espacio de e-pensamiento

lunes, 30 de marzo de 2015

El piloto melancólico y la sociedad enferma.
Eduardo Abril Acero



Para Lacan el estatus ontológico del sujeto es el puro vacío. El sujeto surge como un algo que gira en torno a la falta de ser. Lo explica mostrando cómo un individuo infantil (un bebé), que inicialmente no es conciencia de nada, sino que únicamente es un haz desordenado de sensaciones sin referencias, pasa a ser una cosa que sabe de sí mismo y del mundo que le rodea. Nos dice que en un momento muy prematuro de la existencia, el infante sólo puede experimentar la identidad de una forma muy precaria como la de ser un objeto en manos de un otro, una cosa arrojada ahí (da-sein) para que los otros hagan algo con él, le tomen en brazos o le dejen reposar en soledad, le den alimento o dejen que aparezcan esas sensaciones orgánicas de tensión y malestar, sin nombre y sin causa, le proporcionen calor o le abandonen al frío, le den un nombre, le dirijan la palabra, o no lo hagan. Si en este momento inicial de la existencia pudiéramos saber qué sabe un bebé sobre sí mismo, probablemente descubriríamos que ese sí mismo es una pura alteridad, una cosa del otro, una continuación del otro, o dicho al modo lacaniano “el deseo del otro”.
Pero en este momento aún no se ha constituido la subjetividad como tal, aún no somos un sujeto. Somos más bien un objeto frágil, una sutil “alteridad radical”. Pero esta identidad es demasiado precaria, pues, en un momento dado, esa cosa que somos fracasa, esto es, muestra sus inconsistencias a la hora de erigirse como un objeto de pleno derecho en el mundo. Al constituirse como una cosa para ser dominada y tomada por el otro, no resiste la dura experiencia de enfrentarse, de repente, al deseo del otro como un enigma. Esa incógnita irremediablemente invade y permea todo el ser que somos. El infante encuentra algunas cosas decisivas en el otro que van a alterar para siempre su propia constitución. Descubre, para empezar, que él mismo no satura la totalidad del deseo del otro, puesto que el otro quiere otras cosas, le abandona y se marcha a buscar otros objetos que él desconoce. El descubrimiento cae sobre la joven cosa como la noche negra puesto que este hallazgo, que los lacanianos llaman la castración, no es otra cosa que la constatación del vacío constitutivo de la propia subjetividad. ¿Por qué? Porque por una parte el infante descubre que el otro es un ser en falta, quiere algo que le falta, que no le es dado, y que él mismo es incapaz de llenar. Y del mismo modo descubre también que él mismo es también un ser en falta, puesto que su posición es la de no saber qué quiere el otro de mí cuando, inicialmente, es el deseo del otro lo que constituyó al individuo como un algo. Al mismo tiempo surgen el sujeto, el deseo y la angustia alrededor de la pregunta ¿qué soy yo para el deseo del otro? El sujeto es aquel que, resultado de haber fracasado al constituirse como un objeto, es una constitución vacía, la pregunta histérica que gira incesantemente alrededor de una pura nada. Sujeto, deseo y falta son tres palabras para nombrar lo mismo, puesto que somos sujetos en el mismo momento que aparece nuestro deseo frente al enigma de no ser un algo determinado, un objeto dado en el mundo, una falta constitutiva.
No hay que entender este relato del nacimiento del sujeto como una cuestión de estadios temporales, como si primero nos constituyésemos como una cosa en el deseo del otro y después esto se pierde irremediablemente. Más bien ocurre que la cosa que somos nace ya como algo perdido, como la cosa anhelada que uno nunca tuvo. Por eso no es algo recuperable, no hay una posición subjetiva en la que el sujeto alcance, al fin, de manera constitutiva su auténtico ser, su completud ontológica. La situación subjetiva es ya, desde el comienzo y para siempre, la posición del que no sabe lo que es, no sabe qué lugar ocupa frente a la pura alteridad y, pese a todo, quiere saberlo. Existir como sujeto es existir como un ser que desea ser sin llegar jamás a ser. Nacemos ya como expulsados del paraíso, como errantes sin patria en un constante retorno.
De acuerdo con esto, si hubiera que nombrar a una posición subjetiva verdaderamente ontológica, esta sería la más insatisfactoria de todas, la melancolía. La melancolía no es otra cosa que la conciencia de que no hay ningún objeto que tenga las propiedades de llenar ese vacío constitutivo de la subjetividad y la única respuesta posible frente a la falta es la reiteración de la pérdida: la reiteración compulsiva y fantasmática del momento de la pérdida, de cualquier pérdida, como metonimia de la misma posición ontológica de un ser en falta. Se puede decir que el melancólico adopta la posición de saber lo que se es, ser el resultado de un fracaso, un ser de ruina, un objeto roto para el que nunca han existido piezas de recambio. El melancólico sabe que ya perdió aquello que pudo significar su completud, y renuncia a buscarlo porque sabe que eso es una cosa perdida para siempre.
Siendo así la estructura ontológica de la subjetividad, lo complicado y también la tarea ética y política fundamental, nos dice Zizek, es cómo hacer para movilizar el deseo del sujeto, cómo hacer que el sujeto desee algo, dirija su voluntad sobre un objeto que, a todas luces, no va a rellenar su hueco constitutivo. La respuesta que nos da es que dicho objeto debería ser, dicho al modo kantiano, una magnitud negativa. Un objeto capaz de designar un vacío, ser en sí mismo la metonimia de un vacío, la metáfora de una falta. Sólo fijando el deseo en algo, sea lo que sea, el sujeto puede quedar vinculado al mundo y a los otros, constituyéndose algo así como “la realidad” . Un objeto con estas características es, por ejemplo, el sexo. El sexo es la teatralización repetitiva e inevitable de un constante fracaso, y por eso mismo, representa metonímicamente la relación del sujeto con el objeto de su deseo. El sexo es capaz de erigirse como una designación negativa de la falta, ya que es una expresión desnuda del “debe” en el que no hay un “haber”. Pero pese a eso, la experiencia sexual nos lanza a establecer vínculos con lo otro, vínculos nunca satisfactorios y siempre necesitados de su reiteración y modificación.
En el mismo orden de cosas podríamos considerar que toda estructura social no es más que una forma de hacer que el sujeto oriente su deseo hacia ciertos objetos sublimes. La democracia liberal, por ejemplo, es a través del capitalismo como dispositivo abrumador y tremendamente eficaz que satura el deseo en la dirección de un histérico consumo óntico, como fija el deseo del sujeto y lo vincula a un orden simbólico. Su lógica se basa en una saturación circular e histérica del deseo, en la que el sujeto toma como fetiches las mercancías que consume, ya sea un coche, un manjar, un nuevo teléfono móvil, un viaje a las Islas Fidji, una relación amorosa, o cualquier otra cosa que pueda ser consumida, creyendo que cada nueva consumición llenará su vacío constitutivo. Pero descubre al poco que no estaba ahí, en ese objeto, aquello que tanto ansiaba. Sin embargo el dispositivo capitalista no deja que el sujeto haga experiencia de su falta en ese momento, proponiéndole, incesantemente nuevos objetos que saturen su deseo. Para el sujeto del capitalismo, y su consumo desaforado, un puro nunca es sólo un puro y un coche no es nunca un coche. Cada objeto dado a su gasto incorpora siempre un enigma, una promesa vacía que va más allá de sí mismo. Un coche nunca es sólo un instrumento que nos transporta de un lugar a otro con eficacia, sino que nos promete una posición subjetiva particular una completud vacía. Pero, dado que la promesa es siempre incumplida, el sistema debe renovarla constantemente aprovechándose de la constitución histérica del sujeto. Un hombre se compra el nuevo Peugeot, Bmw o Mercedes, pero en realidad no está comprando sólo una máquina, hay algo en todo eso que apunta a un goce, las líneas curvas del nuevo modelo, sus colores metalizados y brillantes, el nombre pretencioso. En el momento de la compra el sujeto se reconoce, por un instante fugaz, justo cuando firma el documento de compra, el universo gira en torno a sí y por un instante fugaz todo cobra sentido. Pero sucede aquí como en el Paraíso perdido, en el momento mismo de su aparición es ya perdido. Por eso esa posición subjetiva es histérica, porque el sujeto vuelve a repetirse otra vez “no es esto lo que verdaderamente quiero, debe haber algo más en alguna parte” y entonces la máquina capitalista opera para suministrarle un nuevo objeto de deseo.
Aquí reside el papel de la fantasía ideológica, ya sea el capitalismo, el estalinismo o el fascismo... se trata de movilizar el deseo del sujeto para controlar su goce. Llenar de una u otra forma el vacío constitutivo del sujeto que fije al sujeto a un universo simbólico y se sienta vinculado de alguna forma al otro.
Sin embargo, ¿qué ocurre cuando la ideología no es capaz de movilizar nuestro deseo? ¿entonces qué deseamos? ¿a qué realidad simbólica queda fijado el sujeto? La respuesta a esta pregunta no es única, no nos lleva a una sola situación, del mismo modo de un conflicto en el sujeto no es causa de la misma sintomatología. En esta entrada quiero arrojar luz sobre uno de esos síntomas que puede ser tomado ya como un síntoma social: la melancolía. Las avanzadas sociedades democráticas son inevitablemente melancólicas, sociedades de hombres impelidos a gozar una y otra vez de todos los objetos suministrados por la máquina capitalista y que, sin embargo se llenan de hombres tristes sin capacidad para ningún tipo de goce. Y cuando más avanzada es esa sociedad, cuando mayor posibilidades de goce ofrece, parece que más hombres tristes y deprimidos la habitan. La depresión es una enfermedad que afecta fundamentalmente a las sociedades del consumo y la opulencia, y puede ser vista, desde la perspectiva que aquí se contempla, como una fractura ideológica, la incapacidad por parte del sistema de movilizar el deseo del sujeto y su irremediable caída en el vacío de la locura. La depresión o melancolía es una disposición subjetiva paradójica en las sociedades capitalistas puesto que, en una estructura social en la que toda la estructura económica, institucional, legal y política se sustenta sobre el deseo y el goce del sujeto, aparecen unos hombres fantasmáticos, que se arrastran penosamente por las calles y que lo que les pasa es básicamente que carecen de esa capacidad para desear que sustenta los vínculos sociales y el orden político. La melancolía es, en sí misma, una fractura abierta en el seno de la ideología capitalista, puesto que anula la posición subjetiva histérica que sujeta a los hombres a este particular orden simbólico. No es la única y, desde luego, no es la más deseable pero sin duda es una de las más presentes.
El melancólico subvierte el orden social puesto que, para él, ningún objeto puede ocupar el lugar de la falta y, por tanto, ninguna ley, ninguna promesa, ninguna experiencia, y ninguna cosa de ningún tipo puede anclarle al orden social y hacerle participar en la ley, el deseo y el goce. El melancólico, carente de una magnitud negativa que nombre a su falta, se encuentra frente al abismo absoluto y aterrador de su propia falta de ser. En estos hombres tristes el deseo no está, y cuando hace acto de presencia en su posición subjetiva, lo hace como un fuerte y profundo deseo de abismo. Ese sujeto que parece no tener voluntad para nada, que vive su vida desde una desesperante abulia, muestra una firmeza infinita en el propio acto de su aniquilación, en el salto abismático hacia su desaparición, porque expresa ahí, finalmente, todo el poder de su deseo, un deseo de vacío absoluto, sin los intermediarios del goce. Para el melancólico suicida nunca es tan firme su voluntad como cuando salta al vacío o aprieta el gatillo porque sólo ahí su voluntad es verdadera.

Si miramos a la escena que estos días se describe en las páginas de todos los periódicos del mundo, y abre todos los informativos, esto mismo se nos muestra con una verdad descarnada. Como se ha repetido en muchos sitios ya, respecto del accidente del vuelo de German Wings, el piloto presa de sus necesidades fisiológicas le dice al copilóto Lubitz “vete preparando el aterrizaje mientras yo voy al baño”, a lo que éste contesta melancólicamente “Espero, ya veremos”. Su contestación melancólica muestra que ese deseo, “espero” no es el suyo, sino el enigmático deseo del otro frente al que él ya no se siente anclado ya que ha descubierto su constitución vacía. Aterrizar el avión es lo que haría alguien que aún se siente vinculado al orden social, el poderoso deseo del otro. Alguien que, por ejemplo, aún crea de alguna forma en un orden moral y no conciba la atrocidad estrellar un avión matando a cientocincuenta pasajeros. Pero ese no es el deseo de alguien para quien ya no hay anclajes sociales y su vida se ha soltado del otro, para alguien para el que ya solo cabe un único deseo, el abismático deseo de nada. Por eso su languidez en ese “ojalá” contrasta poderosamente con su firme voluntad de encerrarse en la cabina de pilotaje y pulsar voluntariamente con firmeza el botón de descenso, poniendo rumbo hacia el desastre.
La reacción social contra este hecho no puede ser de otra forma que “defensiva”, y lo pone de manifiesto la caza desesperada de información por parte de los medios de comunicación, buscando alguna seña de la enfermedad del piloto que permita apuntalar de nuevo el orden social. Se trata ahora de construir sobre el piloto suicida el relato de la locura y de la enfermedad, bien descrita por los mecanismos tranquilizadores de la ciencia. Por necesidad debía ser un loco, por necesidad debía estar enfermo, por necesidad esta debe ser una excepción traumática que confirme la regla. Sin embargo, debajo de esa búsqueda histérica ya se puede ver la inconsistencia que tendrá el relato, pese a documentales y sensacionalistas especiales televisivos, que traten de sacar conclusiones apresuradas del testimonio de un vecino, de un fugaz parte médico, de un bote de pastillas ansiolíticas... etc. Lo que la sociedad no está dispuesta a admitir, ni siquiera a tomar en consideración, es la idea de que Lubitz sea sólo un piloto melancólico, uno de esos hombres tristes, como tantos otros, que arrastran sus vidas por las sociedades del goce, que ya no se sienten vinculados de alguna forma a los otros y para los que el imperativo posmoderno del goce es una máscara caída. Sólo un hombre más de tantos que muestran en su tristeza a una sociedad enferma.