espacio de e-pensamiento

lunes, 7 de diciembre de 2015

Capitalismo canalla.
Óscar Sánchez Vega

César Rendueles ha publicado recientemente una obra de inclasificable género: en parte es un ensayo de economía política, en parte una autobiografía y, en parte, crítica literaria. El resultado se deja leer con agrado y provecho. Me temo que esta entrada no le haga justicia al libro porque voy a prescindir de lo mejor; me voy a limitar a resumir algunas tesis políticas y económicas que, por otra parte, no son especialmente originales, despojándolas de lo que verdaderamente les confiere interés: el entramado de relaciones literarias y autobiográficas que envuelven su presentación. Debo pues remitir al lector de estas líneas a la obra original para suplir las carencias de esta reseña. Solamente voy a destacar cuatro tesis que se exponen en el libro:

Primera: Debemos distinguir y hasta contraponer el trabajo tradicional y el trabajo asalariado. Es verdad que no se puede vivir sin trabajar, también es verdad que el trabajo, como señaló Marx, acompaña desde siempre a la humanidad. Pero el trabajo asalariado es un invento muy reciente, casi una anomalía histórica de la cual felizmente hemos prescindido durante milenios y no estamos obligados a soportar en el futuro. El trabajo tradicional era diversificado y estaba centrado en las necesidades humanas. Durante siglos las personas realizaron multitud de tareas diferentes a lo largo de su vida (cosechar, construir, cazar, sembrar, recolectar, reparar, cuidar...) que, por una parte, exigían pensar y encontrar soluciones oportunas para todo tipo de problemas y, por otro lado, permitían dedicar la mayor parte del tiempo a disfrutar de la compañía de familiares y amigos (no digo que quedaba tiempo para "vivir" porque el trabajo entonces era una parte de la vida). El trabajo asalariado acabó con este estado de cosas. ¿Cómo es posible? ¿cómo es posible que de manera voluntaria millones de personas cambiaran su modo de vida tradicional para convertirse en proletarios? La respuesta es que el cambio no fue voluntario en absoluto. Durante mucho tiempo y en muchos lugares los empresarios han tenido dificultades para contratar mano de obra porque, con buen criterio, los obreros en cuanto tenían la menor oportunidad huían del trabajo fabril como de la peste. Fue un proceso violento y continuado de expropiación masiva lo que obligó a millones de campesinos a buscar un salario para sobrevivir. Es la violencia y no la elección libre lo que está en el origen del trabajo asalariado.

Segunda: El capitalismo es ante todo una peculiar forma de organizar el trabajo que toma como modelo las plantaciones esclavistas de las colonias. Podemos y debemos desvincular el capitalismo y la revolución industrial. El automatismo de la producción es un fenómeno tardío, las máquinas entran relativamente tarde en las fábricas -a mediados del XIX- y no explican lo característico del modo de producción capitalista.  Es el trabajo de los esclavos en las colonias (monótono, reiterativo, centralizado, alienante...) el que sirve de modelo para organizar el trabajo fabril. Las primeras fábricas textiles no se crearon gracias a los telares mecánicos que, por otra parte, hacía tiempo ya que se conocían. En la novela Opus Nigrum, Marguerite Yourcenar nos dice que en Brujas, a principios del siglo XVI, ya se tenía conocimiento de estos artilugios, pero no fueron incorporados a las industriales textiles hasta mediados del XIX. Lo que sí fue incorporado desde el principio, la esencia del trabajo fabril, es la cadena de producción en serie que sigue el modelo esclavista de producción. Una vez que los obreros estaban convenientemente disciplinados se introdujo la maquinaria.

Tercera: El capitalismo y el socialismo real son dos variantes del mismo modelo disciplinario. Ambos participan del mismo interés en maximizar la producción a toda costa, la misma exacerbación de la técnica y del control estatal, idéntico afán alienante. Frente a esta tendencia Rendueles destaca la ejemplaridad y vigencia de las revueltas comunitarias que, primero en Europa y después en América Latina, han combatido al mercantilismo defiendo el valor de los bienes y tierras comunales o la restitución del derecho a la caza y recolección frente a la ofensiva expropiadora del Capital y el Estado. Son los lazos comunitarios los que nos permiten resistir el implacable avance capitalista. El individuo aislado no es una persona, es un consumidor abocado a la infelicidad y la neurosis.

Cuarta: Rendueles arremete también contra uno de los valores más sólidos del capitalismo: la elección libre. ¿Podemos acaso negar que una sociedad respetuosa con la libertad individual, que permite a cada ciudadano elegir lo que es más conveniente para él, es sin duda preferible a un Estado totalitario? El autor, según mi punto de vista, no analiza con suficiente rigor toda la problemática que acarrea este asunto, pero esboza una respuesta que, para mí, va en la buena dirección: ni imposición ni elección libre; plantear el problema en estos términos supone un falso dilema. Las “cosas” más importantes de  la vida no llegan a nosotros en forma de obligación o imposición, pero tampoco las elegimos. De alguna manera “tropezamos” con ellas: los amigos, la pareja, los hijos, las experiencias más impactantes, la vocación profesional, etc. ¿Sería una vida mejor aquella en la que pudiéramos “elegir” a nuestra pareja en un catálogo sopesando las ventajas e inconvenientes como si fuera un electrodoméstico? ¿Somos libres de “elegir” despreocuparnos de nuestros mayores o desentendernos de toda obligación social? La sociedad capitalista nos invita continuamente a ejercer el derecho de elección libre pero este camino conduce al individuo neurótico. La vida humana adquiere sentido cuando se orienta en dirección opuesta: es el cuidado de los otros y de uno mismo lo que enriquece la vida, lo que genera un vínculo social que precisamos para vivir, al menos, para vivir bien.