espacio de e-pensamiento

jueves, 28 de agosto de 2014

La soberanía imperial.
Óscar Sánchez Vega

En las siguientes líneas voy a seguir el camino trazado por Michael Hart y Antonio Negri (en lo sucesivo H&N) en su obra Imperio (2000). Empiezo, para evitar un malentendido habitual, por distinguir entre lo que ellos denominan Imperio y el tradicional imperialismo.

1. Del imperialismo al Imperio.

El imperialismo de raigambre europea se caracteriza por ser un proyecto del Estado-nación, un proyecto que tiene por objeto diseminar el poder del Estado por nuevos territorios, invadiendo, absorbiendo y explotando los países colonizados. En cambio el proyecto imperial, tal y como lo conciben H&N, es es un modelo para articular un espacio abierto articulando relaciones diversas y distintos centros de poder a lo largo de territorios sin fronteras. “El Imperio solo puede concebirse como una república universal, una red de poderes y contrapoderes estructurados en una arquitectura sin fronteras e inclusiva” (H&N, 2000, p.160). Que el Imperio sea una estructura inclusiva y sin fronteras no significa que todos los lugares del globo sean iguales. Sin duda hay más concentración de dinero y de poder imperial en EEUU que en África, por ejemplo, pero la diferencia es de grado, no de naturaleza. Por el contrario, el imperialismo no puede concebirse al margen de la oposición esencial entre la metrópoli por un lado y las colonias por el otro.

Marx anticipa en su crítica al capitalismo un análisis pertinente para comprender el Imperio: el capitalismo tiende necesariamente a expandirse y constituir un mercado mundial; la expansión puede realizarse colonizando nuevos territorios y absorbiendo nuevas poblaciones, o bien creando nuevas necesidades y demandas que impulsen nuevos mercados; pero llega un momento en que todo es insuficiente. Esta voracidad del sistema capitalista fue denunciada también por Rosa Luxemburgo: “el capitalismo es el primer modo de la economía que no puede existir por sí mismo, que necesita otros sistemas económicos como medio y como terreno donde prosperar” (Rosa Luxemburgo, 1912). En ese proceso las sociedades no capitalistas no permanecen incólumes. El capitalismo trasforma las sociedades con las que entra en contacto. Como bien señalan Marx y Engels en el Manifiesto Comunista: “la burguesía obliga a todas las naciones son pena de extinguirse, a adoptar el modo burgués de producción; las impulsa a introducir en su seno lo que llama civilización, esto es a hacerse burguesas. En una palabra, crea el mundo según su propia imagen” (Marx y Engels, 1848). De manera que el capitalismo se va quedando progresivamente sin un exterior en el que apoyarse, sobre el que expanderse. Como muy lúcidamente vio Rosa Luxemburgo: “aunque el imperialismo sea el método histórico para prologar la carrera del capitalismo, también es el medio más seguro de llevarlo a su veloz conclusión”. El imperialismo fue el medio utilizado por el capital para expandirse y crecer y también para atemperar la lucha de clases en el seno del Estado-nación, desviando las contradicciones internas fuera del Estado, preservando así el orden interno y la propia soberanía. Pero este modelo entra necesariamente en crisis a principios del siglo XX cuando ya no quedan más territorios por colonizar. “El imperialismo, en realidad coloca una camisa de fuerza al capital o, para ser más precisos, en cierto momento, las fronteras creadas por las prácticas imperialistas obstruyen el desarrollo capitalista y la realización plena del mercado mundial. Finalmente, el capital debe superar las imposiciones del imperialismo y destruir las barreras que separan lo interior de lo exterior” (H&N, 2000, p.220)

Durante el siglo XIX y principios del XX el imperialismo sirvió a la expansión del capital. Pero también creo fronteras, dificultó el libre flujo del capital y la mano de obra etc. Impidió, en suma, la instauración de un mercado mundial. El mercado mundial precisa para su plena realización de un espacio uniforme que no obstaculice los flujos de capital, bienes, trabajadores, etc. Como había advertido Rosa Luxemburgo, el imperialismo puede llevar al capitalismo a su rápida conclusión. La realización del mercado mundial exige el fin del imperialismo y el inicio de una Nueva Era.

2. Las Corporaciones

En la constitución del Imperio tienen un papel fundamental las grandes empresas transnacionales que hacen circular inmensos flujos de riqueza por todo el globo al margen del control de los Estados-nación. Así, progresivamente, a partir de mediados del siglo XX, el capital y los grandes inversores se han ido desvinculando del poder de los Estados-nación. La rápida expansión de las corporaciones por todo el mundo ha sido posible, entre otras cosas, por las falsas promesas e ilusorias expectativas que las grandes compañías traían consigo: altos salarios y Estado del Bienestar para los trabajadores disciplinados. Esta promesa funcionaba al modo de una “zanahoria ideológica”: prosperidad para todos a cambio de entrar en la fábrica global. Todos los Estados sucumbieron ante estos cantos de sirena, también los Estados socialistas. El objetivo de todos los países ha sido aumentar la producción a toda costa y los medios han sido siempre los mismos: la industrialización, la modernización, la producción en serie, el uso de las nuevas tecnologías etc.

En la ya larga historia del capitalismo es posible distinguir tres fases en las relaciones entre el Estado y las corporaciones: Una primera fase, que dura casi dos siglos, los siglos XVIII y XIX, que se caracteriza por una escasa intervención del Estado en los negocios de las corporaciones. Esta no-intervención es especialmente acusada en las colonias. Tan es así que, por ejemplo, no es exagerado afirmar que en Java durante el siglo XVIII la soberanía la ostentaba la Compañía holandesa de las Indias Orientales y lo mismo ocurría en algunas ciudades costeras de China o la India con la Compañía británica de las Indias Orientales. La segunda fase comienza con el siglo XX y se caracteriza por la intervención del Estado-nación, que se hace más acusada a partir de la crisis del 29. En cualquier caso es importante entender que no estamos ante una intervención del Estado en contra el capital, sino a favor de este. Los capitalistas, mediante monopolios y trust, amenazan con esclerotizar el mercado mundial. El interés del capital no coincide con los intereses de lo capitalistas, que siempre son partidarios de mantener el statu quo si sus beneficios están garantizados. En la tercera fase, en la que estamos instalados, las corporaciones transnacionales han superado la jurisdicción de los Estados-nación, lo cual no significa que el Estado-nación desaparezca; al contrario su acción sigue siendo esencial, pero la función ha cambiado. En el Imperio, los Estados nacionales ya no desempeñan funciones constitucionales sino, sobretodo, funciones de mediación y policiales.

3. Capitalismo posmoderno: el Imperio.

H&N señalan a la Guerra del Vietnam como punto de inflexión: fin del proyecto imperialista e inicio del proyecto imperial. A partir de entonces un durante toda la década de los 70 se suceden en todo el mundo luchas de liberación contra “régimen disciplinario internacional del capital”. Los jóvenes se rebelan contra la vida que el sistema les tiene reservada: 8 horas de trabajo diario, 50 semanas al año, durante toda la vida. Lo que era bueno para sus padres ya no es bueno para ellos. Nace la contracultura y se empieza a gestar un nuevo paradigma, un nuevo ideal de vida caracterizado, básicamente, por el rechazo a la repetición narcótica de la sociedad-fábrica. Este es un movimiento global, no circunscrito a los países capitalistas. (H&N apuntan a la incapacidad del bloque soviético para evolucionar y dar satisfacción a estas nuevas demandas como el factor clave que explica su colapso final.)

Se inicia una nueva era en la historia del capitalismo: el capitalismo posmoderno. La modernidad se caracterizaba por la preponderancia del sector secundario -el sector industrial- sobre el primario. Esta preponderancia o primacía no debe entenderse en términos cuantitativos sino en términos de poder. La producción agrícola no disminuye durante el capitalismo moderno; al contrario, aumenta. Lo decisivo aquí es entender que la agricultura se subordina a las necesidades de la industria. La modernidad supone la industrialización de la agricultura. La sociedad entera se trasforma en fábrica. Hoy la modernidad ha llegado a su fin; la nueva era se caracteriza por un cambio en relaciones de poder. En el capitalismo posmoderno el sector hegemónico es el sector terciario, lo cual no quiere decir que el sector secundario desaparezca o disminuya sino que es concebido como un servicio; toda la producción se trata como un servicio. La preponderancia del sector terciario se manifiesta en la hegemonía económica de los servicios financieros e informáticos.

La revolución tecnológica que el capitalismo posmoderno trae consigo favorece lo que Foucault ha denominado la sociedad de control. Las primeras etapas del capitalismo estaban caracterizadas por la disciplina: a través de las instituciones adecuadas -la familia, la fábrica, la escuela, manicomios, cárceles, etc- el capitalismo infundió orden y disciplina en las filas de los proletarios. Hoy los instrumentos de dominación se han vuelto mucho más refinados, ya no es precisa la coacción, hemos interiorizado al gran Otro; es nuestra “voluntad” la que exige orden, paz y seguridad. El poder en el capitalismo posmoderno ya no es un Leviatán, una voz superior que ordena y manda sino una compulsión interna indiscernible de nuestra voluntad. “En la posmodernidad imperial, el gran gobierno ha llegado a ser meramente un residuo despótico de la dominación y la producción totalitaria de la subjetividad. El gran gobierno dirige la gran orquesta de las subjetividades reducidas a mercancías.” (H&N, 2000, p.329). Esta manipulación de las subjetividades no precisa ya de un poder central trascendente. La soberanía en la sociedad capitalista posmoderna es un poder difuso que, a través del dinero, rompe jerarquías y lo iguala todo. Lo característico del poder imperial es la proliferación de mecanismos de control: control de la violencia, control del dinero y control de la información. Este control no requiere un "controlador" central, se ejerce, como todo el poder imperial, de manera difusa y acéfala, pero hay tres lugares emblemáticos que lo simbolizan: Washington capital del control militar, Nueva York capital del control financiero y Los Ángeles capital del control de la información. 

4. El mando y la administración imperial

La ausencia de fronteras y la desterritorialización son características de la soberanía imperial que permiten distinguirla de la soberanía en los Estados-nación. Las fronteras socio-económicas no responden ya a ninguna frontera geográfica. El Imperio se caracteriza por la estrecha proximidad de poblaciones extremadamente desiguales: el Tercer Mundo está en los guetos y las favelas de los países desarrollados y el Primer Mundo está en las corporaciones y rascacielos de las ciudades de los países subdesarrollados. Hoy “las diversas regiones y naciones contienen diferentes proporciones de lo que se concibió como El Primer Mundo, y el Tercero, como el centro y la periferia, como el Norte y el Sur” (H&N, 2000, p.307). Este hecho socio-económico va asociado a un nuevo urbanismo que es fácilmente perceptible: el fin de los espacios públicos y proliferación de la arquitectura-fortaleza tan característica de ciudades como Los Ángeles o Singapur.

No hay pues un centro de poder, sino que el poder se ejerce de manera difusa por todo el globo. De todas formas es manifiesto que en el nuevo orden imperial EEUU tiene un papel preponderante. El historiador griego Polibio sostenía que Roma había dominado el Mediterráneo porque su forma de gobierno era la más armoniosa, al combinar, de manera equilibrada, las tres formas clásicas de gobierno enunciadas por Aristóteles: el cónsul en la República o, posteriormente, el emperador representa a la monarquía, es el símbolo de la unidad y continuidad del Estado; el senado representa la aristocracia, en él se define la justicia y la virtud; y finalmente los comitia populares representan la democracia, por medio de ellos se organiza el pueblo llano. H&N ven claros paralelismos con la situación actual: EEUU representa, naturalmente, la función del emperador; Los Estados-nación y las corporaciones, la función del senado; y las ONG, principalmente, la función de los comitia. Del mismo modo que en la Antigüedad los senadores romanos acuden a Augusto para para que asuma los poderes imperiales y proteja la república, hoy -a partir de la Guerra del Golfo- las organizaciones internacionales -ONU- acuden a EEUU para que desempeñe el papel de garante en el nuevo orden internacional -el Imperio-. Aunque es muy probable que esta versión posmoderna del Imperio queda mejor retratada no desde las formas puras, sino desde las corruptas: EEUU representa la tiranía, Los Estados-nación y las corporaciones la oligarquía y las ONG, la demagogia.

Veamos esta estructura, la “Pirámide de la Constitución global”, con algo más de detalle. En el pináculo está el mando imperial, los EEUU, ellos ostentan la hegemonía militar, lo que siempre ha sido y será un claro estandarte que nos indica la presencia de un poder real. En esta época imperial, los Estados-nación no toman ya las decisiones más trascendentes, aquellas que determinan la guerra o la paz. Es el Imperio quien decide, no tanto sobre la paz o la guerra -dada la superioridad militar del Imperio- sino sobre la pertinencia o no de intervenciones policiales a gran escala. A su lado las instituciones monetarias globales que controlan el dinero: el Banco mundial y el FMI. También en este primer nivel podemos incluir a las grandes alianzas de los países mas desarrollados: el G7, el Club de Davos etc. En un segundo nivel están las redes esparcidas por empresas trasnacionales: redes de flujos de capital, de tecnología, de comunicación y el conjunto de los Estados-nación. En el Imperio los Estados-nación tienen todavía una importante función de mediación política con las potencias hegemónicas, negociación con grandes corporaciones, redistribución de los ingresos, etc. “Los Estados-nación son filtros de flujo de circulación global y reguladores de la articulación del mando global; captan y distribuyen los flujos de riqueza desde el poder global hacia él y disciplinan a sus propias poblaciones en la medida en que aún pueden hacerlo” (H&N, 2000, p. 286). En el tercer nivel están los grupos que representan los intereses populares en el mercado mundial: partidos políticos, sindicatos, instituciones religiosas y ONG. H&N subrayan la importancia de las ONG: hay, aproximadamente, unas 18.000 en todo el mundo y cumplen funciones muy diversas. Especialmente relevante es la función de las llamadas las ”organizaciones humanitarias” que, en muchas ocasiones, sirven de coartada ideológica para las intervenciones bélicas. Primero se apunta al objetivo, el Estado o grupo que no respeta los derechos humanos, y, a continuación, el mando imperial interviene. Pero su intervención queda de este modo avalada y justificada moralmente por las denuncias previas de las ONG. (ie: la guerra de Kosovo).

5. La lucha contra el Imperio

La decadencia del Estado-nación es irreversible, su estructura jurídica-económica ha quedado definitivamente desfasada. El Imperio ha creado nuevas estructuras: el GATT, el Banco Mundial, el FMI, la Organización del Comercio Mundial etc; que sustituyen las antiguas funciones de los Estado-nación. No es esta, a juicio de H&N, una pérdida que haya que lamentar. El Estado-nación ha sido un régimen opresivo y corrupto al servicio de las oligarquías nacionales; pero el Imperio, pese a la difuminación de las fronteras y jerarquías, no ha propiciado una mayor igualdad. Al contrario. Hoy los sistemas sociales que garantizaban una cierta protección para los trabajadores están en retroceso en todo el mundo. Las nuevas tecnologías permiten la flexibilidad temporal y la movilidad espacial de los trabajadores; el debilitamiento de las estructuras de resistencia -sindicatos- genera una competencia desenfrenada y feroz entre trabajadores; se reducen los costos laborales, aumenta la jornada laboral... “Los países que aún mantienen las rigideces de la leyes laborales y se oponen a la flexibilidad y la movilidad plena son castigados, atormentados y finalmente destruidos por mecanismos monetarios globales” (H&N, 2000, p.310). El miedo constante a la pobreza y la angustia ante el futuro son las claves para crear una lucha entre los pobres por obtener trabajo y para mantener el conflicto en el seno del proletariado imperial.

Sin embargo H&N no son pesimistas: el Imperio es un modelo inestable e híbrido que genera -muy a su pesar- un potencial para la revolución mayor que los regímenes pasados. Las formas tradicionales de lucha están caducas... pero surgen otras. La lucha contra el Imperio no debiera hacerse desde la añoranza, levantando la bandera de lo pequeño, la defensa de las comunidades aisladas, el relativismo cultural, etc. “Ser republicano hoy significa ante todo luchar dentro del Imperio y construir en su contra, sobre sus terrenos híbridos y cambiantes. Y aquí deberíamos agregar contra todos los moralismos y todas las posiciones de resentimiento y nostalgia, que este nuevo terreno imperial ofrece mayores posibilidades de creación y liberación. La multitud, su voluntad de “estar en contra” y su deseo de liberación deben atravesar con esfuerzo el Imperio para salir del otro lado” (H&N, 2000, p.206). La lucha contra el Imperio ha de ser global. Igual que San Agustín levanta toda una Ciudad para hacer frente a la Ciudad Pagana, es preciso levantar un Contraimperio frente al Imperio. Para ello es necesario aprovechar las debilidades del sistema. El mercado mundial es un factor de doble cara: a favor del Imperio, porque permite el intercambio de mercancías y con ello la acumulación del capital; pero también en contra, porque genera efectos que favorecen la revolución, como la movilidad del proletariado, el deseo de liberación de la multitud, problemas para administrar los mercados nacionales, etc.

La dificultad mayor, en estos tiempos posmodernos, es identificar correctamente al enemigo y planificar adecuadas estrategias de acción y resistencia. H&N abogan por el éxodo y la deserción. La migración descontrolada es un grave problema para el Imperio que se esfuerza por ordenar el tejido productivo mediante la integración y la segmentación. El Imperio controla y segmenta a la multitud, pero necesita de su movilidad y de su trabajo para persistir. Pero llega un momento -como podemos comprobar en la valla de Melilla un día tras otro- que la movilidad y circulación de la multitud ya no responde a la lógica del capitalismo.

El objetivo es hacer de la multitud -no el pueblo, ni las masas- un sujeto político. La multitud está constituida por una pluralidad de personas, de diferentes culturas, razas, sexo, orientación sexual, diferentes religiones, diferentes formas de trabajar, de vivir etc que no pueden ser reducidas a una unidad o identidad. “La multitud afirma su singularidad invirtiendo la falsedad ideológica de que todos los seres humanos que pueblan la superficie global del mercado mundial son intercambiables”. (H&N, 2000, p.358). Esta multitud constituye un nuevo poder. Ya lo es en realidad, todo el Imperio descansa en su trabajo. Las intervenciones de la administración imperial, por muy duras y violentas que sean, son esencialmente negativas; su acción es meramente reguladora, pero no constituyente. La acción creadora y constituyente reside en la multitud. “Cada acción imperial es una reacción a la resistencia de las multitudes que plantea un nuevo obstáculo que estas deben superar” (H&N, 2000, p.329). El poder imperial no es más que un parásito ligado a la multitud.

H&N proponen potenciar el nomadismo y el mestizaje entre la multitud. Para ello debemos aprovechar las armas que el Imperio pone en nuestras manos: la permeabilidad de las fronteras y la preponderancia del sector de servicios, el sector terciario. La comunicación ha ido progresivamente constituyéndose como el tejido de la producción en el capitalismo posmoderno. El Imperio pretende, claro está, controlar el producto, pero no lo tiene fácil porque, al fin y al cabo, los productores son la multitud y siempre cabe la posibilidad de orientar la producción “hacia el propio júbilo y el aumento del propio poder”. Lo que la multitud produce es básicamente cooperación lingüística. Un proyecto emancipador pasa necesariamente por crear un nuevo léxico, nuevas máquinas, nuevas tecnologías... Frente a la violencia del capitalismo cabe oponer la capacidad productiva y creativa de la multitud, su capacidad de desear. El deseo es un espacio productivo, es poder de generación, de cooperación y amor.