Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo
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martes, 22 de julio de 2014

Tres breves.
Borja Lucena.



I

La historia es una maestra de virtud a la que gusta enseñar a través de contraejemplos.


II

Nadie sabe qué le deparará el pasado.



III

Con el aire acondicionado, los hombres han inventado el modo de hacer permanentes los tormentos del invierno. 

domingo, 3 de octubre de 2010

Un nuevo feacio

Os presento a un nuevo feacio. Por ahora, a falta de las habilidades de la escritura, se limitará a prestar alegría a su padre a la hora de seguir en esta isla loca y maravillosa.
Tan feacio nos ha salido que estuvimos a punto de llamarle "Odiseo", pero, finalmente, encontramos como nacido para él el nombre de "Hernán".
"En la propia naturaleza del comienzo radica que se inicie algo nuevo que no puede esperarse de cualquier cosa que haya ocurrido antes. Este carácter de lo pasmoso inesperado es inherente a todos los comienzos y a todos los orígenes. (...) Lo nuevo siempre se da en oposición a las abrumadoras desigualdades de las leyes estadísticas y de su probabilidad, que para todos los fines prácticos y cotidianos son certeza; por lo tanto, lo nuevo siempre aparece en forma de milagro. El hecho de que el hombre sea capaz de acción significa que cabe esperar de él lo inesperado, que es capaz de realizar lo que es infinitamente improbable. Y una vez más esto es posible debido sólo a que cada hombre es único, de tal manera que con cada nacimiento algo singularmente nuevo entra en el mundo."

La condición humana


"(Initium) ergo ut esset, creatus est homo, ante quem nullus fuit" ("para que hubiera un comienzo fue creado el hombre, antes del cual no había nadie")
San Agustín

sábado, 3 de abril de 2010

Cuatro aforismos.
Borja Lucena

1. La naturaleza es la potencia de crecer, y eso es lo que deja ver el arte como su falta. El arte es incapaz de ser desnuda naturaleza porque en última instancia no puede dejar de ser cosa. Existe ese gran abismo que intenta ser salvado a través de las imágenes, los significados y las metáforas; la metáfora, por ejemplo, hace crecer las cosas, pero nunca tiene raíces que la alimenten y la agarren al suelo. Sustituye las raíces por el suelo fértil de la fantasía, pero eso exige ya el concurso de un alma que morirá. El arte que más se acerca a la potencia natural de crecer es la música. Pero la música también muere.

2. Lo sospechoso de tantos poemas dedicados a la muerte es que están escritos para que los lean los vivos.

3. Lo fraudulento del discurso dirigido contra la política de guerra sin cuartel al terrorismo: donde el pacifismo fundamentalista ve una obsesión por la seguridad no está más que contemplando la proyección de sus propias fijaciones, pues no hay nadie más enfermizamente aferrado a la seguridad que aquel que desiste incluso de luchar por lo que legítimamente le pertenece.

4. El trabajo del psicólogo es injustamente denostado, cuando es quizás el más difícil que nadie pueda afrontar: procurar hacer soportable una vida sin Dios.

martes, 6 de octubre de 2009

Paisaje con girasoles.
Borja Lucena

El sábado tomé el tren en Soria para pasar unas horas en Madrid. Crucé las llanuras interminables mientras el sol se desplomaba sobre el horizonte y bañaba el mundo en su luz anaranjada. De vez en cuando, un pueblo minúsculo y triste -con sus casas ruinosas, sus chopos otoñales, sus calles polvorientas y desoladas- se dejaba ver entre los campos, fugaz como el temblor de un astro. Enseguida, como tiempo que huye, el tren pasaba y sólo había ya vegetación y la tarde que caía.

Atravesar Soria, como recordé en el tren, es contemplar la hecatombe de sus pueblos, museos de una vida abandonada. Pero además de ésta, otra agonía consiguió llamar mi atención. Si la visión de las aldeas desde el tren fue momentánea y fugitiva, tuve tiempo para observar sin prisa el transcurso de cientos de campos de girasoles que expiraban bajo la tarde de otoño. Las pobres plantas se hacinaban unas junto a otras, alineadas geométricamente frente a la nada; su color había ya desaparecido, y las otrora flores eran sólo capuchones negros y callados inclinados hacia el suelo.

Al pisar de nuevo la estación de Chamartín, al inmiscuirme otra vez en su ajetreo y su iluminada intrascendencia -¡bendita intrascendencia!- iba yo embargado en el pensamiento de los girasoles: ¿de dónde sale tanto girasol y por qué alguien pone tanto esmero en cultivar lo que ha de dejar pudrirse al capricho de los elementos? Sé, como todos sabemos, que estos campos inmensos de girasoles se cultivan con el único objeto de recibir "ayudas" -"ayudas" para instaurar un medio artificial en el que algunos puedan persistir a costa de los demás, o, también, para que otros exhiban su nuevo cuatroporcuatro los fines de semana por la capital-. La hecatombe de los girasoles, su abandono y olímpico descuido, se me antojaron, por eso, una imagen fantástica de la rara virtud de las subvenciones, la de condenar a la ruina aquello que, supuestamente, pretenden cuidar y mantener en la existencia. Si el estado paternalista se ofrece a conservar la vida y tareas del campo, su intervención provoca una desecación continuada y gélida de lo que quizás antes fue existencia auténtica; si irrumpe para salvar, condena. El estado instaura la colosal ficción del cultivo de girasoles y evita así cualquier actividad verdaderamente productiva -dotada de vida- que no quepa en sus planes quinquenales. Si acabáramos con estas subvenciones obedientes al cálculo -al cálculo, por poner un ejemplo, de que Soria ha de hibernar para que Valladolid viva- ¿No abriríamos al menos la posibilidad de una vida menos tramposa y pálida, lejana a la impostura y el adocenamiento?

Donde empieza el estado termina el hombre, decía Nietzsche, y es que en la convicción de que el estado ha de amamantar y proteger a los hombres reservándoles del peligro de lo vivo, del riesgo de lo presente, se muestra una vez más la descomunal desconfianza hacia la libertad y la incertidumdre contenida en una parte importante del pensamiento occidental y, particularmente, del pensamiento político. Muchos -como Nietzsche, como mi querida Hannah Arendt- avisaron de lo que nos jugamos al convertir al estado en destino; aquí, por ejemplo, tenemos una provincia que se muere porque las arcas públicas pagan a sus habitantes para que, como a los girasoles, la dejen morir.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Apunte de un atardecer de otoño.
Borja Lucena Góngora

El sol de septiembre se hunde entre las ramas inciertas del atardecer. La noche se anuncia ya en señales premonitorias y acerca la amenaza de su oscura venida; las sombras se alargan, se ensanchan, engrandecen su reino quitando a las cosas su nombre. El mundo se estremece en silencio, porque toda noche parece ser la primera y puede ser la última.

martes, 24 de febrero de 2009

Tomás de Aquino y el sol de la tarde

Hay días de febrero que simulan ser primavera; días en que el viento, misterioso e invisible, agita las ramas de los árboles aún insensibles como si tratara de despertarlos de su prolongado letargo. Hoy, un día de esos, me he sentado a los pies del fragmento más digno de muralla de Soria y he recibido el sol de la tarde como una promesa de algo indeterminado pero bueno. A mis pies el Duero murmuraba cosas ininteligibles.

Situado en medio del mundo, he abierto la Summa Contra Gentiles y he leído algunos capítulos. Envuelto en la serenidad y la calma he vuelto a pensar que lo que me admira de Santo Tomás -a pesar del carácter extraño que para mí presenta buena parte de su filosofía y sus especulaciones teológicas sobre los ángeles y las formas separadas- es la pasión por penetrar la consistencia del mundo, en cualquiera de sus grandes o mínimos fenómenos. Nada nos dice de él mismo, y el mundo es respetado por un yo que todavía no ha adquirido las monstruosas dimensiones del sujeto moderno.

El "Yo" moderno, frente al humilde agradecimiento por la simple existencia de las cosas, es insaciable devorador, anulador de realidades, triturador de presencias que no se identifiquen con los instrumentos que sirven a su ansiedad por suprimirlo todo. De ahí el carácter asfixiante y oscuro de buena parte de la filosofía moderna, que levanta ideales pálidos para usurpar el lugar de las cosas iluminada por el sol. Para Tomás de Aquino, al contrario, lo maravilloso no es su yo, que no aparece; lo maravilloso es el mundo inacabable y las fuentes del ser de las que brota. El mundo es irreductible al deseo, siempre lo desborda y lo mantiene encendido, porque ése es el deseo más poderoso, más invencible: el de conocer sin suprimir. Un deseo que impulsa al conocimiento de una realidad que no puede agotarse. Los dos polos cuya separación irremediable permite la apertura de lo que, propiamente, llamamos "vida": realidad y deseo.
Por esta razón tan sencilla, por esta bendita ingenuidad y mundanidad, me gusta leer a Tomás de Aquino.

lunes, 31 de marzo de 2008

Tiempo y soledad en Peñalcázar


Peñalcázar fue fortaleza mora, después cristiana. Situada en tierra de frontera, en el extremo del Duero, su destino se atuvo a la arbitrariedad de los lances y las batallas de un tiempo dudoso. Algunos historiadores han localizado en ella un "Alcócer" perdido en las páginas del Myo Cid, pero otros, basándose en estudios similarmente hipotéticos, se han encargado de negarlo rotundamente. Durante siglos germinó allí una vida ahora irreconocible; tuvo decenas de casas y una magnífica iglesia cuyo campanario dominaba la basta llanura y sobresalía por encima de las cada vez más inútiles murallas. El tránsito de los siglos, sin embargo, fue agotando el sentido de lo que acontecía en sus calles, y un día, como un signo irrefutable, se desplomó la primera techumbre. Los vecinos fueron menguando como mengua la luz del atardecer, de manera imperceptible pero necesaria. En la década de los setenta, los últimos que abandonaron el lugar se esforzaron por tapiar y sellar puertas y ventanas; así pretendían evitar que nadie entrara en sus casas abandonadas, pero dejaron allí a nadie. Y el tiempo lo invade todo. Las murallas, las paredes, los arcos góticos, las molduras se han ido desdibujando desde entonces, y el paisaje urbano se fue deshumanizando para dejar lugar a la maleza y las alimañas que desordenan los muros caídos. Sólo los buitres contemplan hoy la interminable estepa rendida a sus pies y nadie les planta ya batalla por su posesión.

Decenas de pueblos sorianos, como Peñalcázar, abandonados al desquite de la naturaleza; extensiones incalculables de las que se retira toda forma humana que no sea la del tractor y la carretera rural casi siempre silenciosa. Soria es, de esta manera, la región más despoblada de Europa occidental; según los parámetros demográficos, Soria es literalmente un desierto. Un bello desierto abandonado al tiempo y la soledad.

martes, 11 de marzo de 2008

Análisis político.

Lo voy a exponer con claridad meridiana. Por mi querencia a buscar en mis actos siempre el bien común, hecho que suele ser más efectivo cuanto más me preocupo en perfeccionarme a mí mismo en vez de a mis semejantes, lo diré, España se me queda chica; por muy contradictorio que parezca, cuanto más chica se me queda España, más grande me parece mi barrio, y enorme la comunidad de propietarios en la que resido. Algo parecido me ocurre con la humanidad: cada vez que me acerco a ese ente, menos relevante me parece frente a lo humano, cualidad que me desborda y termina sobrepasando.

Asisto en el Auditorio a la representación de la misa alemana de Brahms junto a un público de ancianas que se quedan dormidas al primer compás (al segundo, no exageremos). Este evento, que consta de tres representaciones, no volverá a repetirse quizás en décadas; da igual, la sala presenta un buen notable número de butacas vacías. Con esta motivación, las cuerdas y los metales cumplen su función y el coro, más animado, se esfuerza... pero no hay color ni motivación. La prensa no se hace eco, no hay análisis pormenorizado, ni siquiera un comentario social del asunto.

Me resisto, al día siguiente, a comprar dos entradas para ir a ver La vida es sueño; pienso en las afinidades entre Velázquez y Calderón mientras sufro con indolencia un atasco provocado frente al Santiago Bernabeu debido al colapso de un derby futbolístico. Pienso en Séptimo Severo, en Agripa... Observo la legión de aficionados que en orden y algarabía creciente discurren entre el tráfico automovilístico hacia el estadio con sus figuras poco atléticas, desfondadas y risueñas.

Estoy en casa, con un libro entre las manos que acaba de tirar por tierra todo lo que hasta ahora tenía por sentado; me pregunto cómo es posible que me haya dado cuenta de que el libro y no yo está en lo cierto; mi mujer está algo triste porque dice que llevo todo el día ignorándola, sentado en el sofá sin hacer nada..., y cómo le explico yo... La calefacción vuele a hacer ruido y tengo que purgarla, llevo purgándola una semana y no para de hacer ruido.

Una furgoneta en doble fila me impide mover el coche; he desistido tras cinco minutos tocando el claxon. En el vagón del Metro una anciana le recrimina al joven que está a mi lado que no le ceda el asiento, y el joven termina por ofrecérselo. El olor de la anciana me provoca una náusea..., y complejo de culpa.

Trabajo duro; observo la faena y pienso en llegar a casa, en ponerme una cerveza, besar a mi mujer y poner el oído en su tripa, por si escucho el latido del niño que lleva dentro. Cuando llego a casa, me pongo una cerveza, beso a mi mujer, e intento escuchar el latido de mi hijo dentro del vientre de su madre. Se me han quitado las ganas de volver a trabajar, y al día siguiente, aprovechando la ausencia del encargado, me dedico a no hacer nada.

Es un restaurante caro en el que hemos decidido cenar este aniversario. La comida no es nada del otro mundo, aunque uno se siente agasajado por el servicio y el buen gusto con el que se ha decorado el comedor y por la calidad de la cubertería y la vajilla. El taxista que nos trae de vuelta a casa no para de hablar de comunistas y de catalanes: no sé lo que dice, pero ya estoy en contra suya.

Llueve; por una grieta en el tabique que hace de medianera con el bloque colindante se filtra el agua y me ha provocado una gotera en la pared de la habitación de matrimonio, justo al lado de la lámina de un pintor impresionista que compré en el Thyssen; la aseguradora de la finca no se hace cargo, la aseguradora del piso no se hace cargo...

Mi madre me recrimina que no quiera bautizar a mi futuro hijo, y yo no paro de reírme y de amenazarla con apostatar; esto me cuesta un mes de berrinche con mi madre y una agria discusión familiar; pero no pienso ceder.

Ha aparecido el cadáver de una prostituta en el parque del vecindario, cerca de un colegio público. Los asesinos ya no saben ni guardar la compostura y abandonan los cadáveres en cualquier parte; hasta que llega la policía, el barrio entero se arremolina frente a la víctima y descubre que no causa tanta impresión, como creían, ver a una muerta desconocida... en vivo.

Me acaban de pedir consejo a la hora de elegir una novela y les he dicho que no hay novela buena, que todas acaban por pervertir el ánimo. Conozco bien los recursos intelectuales de quienes me han pedido tal consejo, sé que sólo querían aparentar interés por mis conocimientos. Me he inventado un título, Las ironías del joven Gödel, de John Falstat; a ver qué me cuentan dentro de un par de meses...

En el mercado, todos intentan engañar a todos...; los pescaderos, vendiendo merluzas sin cabeza y sin ser merluzas; el señor de la chaqueta de pana y pañoleta al cuello, ante un compañero de la misma guisa, analizando el sonido de las sandías en busca de la más sabrosa; el nieto sisándole la vuelta a la abuela; en la cola de la pollería, la señora de los rulos en un descuido adelantándose dos turnos; en la bodeguilla, un albañil jugando en una tragaperras...

Termino mi turno en el trabajo y tengo por delante varios días de descanso. Los dedico a instruirme sobre España, la relación entre las distintas comunidades, del Estado con los ciudadanos, de los ciudadanos entre ellos; de Europa y Norteamérica, de Spinoza y los camboyanos supervivientes de Pol Pot. Leo en un libro que en una de las batallas napoleónicas, un batallón disciplinario de reconocimiento francés resistió sin apenas bajas el tiroteo y acoso de una buena línea de granaderos austríacos del cuerpo de avanzadilla del emperador del Danubio, con el que trabó contacto; al parecer, el batallón francés, compuesto de la morralla de la división, carecía de municiones, pues los carros de aprovisionamiento habían desaparecido la noche anterior entre el intrincado laberinto de cañadas de aquella región y nadie se había preocupado de abastecer a tal grupo de desarrapados; en tal situación, cerca de una granja a la que se habían acercado con orden de requisar y hacerse con toda la leña que pudieran, se toparon con los lustrosos granaderos de un cuerpo austríaco, que a saber qué harían por allí. Aunque andaban sin municiones, la misión no era tan importante como para notar tal falta, al menos hasta que se encontraron con aquellos aguerridos combatientes delante suyo; había que actuar con rapidez, y así se actuó: el oficial al mando de aquellas tropas había conseguido recuperar días antes del descalabro de la columna de aprovisionamiento una reata de mulas que transportaba buen y abundante coñac, que siempre llevaba cerca de sí para que no se perdiera tan delicioso licor. Viéndose en tal apuro, se dice que todo aquel coñac se lo habría ofrecido con gran generosidad a sus hombres, como prueba de camaradería y buenas intenciones, antes de disponerlos en orden de combate. Totalmente borrachos, pero firmes ante el enemigo, y sin darse cuenta de que nadie les había dado munición alguna, mostrando sus mosquetes como si fueran a disparar (algunos creían incluso que sí disparaban), los franceses mantuvieron a los austríacos sujetos al terreno, hasta que el capitán al mando de los granaderos, un joven aristócrata vienés, decidió que aquel punto era un terreno fuertemente defendido y que lo mejor era retirarse a una loma, quinientos metros hacia la retaguardia, y esperar una carga de algún escuadrón de caballería, que nunca apareció. Ninguno de los franceses, tras la escaramuza y al volver a la sobriedad, se le ocurrió maldecir al oficial que con tal crueldad les había puesto en tal amenaza de muerte, sin munición alguna con la que replicar al enemigo. Cuando la noticia llegó al cuartel general de la división a la que pertenecían aquellos soldados, se abrió un expediente disciplinario y se inició una investigación para depurar responsabilidades ante tal hecho y osadía, indigno de un oficial francés; de lo que se sabe, el oficial abogó en su defensa que sus hombres estaban poco instruidos y eran altamente indisciplinados y que el hecho de que no tuvieran munición era una circunstancia sin importancia pues: “con tan mala puntería como tenían, no habrían acertado nunca en ningún austríaco”. También se dice que el oficial fue degradado y encarcelado, pues la osadía no había consistido en arriesgar la vida de sus hombres de aquella manera, sino en la de haber desperdiciado un coñac tan bueno, que al parecer iba destinado a no sé qué mariscal de campo de Bonaparte...

CASANUEVA

martes, 1 de enero de 2008

Desde la Patagonia

Permitidme, amigos feacios, que irrumpa desde el reverso del mundo. O quizás el anverso. Aquí -en el hemisferio austral- todo se manifiesta de modo anómalo para mi acostumbrada mentalidad boreal. En la Patagonia el nuevo año irrumpe sin todavía haber caído la noche, y poco después ya comienza el amanecer a alumbrar el horizonte y los montes lejanos; el cielo nocturno se enciende de estrellas desconocidas y enigmáticas; el verano lo recorre todo mientras en la añorada Europa el frío sigue siendo una venerable tradición navideña. Parece que me encontrara ahora al otro lado del espejo.
La Patagonia es una estepa infinita y uno se siente por primera vez ante la magnitud temible del mundo. Sólo la empalizada de las pequeñas poblaciones -separadas entre sí por millares de kilómetros- ofrece el espejismo de esa genial ficción que es la vida ciudadana. Lo demás es espacio vacío habitado por pumas, calafates y tierra seca.
Los argentinos son europeos transplantados a un medio extraño y -a veces- hostil. Por eso, en medio de desiertos o selvas inabarcables, se encierran en ciudades calcadas a las de la vieja europa, como si así consiguieran conjurar las potencias descontroladas de la naturaleza austral. Bariloche, por ejemplo, es una ciudad construida de acuerdo con el modelo de las ciudades alpinas, aunque esté en los Andes y no los Alpes. Tan exacto es el calco que uno de los productos peculiares de la urbe es el chocolate. Una Suiza soñada. Toda actividad humana se aferra al vínculo europeo, y es probable que así sea para evitar el regreso a la naturaleza nada rousseauniana que amenaza por todos lados. En Europa la civilización es ya una segunda naturaleza que ha domesticado a la primigenia - que es sólo recuerdo y nostalgia-; aquí se siente todavía el aliento de la fiera y la lucha por la supervivancia en cuanto uno se aleja de las casas. Visto esto parece que la repetida tradición europea de despreciar a Europa y repudiar su civilización no proviene más que del lujo y la facilidad con que los hombres son allí criados. El resto del mundo se muere por ser Europeo, por reproducir en cualquier habitat el modelo europeo de la ciudad y el artificio. Por arrancarse a la tiranía de lo natural. Incluso el indigenismo no responde más que al modelo europeo de añoranza de unas raíces fabuladas. En el imaginario de todos los que habitan estas tierras desoladas del cono sur Europa parece ser -una vez más- sinónimo de civilización. ¿Es la única acepción?

martes, 6 de noviembre de 2007

Orden en el caos

Madrid, todas las mañanas, se sume en su caos y su ruido. A medida que el sol débil de noviembre ilumina dubitativo los resquicios del día naciente, el nuevo desorden irrumpe a través del grito de los motores, a través de la prisa que conmueve las calles o de los desperdicios repartidos por miles de vagones del metro. Todo empieza a funcionar como una máquina desajustada y torpe que rompe el sosiego de la noche. En el centro de la furia, rodeado de millares de coches, y de vendedores del cupón, y de funcionarios y mendigos, los muros del Jardín Botánico delimitan un espacio que -como única forma de supervivencia- se perpetra ante la ofensiva terrible de la realidad. Creyendo conservar el orden tras sus muros, el jardín no advierte que forma parte íntima del desconcierto que es la ciudad, donde todo convive en fantástica mezcolanza. Eso es la ciudad, el hábitat donde todo es posible; una infinita gradación que lleva de la miseria al esplendor, de la suciedad a la belleza, de la acción heroica a la desolación y el crimen; muchos tiempos y muchos lugares obligados a compartir un presente incierto.
A la hora del mediodía el sol ha adquirido fuerza y color y se filtra a través de las ramas despeinadas del Jardín; los paseos geométricos que lo cruzan, trazados con la fuerza y la constancia de un sueño, reflejan el claroscuro que los árboles vierten sobre el suelo. Las fuentes de piedra destellean por la caída comprensible de las hojas del otoño. Los plátanos, los castaños, los olmos se aparecen descoloridos por la cercanía del invierno y se rodean de los desperdicios de hojas y frutos que el verano dejó a su marcha. Los álamos muestran su imponente espalda flamígera. Todo se conjura para crear una realidad amable, bella y placentera, para inaugurar un reino alejado de lo urgente y lo deslabazado, pero también para advertir de su fragilidad.

Mientras, afuera, aumenta el murmullo hostigador del tráfico y se oyen voces y sonidos ininteligibles.