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domingo, 16 de noviembre de 2014

¿Para qué sirve la filosofía?
Borja Lucena


Últimamente, andaba yo repensando el texto de Deleuze en el que aboga por ser agresivo, por ser insultante, por ser belicoso ante la pregunta por la utilidad de la filosofía. Lo cierto es que, en principio, nada puede objetarse ante esa interrogación pretendidamente ingenua: frente a la continua apuesta por la resolución de problemas, por la actividad desenfrenada y la productividad multiplicadora, en la filosofía nada se resuelve, nada se hace. Somos, parece, de otra época, y estamos en crisis desde el fin de la escolástica.

Una disciplina fortalecida en el cerco invisible del pensamiento, cuya actividad primordial reside en el ejercicio de la no-actividad, cuyos productos no solucionan nada, cuyo lenguaje no pretende "comprar" el mejor argumento -si es que puedo usar una expresión tan pedante como cursi que se escucha a veces en las tertulias radioafónicas-; una actividad de esta naturaleza parece hoy destinada a no durar, a consumirse en los márgenes de la febril circulación de mercancías, ocurrencias, soluciones sociales definitivas, iniciativas emprendedoras. Y todo a pesar de los esfuerzos de Savater por reconvertir al pensamiento filosófico en "espíritu crítico" y manual de instrucciones de la ciudadanía. Lo que hoy denominamos "conocimiento", ese "know-how" - o como lo llamen en la siniestra jerga de Dora exploradora- sirve para servir, y la filosofía únicamente puede, en esa competición utilitaria, aspirar a un honroso puesto en el relicario de los saberes del pasado. Ante aquella pregunta, ¿Cómo explicar que la cuestión estriba en que el orden de los efectos del pensar no pertenece a ese terreno en el que se da la utilidad, que es algo deducido y derivado? El orden del pensamiento es constitutivo, remite a la potencia de las causas configuradoras, y así, antes que combatir en la arena de las utilidades, lo hace en el espacio que dispone los presupuestos mismo de cualquier noción de "útil" o "inútil". Me temo que esa es la batalla que estamos perdiendo, o que no hemos avistado como auténtica batalla. Lessing expresó en una pregunta esas dos cosas, el carácter derivado de la utilidad y la negativa a condenar al pensamiento a la esfera de los meros efectos: ¿cuál es la utilidad de lo útil?

¿Qué decir ante la pregunta por la utilidad? ¿Que eso de resolver problemas exige asentir a la idiocia de que sólo son problemas aquellos definidos como tales por los que te encargan su resolución y que, por lo tanto, hay un problema político previo? ¿Que frente a la sumisión a los procedimientos burocráticos de gestión de tareas la filosofía tiene que emanciparse de la cadena de mando y no aceptar los de encargo, sino buscar, componer, escoger los problemas? ¿Mandarla al carajo? Gracias a mi amigo Gregorio Luri (aquí), he dado en conocer una respuesta verdaderamente insultante, belicosa, agresiva. Una respuesta, sin más, filosófica. Procede del repertorio de anécdotas relativas a Ortega y Gasset. Aquí la dejo, por si uno de estos días os preguntan sobre la utilidad de la filosofía:  
"Don Francisco Grandmontagne fue obsequiado con una comida a la cual concurrían elementos intelectuales y artistas que querían rendir un homenaje al insigne escritor.
En la mesa, frente a don José Ortega y Gasset, quiso la mala fortuna que se sentara un businessman que mostraba un profundo desprecio por los teóricos, como él decía, y, singularmente, por los filósofos.
- ¿Para qué sirve un filósofo? -decía-. Para nada. En cuanto a mí, creo que la palabra filósofo es un eufemismo que designa a un necio. Porque, seamos francos, ¿qué diferencia hay, qué distancia separa a un filósofo de un tonto?
- La anchura de una mesa -respondió amablemente Ortega".

Alfredo Rodríguez Antigüedad, Anecdotario.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Retrato de Ortega.
Borja Lucena

La parodia es, también, una forma de conocimiento. Me he reído mucho leyendo la descripción -de la que aquí os selecciono algún pasaje- que Rafael Reig hace de Ortega Und Gasset:

EL ALCIONISMO

Ortega era un tipo muy bajito, con la cabeza muy gorda, y muy presumido. Hablaba levantando la barbilla y manoteando. Llevaba pajarita, traje a rayas y zapatos de dos colores. A menudo incluso fumaba con boquilla. Las chicas le miraban con éxtasis, pestañeaban, se llevaban las manos al escote, apretaban las rodillas y rozaban un muslo contra el otro. Eran las flappers del Lyceum club Femenino (...)

Ahora habían venido todas a escuchar a Pepe Ortega, que desde la tribuna las miraba con desdén y satisfacción. A la mayoría ya se las había tirado. Alguna valía algo, admitido, pero en general eran unas niñatas sin iniciativa ni concupiscencia. (...) A Pepe lo que de verdad le perdía eran las marquesas, a ser posible algo jamonas. Eran su especialidad, su afición recreativa o su "hobby", como había empezado a decir, porque ahora estaba aprendiendo inglés. A las marquesas, Ortega les hablaba de la filosofía y el golf, del dharma y la tortilla de patatas, y a la media hora las tenía en el bote. Se las llevaba a una habitación del hotel Victoria, donde les pedía que se la chuparan.

 -Hoy día copular es de albañiles -aseguraba-. Yo soy un egregio. 

Sobre la tarima, Ortega sacó pecho, recorrió con la mirada los muslos temblorosos de las chicas del Lyceum, sonrió con chulería y dijo a voz en cuello:

-¡Hay que huir como de la lepra de la expresión de cualquier sentimiento humano! (...) La poesía tiene que ser poesía pura, libre de implicación sentimental. El arte es un juego, es algo completamente intrascendente, caballeros. Ese es el nuevo arte: ¡un deporte! ¡Una inyección de juventud deportiva! ¿La poesía es hoy el álgebra superior de las metáforas! (...) Hoy día, en la era del velocípedo y el cinematógrafo, la vanguardia es un arte impopular, un arte que sólo se dirige a los que son capaces de entenderlo: los egregios.

Hizo una pausa teatral y luego afirmó:

-Estos son los días del alción. ¡El arte nuevo será alciónico o no será, caballeros!

¿El alción? Entre el público se multiplicaron las miradas de perplejidad. ¿Qué tenía que ver el alción? ¿Qué era un alción, por cierto?

-Es como un martín pescador, un pájaro - susurró Juanjo Domenchina.

-Ah, claro, ya, un pájaro.

-Cosas de Pepe Ortega, no hay que hacerle mucho caso. 

Ortega apoyó las palmas de la mano en la mesa y clavó la vista en los senos de María Zambrano:

-Muchachos, hay que hacer un arte artístico. Sois la vanguardia. He dicho.

(...)

De camino, Ortega se tomó una copa de anís en una taberna. No solía hacerlo, pero esa noche la necesitaba.
El local estaba lleno de plebe, de vulgo, de masas: esa España invertebrada que acudía a contemplar ejecuciones y nunca había leído a Husserl.
De pronto, al fondo, reconoció al pequeño de los Machado. Cambió de sitio para que no le viera, no quería saludarle. Era un boicoteador, un transnochado: sus poesías seguían tratando de la vida. Se negaba a hacer deporte. 


Rafael Reig, Manual de literatura para caníbales