espacio de e-pensamiento

viernes, 13 de junio de 2014

Caballos y locomotoras.
Borja Lucena.

No hay documento de cultura que no lo sea, al tiempo, de barbarie.
Walter Benjamin,  Sobre el concepto de historia





            Y todo documento de barbarie puede ser, debido a los caprichosos meandros por los que se enreda la historia, un documento de civilización.

           El tren, en el momento de su nacimiento, se ofreció a la burguesía del siglo XIX como instrumento privilegiado para la sustitución del espacio por la Nación, para el reemplazo del pueblo disperso por la masa homogénea de ciudadanos sometidos a tributo, para la extensión del uniforme a través de la velocidad. Los Estados se volcaron en la tarea de autoconstrucción, de acercar sus lejanías, de movilizar cantidades potencialmente infinitas de mercancías dictaminando la virtual desaparición de toda distancia. El Estado amplió confortablemente su dominio a lomos de estos caballos de hierro que surcaron las tierras llevando consigo al policía, al juez, al maestro.

            Rossini, a mediados del siglo, atravesó Europa en coche de caballos, cuando ya sonaba la época de los trenes deshaciéndose en el cielo como altas columnas de humo. Se había abolido la limitada topología de lo que el pie puede recorrer en un día para inaugurar la era de los cientos, de los miles de kilómetros. El gusto aristocrático, despreciador de las promesas del progreso, le llevó a olfatear en el ferrocarril un instrumento de barbarie y un adversario inclemente de toda belleza.

            La historia del tren fue la historia del Estado-nación, de los fastos y festejos del poder llevado a su expresión más soberbia: no dejar lugar apartado de los aparatos de coacción, sometimiento y educación; no dejar tierra sin aprovechar para el evangelio de la utilidad y el imperativo de intercambio instantáneo de mercancías. Los proyectos ferroviarios, megalómanos y desquiciados, llegaron a hundir haciendas estatales, a cambiar gobiernos y, como pudiera decir Marx, revolucionaron la producción y reproducción  de las cosas y los hombres. Que el tren fue un documento de barbarie nos lo cuenta el túnel de la Engaña, situado en el tramo final de los 388 kilómetros de la línea Santander-mediterráneo, construido al precio de la vida por los reclusos del penal franquista de Valdenoceda.

            A pesar de todo, la historia no ha impuesto ninguna necesidad que no sea desbaratada por el tiempo. Ningún determinismo la gobierna, únicamente el acaso y las expectativas impredecibles de la incertidumbre. Hoy, el ferrocarril no es ya progreso, sino un artilugio regresivo y contrario al “espíritu de los tiempos”, un verdadero “útil” que se manifiesta, desafiando los postulados del determinismo tecnológico, como documento civilizatorio frente al apetito devorador de los nudos de autopistas y el sueño pequeño-burgués del automóvil familiar. De hecho, el Estado abandonó hace tiempo los trenes porque no servían a sus ambiciones ya realizables, porque se convirtió en medio muy pequeño para el intervencionismo ilimitado. Hoy, a través de la universalización del coche privado, las agencias estatales pueden justificar el despliegue de abundantes masas policiales encargadas de “velar por la seguridad”, de vigilar y controlar individualmente, a través de cámaras, radares, helicópteros, a todo aquel que sale de su casa; a través del fomento de la autopista y el ansia de posesión que desata el publicitado automóvil, las instancias burocráticas justifican la presencia constante, la supervisión creciente de todos los detalles de la vida en la otrora esfera pública –además de en la privada- , el adoctrinamiento incesante realizado en la forma de ininterrumpidas campañas de “seguridad vial”. Si pensamos desde el ámbito de los intereses objetivos del Estado, el coche privado es, con mucho, preferible al ferrocarril, porque propicia poner a su disposición un poder de intervención incomparablemente mayor. La multiplicación de los coches es el correlato de la multiplicación del poder del Estado.

            Hoy en día, el ferrocarril convencional no es ya servidor del progreso, y sólo en la forma mutante de AVE, diseñado como imitación terráquea del cohete espacial, puede ser conservado entre el arsenal de recursos que sirven verdaderamente al aumento de la jurisdicción estatal sobre la vida. El tren es actualmente el caballo que, avejentado y enflaquecido, se convirtió en objeto de las risitas del burgués motorizado. Por esta razón, cabe la reivindicación del ferrocarril, del invento burgués por excelencia. Nadie sabe para qué servirán las herramientas que alguien inventó un día. 


Publicado originalmente en www.latidosdelolvido.com