espacio de e-pensamiento

lunes, 10 de marzo de 2014

La educación sentimental.
Óscar Sánchez Vega

Martha Nussbaum continúa desarrollando en su última obra publicada en español, Las fronteras de la justicia lo que ella denomina “el enfoque de las capacidades” que ya había expuesto en obras anteriores (un resumen aquí). A modo de epílogo, en el último capítulo, Nussbaum nos anuncia el tema de su próximo libro: la posibilidad de educar y reformar los sentimientos morales. El enfoque de las capacidades, que defiende la filósofa americana, es muy exigente: una sociedad que aspire a la Justicia debe no solo reformar las instituciones sino promover la solidaridad y la benevolencia entre los ciudadanos. Ahora bien, no es evidente que tal reforma sea posible. Si tomamos como guía este asunto y buscamos referentes en la Filosofía Moderna podemos encontrarnos dos bandos enfrentados que no se corresponden con ninguna de las habituales clasificaciones de la Historia de la Filosofía.

Por un lado encontramos a los que podríamos denominar escépticos (entre los que, debo confesar, me incluyo) que al considerar, en el mejor de los casos, improbable la mejora de la fibra moral del Hombre buscan en la ventaja mutua el fundamento de los principios políticos. El padre de todos ellos es, claro está, Hobbes, el cual, como es sabido, creía que los sentimientos más poderosos eran los egoístas y que el resto eran demasiado débiles y volubles para motivar la conducta de un modo estable y consistente. Kant tampoco era optimista sobre este asunto: como pocas personas podían guiarse por la ley moral era conveniente la sólida implantación de Iglesias cristianas para que coaccionen a la mayoría, obligándoles a comportarse de manera correcta. Incluso su optimismo sobre la posibilidad de una “paz perpetua” tiene como base la ventaja mutua y no la benevolencia generalizada. Locke parece tener una visión más positiva de los sentimientos humanos, pero también él elabora una teoría del contrato social más basada en la ventaja mutua que en la benevolencia. Hume, por último, que pese a no ser contractualista es una importante influencia en el contractualismo contemporáneo, creía que los sentimientos benevolentes no prevalecerían en la sociedad a menos que estuviesen fuertemente ayudados por las convenciones y las leyes basadas en la idea de la ventaja mutua. Todos ellos, Hobbes, Locke, Kant y Hume, parecen sostener que el repertorio de sentimientos de un grupo humano está fuertemente fijado y que la educación tiene un influencia marginal. Estos pensadores no parecen creer que haya mucho margen para el cambio personal a gran escala ni para las iniciativas sociales en apoyo de estos cambios.

 Al otro lado están los que podríamos denominar el bando de los optimistas encabezados, naturalmente, por Rousseau, el cual en el Emilio atribuye buena parte de las injusticias de este mundo a una educación sentimental perversa y propone una educación - basada en la compasión- que favorezca la justicia social. Dos liberales acompañan al ginebrino en esta batalla: John Stuart Mill y Adam Smith. El primero, en Utilidad de la religión, confía en que la virtud del altruismo puede y debe propagarse socialmente mediante la educación: un pueblo cultivado encuentra la felicidad no solamente en su propio placer sino en el bienestar de sus conciudadanos. Por su parte, el que en ocasiones pasa por ser un desalmado capitalista, Adam Smith, critica, en La teoría de los sentimientos morales, la concepción excesivamente utilitarista de Hume y destaca la importancia de la simpatía. Las personas no solamente obramos por interés propio, también nos ponernos en el lugar del otro, padeciendo o disfrutando con él sin obtener beneficio alguno. La simpatía, concluye el escocés, es un importante factor que promueve la cohesión y el desarrollo social. El enfoque de las capacidades que defiende Nussbaum también insiste en la necesidad de una educación de los sentimientos morales y encuentra razones para la esperanza. Al fin y al cabo, gracias a una educación adecuada, por ejemplo, el odio y la aversión racial han disminuido en los EEUU. Lo mismo cabe decir de la discriminación sexual, la segregación de niños con discapacidades o la homofobia. Una sociedad que aspire a la Justicia no puede renunciar a avanzar en este sentido; es necesario un sistema educativo público que promueva el desarrollo y cultivo de los sentimientos morales para gestar una nueva generación más solidaria y benévola. Nussbaum denuncia que, a menudo, somos prisioneros de una imagen particular de nosotros mismos, pero nada nos impide imaginar otras formas de vida donde la ventaja mutua no sea el único aglutinante social posible. Si queremos una vida y una sociedad más justa debemos, entre otras cosas, romper con la descripción que Hobbes, Locke, Hume y Kant hacen de quienes somos y quienes podemos llegar a ser. Sin valentía imaginativa, concluye la americana, sólo nos quedará el cinismo y la desesperanza.