espacio de e-pensamiento

miércoles, 10 de abril de 2019

Alfabeto filosófico IV
Borja Lucena

Se trata de superponer dos niveles heterogéneos, el de la norma y el del caos, como si se tratara sólo del juego caprichoso de introducir un orden en lo que por sí no lo tiene. La rutina de los diccionarios. Transcribiré en el inflexible orden alfabético una serie de pensamientos, citas -sobre todo citas- u otras cosas inverosímiles que he ido apuntando al ritmo de lecturas, de conversaciones, de encuentros y desencuentros más o menos azarosos. 

Pero, en realidad, un diccionario constituye una de las formas más poderosas de apresar y sintetizar el universo de lo real, de jugar el juego del ser. Alinear un conjunto de palabras de acuerdo con la necesidad de un orden, pero abandonando cada una de ellas al albur del acaso y la contingencia, de modo que, en su sucesión, la previsibilidad de lo por venir en el orden alfabético se acompañe del absurdo en el sucederse de los significados. 

En el orden y la arbitrariedad de los diccionarios se da de manera inmediata e irrevocable la marca ontológica de todo lo que acontece, como si esa mezcla  de necesidad y contingencia, de orden y desorden, fuera el juego mismo que la vida, el mundo, la realidad juegan.



ACCIÓN: El respecto de la acción cobra en Hegel un status ontológico propio y diferenciado que distingue cuidadosamente los campos del ser y del actuar. De acuerdo con su posición, la negatividad conforma ambos campos, pero de formas diversas: en el ser posee la forma de la determinidad, es decir, la actividad de determinar cosas que niegan y ponen límites a cada una de las demás cosas que pueblan el espectro de lo que esta ahí. La actividad negativa sólo se presenta como un residuo, lo que ha quedado de la actividad de negar: sólo cosas que se limitan mutuamente determinando un ámbito propio y solidificado. La acción, al contrario, no toma esa forma cósica de determinidad, sino que es ella misma negatividad, la actividad de negar cualquier contenido fijo y la solidez de las determinaciones ya existentes. “La negatividad sólo es determinidad en el ser; pero el obrar no es en sí mismo otra cosa que la negatividad”. Hegel, Fenomenología del espíritu, V.C.a. El reino animal del espíritu y el engaño o la cosa misma 


BURGUESÍA: En la relación que establece la autoconciencia con el poder ella se encuentra con que lo que de primeras sabe -que en la comunidad y sus instituciones se encuentra su propia esencia- se ve refutado por darse en la forma de una universalidad que sólo es tal por suprimir el lado de la individualidad. La comunidad y su poder atesoran lo universal que es esencial a la autoconciencia, pero en una forma que diluye lo característico y particular del individuo; por esta razón, esa universalidad está aquejada del carácter tiránico de lo abstracto y no satisface al individuo en cuanto tal ni supone una real colmatación de su propio e insustituible ser: “(…) encuentra en el poder del Estado su esencia simple y su consistencia simple en general, pero no encuentra en el poder del Estado su individualidad como tal, es decir, encuentra su ser-en-sí pero no su ser-para-sí”. Sin la introducción del principio de la particularidad individual, lo universal del Estado se modela como represión de lo característico, como opresión de una autoconciencia obligada a dar la espalda a las exigencias de su cuerpo y alma individuales: “(…) en el poder del Estado encuentra más bien negado su hacer en cuanto hacer individual y [lo encuentra] sometido a obediencia”. La verdad de la burguesía, la verdad de la idea política y ética de la buena vida burguesa, se encuentra en esta reivindicación de la particularidad, esta revuelta contra el poder universal que opera arrollando las expectativas de realización y felicidad del sujeto individual. El sujeto burgués supone la realidad de ese sí mismo descentrado respecto al centro del poder, ese sí mismo expelido de lo universal, ese sujeto para el que lo universal no puede resultar satisfactorio por excluir la individualidad y sus fines y que, consecuentemente, busca la satisfacción por este lado: “Ante ese poder, pues, el individuo se ve reflectido en sí; el poder del Estado es para él el poder que lo reprime y, por tanto, lo malo; pues en lugar de ser lo igual, es lo absolutamente desigual a la individualidad”. Si lo universal refrena y reprime a la individualidad, ésta se vuelve hacia aquello que potencia e intensifica su sentimiento de sí y que promete hacer de cada uno un sí mismo pleno: “La riqueza [der Reichtum] (…) es lo bueno”. La riqueza, tal y como es instituida en el imaginario burgués, “tiende al goce universal, se entrega y procura a todos la conciencia de su sí mismo. La riqueza es bienestar universal en sí”. La conciencia burguesa, de acuerdo con esto, es la que capta la promesa presente en la riqueza, la esperanza en la plena realización del individuo a través del surtido de todos los bienes que erradican los obstáculos en el tránsito hacia la realización del sí mismo; además, esta promesa posee también la fe del infinito, la confianza en que lo esencial de la riqueza es la ausencia de límites y la capacidad de alcanzar la satisfacción de todas y cada una de las necesidades a pesar de que, contingentemente, no satisfaga todavía a todos: “(…) esto constituye una contingencia [eine Zufälligkeit] que no menoscaba para nada su esencia necesaria universal, que es comunicarse a todos los particulares y ser una donadora con miles de manos”. Aquí se enuncia, en suma, el ideal que soporta la frenética carrera por la multiplicación de los bienes, la fe desesperada en la productividad del trabajo y la maquinaria industrial: la riqueza, por su propia esencia, es algo que puede ser ilimitadamente multiplicado hasta satisfacer a todos, es la generosa donadora capaz de realizar una universalidad centrada en el individuo, en cada uno de los individuos, y que hace efectivo lo universal porque se puede extender sobre cada uno de los puntos que conforman el plano de la realidad social sin sofocarlos, como hace el poder del Estado. Esta fe en la riqueza la encontramos en la institución imaginaria de la sociedad de origen burgués. Tanto en Adam Smith como, en distinta forma, en Marx. Hegel, G.W.F., Fenomenología del espíritu, VI.1., El mundo del espíritu extrañado de sí, a., La cultura y su reino de la realidad.


COHERENCIA: “(…) Algunos aprecian la coherencia o congruencia como una prueba de honradez en la conducta o como una garantía de verdad en el razonamiento, pero, al cabo, tiene un punto de vanidad estética: vale poco más que la rima, pero es mucho más peligrosa”. Sánchez Ferlosio, R., Campo de retamas.


 DESEO: “(…) el deseo no es realmente tan interesante como pretende figurar. Lejos de ser ilimitado en sus posibilidades, las sorpresas emanadas del deseo son siempre las mismas, siempre predecibles y calculables”. Girard, R., Things Hidden since the Foundation of the World. 

ESPACIO-TIEMPO: “Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo”. Borges, J.L., El libro de arena.


FLEXIBILIDAD: “(…) el término flexibilidad se usa para suavizar la opresión que ejerce el capitalismo”. Sennet, R., La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo.


GOBIERNO: “Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos”. Borges, J.L., El informe de Brodie, prólogo.



HISTORIA: “La historia es mejor escribirla que vivirla”. Amat, J., La conjura de los irresponsables


ILUSTRACIÓN: En sus años de Tubinga, Hegel comienza a formular una crítica a la superficialidad de la Ilustración, en contraposición a la verdad de lo religioso: “Si una religión ha vinculado una eternidad a algo perecedero, y la razón, reteniendo sólo lo perecedero, clama: ¡superstición!, es su propia culpa haber procedido superficialmente, inadvirtiendo lo eterno”. Fragmento de Tubinga, citado en: Ripalda, J.M., La nación dividida.


JUNIO: Por junio pasa la noche de puntillas. 


LIBERACIÓN SEXUAL: “Es chocante comprobar que a veces se ha presentado la liberación sexual como si fuera un sueño comunitario, cuando en realidad se trataba de un nuevo escalón en la progresiva escalada histórica del individualismo. Como indica la bonita palabra francesa ménage, la pareja y la familia eran el último islote de comunismo primitivo en el seno de la sociedad liberal. La liberación sexual provocó la destrucción de esas comunidades intermediarias, las últimas que separaban al individuo del mercado. Este proceso de destrucción continúa en la actualidad”. Houellebecq, M., Las partículas elementales


MAL (Y PERDÓN): El mal es irremediable en su existencia. El hombre no es, exclusivamente, un ser universal, sino que todo en él se sitúa en el terreno de la particularidad y tiene allí su morada. Esto quiere decir que siempre hay algo, en lo que obra, de lo que puede predicarse el mal. Pero no por ello la inacción lo libra del mal, como muestra el caso del alma bella. La no-acción del alma enjuiciadora es también forma de la acción. Hagamos lo que hagamos, en consecuencia, obramos mal, y retirarse de la acción no redime de los males de la acción. Mal y ser humano son indisociables. Sólo las piedras son inocentes, nos dice Hegel. La tematización del mal al final del capítulo VI de la Fenomenología transmite una lectura filosófica de la caída y el pecado original, pero, a la vez, la pretensión (teológica) de asumirlos y apuntar a la restauración de una comunidad para la cual no sean obstáculos insalvables. La confesión y el perdón de los pecados son los únicos modos de restañar la condición abyecta, caída, de toda acción y vivir humanos; sólo en el perdón, como también recoge Hannah Arendt, podemos librarnos del peso insoportable del pasado para iniciar cosas nuevas. El perdón corta la cadena de hierro de las consecuencias y emancipa al sujeto de sus acciones pasadas, hace soportable la caída; lo asume como miembro de una comunidad de seres que actúan y siempre, quieran o no, hacen mal. Es el alma bella –la que niega el mal y se aferra a la inocencia como una posibilidad propia- la que en el momento crucial se niega a perdonar y, con ello, da la espalda a los otros, a lo común, al espíritu. El mal no invalida para el espíritu, pero sí la inocencia: “(…) esa conciencia no se percata de que el espíritu, en la absoluta certeza de sí mismo, es señor de todo acto y de toda realidad y puede sacudírselas y convertirlas en no-hechas, en no-sucedidas”.
     La comunidad se funda en el perdón, en el reconocimiento del pecado. El movimiento paradójico de la reunión de los hombres en una comunidad es que el hacer tiene que ser perdonado, pero también el no hacer; unos piden perdón por haber actuado, pero otros han de pedirlo por no haberlo hecho. La pureza e inocencia del alma bella, su obsesión por no hacer nada malo y en execrar al que actúa por caer en el mal, resultan en una completa inversión de las posiciones: en última instancia, Hegel muestra que son el negarse a actuar y la tozuda negación a reconocer la acción de los otros los que obstaculizan la realidad del espíritu: “Es, pues, ella misma la que entorpece el retorno del otro desde el obrar de la existencia a la existencia espiritual del discurso y la igualdad del espíritu, produciendo con esta dureza la desigualdad todavía dada”. Hegel, G.W.F., PhG, VI. C.c. La certeza moral, el alma bella, el mal y su perdón.


NOVEDAD: “Y la reserva de novedad es el pasado, no la utopía”. Mate, R., El tiempo, tribunal de la historia.


ONTOLOGÍA: “Ni la ontología medieval ni la antigua cuestionaron lo que significa el ser mismo”. Heidegger, Ser y tiempo, §20. 


POLICÍA: "Los hombres matan, la poli abate”. Sánchez Ferlosio, R., Campo de retamas


REVOLUCIÓN: En Tocqueville, en Furet, la Revolución es un episodio de la historia del absolutismo, cuya teología política, a la vez, interrumpe y prolonga. Tocqueville evoca el escrito de Mirebau al rey de Francia en el que afirma que la igualdad de todos los ciudadanos haría más sencilla la extensión homogénea del poder del Estado. “La centralización suministra la bisagra entre el Ancié régime y la modernidad revolucionaria (…) En la hipertrofia de la monarquía descansa el germen de la nación igualitaria moderna”. En definitiva, la conclusión asoma como un fantasma que gobierna la política estatal y estatalista moderna: el primer actor de la revolución no es Robespierre, no es Rousseau. Es Richelieu. Cf. Comay, R., Hegel and the French Revolution.  


SACRIFICIO: “La primera etapa [en el destierro del sacrificio y el mecanismo de la víctima propiciatoria] es la transición desde el sacrificio humano al animal en el llamado período patriarcal; la segunda, en el Éxodo, es la institución de la Pascua, que acentúa la comida compartida (…) y difícilmente puede ser concebida como un sacrificio en el sentido apropiado del término; la tercera está representada por el deseo de los profetas de renunciar a toda forma de sacrificio, lo que únicamente es realizado en el seno de los evangelios”. Girard, R., Things Hidden since the Foundation of the World.


TRABAJO EN EQUIPO: “El trabajo en equipo es la práctica en grupo de la superficialidad degradante”. Sennet, R., La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo


UNIVERSAL: “(El universal real) Te equivocas si dices: ´esa liebre huye de mí´, pues lo que realmente ocurre es que la liebre huye del hombre. Sánchez Ferlosio, R., Campo de retamas.  


VALOR:        ¡Quién fuera diamante puro
                                   -dijo un pepino maduro.
                                   Todo necio
                                    confunde valor y precio”. 
                                                                       Machado, A., Juan de Mairena, XXII.


YO: “Me gustaría creer que el yo es una ilusión; pero eso no impide que sea una ilusión dolorosa”. Houellebecq, M., Las partículas elementales.