espacio de e-pensamiento

viernes, 26 de septiembre de 2014

La cólera de Aquiles.
Óscar Sánchez Vega

Hoy sabemos que lo que se conoce como “el paso del mito al logos” no es más que un esquema simplificador que poco tiene que ver con la realidad de lo acontecido en Grecia en el siglo VI aC. Ni el logos -el pensamiento racional- supone el fin del mito, ni los mitos griegos son irracionales o ilógicos. Sin embargo, sí es cierto que por aquel entonces surgen en Grecia nuevas palabras, nuevos conceptos, nuevos léxicos en definitiva, que, posteriormente, recibirán la denominación de “filosofía” y “ciencia”. Pero las simientes habían sido esparcidas tiempo atrás. Ya en el mundo homérico, en la Ilíada, podemos observar una incipiente búsqueda de nuevas formas de hablar y, por lo tanto, de pensar.

En el libro IX de la Ilíada, Áyax, Odiseo y Fénix, en calidad de embajadores, le piden a Aquiles que se reincorpore a la lucha, que vuelva con los aqueos y que acepte las disculpas que Agamenón, el jefe de los griegos, le ofrece. Aquiles había participado en la primera batalla de la Guerra de Troya pero se había retirado al sentirse ofendido por Agamenón cuando le arrebató su botín de guerra: Briseida, la hija de Briseo, la cual había pasado a ser su concubina. Los mensajeros son conscientes de que el rey había despreciado a Aquiles al arrebatarle su botín y traen consigo una humide súplica de perdón del rey supremo por la injusticia cometida con él, y la promesa de devolverle a Briseida y entregarle ricos presentes de oro, caballos, esclavos, muchas tierras y hasta su propia hija en matrimonio cuando regresaran a sus países de origen. Pero Aquiles se niega tajantemente a ceder, se siente ultrajado y no está dispuesto a combatir junto al resto de los aqueos. Los mensajeros quedan perplejos. Aquiles no se queja porque los regalos sean insuficientes sino porque la afrenta no puede ser reparada de este modo, porque el honor de un hombre no se mide por las recompensas que recibe. No es extraño que los mensajeros no lo entiendan pues Aquiles está enunciando una idea nueva, una forma de pensar que no tiene cabida en la Grecia arcaica. Aquiles está separando lo que para sus interlocutores es indiferenciado: el honor, por un lado y las recompensas por el otro. A pesar de que nosotros podemos comprender fácilmente que son cosas distintas esto no era así, en absoluto, para un griego de esta época. El honor no era algo distinto al reconocimiento social del mismo. Un hombre con honor tiene un papel preponderante en la batalla, en la asamblea y en las ceremonias públicas y es acreedor de regalos y privilegios. El honor consiste en eso: “vete ya a buscar / los regalos, pues a ti van a honrarte / los aqueos igual que a un dios”, dice Fénix, y añade “ que si en la guerra que varones mata / llegas a entrar sin tomar los regalos, / no serás ya estimado de igual modo / aunque hayas la guerra rechazado”. El hombre honorable es quien es reconocido como tal por el resto de la sociedad y tal reconocimiento se expresa mediante regalos y privilegios. Pero Aquiles dice otra cosa, algo que no acaban de comprender sus interlocutores: una cosa es el honor y otra las recompensas y privilegios que lo acompañan o, dicho de otro modo, una cosa es la Realidad y otra las Apariencias. Esta escisión entre las apariencias y la realidad no concuerda con la visión homérica del mundo y está en el origen del logos, del pensamiento racional.

Ahora bien ¿cómo es posible que Aquiles pueda siquiera enunciar esta nueva idea? Si asumimos la tesis de Lee Worf, que sostiene que el pensamiento es modelado por el lenguaje, la nueva idea no puede siquiera ser enunciada, pues la sintaxis y el vocabulario del griego arcaico no permiten tal posibilidad. Homero sencillamente no dispone de las palabras adecuadas para designar esta dicotomía. Sin embargo ideas semejantes comienzan a propagarse rápidamente durante el siglo VI aC. ¿Cómo es posible? ¿cómo es posible pensar lo que no puede ser dicho?

Paul Feyerabend niega que el lenguaje determine el pensamiento. La vida humana está sometida a múltiples factores de los cuales el lenguaje es sin duda uno de los más importantes, pero no el único. Los griegos de aquella época se vieron inmersos en procesos de cambio social que no alcanzaban a comprender del todo, pero que favorecieron una nueva forma de pensar caracterizada por la preponderancia de la abstracción sobre la experiencia concreta. Es la historia -no el lenguaje, ni la imaginación o inteligencia de algunos- quién explica mejor el advenimiento de una nueva cosmovisión. Algunos de los factores a tomar en consideración son los siguientes:

En política las relaciones familiares y de vecindad son sustituidas, con Clístenes, por el principio de isonomía, es decir, por una relación formal que establece la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. El dinero reemplaza al trueque en las transacciones económicas con todo lo que ello supone: la pérdida de atención al contexto y al detalle concreto, la emergencia de un nuevo tipo de realidad, una realidad abstracta, el dinero, que, en sí mismo, no es nada, pero puede cambiarse por todo tipo de bienes. Las relaciones entre los jefes militares y los soldados ya no son de camaradería sino que cada vez son más distantes e impersonales. Los dioses locales se fusionan en el curso de los viajes dando lugar a nuevas divinidades más poderosas pero menos humanas. Las máscaras del teatro imponen estereotipos fijos sobre el continuo de las expresiones faciales. El comercio favorece el conocimiento mutuo y el intercambio pero, por eso mismo, socava y debilita las idiosincrasias culturales. Todos estos procesos están iniciándose cuando el poeta escribe la Ilíada. El discurso de Aquiles es otro factor -uno más- que contribuye a este cambio que desemboca, en el siglo VI aC. en la constitución de un nuevo léxico -la filosofía- y una nueva cosmovisión.

Las palabras, poco a poco y de forma no intencionada, se hicieron cada vez más ambiguas y genéricas y la distinción entre Realidad y Apariencia pudo finalmente ser formulada y establecida. Esta nueva idea, desde una perspectiva racional-ilustrada, supone un importante paso adelante en la historia del pensamiento. Sin embargo Feyerabend, siguiendo la estela de Nietzsche, analiza con suspicacia todo este proceso: el pensamiento se hizo más abstracto y monótono, los ricos vocabularios que habían descrito con detalle la relación entre los seres humanos y el medio natural se empobrecieron y estandarizaron, muchos términos desaparecieron y otros redujeron su campo semántico. Algunas ideas, como la distinción que nos ocupa, contribuyeron a una reducción significativa de la riqueza de los léxicos y fomentaron, a la larga, un pensamiento más superficial y tedioso.