espacio de e-pensamiento

miércoles, 12 de julio de 2017

Filosofía y Ley.
Óscar Sánchez Vega

1. Guía de perplejos.

La Guía de perplejos, escrita por Maimónides en el siglo XII, es la principal obra del racionalismo judío medieval y, aún hoy, la referencia filosófica más importante para los judíos, de manera similar a como la Suma Teológica de Santo Tomás es importante para los católicos. Los “perplejos” a los que Maimónides dedica su libro son los creyentes judíos familiarizados con la filosofía que encuentran contradicciones entre lo que que enseñan los maestros (Platón y Aristóteles) y la Revelación. Una cuestión muy importante y una diferencia crucial con los cristianos es que el contenido de la Revelación, para los judíos, es la Ley, no son los dogmas de fe. El fin de la Revelación es la instauración de la Ley, antes que la proclamación de verdades.

La Ley judía es la Torá, que viene expuesta principalmente en los primeros libros bíblicos, el Pentateuco, que, conforme a la tradición judía, fueron escritos por Moises, quien recibió la revelación directamente de Dios en el monte Sinaí. Lo que encontramos en la Torá no son especulaciones teóricas, sino disposiciones prácticas muy precisas acerca de cómo ordenar la casa y la ciudad. De este modo la verdad revelada vuelve superflua tanto la política como la economía, aunque no toda la filosofía. Son necesarios los libros de los filósofos sobre los temas especulativos, pero no sobre las ciencias prácticas.

En la Guía se explica por qué es necesaria la Ley: debido a la diversidad de los individuos y los caracteres es preciso una orientación, una guía que regule las conductas: lo que se puede hacer y lo que no. Es necesario suplir los defectos de algunos y moderar los excesos de otros. El hombre, como dice Aristóteles, es un animal político que precisa del amparo de la Ley para convivir y realizarse plenamente. Maimónides distingue dos sentidos del término “ley”: por un lado está el nomos, que es la ley civil, cuya finalidad es la perfección del cuerpo: seguridad, bienestar, paz, etc; por otro lado está la ley divina, cuya finalidad es la perfección del alma, es decir, sostener “correctas opiniones sobre Dios y los ángeles”. El fin del la ley divina es la verdad. Una ciudad bien ordenada debe regirse por la ley divina porque la ley civil es del todo insuficiente. Dicho de otro modo: la ciudad ideal es aquella que respeta la ley divina, la Torá, o sea, la nación judía es la Ciudad Ideal.

¿Cómo conocemos la ley divina? Por los profetas. Maimónides desarrolla toda una profetología donde explica qué es un profeta y cuál es su función. La misión del profeta es proclamar la Ley. El profeta más importante fue Moises. El resto de los profetas alcanzaron revelaciones de carácter privado: consejos, instrucciones, mandatos, etc; pero quien recibe la Ley y constituye el “pueblo” es Moises. El fin de la Ley, esto es muy importante, es generar una comunidad política. Lo peculiar del pueblo judío no es que sea una raza distinta sino que es una comunidad que hace ciertas cosas y no puede hacer otras. Es la ley mosaica la que establece lo que debe hacerse y es el sometimiento a la Ley lo que caracteriza al pueblo de Israel.

El profeta tiene por tanto una función política decisiva. Es un tipo superior de hombre. Superior al filosofo, pero no de una manera diferente: el profeta es un filósofo que ha alcanzado la Revelación, que es una emanación proveniente de Dios que, por medio del intelecto agente, confiere al profeta el conocimiento inmediato del mundo superior. Esta “emanación” se extiende tanto a la facultad racional como a la imaginativa, por eso el profeta alcanza todas las perfecciones: la perfección intelectual, propia del filósofo, y la perfección imaginativa, propia del gobernante que le capacita para la presentación metafórica del mensaje divino y así enseñar y dirigir al pueblo.

De todas maneras, a pesar de proclamar la supremacía de la Ley y el profeta sobre el filósofo y la razón, Maimónides no es un místico, es un racionalista medieval (no confundir con un racionalista moderno) que reserva una importante función a la filosofía. Es el mundo sublunar el ámbito propio de la filosofía; este mundo es accesible a la razón y el filósofo puede y debe aventurarse en él respetando la primacía del profeta en todo lo relativo a las cosas del cielo. Recordemos que en el Génesis Dios prohibe a Adán y Eva comer del árbol de la ciencia, pero no es la totalidad del conocimiento lo que tienen vedado, sino solamente el saber relativo al “bien y el mal”. Establecer esta dicotomía, lo bueno y lo malo, no pude ser solamente el resultado de la deliberación racional. Esta distinción es el fundamento de la vida política y debe ser sancionada por la divinidad. A la filosofía le compete que el resto del conocimiento (el teórico especulativo). La Ley no solo no impide el desarrollo de la filosofía en el ámbito que le es propio sino que la promueve, si bien no cualquiera puede filosofar, solo los hombres “adecuados”.

Por debajo del profeta no solo está el filósofo, está el rey, ¡incluso el Mesías! Pues la función de los antiguos reyes de Israel y del futuro Mesías es gobernar, obligar a cumplir la Ley, declarar la guerra, acrecentar el poder de Israel, etc. Pero el profeta es el legislador, es él quien establece la Ley.

2. Interpretación de Leo Strauss.

La interpretación de Strauss está extraída del Libro sobre Maimonides (Pre-textos, 2012), pero este es, en sentido estricto, un libro que no existe pues Strauss no publicó ningún libro sobre Maimónides. Se trata de una compilación de distintos textos, capítulos de otros libros y artículos para revistas, que Strauss va publicando a lo largo de más de 40 años. El primer texto es de 1935 y el último de 1983. Durante estos 48 años Maimónides fue para Strauss un tema constante, un motivo de reflexión permanente y sin embargo nunca llegó a dedicarle un libro... ¿por qué? Más adelante aventuraremos una posible explicación. El texto que más voy a utilizar como referencia en esta entrada es El carácter literario de la Guía de perplejos, que es un capítulo del libro Filosofía y Ley publicado en 1935, una obra editada en alemán que el autor, en otra extraña decisión, jamás permitió que se publicara en inglés.

Como hemos señalado anteriormente el profeta tiene todas las perfecciones, especialmente la racional y la imaginativa, lo que le permite comunicarse tanto con los sabios como con el vulgo. Por ello, y aquí llegamos a uno de los temas más recurrentes en Strauss, precisa de dos lenguajes diferentes para que todos le entiendan. El profeta usa un lenguaje esotérico con el filósofo y un lenguaje exotérico con el vulgo. Y es preciso que distinguirlos si aspiramos a una cabal comprensión de nuestro autor. Por ejemplo, la doctrina de la providencia que promete el premio a los buenos y el castigo a los malos, que ya está presente en Platón, forma parte del lenguaje exotérico; el filósofo no debe tomarla de manera literal, como tampoco hace el mismo Maimónides.

Es en este contexto donde cabe insertar el asunto que más le interesa a Strauss. La Guía pretende ser una explicación del sentido y la función de la Ley. ¿Es pues la Ley el tema principal de la Guía? No, porque como la Ley ha sido dada en la Revelación en realidad no hay nada que decir sobre ella, es un “nomos perfecto” que está fuera de toda discusión. La Ley es el gozne sobre el que todo gira, el núcleo invisible de la filosofía política. Pero no se trata solo de que no haya nada que añadir a lo dicho por Moises; la cuestión es más peliaguda: el problema de fondo es que aunque fuera pertinente explicar o comentar algún aspecto oscuro o complejo de la Ley, según la tradición talmúdica, la Ley no debe ser explicada, los secretos de la Ley deben ser preservados. Maimonides, como buen judío, está de acuerdo con este precepto que prohibe explicar y divulgar la Ley, especialmente por escrito, y sin embargo publica la Guía ¿Por qué?

Antes de contestar a este interrogante conviene destacar un vínculo, una profunda convicción que comparten Sócrates, Maimónides y Strauss: la superioridad de la enseñanza oral sobre la escrita. La Guía, al igual que los diálogos platónicos, no es un libro propiamente dicho sino un pobre sustituto de conversaciones y discursos. La Guía, según se dice en la introducción, es una carta privada de Maimónides a su discípulo Yosef. Estamos ante un texto paradójico: una comunicación privada que, al publicarse puede ser leída circunstancialmente por cualquiera. Los eruditos talmúdicos insisten en que la Ley se trasmite por vía oral, de boca en boca, pero Maimónides difunde su enseñanza por escrito, sostiene Strauss, por las dificultades políticas de su época (la diáspora) que hacen peligrar la conservación de la Ley. Maimónides elige un mal menor, difundir por escrito el sentido de la Ley, para evitar un mal mayor, la pérdida definitiva de la Ley. El objetivo no es que todos entiendan el sentido de la Ley, sino que los eruditos lo capten para poder así preservarla y aplicarla correctamente. De ahí la necesidad de leer entre líneas. La Guía contiene una enseñanza secreta, una doctrina esotérica y Strauss se encuentra en la misma encrucijada, de tal manera que sus textos sobre Maimónides también son esotéricos: un velo sobre otro velo. Los dos autores judíos son fieles al mandato de no revelar los secretos de la Torá, ambos intentan mantener un frágil equilibrio entre la prohibición de difundir y la necesidad de explicar. La solución de Strauss es imitar a Maimónides: sugerir antes que proclamar de manera franca y directa. ¿Que sugiere Strauss? ¿Cual es el secreto de la Guía? Que Maimonides no era un hombre de fe, un creyente. Lo cual es corroborado en la correspondencia privada entre Strauss y su amigo Jacob Klein, en la que Strauss dice literalmente que Maimonides era un averroísta, esto es, un ateo... ¿qué más? Que tampoco Strauss lo es. Maimonides y Strauss son dos ateos que se inclinan ante la Ley mosaica porque no pueden concebir su comunidad política, la nación judía, al margen de la Ley.

Lo que le interesa a Maimónides de la Torá no es su origen sobrenatural sino su finalidad política y legislativa. Como hemos señalado la Ley es necesaria para regular la convivencia, para establecer la armonía entre hombres de disposiciones opuestas. Pero para que la Ley pueda ser verdaderamente “igual” para todos no puede ser una creación humana. Solo hay una ley verdadera: la ley divina, que es absoluta, inmutable y universal. La adecuación a las circunstancias equivale a la corrupción de la Ley y la disolución de la comunidad política. El bienestar de la ciudad, por tanto, está en manos de Dios. En todo caso lo importante no es saber qué o quien es Dios (ni siquiera saber si Dios existe o no), sino preservar la manifestación política de Dios. Sin Dios la Ley se viene abajo y como precisamos de la Ley debemos afirmar a Dios.

Retomamos ahora la cuestión de por qué Strauss, a pesar de ser una persona obsesionada con Maimónides, nunca escribió un libro sobre él y encontramos una clave en la introducción de la Guía cuando Maimónides dice a su discípulo Yosef que no pude revelar los secretos de la Torá, por eso:
“No me pedirás aquí otra cosa que los encabezamientos de los capítulos, y ni siquiera esos encabezamientos siguen, en este tratado, su orden interno ni una secuencia cualquiera, sino que están diseminados y mezclados con otros temas, de cuya explicación se trata”
A lo largo de toda su vida Strauss va diseminando también esos “encabezamientos de los capítulos” sin constituir nunca un tratado cerrado sobre Maimónides porque el ateo Strauss es fiel a la tradición judía, fiel al mandamiento talmúdico.

3. Conclusiones.

Las especulaciones de un judío medieval, su preocupación por el futuro de su comunidad política ¿qué interés pueden tener para nosotros, gentiles del siglo XXI? A primera vista ninguno. Sin embargo la nación judía no es una nación cualquiera. Gustavo Bueno decía que hay naciones y naciones: no es lo mismo preguntarse “¿Qué es España?” que preguntar “¿Qué es Noruega?”, ambos son problemas políticos e históricos, pero es que la primera pregunta apunta también a un problema filosófico. La mera existencia de algunas naciones, como España, la Unión soviética o Roma, dice Bueno, conlleva problemas filosóficos. A esta breve lista habría que añadir Israel, o lo que hemos venido denominando: “la nación judía”. Lo peculiar de la comunidad judía, según Maimónides, es que su identidad no se construye apelando a rasgos raciales, lingüísticos o folclóricos sino que la nación judía es una comunidad que se define por una Ley común, la ley mosaica. En este sentido la nación judía es un modelo, un paradigma de comunidad que establece de forma peculiar el vínculo social. No es la única forma de forjar una comunidad, ni siquiera es un camino habitual. Los cristianos, por ejemplo, de la mano de Pablo de Tarso, sustituyen la Ley por un único mandamiento: el amor al prójimo. Hobbes sustituye la Ley por el derecho natural, naciendo de este modo el liberalismo. Pero la tradición republicana siempre ha entendido que la mejor manera de pensar una comunidad política es en torno a la ley y el derecho positivo. Por eso nos interesan Maimónides y Strauss.

Sin embargo cuando la receta republicana se traslada a nuestra época, promoviendo lo que Habermas denominó “patriotismo constitucional”, los resultados, al menos en España, distan de ser satisfactorios. ¿Qué ha fallado? ¿Cual es la diferencia entre la forma de legitimar el poder que propone Maimónides y la del republicanismo contemporáneo? La diferencia es evidente: Maimónides insiste constantemente en la necesidad de un fundamento religioso para la Ley; algo que no tiene cabida en las sociedades occidentales contemporáneas donde el proceso de secularización no tiene marcha atrás. Naturalmente hoy no podemos recurrir a Dios para apuntalar la Constitución, no es posible una fundamentación teológica de la Ley... pero pueden buscarse sucedáneos mitológicos.

Todos sabemos que los mitos pueden cumplir una función religiosa y que determinados acontecimientos históricos, debidamente tergiversados, se convierten en mitos. Lo que hemos aprendido con Maimonides y Strauss es que no es necesario creer en los mitos para valorar su función. La utilidad política de los mitos es bien conocida por los nacionalistas de toda ralea y lo que estamos sugiriendo es que los mitos también cumplen una importante función en el seno del pensamiento republicano. Pensemos el caso de España. Desde una perspectiva republicana España solo existe en la medida en que haya una Ley común, una Constitución que una a todos los españoles. Es evidente hoy que la actual Constitución no cumple adecuadamente esta función y hace ya algún tiempo que dejó de ser ese elemento vertebrador. ¿Cómo empezó este proceso degenerativo? Las causas seguramente son múltiples, empezando por los casos de corrupción de la clase política, pero creo que también podemos establecer un nexo entre la crisis de legitimación institucional y la crítica al mito de la Transición. La Constitución española tuvo un importante respaldo social mientras se mantuvo vigente el mito de la Transición. Este es, reconozcámoslo, un terreno incómodo para muchos de nosotros: tendemos a pensar, como dice el Evangelio de Juan, que la verdad nos hará libres, pero la verdad histórica es enemiga del mito y sin Dios (o los mitos) la Ley pierde su fundamento y sin Ley no es posible constituir una comunidad política republicana... ¡pero queremos ser republicanos ilustrados que comparten una comunidad de deliberación racional!

Repitámoslo una vez más: sin mitos no hay ley y sin ley no hay nación. ¿Puede entonces pervivir España? Pues es difícil. Durante el siglo XIX los españoles, o más bien sus clases dirigentes, se empecinaron en desbaratar un magnífico mito: la Guerra de la Independencia y las Cortes de Cádiz. A mi modo ver el anclaje más firme, aunque lejano y maltrecho, para una Constitución. La Segunda República puede funcionar como mito fundador para buena parte de la izquierda, pero no es un mito aglutinador del conjunto de la sociedad española. El mito de la Transición hace agua por todos los lados y no es fácil crear un nuevo mito. Soy pesimista.