espacio de e-pensamiento

jueves, 26 de abril de 2018

Violar está permitido.
Eduardo Abril


Para Lacan la prohibición, la ley, es condición del deseo. En su relato de constitución del sujeto Lacan nos dice que previamente al encuentro del sujeto con la ley, lo que en lacaniano se dice la “castración simbólica”, el sujeto (el infante) está entregado a un goce total, al disfrute de la madre nutricia (M-Other), un goce sin límite, sin significación simbólica, sin normas de ningún tipo, una pura inmersión en lo Real en la que no hay distancia entre el Uno que se es y el Otro: un individuo pre-humano entregado a un disfrute de sin mediación de ninguna clase. 
Todo ese mundo “animal” de goce inmediato se pierde con la irrupción de la ley en el sujeto, esa ley edípica que Freud comprendía más o menos como la sentencia de una prohibición: "La mujer no es tuya". Con ella el goce pre-edípico se pierde para siempre y en su lugar aparece el campo del deseo, un deseo que se realiza a través de la falta: es porque sabemos que algo nos falta, algo perdido, que se abre en nosotros la posibilidad de una búsqueda de aquello que es condición para nuestro deseo. Dado que el goce completo es algo que queda perdido en la castración, la irrupción de la ley, el goce queda ahora localizado, ya no puede ser una inmersión completa en lo Real, sino que debe condensarse en algo, canalizarse a través de un objeto, el que sea, esa "cosa" que los lacanianos llaman el Objeto-A. De esta forma ocurre que la función de la ley es someter el absoluto goce de la madre pre-edípica  a la estructura del Orden Simbólico otorgándole una dirección, un propósito. 
No hay que pensar, sin embargo, que la pérdida del mundo del goce absoluto significa una normalización, como si el  Orden Simbólico pudiera instalarse de un mismo modo en cada sujeto humano. Lo que se abre en el corazón de cada hombre y cada mujer al verse sometido al imperio de la ley es el agujero de la pérdida, un vacío que al experimentarse lleva al sujeto a mirarse en diferido, dislocado, como si algo del orden de sí mismo o del orden del mundo de los Otros no anduviera bien y hubiera que cambiarlo. Y ese encuentro que alcanza a cada uno en un momento (lógico y ontológico) de su vida, determina a la postre, lo más primario y particular de cada hombre y mujer: su modo propio de desear, su particular modo de estar en el mundo. Ya se llene ese vacío con vino, virtud o filosofía, de algún modo cada sujeto decide, se elige.
¿Pero qué ocurre cuando falta esa ley que prohíbe ese goce absoluto? Es más, ¿qué ocurre cuando la ley no prohíbe sino que autoriza ese goce sin límite?. Cuando la ley edípica que decía “Esa mujer no es  tuya”, “ninguna mujer es tuya” se transforma en un “tienes derecho a gozar de la vida por encima de todas las cosas, tienes derecho a un goce imposible cueste lo que cueste”, “tienes derecho a abusar, agredir y violar, no porque la mujer sea tuya, sino porque puedes destruir cualquier objeto que se interponga entre tu y tu goce pleno”. Esto es precisamente lo que Badiou identifica como uno de los peores síntomas de nuestro siglo y le da el nombre de pasión por lo real. Y es algo que se ha puesto de manifiesto en la sentencia que la Audiencia Provincial de Navarra ha dictado hoy. No se trata de que los jueces no hayan sido suficientemente duros en su sentencia, puesto que la cuestión aquí no es lo que se prohíbe, sino lo que se autoriza. ¿Y qué se autoriza? Se autoriza la violación. Pero conviene pensar esto con cuidado: aquí no está ya el clásico machismo burgués que legislaba acerca de los modos en los que la mujer era una posesión del hombre; tal vez si estuvieramos en ese caso la sentencia habría sido más dura, incluso ejemplarizante, pues los acusados habrían cometido un atentado contra la propiedad privada, la de un padre, un esposo o un novio que, en ese caso, sería el verdadero agraviado.  Aquí se ha producido una mutación porque la ley ya no prohíbe, sino que autoriza. Autoriza a la desaparición del Otro, a su conceptualización no como Otro, sino como una experiencia de goce, un objeto de consumo, una excusa para la propia realización como sujeto puro de satisfacción. El Otro ya no es un Otro, y cuando digo Otro digo sobre todo la mujer, sino una excusa para el propio goce solipsista y masturbatorio de cada sujeto único. Por eso está tan mal elegido el nombre de La manada para el grupo de violadores de Pamplona. Una manada es un grupo en los que unos cuidan de otros, y estos tipos son sujetos aislados, solitarios, egóticos, centrados en el puro goce onanístico y mediocre de sus cuerpos, para los que los otros no son más que la excusa de su propio disfrute organizado y repetitivo. Sus vidas son pura pornografía, pues importan poco las caras que tienen delante mientras ellos ocupen la posición absoluta del espectador que es a la vez el propio actor, actor y espectador al mismo tiempo.
Eso ocurre cuando la ley que abre el espacio del deseo desaparece en favor de la autorización plena y absoluta del goce de un sujeto solitario y egocéntrico. En aquella el individuo estaba obligado a buscar, desde su propio vacío constitutivo, su lugar en el mundo. En este caso, la prescripción de un goce imposible inhabilita al sujeto a experimentar la falta, la debilidad, la fractura de la propia existencia, pues cada uno se sumerge en la búsqueda de un goce cuya única regla es que no hay límite. No hay límite porque es una posición en sí misma imposible: ninguna experiencia es suficiente, ningún encuentro es significativo y ningún objeto es sagrado. La relación sexual ya no necesita de mediación: el amor, la ternura, la pasión, el cuidado, ya no son universos simbólicos que puedan mediar entre Uno y Otro porque ya no hay Otro. Y sin pantalla que medie (y vele) el encuentro es directamente con lo Real, con la brutalidad más absoluta y descarnada. El drama de esos tipos posiblemente sea que su única forma de gozar ya sólo pueda ser mediante una violación compartida de una adolescente en un portal.
Y el problema es que, aunque se repita una y otra vez, este no es ni va a ser un caso aislado. La sentencia del Tribunal no ha inventado la ley, ésta ya existía autorizando a la manada el día de la violación (y a muchas otras manadas), pero sí es verdad que la hace pública, aumentando su performatividad. Queda así establecida la “nueva” jurisprudencia:  Violar está permitido.