sábado, 26 de septiembre de 2026
Anhelar el futuro.
Garabatos en defensa de la esperanza.
Luna Abril Francoy
jueves, 20 de agosto de 2026
El sujeto de El Proceso
Eliot Polsak
1 Abril Acero, E., Olvidar a Dios. Introducción a la teología materialista de Slavoj Žižek., Dado Ediciones, 2026
domingo, 3 de mayo de 2026
La ciutat de les dames: una ciutat utòpica.
Marisa Zaragoza Linares
“Si las mujeres hubiesen escrito los libros, estoy segura de que lo habrían hecho de otra forma, porque ellas saben que se las acusa en falso” Cristina de Pizàn, (1399) Epístola al dios del Amor. Aquesta és una obra anterior i es l’antesala o el preàmbul a La ciutat de les dames.
“¿Qué dicen los nobles que, en contra de toda caballerosidad, atacan en tono vehemente a las mujeres? Que guarden silencio ahora y sepan que todo el arte militar que tanto les enorgullece, como disponer batallones en ordenadas filas, todo, hasta la armadura que llevan, se lo deben a una mujer. Si todos esos hombres que labran el campo, se alimentan de pan y trigo, y viven en ciudades conforme al Estado de derecho pensaran el provecho que recibieron gracias a las mujeres, ¿podrían permitirse condenarlas y depreciarlas como tantos hacen?” “Por supuesto que no, y me parece, Señora, que la filosofía de Aristóteles, que goza de tanta estima y con razón por su importancia para la inteligencia humana o la de otros filósofos no han aportado tantas ventajas a la humanidad como las invenciones debidas al ingenio de aquellas mujeres”
“A cuantas mujeres podemos ver, y tú conoces algunas, querida Cristina, que por culpa de la crueldad de un marido desgastan sus vidas en la desgracia (...) ¡Cuántas humillaciones, ataques, ofensas, injurias tienen que aguantar unas mujeres leales, sin gritar siquiera para pedir ayuda! Piensa en todas esas mujeres que pasan hambre y se mueren de pena en unas casas llenas de hijos, mientras sus maridos se enfrascan y andan vagando por todos los burdeles y tabernas de la ciudad. Y todavía, cuando ellos vuelven, ellas pueden recibir como cena unos buenos golpes. Dime si miento o si no es el caso de algunas vecinas tuyas”
domingo, 5 de abril de 2026
La revolución Grunge
En el 32 aniversario de la muerte de Cobain
Eduardo Abril
domingo, 29 de marzo de 2026
Variaciones apocalípticas.
Óscar Sánchez Vega
Gustavo Bueno solía decir que pensar es
siempre pensar contra alguien, y este lema, aplicado a este caso, significa que
lo que aquí expongo constituye una reacción a diversas afirmaciones formuladas
en aquella intervención. En otras palabras: sin el estímulo que supusieron las
ideas defendidas por mi amigo, este texto no habría llegado a escribirse.
No puedo hacer plena justicia, en tan
pocas líneas, a la brillante exposición que ofreció Eduardo. Sin embargo, como
necesito fijar el punto de partida de esta reflexión, comenzaré con una
clasificación que, aunque no coincide del todo con la que él presentó en su
conferencia, se inspira claramente en ella y se ajusta mejor al propósito de
este texto. Podemos distinguir, así, tres posiciones apocalípticas o
escatológicas: el apocalipsis mesiánico, el apocalipsis distópico y lo que él
llama escatología atea, una postura asociada a Žižek y asumida también por
Abril en aquella conferencia (en adelante, A&Z).
El apocalipsis mesiánico es aquel que
encontramos tanto en los primeros cristianos como en los movimientos comunistas
del siglo XIX y comienzos del XX. Este esquema de pensamiento se caracteriza
por la expectativa de un acontecimiento salvífico capaz de poner fin a una
época de sufrimiento y abrir paso al Reino de Dios: en el más allá para los
cristianos, o en la tierra para los comunistas; y, en cierto modo, también para
los fascistas del siglo XX y la ultraderecha contemporánea. En relación a esta variante apocalíptica coincido con Abril
en que el mesianismo de izquierda se halla en claro retroceso, mientras que el
mesianismo de derecha —como el promovido por QAnon— goza de una inquietante
vitalidad.
En segundo lugar, tenemos un apocalipsis
distópico en el que, por mi parte, señalaría dos variantes opuestas: el aceleracionismo y el apocalipsis
conservador.
Según los aceleracionistas (como Peter
Thiel y Nick Land), la única manera de evitar un Estado totalitario —que,
gracias al progreso tecnológico, estaría en condiciones de ejercer un control
absoluto sobre la población— consiste, paradójicamente, en impulsar ese mismo
desarrollo tecnológico. La idea es impedir que un único actor social, el
Estado, pueda monopolizarlo y emplearlo a su conveniencia. En otras palabras,
los aceleracionistas proponen otorgar libertad total a los magnates
tecnológicos para que desarrollen e implementen nuevas tecnologías como
consideren oportuno, sin ningún tipo de restricción.
La otra variante del apocalipsis distópico es un apocalipsis conservador que, de manera más coherente, pienso, sostiene que la mejor manera de evitar o al menos postergar la pesadilla distópica no es acelerar el proyecto tecnológico y capitalista sino, por el contrario, ponerle límites (esta es la propuesta de “echar el freno de emergencia”, que decía Benjamín).
El tercer tipo de apocalipsis es lo que
A&Z llaman una escatología atea, una especie de apocalipsis retroactivo
según el cual este ya tuvo lugar, aunque muchos no lo hayan percibido. Para
A&Z, la muerte de Cristo —es decir, la muerte de Dios— constituye el
acontecimiento apocalíptico definitivo e irreversible. Sostienen que el
auténtico cristianismo es aquel que asume plenamente esta catástrofe: un
cristianismo ateo que no busca atajos ni se refugia en fetiches destinados a
ocultar la ausencia de Dios. En síntesis, habitamos un tiempo postapocalíptico:
no existe Providencia ni salvación, estamos solos y abandonados, y deberíamos
tener el coraje de reconocer esta condición y actuar en consecuencia, inventado
nuevas formas de vivir que nos permitan habitar en la catástrofe en la que ya
estamos instalados.
Estos esquemas de pensamiento —o, si se
quiere, estas ideologías— de carácter apocalíptico se comprenden mejor, a mi
juicio, cuando se los contrapone con otras formas de interpretar el devenir
histórico que no comparten ese horizonte de catástrofe. Podríamos llamarlas, de
manera amplia, “filosofías de la historia” no apocalípticas.
Por un lado, encontramos el progresismo
heredero de la Ilustración, representado hoy por autores como Steven Pinker o
Markus Gabriel. Desde esta perspectiva, las visiones apocalípticas serían poco
más que pronósticos pesimistas, propios de espíritus excesivamente alarmistas o
atrapados en un imaginario arcaico. Para los progresistas ilustrados, la
historia constituye un proceso acumulativo de mejora: un avance sostenido en
términos éticos, científicos y políticos que, a pesar de sus crisis puntuales,
apuntala una trayectoria general de progreso humano.
En el extremo opuesto, pero igualmente
ajeno al apocalipticismo, se sitúa el humanismo conservador —con figuras como
Leo Strauss o Alasdair MacIntyre— que se muestra escéptico ante la idea de
progreso histórico. En esta corriente predomina la convicción de que, en última
instancia, “no hay nada nuevo bajo el sol” y que las sociedades tienden más
bien hacia una lenta pero persistente decadencia moral y cultural. Desde esta
óptica, las dificultades del presente no requieren expectativas revolucionarias
ni profecías de colapso, sino una recuperación reflexiva de los valores,
virtudes y modelos normativos del pasado, en la medida en que sigan siendo
aplicables a nuestro tiempo.
Pues bien, y aquí llego al punto que me
interesa destacar, la escatología atea, que defienden A&Z, constituye, a mi
modo de ver, una variante de pensamiento no apocalíptica. La tesis central que
me atrevo a sostener aquí es que toda auténtica actitud apocalíptica surge de
la angustia que provoca la anticipación del porvenir: lo apocalíptico define a
un sujeto sometido a una tensión psicológica derivada de la expectativa de un
futuro inquietante. En este sentido, cualquier apocalipsis solo puede ser una
variación del Apocalipsis de San Juan: el anuncio de una catástrofe venidera.
Si, como afirman A&Z, el apocalipsis ya ha tenido lugar, entonces deja de
ser tal, pues la esencia misma de lo apocalíptico reside, creo yo, en
proyectarse hacia el futuro. De haberse consumado ya la desgracia, el estado
emocional de los sujetos postapocalípticos sería radicalmente distinto del de
quienes creen que lo peor está aún por llegar. La consecuencia ética y política
coherente con este pseudoapocalipsis retroactivo sería la que en su día
sacaron las escuelas helenísticas: una retirada de la vida pública y un
repliegue hacia el Jardín. Se trata, sin duda, de una posición sensata, pero
nada apocalíptica.
Ha llegado el momento de asumir una apuesta personal. Si no hago propia la propuesta de A&Z, si no creo en ella (pues, como señala Eduardo Abril, estamos ante posiciones religiosas, donde antes se “cree” que se “argumenta”), entonces me corresponde explicitar cuál es realmente mi postura. Dentro de esta tipología, mis inclinaciones —o, con mayor precisión, mis inquietudes y aprensiones— se alinean con el apocalipsis conservador. Esto es, la convicción de que nos enfrentamos a un escenario potencialmente catastrófico si no se adoptan medidas drásticas para evitarlo o, lo que es peor, que es probable que hayamos rebasado el umbral a partir del cual tales medidas resultarían efectivas. No es este el espacio adecuado para exponer de manera exhaustiva los fundamentos que sostienen dicha perspectiva. Además, debo reconocer que no dispongo de argumentos especialmente novedosos u originales. Mi posición se nutre, más bien, de las conclusiones a las que han llegado autores con mayor formación y capacidad analítica que la mía, entre ellos Antonio Turiel y Kohei Saito.
Antonio Turiel advierte que la humanidad
se dirige hacia un declive energético inevitable porque el petróleo, el gas, el
carbón y el uranio ya han alcanzado su cénit de producción lo que reducirá de
forma permanente la energía disponible y este problema no hace sino acelerarse
con la actual guerra de Irán y el cierre del estrecho de Ormuz. Además, no
podemos albergar demasiadas esperanzas en el desarrollo de energías renovables
porque estas no pueden sustituir por completo a los combustibles fósiles debido
a límites físicos, materiales y tecnológicos, incluyendo escasez de minerales,
intermitencia, estacionalidad y quiebras de fabricantes, lo que hace muy dudoso
un sistema 100% renovable capaz de sostener el consumo actual. Dado que el
crecimiento económico requiere más energía de la que el planeta puede
proporcionar, afirma que el decrecimiento será inevitable y que veremos una
regresión industrial, transporte más caro o racionado y una relocalización
forzosa de la producción. Frente a ello, propone prepararse para un estilo de
vida con menos energía, basado en tecnologías más sencillas y un consumo mucho
menor, como única vía para evitar un colapso más severo.
En la misma dirección que Turiel, pero
desde una perspectiva más filosófica, Kohei Saito afirma que el crecimiento
económico perpetuo es incompatible con resolver la crisis ecológica, porque el
capitalismo necesita expandir indefinidamente la producción y el consumo, lo
que agrava el cambio climático y destruye los sistemas naturales. Sostiene que
propuestas como los ODS funcionan como una distracción, pues no pueden
cumplirse dentro de una economía capitalista basada en la acumulación,
convirtiéndose en un “opio del pueblo” que impide ver que el problema es
sistémico y requiere un cambio profundo. Desde su lectura ecosocialista de
Marx, afirma que el capitalismo ha creado una “grieta metabólica” entre
sociedad y naturaleza, y que la única alternativa viable es el decrecimiento,
entendido como reducir la producción y el consumo, abandonar la lógica del
crecimiento del PIB y reorganizar democráticamente la economía priorizando los
trabajos esenciales que consuman menos recursos energéticos.
Retomemos ahora el punto de partida. Esta
postura ya había sido analizada y descartada en la conferencia que da origen a
este texto por Eduardo Abril. ¿Qué puede reprochársele a la posición
apocalíptica conservadora? Podría alegarse que no es realista, que pasa por
alto escenarios más optimistas vinculados a los avances tecnológicos o a una
posible toma de conciencia social capaz de impulsar un giro radical en las
políticas económicas y energéticas. Sin embargo, estos no son los
cuestionamientos que hacen A&Z. Su crítica se centra en que esta posición
encubre un goce perverso y, además, se sostiene sobre una concepción de la sociedad individualista
y conservadora.
Vamos por partes.
¿Por qué llamarla “perversa”? Porque,
según A&Z, encubre un goce: quien adopta esta postura disfruta íntimamente
de su saber, de su agudeza frente a la masa ignorante; en otras palabras, el
apocalíptico goza de la sensación de superioridad intelectual. Ahora bien, me
pregunto: ¿no es aún más perverso el goce que oculta la posición de la
escatología atea? Si, como señalan A&Z, el placer perverso nace de saber
algo que los demás ignoran, entonces esta definición encaja perfectamente con
aquel que afirma —a diferencia del resto— que la catástrofe ya ocurrió. Es más:
el goce del postapocalíptico es más puro, pues no está contaminado por el
miedo; al fin y al cabo, nada hay que temer del futuro si lo peor pertenece al
pasado. Desde mi perspectiva, hay cierto dandismo intelectual en esta postura
pseudoapocalíptica: si nada de lo que hagamos puede modificar lo ya sucedido,
entonces nada es verdaderamente importante. Quien está convencido de que el
desastre ha tenido lugar se regodea cínicamente ante los esfuerzos inútiles de
aquellos que aún lo apuestan todo a la esperanza de un futuro mejor.
La segunda objeción de A&Z consiste
en afirmar que esta postura encubre una actitud conservadora e individualista.
Como ejemplo, Abril señala la conducta final de los científicos en la película
Don’t Look Up. En cuanto a la acusación de conservadurismo, no queda más
remedio que asumirla como una tautología: efectivamente, una postura
apocalíptico‑conservadora es
conservadora por definición. ¿Cómo podría no serlo? Pero, ¿por qué calificarla
también de individualista? O, dicho de otro modo, ¿por qué habría de derivarse
una apertura ética hacia el otro más fácilmente de la postura
pseudoapocalíptica que del apocalipsis conservador? A mi entender, cuando se
abandona toda expectativa de futuro se desvanecen también las bases de la
fraternidad. Sin esperanza, el “otro” se vuelve irrelevante; su sufrimiento nos
resulta tan distante que deja de afectarnos. En este contexto, la actitud ética
más coherente y verosímil consiste en volcarse en “los otros” que son como uno
mismo, aquellos que comparten con nosotros una vida sin horizonte. Por el
contrario, una verdadera apertura hacia el otro solo puede surgir del
reconocimiento de un destino común: somos iguales porque el apocalipsis nos
iguala, porque el desastre que se avecina nos alcanzará por igual, porque tu
futuro está ligado al mío. Es, justamente, la mirada orientada al futuro (como
señalaba Arendt) la que habilita el espacio de la política y nos dispone a la
relación con el otro.
Por último, y para aclarar un posible malentendido que podría desprenderse del último párrafo, quiero señalar que la postura apocalíptica conservadora, tal como yo la entiendo, no es en absoluto una posición utópica. Se trata de mirar hacia el futuro y actuar de acuerdo con lo que nos muestran los datos del presente, con la esperanza de que el peor escenario pueda evitarse. Pero esto no implica ninguna forma de utopismo: no existe un Paraíso, ni celeste ni terrenal, que vaya a poner fin a nuestras desventuras. En realidad, todo se reduce a asumir de una vez que, cuando los indicadores advierten con claridad la posibilidad de un desastre —ya sea el avance del calentamiento global o el inminente agotamiento de los combustibles fósiles—, resulta una temeridad absoluta fingir que no pasa nada y continuar avanzando, de forma ciega, hacia el precipicio.
miércoles, 25 de marzo de 2026
Terreno cedido, poder ganado.
Borja Lucena Góngora
Freud, el pensador al que, mayormente, me refería al comienzo de estas líneas, nos advierte de que no hay odio comparable al que desatan las diferencias mínimas; es decir, que es en el seno de lo más parecido donde se dispara la obsesión histérica por separarse y distinguirse. ¿No observamos hoy en día esta misma fijación, esta metódica escenificación de contraposiciones irresolubles, esta constante exhibición de un enfrentamiento que opera sobre diferencias que apenas lo son? ¿Es posible que los contrarios estén diciendo básicamente lo mismo y, por esa razón pugnen con tan gran violencia por proyectar la imagen de una diferencia esencial? ¿No se ha convertido el terreno de la democracia liberal multipartidista en un dispositivo de generación y engorde del narcisismo de las pequeñas diferencias?
Si esto es así, conviene atender a la asombrosa unanimidad que, en lo sustantivo, reúne a la izquierda hegemónica con su pretendido archienemigo, el neoliberalismo. Y, lo que es quizás más importante, conviene también preguntarse a quién beneficia una situación en la que todas las diferencias políticas resultan ser el humo, más claro o más oscuro, más azul o más rojo, de lo mismo. Quizás sea la hora de dejar de lamentarnos por el auge de la ultraderecha y se trate, más bien, de intentar comprender cuál es el sentido de la rotunda efectividad de sus proclamas. Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere, que dijera Espinoza. Si observamos la agitada trifulca política de las dos grandes opciones que se disputan la designación oficial de “lo posible” , apreciamos que no hay diferencia o alteridad reales en lo tocante a las cuestiones de calado, sino, generalmente, variaciones en el énfasis o distintas modulaciones en el abordaje de cuestiones particulares (generalmente, demasiado particulares). La monotonía parece adornar un continuo que transcurre desde el neoliberalismo de derechas al neoliberalismo de izquierdas. Es esta continuidad la que, entre otras razones, explica el auge de las propuestas de extrema derecha: toda la potencia de la subversión y de la rebelión contra el sistema ha escapado a una izquierda oficial que, en general, repartiendo con profusión e insistencia las tinturas del capitalismo verde o las identidades de mercado, no puede ser vista más que como una parte del establishment. La izquierda oficial se desacredita de continuo al no ser capaz de sobrepasar el horizonte de un neoliberalismo de “rostro humano”, mientras que es la derecha, en sus distintas expresiones -tanto sistémicas como antisistémicas- la que recoge el beneficio. La alteridad real, en efecto, cae constantemente del lado de la derecha más auto-consciente y más lúcidamente sumergida en el centro de lo político. Si, tal y como mostró Castoriadis, la esencia de la política tiene que ver con la imaginación radical, no cabe duda de que la izquierda imperante ha renunciado, en general, a la acción y al pensamiento políticos como tales. La falla estructural, la dimisión decisiva se halla en la carencia de una imaginación que, al contrario, cierta derecha sí logra todavía ejercitar pro domo sua; mientras que la izquierda gubernamental es ya incapaz de imaginar cualquier orden social que no tenga como centro de organización al mercado, la derecha exhibe destellos deslumbrantes de imaginación que, nos guste o no, la incardinan en el campo de lo políticamente efectivo.; mientras la izquierda acepta la sociedad de mercado como el factum indiscutible de toda posibilidad y, a lo sumo, se plantea aliviar o mitigar algunos de sus efectos indeseados, la derecha parece capaz de inventar, de no conformarse con aquello que concibe como indeseable, de pedir lo imposible. Hoy en día, parece que sólo la derecha puede ser radical, y sólo ella atreverse a desafiar y re-definir lo posible, mientras la izquierda oficial se limita a lamentar lo necesario. Un gesto de contundencia, un gesto por el que lo inconcebible, lo que ayer parecía imposible, torna repentinamente a nutrir el campo de lo real; un gesto así, que mora en la esencia misma de lo político, está ausente del imaginario sin imaginación de la izquierda oficial, y abandona la iniciativa propiamente política a las nuevas derechas emergentes.
Artículo publicado en la revista Aprender a pensar, número 34, 2026.





