espacio de e-pensamiento

martes, 3 de junio de 2014

Simone Weil; pensamiento y acción.
Óscar Sánchez Vega

Si el siglo XX nos ofrece una figura semejante a Sócrates entiendo que es Simone Weil. Seguramente la influencia de Weil en la historia del pensamiento occidental estará lejos de la del filósofo ateniense. Sin embargo hay paralelismos que merecen ser destacados. Ambos estaban fundamentalmente interesados por los asuntos éticos y políticos. Sócrates, como es sabido, no escribió nada y aunque Weil escribió profusamente no publicó ningún libro en vida, de tal modo que ambos fueron apreciados no por sus obras, sino por el impacto que supuso, para algunos, su trato personal. Uno murió viejo y la otra joven, a la edad de 34 años, pero en los dos casos la muerte no fue un fatal acontecimiento ciego, ajeno a su forma de vida si no, más bien, el corolario lógico a una trayectoria vital caracterizada por la probidad intelectual y la coherencia que manifestaron ambos entre vida y pensamiento. Por ello las obras de Weil, igual que las enseñanzas de Sócrates, solo pueden comprenderse a la luz de su experiencia de vida.

(I)

Simone Weil nace en 1909, en Paris, en el seno de una familia judía. Es hija de un prestigioso médico y hermana de André Weil, uno de los más importantes matemáticos del siglo XX. Como cabe suponer recibe una sólida y esmerada educación; a los 19 años ingresa, con la calificación más alta, seguida por Simone de Beauvoir, en la Escuela Normal Superior de París. Se gradúa a los 22 años y comienza su carrera docente en diversos liceos. Pronto tendrá ocasión de demostrar que es una funcionaria muy poco convencional. Además de sus clases organiza cursos para ilustrar y educar a los obreros, les enseñaba matemáticas, literatura, historia y teoría marxista. En 1931 siendo profesora de instituto apoya a los huelguistas de Puy entregando a la caja de resistencia su sueldo excepto la misma cantidad de dinero con la que cada huelguista debe subsistir. Mientras tanto escribe en pequeñas publicaciones comunistas advirtiendo de los peligros del dogmatismo, la ingenua creencia en el progreso, critica la visión reduccionista del materialismo histórico y la burocratización de los partidos políticos. En esta época (1933) se encuentra con Trotsky en Paris con quien polemiza sobre el marxismo y la situación política rusa.

A los 25 años, después de una amplia experiencia como activista vinculada a los sindicatos de trabajadores escribe Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión (que comentaremos más adelante). A estas alturas Weil entiende que no puede seguir hablando del trabajo y de la condición obrera como intelectual sin haber experimentado ella misma la situación concreta de la opresión a la que se somete el trabajador todos los días. Por ello, en 1934, pide licencia docente e ingresa a trabajar como operaria en la compañía eléctrica de Alshtom en París, con la esperanza de poder observar desde cerca qué modificaciones deberían hacerse para mejorar la condición de los obreros. En 1935 se traslada a una fábrica metalúrgica y a mediados de ese mismo año ingresa a la fábrica Renault en Boulogne-Billancourt. En ellas trabaja a un ritmo agotador todo el día en cadenas de montaje o en prensas industriales. El trabajo fabril se convierte en una experiencia decisiva en la vida de Weil: “allí he sido marcada, y para siempre, con la impronta de la esclavitud” (carta al sacerdote J.M. Perrin). Su falta de fuerza física y su escasa salud determinan su despido a fines de 1935 a raíz de su bajo nivel de producción.

Distintos textos y cartas (del 34 al 37) donde reflexiona sobre su experiencia en la fábrica son publicados por primera vez en francés 1951 con el título de Ensayos sobre la condición obrera (libro reeditado este año, con nuevos textos en castellano, por la Editorial Trotta). En estos textos Weil denuncia la opresión a la que es sometida la clase obrera, que viene dada por varias circunstancias: la velocidad exigida en la producción, con la cual el trabajador queda sometido a la máquina, la humillación de las órdenes de la patronal, la completa marginación del obrero en la toma de decisiones y lo más terrible de todo, la perpetua fatiga e inanición con las que vive el trabajador, por las cuales le es imposible pensar, a la vez que le hacen perder el sentimiento del valor y dignidad de la propia vida y los deseos y esperanzas de revertir tal situación.

Cuando estalla la Guerra Civil española, en 1936, Weil no puede permanecer inactiva e impasible y se enrola de miliciana con los anarquistas de la CNT en la columna Durruti. Es adiestrada en el uso de las armas y rápidamente trasladada al frente de Aragón con un fusil en sus manos que, según propia confesión, nunca se atrevió a usar. De la Guerra Civil le queda el recuerdo de la brutalidad y el desprecio por la verdad por parte de ambos bandos. Weil se siente frustrada su participación en esta guerra y se niega a celebrar las pequeñas victorias bélicas de su grupo. Comprueba con desagrado que también el bando que parece “justo” recurre al abuso del poder y se regocija en el sometimiento y humillación del otro. El enemigo no es considerado un ser humano, se mata “al fascista” o al “cura” tal y como son concebidos por la imaginación espoleada por la propaganda. La mujer instruida y sensible que era Weil no puede dejar de lamentar la distancia entre la guerra tal y como es descrita en la Iliada, donde todo acto de valentía provenga de donde provenga merece ser ensalzado, y la mezquindad de la guerra real.

En 1937, desencantada de la política, regresa a Francia y se reincorpora a la docencia. A partir de entonces sus escritos y sus preocupaciones giraran principalmente en torno a cuestiones religiosas. Weil, a pesar de ser judía, se siente más próxima a la mística cristiana que a la religión de sus antepasados. Pero, claro está, esta conversión cuenta muy poco a los ojos de los nazis y cuando, en 1940, invaden Paris Weil se ve obligada a huir y refugiarse en Marsella. En 1942 visita por última vez a su familia que, por aquel entonces, estaba exilada en EEUU, pero incapaz, de nuevo, de permanecer al margen de la contienda bélica se traslada a Londres con la esperanza de incorporarse a la Resistencia. Debido a su precaria salud sólo consigue trabajar como redactora en los servicios de Francia Libre, liderada por el general Charles de Gaulle. Muere en 1943 de una tuberculosis que se agravó por su negativa a comer más alimentos de los que les estaban permitidos a sus compatriotas detenidos en Francia. Su desnutrición –que ya había comenzado mucho tiempo antes- y su debilidad física le ocasionan la muerte cinco meses después.

Todas sus obras aparecieron después de su muerte, editadas por sus amigos. Desde entonces, ha atraído la atención creciente de literatos, filósofos, teólogos, sociólogos y lectores corrientes por su autenticidad, lucidez y honestidad intelectual.

(II)

Paso a comentar brevemente algunas ideas de Weil expuestas en Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión. En este texto Weil asume algunos principios metodológicos propios del materialismo histórico, para, a continuación, criticar a Marx porque, según Weil, no analiza suficientemente el fenómeno del poder y la opresión.

Marx considera que la dominación es un fenómeno transitorio, característico de la prehistoria de la humanidad, pero destinado a ser superado una vez que comience la auténtica historia de la humanidad, es decir, una vez que el Estado socialista ponga fin a la lucha de clases. Weil no es tan optimista. No parece lógico pensar que si la dominación ha sido una constante en el pasado, debamos suponer el fin de la misma con el triunfo de la revolución. Además Weil no participa de la fe en el progreso característica tanto de los capitalistas como de sus adversarios comunistas. Marx no explica, por ejemplo, porqué las fuerzas productivas han de tender a acrecentarse indefinidamente ni tampoco la conexión entre su desarrollo y la emancipación de la humanidad. Weil critica la idea de progreso y el determinismo histórico que llevan al marxismo a constituirse como una religión, tan nefasta como el resto: “creer que nuestra voluntad converge con una voluntad misteriosa que actúa en el mundo y nos ayuda a vencer es pensar religiosamente, es creer en la Providencia”

La opresión, debemos reconocerlo, es una constate en la historia de la humanidad y no tenemos buenas razones para anunciar su fin … antes al contrario. La dominación se ejerce por la fuerza y, a fin de cuentas, toda fuerza proviene de la naturaleza. Marx acertó al sostener que la opresión no es un problema psicológico, que los opresores no lo son por su carácter desalmado, sino que la opresión viene determinada por condiciones objetivas. Los hombres no son iguales ni en fuerza, ni en habilidad, inteligencia etc; la desigualdad es la condición natural del hombre. La desigualdad genera privilegios y estos dominación. No es posible escapar a esta lógica, no es posible concebir y mucho menos realizar una sociedad con total ausencia de dominación.

Por otro lado nos equivocamos gravemente si reducimos el poder a dominación económica. No es así. La lucha de clases y las contradicciones entre las relaciones de producción y el desarrollo de las fuerzas productivas no explican todos los conflictos. La mayor parte de guerras interestatales no pueden ser explicadas a partir de la lucha de clases. Weil destaca la importancia del prestigio y el papel de lo que Platón denominaba thymos, la parte irascible del alma. Las condiciones económicas no son suficientes para explicar el dominio y la opresión, detrás está el prestigio, esto es, lo que imaginan ser unos y otros. Si los seres humanos se enfrentaran por algo tan material como la riqueza las guerras no serían tan devastadoras, se impondría el cálculo del máximo beneficio y se pondría fin a la destrucción. Pero cuando la imaginación entra en escena la racionalidad retrocede. Por eso son tan peligrosas las banderas. Cuando se combate por la Patria o contra el Fascismo, como en la Guerra Civil española, el adversario es deshumanizado, es considerado como un obstáculo que debe ser aniquilado para la completa victoria del ideal. Nada de todo esto puede ser concebido en términos económicos.

Un análisis profundo de la dominación ha de comenzar necesariamente con una indagación sobre los orígenes y, a continuación, seguir el rastro hasta nuestros días. Podríamos suponer que si retrocedemos suficientemente en el tiempo toparíamos con sociedades igualitarias, no jerarquizadas, con ausencia de dominación. Pero esto sólo es verdad en parte. La explotación del hombre por el hombre no es la única forma de dominación. En las sociedades igualitarias la dominación viene dada por la naturaleza, por las duras condiciones de la existencia que hacen imposible una vida digna y libre. Toda la fuerza y energía del hombre primitivo está orientada a la satisfacción de las necesidades primarias más acuciantes; todo su ser está sometido al dictado de la naturaleza, su vida es tan dura y precaria que no es más que un juguete en manos de la necesidad.

Con la irrupción del Estado y la división del trabajo el hombre se libera, en parte, del dominio de la naturaleza pero solo para caer en una estado de servidumbre más acusado: se sustituye la opresión de la naturaleza por la opresión social. Toda organización del trabajo requiere, con independencia de quien sea la propiedad de los medios de producción, especialistas en “coordinación”, liberados del trabajo manual que, objetivamente adquieren un poder sobre los trabajadores manuales que se traduce en dominación y opresión. “Toda nuestra civilización implica la servidumbre de los que ejecutan con respecto a los que mandan”. La separación creciente a lo largo de la historia entre la actividad manual y la actividad intelectual ha sido la causa de la relación de dominio y poder que ejercen los que manejan la palabra sobre los que se ocupan de las cosas. Weil, consecuentemente, deviene en proletaria, en trabajadora fabril, pues sostiene que el intelectual, el profesional de la palabra, es necesariamente una parte del mecanismo de dominación y, por consiguiente, no puede erigirse en portavoz de los oprimidos.

Weil defiende, como veremos más adelante un proyecto utópico racional, pero, sin embargo es crítica con lo que podríamos denominar ensoñaciones utópicas. El mesianismo comunista no tiene fundamento: la dominación no puede abolirse por decreto. Es más, la victoria de los débiles sobre los fuertes es lógicamente imposible. Cuando una revolución ha triunfado es porque, objetivamente, los revolucionarios eran más fuertes que la decadente clase opresora, pero ello nunca ha traído consigo el fin de la opresión sino tan solo el cambio de unos amos por otros. Esta idea de la revolución ya está apuntada en Marx y antes, de manera más general, en Spinoza; se trata de la idea de que tanto en la naturaleza como en la sociedad las condiciones materiales determinan nuestras posibilidades de acción. Por ello Weil insiste en la necesidad de conocer de las condiciones objetivas de una época histórica y de una sociedad pues estas determinan el ámbito de lo posible. La libertad es eso: pensamiento y acción.

Hay una clave que Weil no menciona explícitamente pero puede ser importante: el influjo que siempre ejerció sobre ella su hermano André. El modelo que tiene presente Weil es el de las matemáticas: cuando un matemático resuelve un problema las condiciones previas determinan ya el resultado. La libertad no consiste en inventar una solución a nuestra medida. La libertad más bien es la opción de volcarse hacia fuera, fuera de la subjetividad de la conciencia, volcarse en las dificultades que tratamos de solventar, dejarse llevar por la necesidad y renunciar a la imaginación. En cualquier caso el problema no se soluciona solo, es preciso actuar, pero no de un modo caprichoso o arbitrario. Del mismo modo el revolucionario debe conocer la situación social en la que vive a fin de trazar las líneas de acción política más acertadas, aquellas que sirvan para mitigar la opresión de los más débiles.

Weil no encuentra justificación a una dicotomía clásica del comunismo: revolución vs reformismo. Reconoce que los reformistas tienen merecida su mala reputación entre los revolucionarios porque, a menudo, han entendido “reformar” como “claudicar”, pero la noción misma no es culpable de la cobarde acción de sus portavoces. Recapitulemos algo de lo dicho: el fin de la opresión es una quimera, las revoluciones han consistido en la sustitución de unos amos por otros, mitigar la opresión, sin embargo continúa siendo un imperativo moral y político, la acción política debe partir del análisis de las condiciones objetivas de la existencia... Todo ello nos aboca a algún tipo de reformismo. Weil no predica la resignación: si no es posible eliminar por completo la opresión y la servidumbre cabe al menos concebir una organización de la producción que, a diferencia de la actual, permita, al menos, “ejercerse sin aplastar bajo la opresión a los espíritus y los cuerpos”. La lucha que enfrenta a los de abajo con los de arriba es eterna pero se pueden disminuir sus efectos más letales mediante la lucha no violenta: la de los plebeyos romanos, los huelguistas franceses o la de las sufragistas feministas. Ser revolucionario no debe consistir en cambiar unas élites por otras sino en atemperar la sinrazón de la opresión

Ahora bien, toda reforma bien entendida ha de tener un sentido, una orientación. Debemos saber qué reformar y de qué modo. Es aquí donde la utopía encuentra su función. Una utopía que no nace de la imaginación sino del estudio y el conocimiento de las circunstancias que han llevado al hombre moderno al lamentable estado de servidumbre en el que se encuentra y, puesto que la mecanización, el poder burocrático del Estado y la producción en cadena, son características esenciales del modo de vida capitalista que pretendemos abolir, una sociedad mejor ha de ser, a juicio de Weil, una sociedad no mecanizada, un Estado no burocrático, una organización laboral no inhumana. Es preciso desandar buena parte del camino: es necesaria una progresiva descentralización de la vida social, acabar con el poder de las abstracciones que son el Capital y el Estado, retomar una vida más sencilla y frugal, volver a las pequeñas comunidades... La vida de un pescador tradicional, por ejemplo, no está exenta de dominación, pero es más humana, menos opresiva, que la de un obrero fabril. Aunque el pescador, en su pequeño barco, sufra frío, sueño y fatiga, su trabajo se acerca mucho más al trabajo de un hombre libre que el de un obrero que trabaja en cadena y es obligado a realizar una tarea repetitiva y monótona. En cierto modo el trabajo del pescador asemeja al del matemático: para llevar a cabo su tarea debe atender a las circunstancias externas: los vientos, las mareas, el oleaje etc; debe “pensar” en todo ello, elaborar un plan de acción y llevarlo a cabo. “La sociedad menos mala es aquella donde el común de los hombres se encuentra más a menudo en la obligación de pensar al actuar, tiene las mayores posibilidades de control sobre el conjunto de la vida colectiva y posee mayor independencia”. Una vida humana es eso: pensamiento y acción.

En cualquier caso Weil no se hace ilusiones. Las condiciones políticas y sociales en las que vive no apuntan en esa dirección... más bien al contrario; sin embargo la utopía es hoy tan necesaria como en el pasado. Weil entiende la utopía al modo de Platón: el filósofo ateniense consideró necesario exponer con detalle el proyecto del “Estado Ideal”, no porque albergara esperanzas de verlo realizado en Siracusa o cualquier otra polis, sino porque la acción política precisa de una guía, un modelo a seguir.
Hay que esforzarse por concebir claramente la libertad perfecta, no con la esperanza de alcanzarla, sino con la esperanza de alcanzar una libertad menos imperfecta que nuestra condición actual, pues lo mejor no es concebible sino por lo perfecto. Sólo podemos dirigirnos hacia un ideal. El ideal es tan irrealizable como un sueño, pero a diferencia del sueño, se relaciona con la realidad. Permite, como límite, ordenar situaciones reales o realizables desde el menor al más alto valor”