espacio de e-pensamiento

miércoles, 19 de agosto de 2015

Actualidad de Kant.
Óscar Sánchez Vega

Qué duda cabe que Immanuel Kant es una referencia inexcusable en la Historia de la Filosofía. Sin embargo la teoría del conocimiento contemporánea, especialmente la de tradición analítica, no suele tomar en consideración sus aportaciones y, en ocasiones, adopta un planteamiento prekantiano. En su momento Marx había reprochado a sus contemporáneos que trataban a Hegel como un “perro muerto” y otro tanto cabría decir del trato que recibe Kant por buena parte de los actuales filósofos. Se reconoce que su valía para organizar y clarificar el panorama filosófico de los siglos XVII y XVIII, pero no su potencia explicativa para iluminar los problemas de la epistemología y la ciencia de los siglos posteriores. Creo que es un error. Kant también nos ayuda a pensar hoy.

Los problemas ontológicos y epistemológicos de la Modernidad no han cambiado de manera sustancial desde el siglo XVII hasta ahora y giran, fundamentalmente, en torno a las relaciones entre sujeto y objeto. Nos preguntamos por el vínculo entre la mente y el mundo, lo conocido y el objeto del conocimiento, la representación y aquello que es representado, el significado y la referencia, etc. Estos problemas nacen de la mano de Descartes y, contrariamente a lo que suponen muchos filósofos analíticos, la respuesta alternativa de Hume no supone superación alguna de los parámetros fijados por el francés. La cuestión es que tanto racionalistas como empiristas comparten un postulado fundamental: afirman que no tenemos acceso a la realidad, que lo que conocemos son ideas, es decir, no las cosas mismas sino sus representaciones. Pero, si esto es así ¿cómo garantizar una correspondencia fiel entre la representación y la “cosa en sí”? ¿cómo superar el solipsismo? es decir ¿cómo podemos al menos asegurar la existencia de algo exterior a la propia conciencia? Por otra parte la Realidad o Naturaleza es concebida por la Modernidad en términos estrictamente matemáticos, de tal manera que no queda margen alguno para la subjetividad. Incluso cuando el objeto a analizar es el sujeto humano, la ciencia lo explica de manera objetiva y cuantitativa. Así que por un lado tenemos un sujeto encerrado en su esfera de ideas y representaciones y por otro un mundo objetivo organizado y ordenado de forma mecánica que se mueve y evoluciona al margen de las expectativas o intereses de los humanos. Estas son las dos trampas de la Modernidad: el subjetivismo y el cientificismo, que no son más que las dos caras de la misma moneda y el resultado del abismo que la metafísica cartesiana establece entre sujeto y objeto.

Todos sabemos en qué consiste la solución kantiana que, recordamos, entiende la experiencia y el conocimiento como una síntesis entre las estructuras formales que aporta el sujeto y la materia de la sensibilidad, de tal manera que no cabe hablar de mundo por un lado y sujeto por el otro. En esto consiste el giro copernicano de la filosofía kantiana, en una nueva forma de concebir la subjetividad que permite superar una desafortunada metáfora: la idea de que la mente humana es un espejo que refleja la realidad. El conocimiento es posible, sostiene el filósofo prusiano, porque el mundo se ajusta a mi facultad de conocer. La máxima que kantiana que sostiene que “las intuiciones sin conceptos son ciegas; los conceptos sin intuiciones vacíos” merece ser recordada y tomada en consideración. La filosofía analítica cuando aborda problemas epistemológicos, como el estatus de los enunciados observacionales, la distinción entre hechos y proposiciones, la verificación de las teorías científicas, el problema de la inducción, la formación de los conceptos, el significado de las palabras, etc, se olvida a menudo de este planteamiento. Es mérito del filósofo sudafricano John McDowell, en su obra Mente y Mundo (2003), transitar por esta vía y actualizar el enfoque kantiano. El subjetivismo y el cientificismo nos abocan a un callejón sin salida. La solución pasa por recusar los presupuestos de partida: es preciso una nueva noción de subjetividad sin subjetivismo y un nuevo modelo de conocimiento alejado del cientificismo. Y en esta búsqueda de un nuevo enfoque Kant nos es imprescindible.

Frente al subjetivismo, McDowell insiste en que toda la subjetividad y toda intuición, como subrayaba Husserl, es intencional, es decir, apunta a algo distinta de ella misma. Todo conocer es una apertura al mundo, de tal manera que las “intuiciones” o “ideas” no son contenidos inmanentes de la mente e independientes del mundo, sino más bien, como suponía Aristóteles, el conocimiento de las cosas es directo, inmediato y fiable. Por otra parte el mundo que conocemos no es algo ajeno a nuestras necesidades subjetivas pues está condicionado por lo que Kant denominaba estructuras trascendentales, por nuestra forma de conocer, de tal modo que el conocimiento solo puede ser fenoménico: no conocemos en mundo en sí, conocemos el mundo para mí. No hay manera de concebir la mente y el mundo por separado, lo que hay es un continuo, una conexión constante y recíproca entre lo subjetivo y lo objetivo. No está, por un lado, una mente llena de conceptos e ideas y, por otra parte, un mundo independiente del sujeto. Mente y mundo se implican mutuamente, son inseparables. Estos postulados kantianos sirven no solamente para superar la tradicional oposición entre racionalismo y empirismo de los siglos XVII y XVIII, sino también para abordar problemas de la filosofía de la ciencia del siglo XX como pudieran ser las sorprendentes tesis de la mecánica cuántica y el extraño y decisivo papel que juega el observador en la descripción del mundo.

Pero, en esta puesta al día del kantismo, McDowell rechaza una tesis fundamental del idealismo trascendental: la distinción entre fenómeno y noúmeno o cosa en sí. El filósofo sudafricano afirma que con la noción de noúmeno Kant se traiciona a sí mismo y vuelve al antiguo dualismo que trataba de superar: la escisión entre sujeto y objeto que abre la filosofía cartesiana. Si aceptamos esta distinción, argumenta McDowell, la experiencia se devalúa a sí misma y volvemos a separar la experiencia como construcción subjetiva por un lado y el mundo real por el otro. Lo real y objetivo cae del lado del noúmeno mientras que lo ficticio y subjetivo del lado del sujeto. Creo que en este punto McDowell malinterpreta a Kant. La noción de noúmeno, bien entendida, no remite a dualismo alguno y cumple una función terapéutica muy necesaria. El noúmeno (igual que el Dios de Spinoza, la voluntad en Schopenhauer, el Límite en Trías o la Materia ontológico-general en Bueno) es una noción límite que evita caer en el dogmatismo al señalar aquello que no puede ser conocido y, de este modo, hace que reconozcamos la limitación y finitud del conocimiento humano. No es posible el acceso a la Verdad -así, con mayúsculas-, todo nuestro conocimiento es humano y solo humano. Sin embargo -esto se ve más claramente en Schopenhauer- a veces, es posible, mediante el arte, vislumbrar algo de ese Ser, el noúmeno, que permanece fuera del alcance de nuestras capacidades cognoscitivas.

Así pues entiendo, al contrario que McDowell, que la distinción entre fenómeno y noúmeno cumple una función importante y que, de una u otra forma, merece ser preservada. ¿Qué ha quedado entonces obsoleto en el kantismo? Pues, según mi criterio, el trascendentalismo y un teoreticismo o formalismo excesivo. Kant partía de un concepción de la naturaleza humana fija e inmutable, equipada con ciertas estructuras trascendentales que posibilitan el conocimiento de igual manera en todo lugar y en toda época. Esta noción remite al ideal universalista característico de la Ilustración del siglo XVIII que hoy nos parece superado. Además Kant entiende de manera excesivamente teórica la función de las categorías. Los conceptos solo existen en el lenguaje y cuando aprendemos una lengua no solo adquirimos una herramienta intelectual; con el lenguaje aprendemos -como nos enseñó Wittgenstein en las Investigaciones filosóficas- una forma de vida, una manera de habitar el mundo. Los conceptos tienen una dimensión pragmática que Kant soslaya y debe ser tomada en consideración.

En resumen, una epistemología del siglo XXI naturalmente no puede seguir al pie de la letra los dictados del idealismo trascendental kantiano, pero haría bien en asumir y tener presentes algunas tesis planteadas por el filósofo de Königsberg como las siguientes: la Realidad, la cosa en sí, está más allá de nuestro alcance, todo conocimiento es fenoménico, la experiencia es una síntesis entre lo que aporta el sujeto y las impresiones que recibimos a través de los sentidos, toda descripción del mundo está condicionada por el sujeto, el mundo que conocemos es un mundo humano, es decir, un mundo que se ajusta a mis necesidades subjetivas. Este es el camino para pensar más allá del subjetivismo y el cientificismo que lastran la epistemología contemporánea.