espacio de e-pensamiento

martes, 23 de febrero de 2016

Kant y la posibilidad de una filosofía política
Borja Lucena


Leer a Kant es encontrar en la filosofía la acuñación de un nuevo lenguaje, un idioma que transforma lo filosófico y permite que trabe relacionas novedosas y fecundas. Bajo el aparente manto de asepsia que recorre tantas de sus páginas, la filosofía kantiana se halla recorrida por una tensión poderosa, a veces violenta, que permite a la filosofía enfrentar un universo del que frecuentemente había procurado -sin todo el éxito deseado- escapar. Con Kant, la filosofía, lo quiera o no, vuelve a habitar la pólis.

Leyendo a Kant uno encuentra el mismo problema que se hace acuciante en el vivir biográfico, concreto, historiado hacia el pasado, proyectado al futuro, vivir que nunca puede deshacerse de la compañía de otros. Según él, el entendimiento posee la capacidad de reducir el campo de visión e interés a lo dado. Es, de este modo, la facultad de engendrar conocimiento, es, en suma, el "territorio de la verdad". Pero este entendimiento moderado, sensato y prudente como el consejo de una madre, está efectivamente rodeado de "un océano ancho y borrascoso, verdadera patria de la ilusión". Este océano, sin embargo, no puede ser dejado de lado, mana de dentro. El hombre es un irremediable campo de batalla, una lucha feroz e inextinguible entre la certidumbre del conocer y el anhelo de comprender y concebir. No puede resignarse a la paciente tarea de "deletrear" la unidad sintética de los fenómenos, sino que aspira al significado.  

La pregunta que asoma tantas veces en la Crítica de la Razón Pura, la pregunta que imprime en ella una huella crucial, no se refiere a cómo limitarnos al discurrir válido del entendimiento, cómo ceñirnos al terreno seguro del conocimiento. Con respecto a ello, Kant posee la respuesta. La pregunta que conmueve su pensamiento desborda inevitablemente el reducido marco de una epistemología, y resuena como un cuestionamiento radical que desarbola la confianza en el conocimiento mismo. El verdadero interrogante es: ¿podemos contentarnos con el conocimiento? Es decir: ¿es suficiente la verdad? La verdad podría bastar a un ser solitario, pero Kant, al trazar los límites del conocer, se situó, de hecho, más allá de ellos, como afirmó Hegel. Con él, con el viejo "chino" de Königsberg, la filosofía se las vio de nuevo con el problema en torno al cual no ha dejado de dar vueltas la política: el de la insuficiencia de la verdad.   

lunes, 1 de febrero de 2016

Valores y virtudes.
Óscar Sánchez Vega

"Criar un animal al que le sea lícito hacer promesas - ¿no es precisamente esta misma paradójica tarea la que la naturaleza se ha propuesto con respecto al hombre? ¿No es éste el auténtico problema del hombre?… "
F. Nietzsche. Tratado Segundo de la Genealogía de la moral.

Hace tiempo ya que la “Educación en valores” constituye el principal objetivo ideológico del sistema educativo vigente. Cuando una noción adquiere tal relevancia -esta es mi sospecha- siempre es en perjuicio de otra, siempre hay un desplazamiento semántico que no es inocente ni gratuito. Sostengo que la noción menoscabada con el auge de los “valores” es la de “virtud”, o lo que es lo mismo, la educación en valores es a costa del cultivo de las virtudes.

El origen de la ética de los valores está en Scheler y Hartmann, y, si nos remontamos más atrás, en Platón. Todos ellos defendían que existe un reino objetivo de los valores y, lo que es más importante, una jerarquía de los mismos. El proyecto pedagógico actual, sin embargo, niega el carácter objetivo de los valores y más aún la existencia de una jerarquía entre ellos. “Valor” parece ser todo aquello que se “valora” y el acto de valorar es eminentemente subjetivo. Lo que queda de la ética material de los valores es la idea de que existe una distancia entre los valores y el yo, es decir, que los valores no forman parte de nosotros, son cualidades que cabe aprehender, preferentemente con ayuda de “expertos”, pero que no nos constituyen. El modelo a seguir es el mercado capitalista: los valores son como mercancías que están a la mano entre las que podemos elegir. Sin duda es una elección importante -aunque no definitiva porque siempre podemos cambiar- y conviene no equivocarse. El educador, y más aún el profesor de ética, es como el amable dependiente que acompaña al cliente y le orienta para que la prenda que finalmente elija le favorezca todo lo posible. Esta es nuestra tarea como educadores. No es poca cosa; es tan importante o más que la de los padres porque ellos no conocen demasiado bien el producto -los valores- y, por tanto, no pueden asesorar adecuadamente a sus hijos. Nuestros esfuerzos deben ir orientados, naturalmente, a que las dúctiles mentes de los adolescentes se orienten hacia los valores democráticos, aquellos que reconocemos no como verdaderos, sino como más convenientes, aquellos que favorecen la convivencia democrática. Además esta “orientación” democrática es obligada, es como la directriz que la empresa da al dependiente y este debe seguir si quiere seguir conservando su empleo. De tal manera que los valores dominantes, como siempre, están patrocinados por el Estado y los educadores son los diligentes funcionarios encargados de que se difundan de la mejor manera posible.

Pero la educación en valores no es la única posible. La educación tradicional nunca ha tenido como objetivo alcanzar los valores sino ejercitar la virtud. Este proyecto toma forma teórica y filosófica con la ética de Aristóteles y vincula la educación con el desarrollo del carácter -ethos en griego-. Los psicólogos distinguen entre el temperamento, que es la parte innata e involuntaria de nuestra personalidad y el carácter que es la personalidad aprendida, el tipo de persona que llegamos a ser. El temperamento no determina lo que somos, del mismo modo que el David de Miguel Ángel no está determinado por el mármol que lo constituye; lo fundamental, qué duda cabe, es el trabajo del artista. Aristóteles afirmaba que las virtudes son hábitos que adquirimos por repetición de actos. Desde esta perspectiva no ocurre, por ejemplo, que decimos la verdad porque somos sinceros sino que somos sinceros porque acostumbramos a decir la verdad. La forja del carácter, como antaño se decía, es fundamental porque determina el tipo de persona que acabamos siendo: somos el resultado de lo que hacemos.

A primera vista estas distinciones son demasiado bizantinas: todo parece ser más de lo mismo. ¿Acaso no estamos de acuerdo en que la sinceridad, el valor, la generosidad, la honestidad, etc son cualidades positivas en las personas? ¿qué más da que las llamemos “valores” o “virtudes”? Naturalmente, el empleo de un término u otro no tiene ninguna relevancia pero ocurre que las prácticas educativas que van ligadas a una y otra noción presentan importantes diferencias.

En primer lugar, como hemos señalado, los valores parecen aprehenderse por una misteriosa intuición intelectual. Scheler reprochaba a sus antecesores, especialmente a Kant, haber señalado solo dos facultades o fuentes del conocimiento: la razón y la sensibilidad. Pero los valores no los captamos por los sentidos ni tampoco de manera estrictamente racional. Es preciso postular una tercera facultad, la “intuición emocional”, que nos adentre en el reino de los valores. Las virtudes, sin embargo, son más prosaicas, son meros hábitos que adquirimos por repetición de actos. Desde siempre los padres se han encargado de enseñar buenos hábitos a sus hijos. Pero si resulta que hoy en día lo importante es la educación en valores y los padres no saben muy qué son y cómo enseñarlos... mejor lo dejamos para el colegio, pensarán muchos. Por otra parte la distancia que apuntábamos entre el yo y los valores no existe en el caso de las virtudes. La persona ordenada y pulcra, por ejemplo, no puede fácilmente desprenderse de estas “cualidades” porque forman parte de su ser. “Yo soy una persona ordenada y pulcra -diría si la interpeláramos- y no puedo dejar de serlo; me siento fatal si mi habitación está desordenada, si tengo que pasar un largo periodo de tiempo sin asearme o llevando la misma ropa”. Las virtudes -y los vicios- forman parte de nuestra personalidad, nos impregnan hasta la médula, no son mercancías que podamos fácilmente intercambiar.

¿Qué implicaciones tiene una ética de la virtud para nuestra tarea docente? En primer lugar golpea nuestra vanidad: somos poco importantes. Las virtudes no se aprenden de forma teórica en el horario lectivo y menos aún en una hora a la semana en la asignatura de Valores éticos. Es naturalmente, en el seno de las familias, dentro de la tribu, como adquirimos las virtudes. No a la manera de los consumidores que “libremente” eligen un producto u otro en función de sus intereses, sino de una forma más inconsciente y definitiva. Quien adquiere el hábito de la puntualidad, por ejemplo, desarrollará una conducta virtuosa de manera inconsciente, casi al margen de su voluntad. Por el contrario la educación en valores parece una tarea más teórica y compleja que sobrepasa en mucho el ámbito de actuación de las familias. El Estado debe jugar un importante papel mediante la contratación de ciertos “especialistas” -entre los que, me temo, me incluyo- encargados de enseñar tan vaporosa materia. Algunos de estos “especialistas”, para más inri, se consideran adalides del pensamiento crítico cuando en realidad son las mejores correas de transmisión del Estado para llevar a cabo su tarea de adocenamiento, pero lo peor es que con el cuento de la educación en valores estamos olvidando el objetivo tradicional de la educación: la forja del carácter.