espacio de e-pensamiento

domingo, 23 de noviembre de 2014

Lección de escritura.
Óscar Sánchez Vega

 "Cuando yo uso una palabra --insistió Humpty Dumpty con un tono 
de voz más bien desdeñoso-- quiere 
decir lo que yo quiero que diga..., ni más ni menos. 
--La cuestión --insistió Alicia-- es si se puede hacer que 
las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
--La cuestión --zanjó Humpty Dumpty-- 
es saber quién es el que manda..., eso es todo."
 Lewis Carroll, Alicia a través del espejo.  

Claude Lévi-Strauss publica en 1955 Tristes trópicos, un libro de viajes o un ensayo cultural -es difícil catalogarlo- donde se relatan sus primeras expediciones etnográficas en Brasil entre 1935 y 1939.  En el Mato Grosso Lévi-Strauss pasa una larga temporada conviviendo con los utiarití, una pequeña banda ágrafa de la tribu de los nambiquara, con el objetivo de documentar la vida y cultura de un pueblo casi desconocido por entonces. Poco antes Lévi-Strauss había documentado de manera detallada las complejas pinturas y ornamentos de los caduveo, lo que había ayudado, en gran medida, a comprender sus creencias e ideología. Alentado por el éxito obtenido con los caduveo, Lévi-Strauss ofrece papel y lápiz a los indígenas con la esperanza de que dibujen algo, pero esta vez no logra su objetivo; los nambiquara no saben dibujar porque su cultura material es extremadamente pobre, no tienen cerámica, sus útiles carecen de toda ornamentación y, a diferencia de otras tribus amazónicas, no adornan sus cuerpos con pinturas. Sin embargo, días después descubre un grupo de indígenas ocupado en trazar líneas horizontales onduladas en las hojas que les había proporcionado. ¿Qué hacían? ¿qué trataban de hacer? Finalmente Lévi-Strauss comprende que los nambiquara intentaban dar al lápiz el mismo uso que habían observado en el etnógrafo, el único que podían concebir: intentaban escribir. Para la mayoría el esfuerzo terminaba ahí, pero el jefe Wakletoçu trataba de ir más allá. Pidió a Lévi-Strauss una libreta de notas y comenzó a “trabajar tomando notas” al lado de él. En vez de comunicarse oralmente, como había hecho hasta entonces, trazaba en el papel sinuosas líneas, las examinaba detenidamente y se las tendía al etnógrafo. Lévi-Strauss le seguía el juego, fingía descifrar el sentido de las líneas y el jefe, a cambio, le iba haciendo las aclaraciones oportunas.

En una ocasión Lévi-Strauss pide a Wakletoçu que organice un encuentro de bandas amigas con el fin de calcular, de manera aproximada, la cifra de la población nambiquara. Para convencerle el antropólogo francés promete llevar regalos y hacer intercambios. El jefe duda, pues el lugar fijado para el encuentro no es seguro para los blancos después de la muerte de siete obreros que trabajan en la línea telegráfica que atraviesa la meseta en 1923, pero, finalmente, el encuentro se lleva a cabo. Después de una dura travesía alcanzan el lugar de la cita y comienzan largas presentaciones regidas por un complejo y desconocido protocolo. Al día siguiente Wakletoçu reúne a todo el grupo en torno suyo, para sorpresa de Lévi-Strauss, y saca de un cesto un papel dibujado con líneas curvadas donde buscaba, con un titubeo afectado, la lista de objetos que el etnógrafo debía entregar a cambio de los regalos ofrecidos: ¡a este por un arco y flechas, un machete! ¡a este otro por sus collares, un cuchillo! etc. Esta comedia se prolongó durante dos horas, de tal forma que todo el intercambio pasaba por las manos del jefe Wakletoçu, el cual, parecía evidente, era el aliado del hombre blanco y participaba de sus secretos. Naturalmente el prestigio de Wakletoçu entre los nambiquara aumentó considerablemente.

Esta anécdota le da pie a Lévi-Strauss para hacer una reflexión sobre la escritura. A primera vista la importancia de la escritura es básicamente de carácter intelectual o epistémica. Suponemos que su aparición multiplicó milagrosamente la capacidad humana para almacenar conocimientos. Podría concebirse la escritura como una memoria artificial cuyo desarrollo propicia una nueva forma de vida más humana, liberada de las ataduras de la vida natural gracias a una mayor capacidad para prever el futuro en base a un conocimiento más profundo del pasado. Gracias a la escritura los conocimientos pueden ir acumulándose más allá del incierto umbral de la memoria individual. Tal es la perspectiva de Gustavo Bueno, entre otros, cuando señala a la escritura como un rasgo diferenciador entre la civilización y la barbarie.

Sin embargo, a juicio de Lévi-Strauss, nada de lo que sabemos de la escritura y su papel en la evolución humana justifica esta concepción. La gran trasformación del modo de vida humano se produjo en el neolítico, antes del nacimiento de la escritura. Es la agricultura, la domesticación de los animales, el desarrollo de la cerámica y la metalurgia lo que genera un enorme cambio en las condiciones de vida de la humanidad. La revolución neolítica se desarrolló con rigor y continuidad en una época en que la escritura era una desconocida. La escritura nace entre el cuarto y el tercer milenio antes de nuestra era, cuando los cambios más trascendentales ya habían tenido lugar. El único fenómeno que ha acompañado fielmente a la escritura es la formación de ciudades e imperios, es decir, la integración de un número considerable de personas en un entramado social complejo jerarquizado en clases sociales o castas. Esto es lo que podemos constatar desde Egipto a China: la escritura favorece la explotación de los hombres antes que su emancipación. Lévi-Strauss sostiene, de forma provocadora, que “la función primaria de la la comunicación escrita es facilitar la esclavitud”. La función intelectual de la escritura es una función secundaria y, en muchos casos, sirve para ocultar o justificar la función social primordial.

Así, desde esta perspectiva, podemos entender mejor el interés de todos los Estados liberales europeos en alfabetizar a todos los ciudadanos a partir del siglo XIX. La institución de la educación obligatoria marcha a la par con la proletarización de amplias capas de la población y la extensión del servicio militar. No es, como nos inducen a creer, que un pueblo alfabetizado pueda oponerse con más eficacia y conciencia al Poder constituido, sino más bien al contrario: es necesario que todos sepan leer y escribir para que puedan desempeñar eficazmente la función que el Poder ha designado para ellos y cumplir con lo establecido en la Ley. Wakletoçu, a su manera, lo sabía; intuyó que el secreto de la escritura podía ayudarle a controlar al grupo e incrementar su poder, que la función de la escritura no es como pudiera parecer comprender, entender o retener la información sino acrecentar el prestigio y la autoridad de una clase social o un individuo.

domingo, 16 de noviembre de 2014

¿Para qué sirve la filosofía?
Borja Lucena


Últimamente, andaba yo repensando el texto de Deleuze en el que aboga por ser agresivo, por ser insultante, por ser belicoso ante la pregunta por la utilidad de la filosofía. Lo cierto es que, en principio, nada puede objetarse ante esa interrogación pretendidamente ingenua: frente a la continua apuesta por la resolución de problemas, por la actividad desenfrenada y la productividad multiplicadora, en la filosofía nada se resuelve, nada se hace. Somos, parece, de otra época, y estamos en crisis desde el fin de la escolástica.
   Una disciplina fortalecida en el cerco invisible del pensamiento, cuya actividad primordial reside en el ejercicio de la no-actividad, cuyos productos no solucionan nada, cuyo lenguaje no pretende "comprar" el mejor argumento -si es que puedo usar una expresión tan pedante como cursi que se escucha a veces en las tertulias radioafónicas-; una actividad de esta naturaleza parece hoy destinada a no durar, a consumirse en los márgenes de la febril circulación de mercancías, ocurrencias, soluciones sociales definitivas, iniciativas emprendedoras. Y todo a pesar de los esfuerzos de Savater por reconvertir al pensamiento filosófico en "espíritu crítico" y manual de instrucciones de la ciudadanía. Lo que hoy denominamos "conocimiento", ese "know-how" - o como lo llamen en la siniestra jerga de Dora exploradora- sirve para servir, y la filosofía únicamente puede, en esa competición utilitaria, aspirar a un honroso puesto en el relicario de los saberes del pasado. Ante aquella pregunta, ¿Cómo explicar que la cuestión estriba en que el orden de los efectos del pensar no pertenece a ese terreno en el que se da la utilidad, que es algo deducido y derivado? El orden del pensamiento es constitutivo, remite a la potencia de las causas configuradoras, y así, antes que combatir en la arena de las utilidades, lo hace en el espacio que dispone los presupuestos mismo de cualquier noción de "útil" o "inútil". Me temo que esa es la batalla que estamos perdiendo, o que no hemos avistado como auténtica batalla. Lessing expresó en una pregunta esas dos cosas, el carácter derivado de la utilidad y la negativa a condenar al pensamiento a la esfera de los meros efectos: ¿cuál es la utilidad de lo útil?
   ¿Qué decir ante la pregunta por la utilidad? ¿Que eso de resolver problemas exige asentir a la idiocia de que sólo son problemas aquellos definidos como tales por los que te encargan su resolución y que, por lo tanto, hay un problema político previo? ¿Que frente a la sumisión a los procedimientos burocráticos de gestión de tareas la filosofía tiene que emanciparse de la cadena de mando y no aceptar los de encargo, sino buscar, componer, escoger los problemas? ¿Mandarla al carajo? Gracias a mi amigo Gregorio Luri (aquí), he dado en conocer una respuesta verdaderamente insultante, belicosa, agresiva. Una respuesta, sin más, filosófica. Procede del repertorio de anécdotas relativas a Ortega y Gasset. Aquí la dejo, por si uno de estos días os preguntan sobre la utilidad de la filosofía: 

  "Don Francisco Grandmontagne fue obsequiado con una comida a la cual concurrían elementos intelectuales y artistas que querían rendir un homenaje al insigne escritor.
En la mesa, frente a don José Ortega y Gasset, quiso la mala fortuna que se sentara un businessman que mostraba un profundo desprecio por los teóricos, como él decía, y, singularmente, por los filósofos.
 
- ¿Para qué sirve un filósofo? -decía-. Para nada. En cuanto a mí, creo que la palabra filósofo es un eufemismo que designa a un necio. Porque, seamos francos, ¿qué diferencia hay, qué distancia separa a un filósofo de un tonto?
- La anchura de una mesa -respondió amablemente Ortega".
Alfredo Rodríguez Antigüedad, Anecdotario