un conocimiento arrancado a su situación mundana, por lo que no puede ser leído como una teoría -como un ver- sino más bien como un estar-en o un ser, lo que da como resultado que no puede entenderse más que como una estructura narrativa de inserción en la realidad. Comprender es, en última instancia, elaborar una narración acerca de la experiencia del mundo; una narración en la que los acontecimientos, los sucesos que conforman la experiencia o la historia pasada, adquieren un sentido posible. La decidida apuesta por revelar la potencia epistemológica de las narraciones choca diametralmente con aquellos presupuestos teóricos descritos por Berlin, y que bien pueden ser los que fundan la aproximación científico-lógica al conocimiento: “1) Para cada pregunta auténtica existe una sola respuesta correcta (…); 2) Existe un método para encontrar las respuestas lógicamente correctas; 3) Todas las respuestas correctas deben ser compatibles entre sí”.