espacio de e-pensamiento

jueves, 7 de agosto de 2014

La soledad común.
A propósito de una lectura política de Lacan
en Jorge Alemán.

Eduardo Abril

En la enseñanza de Lacan el sujeto nunca es un “sí mismo”, un algo que somos y que se desenvuelve en el mundo como, por ejemplo, tiende a pensar la teoría evolutiva, como en una analogía botánica, una semilla que ya contiene en el inicio los principios de su propio desarrollo. El sujeto, por el contrario, se constituye siempre en el campo del otro: somos solamente en la medida en que se nos reconoce como un algo que “está ahí”, en algún respecto dispuesto a que un Otro se dirija a nosotros. Esta idea la condensa Lacan en la bella expresión de “el deseo del otro”, somos el “deseo del otro”. A este Otro se le pueden dar muchos nombres, y el psicoanálisis desde su descubrimiento freudiano no ha dejado de investigar en la clínica este campo tan amplio y rico: por eso surge una y otra vez en el diván la figura de la madre en su deseo, del padre que castra, de la sociedad en su imposición superyoica, ese gran Otro socio-simbólico del lenguaje...
Pero este sujeto que surge en el tejado del otro, sin embargo, no es capaz de alcanzar una verdadera relación con él. El sujeto que somos es un fantasma, o dicho en el lenguaje de la filosofía, la idealización de una realidad acabada e integrada en una sociedad junto a otros sujetos, en la que no hay cortes ni fisuras. Esta constitución de la subjetividad en el deseo del otro nace fracturada puesto que, inmediatamente de ser arrojados a la existencia y nos reconocemos como un algo, experimentamos la imposibilidad de ser eso que colma el deseo, lo que es lo mismo: la imposibilidad de ser. Ese lazo que nos hace creer que hay una continuidad entre nosotros y los demás, entre los amigos, entre los amantes, entre los conciudadanos, es un lazo fantasmático, una idealización, un cordón imposible de anudar. Por eso el amante nunca ve colmado su amor y desiste en su amargura, los amigos se reprochan el vacío que los separa, los hijos repudian a las madres por su indolencia, los ciudadanos se miran unos a otros con recelo. No hay ese común que una y otra vez imagina la filosofía, condensándolo en palabras como esencia, naturaleza, genoma. Lo realmente común es la soledad.
El vínculo social no se constituye a partir de un fundamento común entre los sujetos, sino al contrario: la imposibilidad de la relación, del anudamiento con el otro, a lo que Lacan ponía el nombre de imposibilidad de la relación sexual es, precisamente, lo que conduce a que se responda a esta situación con un suplemento, el vínculo social, la pobre pero maravillosa estrategia del sujeto que trata de superar la separatidad, imaginando fantasmáticamente que el amor o la amistad son posibles. Esta soledad común, y no un común sustancial, es el fundamento de toda ética y toda política, pues éstas no son más que el saber que el sujeto trata de condensar a partir de su experiencia imposible del amor, de la amistad y del sexo. Dicho de otra forma: el sujeto que somos no es más que la fractura irreconciliable de la lucha entre lo imposible y lo posible de vivir. En esta lucha acontece nuestra historia, y más aún la Historia.
Pero esta dialéctica no está dada como una necesidad, sino que es más bien, en terminología heideggeriana, un acontecimiento propicio, evento, ereignis, y por tanto bien puede alterarse. Esto es lo que ha ocurrido en el mundo moderno con la aparición de un poderoso Otro socio-simbólico, al que Lacan dio el nombre de discurso capitalista, una variante perversa del discurso del amo. El sujeto que ha sido alumbrado en el campo del otro socio-simbólico, siempre ha constituido su identidad dentro de una jerarquía, con amos, héroes, villanos y esclavos, y ha sido insertado en un linaje, con un nombre y una situación más o menos precaria. Pero en este nuevo discurso del amo que es el capitalismo, como ya avisaba proféticamente Marx, todo lo sólido se iba a desvanecer en el aire. Para el capitalismo sólo cabe una única identidad, una única forma de habitar la tierra, da igual que hablemos de hombres, mares, ciudades, espacio, tiempo, o cualquier otro asunto categorizable: la mercancía. Todo deviene mercancía, entendiendo por ésta esa forma de estar consistente en la absoluta disponibilidad para su gasto, su uso, su agotamiento. El hombre sólo se identifica a sí mismo como mercancía y sólo encuentra un poco de paz quien se dispone como un producto listo para su desgaste: el que cuenta con un buen currículum, a modo de prospecto de un medicamento, que muestra las indicaciones y contraindicaciones, una buena campaña de marketing publicitándose como algo digno de ser gastado en redes sociales, y asiste diariamente a su uso y desgaste por parte de la máquina que todo lo engulle cinco días a la semana, diez horas al día, permitiendo el barbecho dominical, en el que, en la lógica capitalista, el sujeto sólo encuentra satisfacción desde esta identificación mercantil que le hace adoptar la forma del combustible del parque temático, transeunte de la marea humana en el centro comercial, o usuario de una naturaleza acotada para reproducir los horarios y los hábitos de la fábrica o la oficina.
Pero lo realmente novedoso en este nuevo discurso del amo que es el capitalismo, es que ya no necesita del vínculo social, el fantasma sobre el que los sujetos trataban de anudar sus vidas y sus comunidades a la amistad, el amor y el sexo. Por eso, en el mundo contemporáneo, colapsan todos los órdenes simbólicos, o dicho al modo de Lacan, ya no hace falta ningún nombre para el padre: el sujeto ya no expresa la necesidad de vincularse a un otro que lo sitúe: no necesita un padre, no le hace falta un rey, ni siquiera una patria, no se ve como súbdito, ni como fiel, no alcanza a inscribirse en un linaje. La izquierda o el nacionalismo, aún tratan de conservar, de forma ineficiente la dialéctica del amo y el esclavo, como un residuo, un resto propio de otras épocas. En ellos la realidad se confunde con un nostálgico deseo: que todavía haya un amo-padre al que matar edípicamente. Pero lo cierto es que, en la época del capitalismo técnico-científico consumado, ya no es posible la Revolución porque no hay un Otro contra el que revelarse (si en los meses pasados la policía hubiera dejado que los revolucionarios que rodeaban el Congreso lo asaltasen, éstos hubieran encontrado salones vacíos sin Zares, y no les habría quedado más remedio que volver a sus casas con extrañeza). El campo de la identificación sólo permite la existencia como mercancía, y el sujeto desea ser incluido en la maquinaria de explotación, y esto es lo que no vio Marx y que nos enseña Lacan: en la dialéctica del amo-esclavo, Marx suponía que todo el goce quedaba del lado del amo, y el sufrimiento del lado del esclavo. Lacan nos enseña que hay un goce también en el esclavo, si cabe mayor, como el de un amante que desea ser castigado en el caliente lecho.
¿Significa esto que Heidegger tiene razón y ya sólo un dios puede salvarnos? ¿es el capitalismo el final de la historia y el cumplimiento maquinario de toda dominación? Jorge Alemán, que se posiciona desde una frágil izquierda lacaniana, entrevee un resquicio mínimo, pero como mínimo posible. Y es que, pese a que todos los vínculos sociales salten, pese a que el capitalismo devenga una estructura sin corte, anudada sobre sí misma que parece nacida como una galaxia eterna que gira sobre su centro, sigue existiendo algo irrompible y común entre todos los seres parlantes: su soledad. Estamos solos, y con los fantasmas de la amistad, el sexo o el amor, abocados a su extinción o, lo que es lo mismo, a su mercantilización, convertidos en un selfie de Facebook, en pornografía onanística o en una postal de San Valentín, cada vez estamos más solos. Y cuanto más solos estemos más amenazará una súbita irrupción del vínculo social.
En la enseñanza de Lacan el común no se presenta nunca como una esencia inmutable sino que emerge siempre a partir del no-hay. Por eso, el vínculo social que se erija desde el no-hay, desde el no-soy, desde la soledad radical, es un amor, una amistad y una sexualidad que nace fracturada y consciente de su fractura. Un amor menos tonto, sin fantasmas, consciente de su fragilidad, un amor que los amantes conciben para ser olvidado, un amor de despedidas. Una nueva voluntad no capturada por las identificaciones del ideal del Yo ni por los circuitos mortales del superyo. Se trata de lo real fuera de la ley, no lo real de una ley transgredida. Se trata de la invención de límites que no procedan del universal del para todos, sino de la soledad común, invenciones que se dan cada vez a través de procesos coyunturales (caso por caso) donde una intervención mínima establece un límite no previsto y por tanto un vínculo social. Se trata de un amor común solitario, una amistad común solitaria y un sexo común solitario. Como la soledad que le llevo a imaginar al poeta  la plaza del pueblo:

A la desierta plaza conduce un laberinto de callejas.
A un lado, el viejo paredón sombrío de una ruinosa iglesia; 
a otro lado, la tapia blanquecina de un huerto de cipreses y palmeras, 
y, frente a mí, la casa, y en la casa la reja ante el cristal 
que levemente empaña su figurilla plácida y risueña. 
Me apartaré. No quiero llamar a tu ventana... 
Primavera viene -su veste blanca 
flota en el aire de la plaza muerta-; 
viene a encender las rosas rojas de tus rosales... 
Quiero verla... 
 
 Antonio Machado. Soledades