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sábado, 11 de abril de 2015

El criminal redimido y el punto de vista de Dios.
Borja Lucena

(Publicada originalmente en 2007)
No deja de asombrarme el magnífico poder mixtificador de la ideología, su facultad cuasi-maravillosa de convertir en cuestión secundaria la realidad cuando de hablar y operar sobre la realidad se trata. La ideología hace de las cosas mera emanación de las palabras, encarnación interina de un lenguaje que, susceptible a voluntad de acoger nuevos e indefinidos significados, modela el mundo a su imagen y semejanza. Por esta razón, el creyente, y mucho más el ideólogo, sufren de una exaltación desmedida de la voluntad, concibiendo lo real como material conformado de acuerdo a los decretos del deseo. Freud describió este fenómeno patológico, asignándole el nombre de “ilusión de omnipotencia de las ideas”. La ideología consuma este proceso de sustitución del mundo existente por el mundo deseado, aislando al individuo de la consideración elemental de lo que las cosas son en su realidad inesquivable. Además, en tanto producto del propio pensamiento, la realidad deformada ideológicamente se organiza necesariamente en torno al sujeto de manera exageradamente narcisista. Algunos se creen Napoleón, o encarnación de la Voluntad Germánica. Otros llegan a identificarse con Dios.

El progresismo es, en sí mismo, una ideología que, concibiendo la historia como desarrollo de la idea, sitúa al ideólogo en la posición de espectador transmundano. Conoce el principio, sabe las causas que producen la constante inquietud del devenir humano, y, por último, posee la visión del fin al que las sociedades humanas necesariamente se dirigen. Aunque el fenómeno “progre” que hoy soportamos sea sencillamente una devaluación infinita de las filosofías hegeliana o marxista que constituyeron su más poderosa versión en el siglo XIX, el centro teológico, si bien pervertido, sigue funcionando en su seno. Cuando Freud, por otra parte, habla de “ilusión de omnipotencia”, el símil teológico es también evidente. Ideología y neurosis son dos aspectos parejos de una misma egolatría y quizás la clave interpretativa más adecuada para comprender el fenómeno ideológico sea la perspectiva clínica; así debemos procurar entender, probablemente, el caso del creyente progresista que asume como propio el punto de vista de Dios.

Aquel que tiene una ideología tan determinista, tan férrea e incontestable como la progresista, se cree el centro mismo de la realidad, ya que supone que ésta obedece a la lógica que su pensamiento prescribe. La ilusión teológica de la omnisciencia se da casi como un complemento necesario, aunque en la mayor parte de los creyentes sea de modo inconsciente; no obstante, en los ideólogos o propagandistas la megalomanía llega al género de lo fantástico, y la confusión de su propia persona con la persona divina es constante. A menudo esta posición es denominada “de equidistancia”, lo que es sólo otra manera de asumir el lugar de Dios y renunciar a la condición humana, que, por propia consistencia, nunca puede ser “equidistante”.

No creo que lo referido arriba sea una verdad de la especie invisible o trascendente, sino que se despliega todos los días en discursos y actos, en telediarios y periódicos. Estos días, el ministro del interior del gobierno de España, cargándose del excesivo peso de ese excesivo providencialismo, ha asumido la liberación de una sabandija asesina como “decisión personal”. Todos conocemos el caso al que me refiero; a la vez, para justificar su decisión ante las reacciones airadas de los que ven peligrar con ello no sólo la justicia, sino incluso la ley siempre perfectible, ha argüido que comprende que su determinación no sea entendida porque, más o menos ha afirmado, “no es fácilmente comprensible”. Nos encontramos en este momento con la nueva deidad que, frente al conjunto de la humanidad anegada por el barro caótico y mundano de las pasiones y las perspectivas parciales, gobierna el cosmos contemplando íntegramente el todo; los hombres, en contraposición, sólo habitan fragmentos de realidad y horizontes limitados. Al modo leibniziano, lo que para el ser finito parece ser una injusticia manifiesta, se desvela ante los ojos del hacedor como elemento necesario en la economía de la totalidad; los designios del Altísimo, por lo tanto, aunque incomprensibles para los hombres, han de ser aceptados por éstos sin llegar siquiera a comprender por qué. “No es fácilmente comprensible”. El lenguaje, el tono mezcla de paternalismo y desprecio por los que no son capaces de ver más allá de la finitud, nos señala a alguien que comprende. Comprende y actúa en consecuencia. “Razones humanitarias” incomprensibles para la humanidad, “salvaguarda de la ley” a través del escarnio hacia los principios fundamentales del derecho… toda paradoja se resuelve cuando, elevándose sobre la tormenta del desorden mundano, el nuevo Dios formula sus decretos desde la apolínea claridad de los arquetipos.

He nombrado las “razones humanitarias” esgrimidas. Esa confusa expresión señala también la apropiación del punto de vista de Dios por el conspicuo ministro. En este caso, viene a decirnos, su punto de vista equivale al punto de vista de la Humanidad. Esta posición, no obstante, no cambia nada, pues comparte también el carácter absoluto y trascendente de aquélla, y, por ello, no puede identificarse de ningún modo con el punto de vista de los hombres existentes. Por encima del insignificante dolor del individuo el Orden del Todo se abate sobre el mundo como un ave incomprensible. No hay víctimas ni asesinos, no hay diferencia cualitativa entre el dolor de un criminal marrullero y el de sus masacrados; no hay distinción posible entre una muerte y otra para el Dios impasible. Sólo comparece a sus ojos el engranaje de la máquina del mundo triturando a los hombres empequeñecidos.

Addenda: Los periódicos del domingo repiten la terrible teodicea. El presidente del gobierno, suponemos que una divinidad mayor, como un Zeus tonante en un comité federal de dioses y diosas, enuncia de nuevo palabras que justifican la excarcelación del asesino: “No es un acto de miedo, sino de responsabilidad (…) porque nuestro valor supremo es la vida y no ha de haber más muertos por terrorismo".  Sólo dos observaciones:
  1. El punto de vista de los dioses de la violencia ha sido ya plenamente aceptado por quien ha de velar por el cumplimiento del derecho y defender la vida política de la intromisión de la nuda fuerza: el estado, al castigar a los terroristas, es también terrorista, si no el auténtico terrorista; la condena, la cárcel, la aplicación del derecho son formas de tortura, tal y como han repetido durante años los patriotas y gudaris vascos. De Juana Chaos es víctima del terrorismo, tan inocente como aquellos a los que asesinó.
  2. El Dios se libera del fragor confuso y sudoroso de las vidas humanas existentes para contemplar el arquetipo: La Vida. Para la serenísima mirada de la divinidad toda vida es equivalente: no defiende las vidas concretas, sino La Vida, ante cuya inmaculada transparencia se desdibuja toda distinción individual. La vida del asesino es exactamente “vida”, lo es tanto como las de los asesinados, y vale tanto como la de éstos.

viernes, 18 de abril de 2014

Ideología tan cotidiana.
Borja Lucena

De suerte que, en el interior de esta clase, una parte se presenta constituida por pensadores de la clase (sus ideólogos activos (…), los que hacen de la elaboración de la ilusión sobre sí misma su tarea principal); mientras los otros, en relación a estas ideas e ilusiones, tienen una actitud más pasiva y receptiva, ya que, en realidad, son los miembros activos de esta clase y tienen menos tiempos de elaborar ideas e ilusiones sobre sí mismos.
K. Marx y F. Engels, La ideología alemana. 

 

1. La ideología es una sustancia viscosa, de elasticidad inabarcable y terca. Se torna invisible, pero conserva su carácter pegajoso y asfixiante; su invisibilidad, en vez de transparente, envuelve y esconde las cosas. Se inmiscuye en los intersticios, ocupa los espacios en los que alienta la vida y se desarrollan las relaciones sociales. Es, por naturaleza, una fuerza expansiva que tiende al imperio.

Todo estado, todo orden político, genera de modo necesario una ideología en la que amparar y justificar el poder que lo anima, un discurso del que hacer emanar una legitimidad sin la cual su estructura formal y material, así como las acciones que emprende, vacilarían[1]. La diferencia que cabe notar entre distintas épocas y sociedades es de grado y extensión; a veces, la ideología puede circunscribirse al ámbito casi exclusivo del poder político o religioso, dejando de lado áreas vastísimas de la vida. Esto fue una constante en la historia europea, campo de batalla de poderes enfrentados que evitaba la hegemonía de uno solo. Incluso en el poderoso imperio romano el estado no se podía proponer la educación de todos los ciudadanos. La limitación del poder efectivo del estado hacía impracticables las ensoñaciones utopistas de los que querrían hacer de los hombres la arcilla en la que dar vida a experimentos sociales ciertamente imaginativos. En otras ocasiones, sin embargo, correspondiendo al crecimiento del estado, la ideología amenaza con extenderse hasta cubrir los límites mismos de la vida que ampara. El siglo XX, con el acrecentamiento del poder estatal hasta lo nunca antes concebible, la sofisticación virtuosística de los medios de control social y la propaganda, el dominio exhaustivo de la educación de la totalidad de los ciudadanos, etc., ha hecho posible lo que hasta entonces sólo había sido el anhelo de mentalidades utópicas y fanáticas: la ampliación del adoctrinamiento ideológico hasta las fronteras no sólo de la vida común, sino también de la totalidad de las conciencias. Un poder de esta naturaleza puede convertirse, sino está debida e internamente limitado por su propia constitución, en el mayor de los tiranos. La tiranía perfecta es no sólo posible, sino incluso probable, cuando la misma sociedad tiranizada posee la convicción subjetiva de necesitar del tirano para su propia supervivencia.

Hoy en día no existe manifestación existencial que se libre del abrazo turbio de la ideología vigente. Todo acontecimiento ha de soportar su presencia sofocante como un rumor inquebrantable. Relacionada con una forma de poder, expresa a su vez el malestar profundo generado por un complejo de culpa inducido, dirigido a justificar la existencia misma de la doctrina en la que se sustenta la dominación; para ello, no sólo ilumina exageradamente la conciencia culposa, sino que se constituye en bálsamo que calma la tortura generada por su invariable presencia.

La hegemonía de la ideología se da combinando un mecanismo de imposición que debilita la voluntad hasta conseguir que desaparezca toda resistencia (la extensión de la culpa) y la aniquilación de la idea de verdad, que tiene necesariamente que ser contemplada como estorbo para la consecución del pleno señorío ideológico. La estrategia de imposición del dominio se da en la forma de una compleja economía de la culpa: astuta creación de un malestar para el que la misma ideología que lo provoca ofrece remedio aparente. Como Iglesia Verdadera, y a través de sus sacerdotes reconocidos, a un mismo tiempo subraya la culpa y dispensa su absolución. De esta manera, crea las condiciones para convertirse en subjetivamente necesaria. La culpa, como expresión del centro en torno al cual el discurso ideológico contemporáneo se fortalece, ha logrado que la sociedad europea, en sus distintas variantes, sea manipulable a voluntad, como un niño desvalido o un imbécil. La dominación, hoy, se oculta tras un discurso mentiroso proclamado al albur como liberador, tras la propagación de la ignorancia vestida con los ropajes de un relativismo cultural, que, paradójica pero eficazmente, se impone como un conocimiento verdadero de la realidad carente de verdad. Para paliar la culpa es preciso hacer desaparecer toda idea de verdad. Lo que se oculta más profundamente es que la verdad ya se tuvo que eliminar para crearla. La falacia originaria consiste en la identificación de relativismo y libertad, dado que la sola existencia de verdad ha de limitar la voluntad de elegir. La doctrina en uso promete la liberación con respecto a la verdad, seduce al individuo, a la masa, ofreciéndole la eliminación de aquello que se resiste a su ilusión de omnipotencia. El precio es evidente, y la omnipotencia realmente ilusoria, ya que el escamoteo de la realidad y la aniquilación deseada de toda verdad que no sea relativa despoja a los individuos de toda libertad efectiva; la única libertad de esta manera concebible, sin realidad alguna en la que realizarse, es la ensoñación, la profusión de buenos deseos y pensamientos, la virtualidad indigente de las buenas intenciones[2]. La acción convergente de Culpa y Relativismo ofrecen el estado idóneo para la existencia de una ideología de poder omnímodo y difícilmente cuestionable.

Evaporada la verdad, se alcanza el estado idóneo para el dominio de cualquier sociedad política. No hay hechos, sólo ideología. Todo acontecer, ya sea de signo estrictamente político, difusamente cultural, deportivo o gastronómico, se impregna de las mismas palabras y justificaciones legitimadoras. Se convierte en solidario o termina por poseer como fin supremo unas nebulosas tolerancia o igualdad. La valoración de la realidad se antepone al conocimiento de ésta con el fin de moldearla al capricho de los productores de ideología[3]. Esta dominación sutil, casi invisible, pero patente, al servicio de poderes no necesariamente económicos, pero también económicos, ha terminado por confundirse con la estupidez más llana para conformar el conglomerado de opiniones, sofismas y valoraciones que se destilan incluso en los programas televisivos de simplicidad más evidente; todo vehículo capaz de transmitir la verdad administrada no deja de ser aprovechado. En rigor, el contenido ético del discurso enunciado por el cátedro progresista es idéntico al del futbolista o el famoso solidario del día; de hecho, utilizan ambos un lenguaje en el que no es posible pensar de manera heterodoxa.

El lenguaje es objeto preferente de una acción metódica que pretende dominar el pensamiento individual a través de la adherencia de valoraciones uniformes e inequívocas; las palabras proporcionan las cosas mismas, por lo que éstas se impregnan de los valores depositados en aquéllas a priori. El ideólogo sabe que quien domina el lenguaje domina con él la realidad, y por ello se dedica incansablemente a la creación de un nuevo código en el que toda significación indeseada sea literalmente imposible; el lenguaje se reduce, tanto sintáctica como semánticamente, de manera que proporciona una realidad mutilada, disminuida, aligerada de sus contenidos contradictorios e incontrolables. La fe que se asimila al hacerse miembro de la comunidad lingüístico-ideológica contemporánea reafirma la bondad del correcto modo de pensar, y transmite la placidez de saberse perteneciente al reino de los buenos. Ciertas palabras se ven insufladas de un aura sagrada e incontestable, otras se convierten en malditas y levantan airadas exclamaciones de escándalo; como ejemplo de las primeras basta citar la omnipresente solidaridad, de tal manera que eslóganes como sé solidario provocan un asentimiento generalizado que evita cuidadosamente la pregunta por el objeto de tal afecto magnánimo (¿solidario con los derrotados nacionalsocialistas? ¿con los pobres? ¿con los asesinos o torturadores?). Palabra maldita, entre nosotros, es España, desterrada al ámbito, también maldito, de la derecha. No cabe argüir que sólo en los últimos años se ha producido, interesadamente, tal identificación, o que en tal caso el comunista Miguel Hernández habría de ser un derechista recalcitrante al dedicar poemas a la Madre España[4], porque el juicio se enuncia ante rem. El maniqueísmo más ramplón se enseñorea de la categorización de lo real, la realidad entera encuentra asignada su cualidad moral definitiva, preescrita por los creadores del discurso políticamente incontestable.

2. El complejo europeo de culpa

Todo poder es, en potencia, generador de sentimientos culposos, ya que en su esencia se encuentra la disponibilidad del hacer, y no hay acción moralmente inmaculada. El sentimiento subjetivo de ser bueno, en su dimensión absoluta, proviene sólo de la renuncia a todo poder, y por ello el santo se ha vestido casi siempre con los ropajes de la inacción y el retiro. Tras siglos de desprestigio, renace por mor de la nueva estructura ideológica el ideal del santo, pero un santo democratizado, un santo que ya no es imagen rara, ya no es héroe solitario, sino pueblo[5]; despojado de sus elementos teológicos más complicados, sin duda los más valiosos, el cristianismo sin Dios se populariza definitivamente. La moral que, en rigor, antes sólo se hacía literalmente válida para unos pocos individuos excepcionales, se convierte en uniformadora de la totalidad de la población. El proceso posee unas líneas fácilmente reconocibles: la axiomática cristiana se centra necesariamente en torno al sentimiento de la deuda; creada la figura del Acreedor Máximo, el hombre no puede más que pensarse como irremediable deudor. La figura del santo permite, sin embargo, liberar grandes cantidades de culpa mediante el sacrificio de unos pocos individuos de gran valía. Así, exonerada de la culpa que amenazaba con atenazarla, el resto de la sociedad puede proseguir sus actividades naturales. Incluso se hace necesario un quantum de culpa que redimir. El paso contemporáneo supone, por un lado, la eliminación de un Dios hace tiempo innecesario, toda vez que el complejo de culpa está ya adherido a las paredes del alma occidental; por otro, liquida también la concepción del hombre superior capaz de asumir la culpa de la sociedad entera, con lo que ésta se vuelve a depositar intacta en el todo: La Sociedad, como sujeto, ha de convertirse en santa, todos, en cierta manera, han de hacerse santos. Pero una sociedad de santos es una construcción destinada a desaparecer: la comunidad no tiene como fin exclusivo la defensa ante ataques procedentes del exterior o el interior, pero si desiste de ejercer tal función renuncia a la consecución de todo fin[6].

La culpa es un instrumento privilegiado de anulación de la voluntad libre, ya que hace al individuo impotente, incapaz para la acción. De esta manera se le transforma en una dúctil prolongación de los intereses opacos que sostienen la fe vigente. La culpa es un negocio de naturaleza intensamente lucrativa, dotada del poder sagrado de crear consumidores complacientes en tanto el consumo de ciertos productos, ya sean bienes o ideas, libera del profundo displacer creado por el remordimiento. El bálsamo ideológico, creador de la culpa, se encarga de aliviarla beatificando la figura usurpadora de las buenas intenciones, convirtiendo a éstas en objeto de culto, escamoteando la acción misma al sustituirla por una sola de sus partes. A través de la sacralización de las buenas intenciones, la ideología en uso ofrece al creyente la oportunidad de escapar a la culpa que astutamente en él ha alimentado: le da la oportunidad de sentirse bueno al sustituir el hacer culposo por un hermoso desear. La ensoñación, el delirio, los buenos deseos inofensivos ocupan el lugar de la acción, y así la doctrina administra la absolución de los pecados estableciendo un pacto implícito con el creyente. El precio es únicamente la donación de la libertad individual a una maquinaria ideológica de la que se depende necesariamente para renovar periódicamente el pacto de inocencia. La acción significativa es abandonada al líder, al partido, al sindicato, los verdaderos sujetos políticos en una sociedad que, de hecho, procura reducir al individuo a la insignificancia. Esta estrategia, este kantismo de revista del corazón, hace espúrea la acción al concebirla como innecesaria, sustrayéndola a menudo del ámbito del juicio moral. Finalmente se dirige a hacerla invisible. Sólo se enjuician las intenciones, las bellas palabras adornando la nada, las sonrisas que se exhiben como anuncio amable de la tiranía estrenada. Y se consume.

3. La suspensión del juicio

La ideología se oferta como único efectivo bálsamo para atenuar el malestar que ha logrado crear. Ha conseguido asegurar la convicción de que occidente es un error, es más, es el único error, el pecado que exige las más rotunda de las penitencias. La culpa exige la paralización de toda acción posible en tanto la sociedad misma se empapa de un angustioso miedo al error y se prohíbe cualquier nuevo yerro. La única forma de acción contemplada como permisible es el consumo de los productos patrocinados por la ideología como moral y políticamente correctos. Las consecuencias efectivas no sólo tienen que ver con la inacción cobarde, sino también con lo que pudiéramos llamar la suspensión del juicio ante las acciones ajenas. Atenazado por la culpa, e incapaz para la acción valiente, occidente también se condena a eliminar la legitimidad de sus propios juicios morales cuando se refieren al resto de culturas o civilizaciones; se da aquí un doble argumento falaz: por un lado la conciencia de los propios errores hace ver que se ha perdido la facultad de enjuiciar legítimamente las acciones de los supuestamente maltratados; por otro, se contempla con pánico cómo el error también se puede dar, y de forma primaria, en el juicio. Lo correcto, lo que no dispara indefectiblemente la culpa, es, entonces, refugiarse en un relativismo que evita la apreciación moral de las acciones de los no-occidentales, sobre todo de los francos enemigos de occidente, mientras la propia acción, en tanto exprese lo sospechosamente occidental, se identifica inequívocamente con lo malo, por lo que se sustituye invariablemente por las buenas intenciones, siempre exentas de error posible. La constitución de este vector que pretende dirigir toda la civilización europea occidental explica la monótona repetición de las mismas palabras manidas y vacías como cántaros desfondados: diálogo, tolerancia, cooperación, etc., se convierten en consignas normativizadas que sellan la corrección vacua de cualquier cosa, siempre que cuente con el perdón de las víctimas eternas. Al contrario, todo lo que explícitamente no se confiese como tal se convierte en sospechosa disidencia antidemocrática o, llanamente, fascista. Se convierte en thoughtcrime, en la terminología de Orwell. Esta acumulación interminable de imposturas recibe el nombre, a menudo, de cultura del diálogo, aunque en otras ocasiones se utilizan expresiones de imbecilidad y vacío similares.

Occidente se hace sujeto responsable de todo lo perverso que alumbró la historia, lo que atenaza sus miembros haciéndole progresivamente imposible la acción; además, proporcionalmente a la satanización de la acción propia, se santifica toda acción ajena, se justifica, se disculpa. Aquí, en lo tocante a la acción foránea, no hay juicio moral posible, porque el hombre occidental, tan perverso, no está legitimado para enjuiciar nada. La idiocia predominante es llevada a un paroxismo tal que parece difícilmente creíble, como si de un sueño desagradable se tratara[7]. Lo único que es lícito hacer con los criminales fanatizados que procuran aniquilar todo lo occidental, ya que no condenarlos, es dialogar, lo que en el lenguaje ideologizado significa procurar obtener la graciosa absolución de parte de quien de partida posee posición moral privilegiada, el inocente, el buen salvaje.

(Interludio: el diálogo a ultranza
Sería el momento, aunque el propósito pueda ser vano, de anunciar una Crítica de la Razón Dialógica[8], esto es, del imperativo acrítico de tolerancia y diálogo universales que obvia la pregunta por la posibilidad pragmática y realista de llevarlo a cabo. La imagen onírica de un diálogo universal formulado en tales términos, llamémosle alianza de civilizaciones, hace abstracción de todo contenido, objeto o sujeto concretos, con lo que adquiere condición de espectro. Así como de la Crítica de la Razón Pura se desprende que antes de volcar la razón en el conocimiento de objetos es preciso determinar las condiciones de posibilidad de un objeto en general, del mismo modo, antes de ofrecer el diálogo como panacea universal, sería preciso contemplar las condiciones de posibilidad de un interlocutor real. Sin la constitución de interlocutores efectivos, el milagroso diálogo se rebela como monólogo dirigido a santificar de forma narcisista las propias intenciones, lo que se muestra desvergonzada, impunemente, en el modo en que los bienintencionados profetas se solazan en sus propias palabras vacías, en cómo se agradan los políticos que representan la pantomima de la bondad tolerante.)

4. El buen salvaje

El axioma sobre el que descansa la condena definitiva de occidente, y que como una oración hipnótica repiten los niños desde la cuna, es la malignidad de la civilización occidental como tal, su colonialismo atroz, su afán destructor de la naturaleza, su modelo social basado en el solo egoísmo, su falta de espiritualidad, su culpa, su culpa, su culpa como un ritmo monótono e inobjetable. En la culpa y el desesperado intento de sustraerse a sus designios se embosca el discurso ideológico que de antemano se caracteriza como superior, ya que se define negativamente con respecto a lo que se ha categorizado como perverso. La distinción nítida con respecto a lo malo se propone como núcleo de todo valor moral aceptable, así como, según Voltaire, a la chusma inglesa no le importaba regirse por un calendario que retrasara con respecto al año solar, ya que eso le permitía no coincidir con el calendario gregoriano de la iglesia de Roma. El discurso moralizante adora la inacción, la rendición anticipada, ensalza todo lo que no sea occidental sin atreverse a juzgar sobre su valor intrínseco. Perdida en esta corriente confusa , Europa agoniza oprimida por el peso de su propio poder, por la culpa inmensa que le causa haber sido poderosa y poder todavía serlo. Ante la sola posibilidad de mantener o acrecentar su poder, el progresista se molesta: eso quiere decir más culpa, por lo que el automatismo moral tan eficiente le asalta en la forma de un remordimiento culpable por todos los otros que sufren. No sólo los otros humanos, también el dolor todo que soporta la naturaleza: el ecologista ha sido el encargado, en el seno de la especialización del trabajo ideológico, de extender la culpa de occidente más allá de los límites de lo humano, hasta alcanzar los límites mismos de lo real.

El mito del buen salvaje continúa modelando de manera perversa la relación de occidente con el resto de los hombres. Esto quiere decir que se fragmenta el código moral en dos grandes áreas, sólo aplicables de manera unívoca y separada: la moral de la culpa, que occidente se obliga a soportar ascéticamente, y la moral de la inocencia, sólo referida a lo no-occidental. La dotación de construcción intelectual tan absurda como maligna, sin embargo, parece redimir a una parte de occidente de sus insoportables culpas, por lo que grandes segmentos de la población se convierten, a menudo inconscientemente, en eficientes minadores, en quintacolumnistas al servicio de los rencorosos enemigos de la civilización occidental. El buen salvaje estará siempre guarecido bajo la aureola de bondad que le presta el no estar contaminado por la corrupción que emana de la civilización occidental, y su acción será siempre comprensible, aun cuando terrorista o asesina, por ser la natural defensa del animal herido ante la maldad del infiel occidente. Su acción es inocente, no aprensible por las categorías morales válidas para la acción occidental, y si no fuera por el imperialismo al que están sometidos, su reino sería el de los cielos.

5. El Perdón de los Pecados. La música y el bálsamo ideológico

El bálsamo que redime de los dolores de la culpa y la mala conciencia se oferta en muy distintas formas. También se vende como arte. La música, la pintura, la arquitectura se han convertido también en autos públicos en los que aliviar una buena cantidad de culpa. El ritual del amante del arte dicta de antemano cuál es la valoración acertada, cuáles los matices que es preciso silenciar, y qué será necesario no nombrar. El criterio estético se ve sustituido por un uniforme criterio ético que valora el arte sólo en tanto promociona los valores por doquier dominantes: si la obra es incomprensible y deforme, pero critica determinado aspecto de la civilización occidental, no apreciarla es señal de falta de sensibilidad y conservadurismo. Lo bueno y lo malo artísticos no se refieren ya a las cualidades estéticas presentes en la obra, sino que adquieren un significado inequívocamente moral que refiere a la adscripción a una de las banderas en que se divide el campo ideológico. La música, creada de modo compulsivo para satisfacer el delirio consumista de grandes segmentos de población, sirve de manera idónea a los designios de la ideología; el juicio estético se sustituye por valoraciones que en ningún caso alcanzan el dintorno de lo estrictamente musical. Se juzga al músico no como músico, sino como profeta de la doctrina redentora. No basta más que asistir a un concierto de la denominada música étnica para contemplar el más acabado rito de perdón de los pecados. En la mayoría de los casos es inútil procurar comprender el entusiasmo que genera una música sino pobre sí resueltamente simple; ahí no hay juicio musical alguno, hay sólo juicio ideológico. La ceremonia consiste en reivindicar las otras músicas oprimidas por el formidable edificio de la armonía occidental, y sólo el sentido moral del evento permite comprender los efectos tónicos que resultan en un público que consigue descargarse, aunque sea momentáneamente, de algo del peso del remordimiento. El bálsamo ideológico, en forma de música, ha producido de nuevo sus efectos satisfactorios.

Notas


[1] Esto no quiere significar, contra Marx, que sean todas las ideologías igualmente perversas, falsas u opresoras. Tal conclusión habría de apoyarse en la abstracción del contenido efectivo del sistema de ideas que ampara la existencia de un poder determinado, así como de la naturaleza misma de tal poder, y, en última instancia, en una premisa mayor absolutamente injustificada, pero aceptada plenamente por ciertas corrientes de pensamiento judeo-cristianas, como la marxista: la malignidad de todo poder terreno.
[2] Orwell, característicamente lúcido, contempla como única esperanza de libertad la existencia de la verdad. Sólo si la verdad existe, afirmo con él, hay oportunidad de ser libre, ya que la libertad es necesariamente el enfrentamiento individual con una verdad no dependiente de arbitrio ninguno. El totalitario régimen de 1984 se convierte en inexpugnable sólo desde el momento en que la sociedad que tiraniza se convence de que la verdad es una variable dependiente de la colectividad que la piensa.

La libertad consiste en poder afirmar que dos más dos son cuatro.

[3] Queda para otra ocasión la pregunta sobre la pragmática originadora de la ideología: ¿a quién interesa tal sistema de valores? Lo cierto ahora es su existencia. Sólo una mirada a los sistemáticos intentos de eliminar de los centros de enseñanza el conocimiento riguroso, desplazándolo a favor de entretenimientos y adoctrinamiento ideológico, muestra el interés que los prosélitos de la doctrina vigente sostienen en mantener a los niños y adolescentes en la ignorancia, terreno de siembra idóneo para la fe. La manipulación ideológica, mantenida con constancia desde la temprana niñez, impide que el alumno desarrolle modos de defensa basados en el conocimiento. De esta manera, a través del sistemático escamoteo de la realidad, se crea un electorado dócil. V. Mercedes Ruiz Paz, la secta pedagógica; Grupo unisón ediciones. Madrid, 2003.
[4] España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos
de dolor y de piedra profunda para darme: no me separarán de tus altas entrañas, madre (…).
Miguel Hernández, El hombre acecha.
[5] Este mes de mayo, el ministro de defensa ha ofrecido un emotivo ejemplo de santidad al afirmar sin empacho que prefiere morir que matar.
[6] La aparición del pacifismo a ultranza es síntoma inequívoco de esta recuperación amplificada del ideal de santidad; durante la preeminencia del ideal aristocrático de santidad, la sociedad no se veía incapacitada para la acción guerrera; desaparecidos, sin embargo, los hombres superiores, la sociedad en su totalidad se hace sujeto de culpa, por lo que se ve condenada a la inacción y, si persiste, a la desaparición o la esclavitud.
Dispuestos a mantener siempre con las ciudades extranjeras relaciones pacíficas. A causa de este amor que es excesivamente inoportuno, cuando hacen lo que desean, llegan, sin advertirlo, a perder toda aptitud para la guerra, crean en la juventud idéntica disposición y están siempre a merced de sus agresores, razón por la cual no hace falta que pasen muchos años para que tantos ellos como sus hijos y la ciudad toda, a menudo sin darse cuenta, se vuelvan, de libres, esclavos.
Platón, Político, 308 a

[7] El espíritu, por llamarlo de alguna manera, suicida e imbécil que lleva a afirmar a intelectuales como Susan Sontag que el hombre blanco es el cáncer que soporta la tierra. Quizás lo más sorpresivo no es la manifestación individual de la idiotez moral, en este caso evidente, sino su institucionalización a través de premios y recompensas mediante las que la clase política ritualiza su absolución ideológica. En este caso, la intelectual nombrada fue galardonada con el premio Príncipe de Asturias en su rama de Humanidades.
[8] La necesidad de esta crítica es evidente en la facilidad con que se hace pasar como moneda legal una burda falsificación del auténtico diálogo; sería erróneo entender esta crítica como el intento de eliminar la razón en tanto se expresa en un diálogo posible, así como Kant no pretendía acabar con la razón pura al someterla a crítica. Más bien pretende reducir la razón, ya sea teorética o dialógica, a sus límites legítimos, impidiendo su expansión incontrolada a ámbitos en los que no encuentra real acomodo y se convierte en delirio visionario, como el padecido por quien concibe como posible un diálogo con quien como única argumentación posee la condena al degollamiento.

martes, 15 de octubre de 2013

Vivir y morir como experiencia imposible en la época de la ciencia.
Eduardo Abril Acero

Para Lacan, la ciencia es la ideología de la supresión del sujeto. Es aquel modo de relacionarse con el mundo, de hacer surgir un mundo, en el que todo se presenta bajo el signo de la objetividad. Dicho de otro modo, para el pensamiento científico-técnico, no hay sujetos, sino que todo se da como un objeto o no se da, es la pura nada.

Uno de los pilares básicos de la ideología científica es la concepción del sujeto cartesiano, que está en la base de todo el pensamiento moderno. El sujeto concebido en la filosofía de Descartes es un yo vacío, un yo que no se da en nada, que no se hace en ninguna tarea. Por tanto, el sujeto cartesiano es una cosificación, la cosificación de un vacío. Es verdad que este yo, a posteriori, puede dirigirse al mundo, un mundo que está ahí esperando ser aprehendido por la mirada escrutadora del sujeto, pero en su momento fundacional, no es más que un conjunto vacío, una nada cosificada, en la forma de un pensar que se piensa a sí mismo. Este gesto cartesiano no es baladí, puesto que hace del sujeto una cosa más entre las demás cosas y abre la posibilidad de una completa objetivización del ser. Abre, en suma, la posibilidad del pensamiento científico en tanto que ideología. En el pensamieno moderno, que finalmente deviene en el pensar de la ciencia, todo lo que se aparece no puede ser concebido más que como una cosa más entre las otras cosas. 

Aquí reside la condición ideológica de la ciencia: lo que es sólo es posible como objeto. Frente a este je cartesiano Lacan propone el moi, respaldado por la lengua francesa, el “moi”, que sería el “ mi” en castellano (No el pronombre posesivo), es insustantivizable. La lengua impide hacer de “mi” una cosa, “un mi”, como sí lo permite con el yo, “un yo”. El moi no puede ser un conjunto vacío, registro imaginario, que es el yo cartesiano ya que siempre está en la oración haciendo algo, inserto en una ocupación, un quehacer. Y sigue, sin embargo, abriendo la posibilidad de la subjetividad, en tanto que unidad y síntesis. Este moi lacaniano es fácil imaginarlo como el dasein heideggeriano, como un sujeto que no puede darse al margen de aquello en lo que está siendo, una permanente tentativa de actualización, una ocupación, un poder-ser, un ser-en-el-mundo.

El sujeto cartesiano, el sujeto de la ciencia, no es en absoluto sujeto, puesto que es algo que está ahí, cosificado, dado de una vez para siempre. No es potencia de nada, puesto que es un acto permanente. No se realiza en el mundo, que se abre ante sí en su acto de de hacerse en él, sino que está dispuesto ya ahí, en un mundo previamente abierto, de cosas dispuestas unas junto a las otras como las piezas de un reloj. Por eso el sujeto cartesiano, el sujeto de la ciencia, carece de interés, esto es, no se interesa, no se implica, no pelea, no defiende, no vive y no muere. Solamente deja que el mundo y él mismo, siga su curso. Pero ese curso, no nos confundamos, no es el curso misterioso e incierto del mundo, por ejemplo, la naturaleza profunda de los griegos (physis), o los inescrutables caminos de dios de los medievales. Ese curso es el de la máquina descrita por la ciencia, una máquina que, en la filosofía hegeliana termina por identificarse con la ciencia misma, como sujeto absoluto. Visto así, hay que añadir, que sería más correcto decir en la filosofía de Hegel “objeto absoluto”, puesto que, como comienzo diciendo con Lacan, la ciencia suprime todo sujeto mediante su transformación en objeto. Con ese sujeto-objeto absoluto, el mundo es planificación y desarrollo, control y seguridad, y desaparece para siempre el misterio, la incertidumbre, la posibilidad y el sujeto.

El progreso controlado, planificado, diseñado, administrado; el estado que todo lo regula, todo lo fiscaliza, todo lo somete a su ley, hasta la libre relación de las personas que en su espontaneidad y su necesidad, abren el mundo que les rodea, se relacionan e intercambian libremente; el mundo reducido a lo localizable bajo el microscopio, el scaner, el telescopio, reducido al laboratorio, susceptible de peso y medida, cuantificación y experimentación. El desarrollo del mundo contemporáneo, la llegada parece que irremediable de la época de la total tecnificación del mundo, amenaza con impedir la experiencia más humana de todas, aquello que hace de nosotros hombres: la posibilidad de ser sujetos, con todo lo que eso conlleva: vivir junto a los otros, ocupados en una tarea común, atravesada por la espontaneidad y la incertidumbre, pero morir solos, rodeados de aquellos que esperan y aguantan su llanto. Todo cuanto se aparece, bajo el dominio de la ideología técnico-científica, que Lacan llama “el discurso del amo” e identifica también con la ideología capitalista, vuelve todo en lo que estamos, una cosa intercambiable, sin valor, incluso nosotros mismos no seremos más que una máquina gastable entregada en la hora final al desguace sin lágrimas. La ideología impide de una u otra forma la aparición del sujeto, o lo que es lo mismo, la posibilidad, la espontaneidad y la incertidumbre. En suma: la vida y la muerte.  

jueves, 19 de abril de 2012

Filosofía y política.
Borja Lucena Góngora

Esta semana, feacios, he presentado por fin un proyecto de tesis doctoral. No quería dejar de decíroslo. Como casi todas las tesis doctorales que conozco, no dejará de tener un título rimbonbante: "Hannah Arendt. La crítica de las ideologías como crítica de la filosofía política".

La intención que tengo es desarrollar una precisa idea que encontré leyendo a Hannah Arendt, y que después he ido reconociendo en otros autores de lo más variopinto. El mes pasado, por ejemplo, leí a Safranski sobre el romanticismo, y ahí estaba; también Gregorio Luri, que vino a Soria a hablar sobre Leo Strauss, apuntó decididamente a lo mismo y evocó a Maimónides. Como suele pasar en estos casos, no hago más que encontrarme por todos lados con lo que estoy buscando, pero he tardado mucho en darme cuenta de ello.

El núcleo del asunto es el siguiente: hay un cortocircuito entre la filosofía y la política, una tensión inicial , quizás insuperable, que ha llevado a los filósofos a dirigirse secularmente a la política no con los ojos del político, sino con los del "amigo de las ideas". Desde Platón, y exceptuando ocasiones honrosas, el filósofo ha pensado la política como una "filosofía por otros medios", ha pretendido asimilar lo políticamente realizable a lo filosóficamente representable, ha procurado reordenar lo político en torno a categorías capaces de plasmar en su seno, no la fragilidad e incertidumbre que le son propias, sino la estabilidad y permanencia propias de los objetos del pensamiento. ¿Dónde se localiza la imposibilidad que la filosofía muestra a la hora de dar cuenta de la acción y la política? ¿Por qué la filosofía, desde su emergencia en la antigua Grecia, crece de espaldas a la realidad de la experiencia política concreta y sólo la toma en cuenta con el fin de borrar sus rasgos característicos, sustituyéndolos por los familiares al pensamiento filosófico? Esas son preguntas que tendré que intentar responder. De alguna manera.

Las ideologías políticas contemporáneas son, en el sentido apuntado, proyectos filosóficos de renovación radical de lo político, pero, en rigor, no son proyectos políticos. Sólo hay que mirar a Marx. O a la tecnocracia ambiente. Aquello a lo que aspiran es a una eliminación de lo específicamente político, marcado irremediablemente por la ambivalencia y la inestabilidad; lo que recogieron las ideologías contemporáneas de la filosofía tradicional, aunque bien es verdad que en una nueva y terrible forma, es la ambición de alcanzar una política exenta de los riesgos de la política. Comprender la amenaza que presentaron -y todavía presentan- las ideologías hacia la esfera de la política quiere decir, entonces, trazar una narración que permita descubrir en el nacimiento mismo de la filosofía política una tensión constitutiva y perdurable entre la filosofía y la experiencia política, una incapacidad generalizada del pensamiento filosófico para asumir la diferencia pregnante en lo político, así como un proyecto análogo de reconstruir la común vida humana como un campo racional, lógico, organizado.

Casi nada.

sábado, 21 de enero de 2012

Un binomio perfecto
Borja Lucena


El gobierno sobre las personas es sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción.

F. Engels, Anti-dühring

Cuando, de cuando en cuando, paro a pensar sobre el mundo de la política oficial, me siento inclinado a aceptar el desaliento como norma. Lo grave no es que lo político haya sido tomado por la puesta en escena y la representación -y digo que no es grave porque la política es siempre una forma de actuación, de manifestación y apariencia, y debe serlo para satisfacer su misma naturaleza-, sino porque cada vez se hace más patente que en todo esto no hay nada representado, nada que, en rigor, pueda ponerse ante los ojos. Hoy, los políticos del día ofrecen el espectáculo de las diferencias, de la continua repetición de gesticulaciones y palabras que ponen en escena identidades que quieren aparecer en conflicto irremediable. El bipartidismo imperfecto que nos asola -e “imperfecto” quiere decir, en suma, que padecemos todos los males del bipartidismo sin disfrutar ventaja alguna- se manifiesta como una exhibición de oposiciones teatralizadas. La función, para llegar a ser exitosa, ha de realmente convencer al público de que la lucha que se manifiesta es real, de que los ejércitos están prestos a aniquilarse, de que pronto correrá la sangre. En el seno de la comedia, los partidos políticos tienen que darse a comprender como enemigos esenciales, como dardos apuntando al corazón del adversario, unos desde la izquierda, otros desde la derecha. Buena parte de la representación descansa en la fe o en el fetichismo de las palabras: es preciso, para que el espectáculo posea el poder real de convencer e implicar al gran número, contagiar la convicción de que las coordenadas espaciales -derecha/izquierda- nombran una disociación territorial real, como el caso de dos ejércitos que se lanzan el uno sobre el otro precisamente porque ocupan regiones distintas que los caracterizan topológicamente como antagonistas. La comedia se repite día tras día, pero, cuanto más enfatizan los contendientes las diferencias, más se pone en claro que las actualmente significativas son sólo diferencias coreográficas. La emulación en la agresividad, el acaloramiento mutuo, el señalamiento de la perversidad del contrario, simultaneados desde los polos antitéticos, manifiestan la identidad de la imagen en el espejo, que, frente a la inversión de los gestos y las palabras, revela lo mismo. O casi lo mismo. PP-PSOE.

La política, en todo esto, ha desaparecido. O mejor, ha quedado reducida a su esquema mínimo, a su esqueleto estrictamente necesario. Los partidos políticos representan las controversias de la política, pero la política ha desaparecido junto a toda controversia. Ha sido tomada por la necesidad, y en ésta no puede existir desavenencia alguna. Los desacuerdos escenificados, las discrepancias proyectadas en las pantallas o transmitidas por la radio, las disparidades personales actúan como si fueran políticas, pero no pertenecen en absoluto a este ámbito. Al fin y al cabo, todos repiten que se hará lo que sea necesario hacer, con temblor o sin temblor de manos. EL histrionismo de la puesta en escena se agudiza a medida que los partidos ponen en realización medidas políticas indistinguibles, es decir, que bien pudieran pertenecer al contrario irreconciliable si vinieran acompañadas de las palabras o las gesticulaciones apropiadas.

Al final de todo tenemos sólo la espuma de una real diversidad política, ya que cada uno de los partidos en liza se limita a llevar a cabo una parte del programa político necesario, aquella parte que puede llevar a cabo sin rebelar a su electorado sentimental, aquella parte que, por el hecho de pertenecer precisamente al bagaje declamatorio del adversario, se pone en escena adecuadamente como necesidad, y no como producto de la voluntad. La prueba de la necesidad, de que unos u otros se han visto obligados a hacer tal o cual cosa, es que no pretendían hacerlo, ya que verdaderamente repudia a la repetida declamación de sus auténticos proyectos. Veamos cómo funciona esto:

La derecha alcanza el poder, para lo cual ha tenido que declamar como derecha. Sin embargo, para sorpresa de nadie, su actividad gubernamental se despliega como podría desplegarse si hubiera adoptado la declamación de izquierda. La derecha en el poder se pone, digámoslo así, a ser de “izquierdas”, y usurpa el discurso que la izquierda oficial presentaba a los sufragios: sube los impuestos, aboga por tasas de transacción financiera, ataca a “los mercados”... Llega incluso a iniciar la abolición de las fiestas religiosas en nombre del trabajo, y todo bajo el peso de la necesidad. Nadie se revuelve incómodo en su butaca. Puede hacer lo que hace porque no quiere, porque ha sido empujada a ello por la necesidad. Si el partido antes en el gobierno hubiera tomado las mismas medidas, todo habría sido distinto: inaceptable subida de impuestos, trabas al “libre mercado”, descristianización de España y furor laicista.... Bien. Pero si ahora miramos a ese mismo partido – al representante oficial del territorio de la izquierda- comprobamos que, en su turno de gobierno, ya había realizado, a su vez, la parte del programa político necesario que su oponente de la derecha nunca podría llegar a acometer con tan exitosa franqueza: bajada de los sueldos a los funcionarios, recorte de las pensiones, indulto de banqueros condenados judicialmente por delitos significativos, desaparición del dinero público destinado a educación o sanidad y desvío de sumas ingentes a bancos y empresas privadas , cuando no a políticos del partido, a amigos y familiares... Cosas que el partido de la derecha, sin duda, no podría haber hecho con impunidad, sin subvertir a buena parte del país: en ese caso se habría hablado de un ataque sin precedentes contra la clase trabajadora, del intento de desmontar el “estado del bienestar”, de la agresión contra los mayores y desvalidos, de la connivencia con el poder financiero y de favores desvergonzados a los bancos...

Comprobar cómo cada uno de los partidos pone en práctica partes significativas del programa supuesto del adversario da a conocer, en suma, una identidad esencial, una identidad que, más allá de las diferencias representadas o declamadas, nos habla de una común causa: la de eliminar definitivamente la política -ese asunto engorroso y plagado de incertidumbres- en favor de la necesidad, es decir, de la administración y gestión de aquello en lo que no existen alternativas ni posibilidades novedosas. Cada partido se encarga de llevar a cabo una parte de lo necesario, aquella que será aceptada por un electorado paciente que confía, pero que sería inaceptable para ese mismo electorado si viniera del partido complementario. Al final no nos queda, ni siquiera, una competencia por el poder. Nos queda un binomio perfecto.

domingo, 14 de agosto de 2011

Entre la esperanza y el conocimiento.
Una reflexión en torno al pensamiento de Richard Rorty.
Eduardo Abril

Conferencia dictada en el Casino de Soria el 28 de Marzo de 2011.

El pragmatismo americano es, sin duda alguna, una de las propuestas más sugerentes de la filosofía contemporánea, y Richard Rorty es su representante actual más significativo. La propuesta rortiana pasa por un replanteamiento global de la epistemología, trazando una descripción de la relación que el hombre tiene con el conocimiento contraria a la tradición filosófica, y que le lleva a una renuncia de la filosofía y de la epistemología como tal.

La postura tradicional de la filosofía defiende que, tanto en el ámbito práctico como en el ámbito teórico, el criterio que permite superar las dificultades es un criterio epistemológico. Si echamos un vistazo, por ejemplo, a los debates técnico-científicos, como es el caso del debate nuclear, rápidamente nos damos cuenta que la polaridad de posturas radican en una posición distinta respecto del conocimiento. Los llamados “pronucleares” consideran que la energía atómica es suficientemente segura habida cuenta del conocimiento que tenemos del funcionamiento de los reactores nucleares, y achacan los errores a faltas de previsión fácilmente subsanables. Los contrarios a la energía atómica, aducen un argumento similar pero en sentido inverso, y afirman que el uso de estos recursos nos conducirá de manera necesaria a una catástrofe atómica.

En el ámbito práctico, tanto en el ético como en el político, las dificultades se reconocen también como una cuestión epistemológica. Los distintos sistemas de creencias políticas, descritas generalmente desde metáforas espaciales -izquierda o derecha- se reprochan el uno al otro que el error radica en un problema de conocimiento: el contrario parte desde una consideración equivocada del ser humano y de su relación con el mundo, y por lo tanto proponen sistemas políticos que enmascaran e impiden una vida plena, acorde con la naturaleza humana.

Desde el punto de vista ético también ciframos nuestros aciertos como una cuestión epistemológica y reprochamos a nuestra inconsciencia, a nuestra falta de claridad, los distintos errores que cometemos a lo largo de nuestra vida. Cuando formamos parte de una familia enriquecedora, disfrutamos de salud y nos desarrollamos profesionalmente de forma gratificante, nos sentimos autocomplacidos con nuestras decisiones y con nuestro pleno control sobre nuestra vida. Pero cuando sucede a la inversa y nuestra familia entra en barrena, o consideramos como un castigo nuestra actividad profesional o social, o la falta de ellas, nos reprochamos a nosotros mismos haber estado engañados, haber tomado decisiones carentes de conocimiento, haber actuado sin una visión adecuada de cómo son las cosas.

En esta triple consideración de la acción humana, es fácil ver cómo el programa cultural occidental parte de una precomprensión de nuestra relación con el conocimiento. El occidental se considera a sí mismo como el individuo en el que la acción tiene dos momentos claramente diferenciables: primero debemos disponer del conocimiento adecuado, una visión clara de cómo son las cosas y un conjunto de reglas de acción, para después aplicar técnicamente estos criterios a nuestra acción mundana. Por tanto, la disposición de un conocimiento, la apropiación de las respuestas, es un momento previo a todas las acciones. Toda la filosofía y la ciencia occidental se levanta sobre la consideración de asegurar este esquema de comportamiento.

En cambio, el pragmatismo y otras filosofías contemporáneas, se han abogado el propósito de reconstruir esta relación con el conocimiento. El modo en que el pragmatismo afronta este reto consiste en la negación de la idea más persistente de Platón: la idea de que el conocimiento es algo valioso en sí mismo. El pragmatismo niega que el conocimiento sea el objetivo último de la especie humana y por tanto anula la ética platónica que describe al hombre como un ser que busca respuestas. En cambio, el pragmatismo es una filosofía sin respuestas últimas, un modo de pensamiento que no ofrece ningún conocimiento apriorístico que oriente nuestras prácticas y que, rechaza esta visión según la cual, después de la investigación, podremos disponer de reglas garantizadas para la acción correcta.

Un ejemplo del modo de proceder del pragmatismo lo encontré hace algunas semanas en una tertulia radiofónica dedicada a la economía política; un oyente le reprochaba al Doctor Rodriguez Braun, un profesor de economía de la universidad Complutense, conocido por su apasionada defensa del liberalismo, que mientras que el socialismo nos ofrece un modelo de estado, nos dice en qué debemos gastar el dinero para organizar la sociedad, el liberalismo no nos dice mucho acerca de esta cuestión y parece ser sólo una fórmula fácil de crítica; el oyente a continuación le pedía al profesor que diera cuál era su postura, en qué gastaría el dinero. La respuesta del Doctor fue típicamente pragmatista: dijo que no tenía ni idea. Respondió que lo que él defendía era precisamente que el estado debería ser como los ciudadanos vayan decidiendo a medida que se presenten los problemas, pero de antemano no tiene por qué haber un prediseño de cómo deberían ser las cosas antes de que comencemos el juego. La respuesta del profesor, más que una respuesta liberal, es a mi modo de ver, una respuesta típicamente pragmatista, dado que el problema no se presupone anclado a un criterio epistemológico.

En la línea de este ejemplo, el pragmatismo no pretende decirnos cómo debemos hacer, ni nos ofrece una fórmula infalible de cómo debe ser nuestra relación con el mundo, sea técnicamente, políticamente o éticamente. Los pragmatistas como Rorty defienden que lo que hará buenas a nuestras decisiones no es el hecho de que tengamos un conocimiento asegurado o verdadero, sino el hecho de que en el futuro las cosas vayan mejor, es decir, nuestras decisiones hayan mejorado nuestras vidas en algún respecto, asuntos que no son fáciles de averiguar a priori. Por eso Rorty señala que puede decirse del pragmatismo lo mismo que Novalis decía del romanticismo, que es la apoteosis del futuro.

Sin embargo es tan habitual considerar al ser humano como un ser que tiene una relación especial con el conocimiento, que lo concebimos como un hecho inapelable. Consideramos que el hombre es el ser cuya esencia consiste en la posibilidad de conocer la realidad, y por eso nos describimos a nosotros mismos resaltando nuestras cualidades cognoscitivas, Homo sapiens, el hombre sabio, el ser que conoce. Fieles a esta creencia asumimos como nuestra forma de ser, nuestra esencia o naturaleza, la idea de que los seres humanos primero conocemos el mundo, y después actuamos en base a este conocimiento.

La postura tanto del pragmatismo de Rorty como de autores como Heidegger, va a ser la consideración de que esta forma de entender al ser humano y al conocimiento, no corresponde con nuestra esencia, sino que esto no es más que una forma contingente de actuar en el mundo y por tanto históricamente determinada. Del mismo modo que los ingleses inventaron en el siglo XIX a los futbolistas, y sólo cabe ser futbolista desde que ocurrió este evento, los griegos inventaron en torno a los siglos sexto y cuarto, al hombre racional, el homo sapiens, y sólo cabe considerarse así desde esta aparición.

Para explicar cómo se produjo este invento, actuaré haciendo algo que Rorty hace alguna vez en su filosofía, voy a trazar un símil extraterrestre. Imaginemos que una civilización alienígena envía a un equipo de investigadores a nuestro planeta con el fin de recabar información sobre nosotros. El propósito de estos investigadores estelares consiste en elaborar un informe exhaustivo sobre los humanos, con vistas a escribir la entrada “hombre” en una hipotética enciclopedia intergaláctica en la que estarían recogidos todos los seres de la galaxia.

Para hacer su trabajo, seguramente el modo de proceder de estos extraños científicos sería baconiano: se trataría de elaborar una lista de todas las actividades que hacemos los seres humanos con la esperanza de que la información nos oriente a la hora de redactar la entrada. Puesto que los investigadores no disponen de ningún criterio para distinguir lo que sería información relevante de lo que no lo es, están obligados a registrar toda la información de modo que no se les escapase ninguna de las acciones humanas. Es de suponer que la lista de actividades sería prácticamente inabarcable y con toda seguridad sería cambiante.

Pero algo de lo que podrían darse cuenta estos investigadores estelares es que la mayoría de estas actividades son acciones regladas, actividades que se hacen de acuerdo a ciertas pautas, ciertas reglas, puesto que son acciones que implican el concurso de muchas personas que actúan coordinando sus acciones. Para comprender esto, podemos acudir al concepto de Juego, que ya usó Wittgenstein para describir al lenguaje. Los juegos consisten en un conjunto de actividades diversas que tienen propósitos diferentes y reglas diferentes para alcanzar estos propósitos; lo interesante de ver las distintas actividades humanas como juegos radica en que este concepto no reduce el tipo de prácticas humanas a un número limitado de ellas, dado que la lista de juegos, actividades regladas con distintos propósitos, puede ser prácticamente infinita. Desde esta perspectiva podemos considerar, por ejemplo, que es lo mismo jugar al futbol, buscar la amistad de un vecino, dedicarnos a la actividad científica o a la práctica de la conversación filosófica. Todas estas conductas cumplen con ciertos propósitos e implican la utilización de ciertas reglas.

Pues bien, una vez los alienígenas hubieran terminado de escribir la lista de los juegos humanos tendrían la misión de redactar una definición. Y teniendo en cuenta que estos extraterrestres no disponen de ningún criterio que les permita decidir cuáles de estos juegos son más importantes, cuales son verdaderamente esenciales o definitorios, tendrían que actuar tomando decisiones extrínsecas a la propia investigación, o lo que es lo mismo, deberían elegir en base a sus preferencias personales. Si no lo hicieran se verían obligados a establecer una entrada en la enciclopedia galáctica consistente en una lista enorme de actividades humanas junto a una nota que explicase que los seres humanos son los seres que realizan algunas de estas acciones, algo que que estaría lejos de considerarse como lo que habitualmente entendemos como una definición. Entendemos que una definición debe referirse a un conjunto limitado de rasgos esenciales, aquello sin lo cual ya no estaríamos hablando del objeto definido. Pero nos damos perfecta cuenta que, cuando tomamos al ser humano en base a las cosas que hace, y no a las cosas que de forma apriorística consideramos que “es”, una definición de esta clase parece imposible, a menos que elijamos en función de nuestras preferencias qué prácticas vamos a considerar como importantes, lo que en sí mismo consistiría una práctica más, la practica de la definición esencialista.

Pues bien, la filosofía equivale al sueño de creer que este tipo de definiciones son posibles, y no como meras prácticas entre prácticas. Este sueño se condensó de forma efectiva en el pensamiento platónico. Platón es el equivalente humano a este equipo de investigadores alienígenas dispuestos a hacer una definición lo más reducida posible del ser humano. Por decirlo de un modo claro, Platón es quien pone de moda, una moda que se mantiene ya 2500 años, la idea de que las cosas, aunque tengan innumerables características, pueden reducirse a un numero limitado de elementos esenciales.

Podemos reconstruir el proceso por el cual esto acaeció en la filosofía platónica y escribir el relato de cómo Platón llegó a la consideración de que las cosas disponen de esencias y por tanto son definibles de manera absoluta. Seguramente Platón y los primeros filósofos se dieron cuenta de que estas actividades humanas describibles y sometidas a reglas se orientan siempre a un propósito y, por tanto, están sometidas al acierto y al error. Acertamos cuando cumplimos con el propósito establecido y nos equivocamos cuando no lo cumplimos. Pero este “acertar” o “equivocarse” solamente tiene sentido cuando estamos jugando a un juego determinado, dentro de ciertas prácticas regladas en las que se ha establecido previamente qué vamos a entender como acierto y qué vamos a entender como error. Si esto es así, significaría que no existe un modo absoluto de acertar. Cuando un perro juega a desenterrar huesos y da con una mina antitanque ha fallado, pero cuando es un soldado buscando minas con un detector de metales, decimos que ha tenido éxito. En cada caso las reglas de los distintos juegos son relativas a cada juego y resulta del todo imposible realizar distintas actividades humanas si no tenemos en cuenta este hecho.

La filosofía platónica fue el propósito de unificar todas las reglas de todas las acciones humanas en un único conjunto de superreglas. Platón supuso que puede existir un mismo modo de jugar cada uno de estos juegos que garantice el acierto y nos evite el error en todos los casos. Y para esto Platón se va a fijar en una de las prácticas a las que los seres humanos solemos jugar, las matemáticas. ¿Qué es lo que tienen las matemáticas que le impresionó tanto?. En principio, las matemáticas pueden considerarse como una más entre las cosas que hacen los hombres, un juego entre otros juegos, consistente en hacer algo con ciertas marcas, ciertos símbolos, de acuerdo con unas reglas establecidas. Históricamente hablando este juego con marcas estuvo asociado a la agrimensura, a la contabilidad y a la música, pero van a ser los griegos los que lo conviertan, además de todo esto, en un juego formal. En manos del espíritu griego este jugar con marcas pasó de servir a propósitos externos para pasar a convertirse en un juego autoreferencial, es decir, una actividad teórica.

Y será esta característica formal o teórica lo que convierte esta actividad en distinta de las demás prácticas, llamando la atención de Platón; en la mayoría de cosas que hacemos los seres humanos, las acciones que tenemos que hacer para lograr lo que previamente hemos considerado como un acierto, son bastante imprecisas. Pensemos por ejemplo en las prácticas sociales destinadas a ganarnos el favor de las personas que nos rodean. Imaginemos que queremos conseguir el afecto de un vecino; seguramente desarrollaremos toda una serie de conductas que en nuestra cultura están destinadas a lograr este tipo de aciertos: seremos cordiales, abusaremos de la sonrisa, buscaremos temas de conversación afines, incluso puede que nos presentemos en la puerta de su casa con un pastel. Pero es posible que, aún cuando despleguemos todas nuestras artes de seducción, no logremos la cordialidad buscada. En la mayoría de los juegos humanos, por tanto, el conocimiento y aplicación de las reglas, no garantiza el acierto, aunque disponen la situación en la que el acierto puede ser considerado como tal. Si jugamos al fútbol, no basta con conocer las reglas de juego para ganar, igual que no basta con cumplir con las normas sociales de cordialidad para lograr el afecto de los demás; seguramente hay que tener en cuenta muchas circunstancias que podemos controlar y muchas que son imprevisibles.

Pero en el caso de las matemáticas esto no ocurre. En este tipo de juego que podemos llamar “teorico” o “contemplativo”, el acierto ya viene dado por la aplicación de las reglas, puesto que el acierto coincide con este uso normativo. Puede decirse que la aplicación de las reglas garantiza el acierto o son en sí mismo el acierto. Esto es así porque en las matemáticas el juego no consiste en realizar un tipo de acciones y esperar un resultado, sino que el resultado consiste precisamente en la aplicación correcta de las reglas. Por decirlo también gráficamente: si sumamos dos y dos, no albergamos la esperanza de que el resultado sea cuatro, dado que cuatro se define entre otras cosas como la suma de dos y dos. En las matemáticas es la acción la que produce el resultado, puesto que el resultado no es más que el correcto uso de las reglas. Trasladando este esquema de actuación a otras prácticas, equivaldría a defender cosas como que el acto de escarbar en el suelo por parte de un perro, crease el hueso que está buscando.

El resto de las conductas no suelen ser así. En las prácticas sociales, por ejemplo, el mero hecho de ser cordial y amable con los demás no significa que contaremos con su afecto, y tampoco el hecho de cumplir con las reglas establecidas en un partido de fútbol es equivalente a ganarlo. En el caso de las matemáticas, y esta es la clave, el acierto viene dado por el uso correcto de las reglas. O lo que es lo mismo: el conocimiento es lo que determina el acierto y elimina la incertidumbre, mientras que la ignorancia y el desconocimiento es lo que explica el error y la duda.

Platón, impresionado con este poder del matemático para evitar a priori la incertidumbre y el error, imaginó que todas las prácticas humanas pudieran realizarse según este esquema. Esto equivaldría a simplificarle en extremo el trabajo a aquellos imaginados investigadores galácticos, dado que ya no seríamos unos seres que realizan una multiplicidad inabarcable de acciones, puesto que todas ellas podrían ser reducidas a una sola superactividad, ser ejemplo de un único modo de acción: las matemáticas. De esta forma define al hombre como “matemático”, o lo que es lo mismo, atendiendo a la etimología de la palabra, como “el que sabe”. El ser humano es aquel ser, que si dispone del conocimiento necesario, conoce las reglas adecuadas y su aplicación, entonces es capaz de diseñar una vida carente de incertidumbre y error. Platón inaugura, por tanto, esta forma de comprender al ser humano y de ser hombre, según la cual primero disponemos del conocimiento y después aplicamos este conocimiento a nuestra relación con la realidad.

Lo importante de este esquema es que describe nuestra naturaleza en relación con el conocimiento. Hay dos tipos de hombres, los que conocen y experimentan una relación verdaderamente esencial con la realidad, y los que desconocen, los ignorantes, cuya relación con la realidad está viciada, es aparente, está falseada, no es originaria. Nos está diciendo que, por ejemplo, cuando los hombres nos dedicamos a actividades como las matemáticas o hablamos tal y como lo hacen los filósofos, según el esquema de conversación que describe en sus diálogos, o lo que es lo mismo, cuando practicamos ciertos juegos, estamos siendo hombres con todo el sentido de la palabra, dado que tenemos una relación verdadera con la realidad. Pero cuando nos entregamos a otras actividades, como puede ser el trabajo material, la artesanía, la agricultura o la política de acuerdo con otras reglas, entonces nuestra relación con la realidad se ve impedida.

Al establecer como esencia fundamental humana el conocimiento, Platón da comienzo a la filosofía y a la racionalidad europea, o lo que es lo mismo, quedan configuradas las creencias básicas de lo que hemos llamado el “homo sapiens” el hombre racional. Ser racional consistiría en pensar de acuerdo ciertas distinciones categoriales, que Derridá llamó “distinciones binarias del pensamiento occidental”. Tales distinciones disponen la comprensión del mundo respecto de categorías polares, tales como la diferenciación entre conocimiento e ignorancia, la que establecemos entre apariencia y realidad, y la separación de verdad y mentira.

Si adoptamos la perspectiva de las prácticas, el conocimiento como una serie de prácticas o de reglas para la acción, no podemos distinguir tajantemente entre sabios e ignorantes, ya que no existen sabios e ignorantes, sino usuarios de unas prácticas y usuarios de otras. Sin embargo la filosofía pensó que se puede estar en una situación de conocimiento y ser un sabio, o de desconocimiento y ser un ignorante.

Esta primera distinción nos lleva a la segunda. Si hemos distinguido entre los sabios y los ignorantes, surge un problema fundamental: ¿el conocimiento -las prácticas- de los ignorantes qué son? Platón nos contesta diciéndonos que no son estrictamente conocimiento, es mera apariencia. Así Platón inventa también la distinción absoluta entre apariencia y realidad; la idea de que podemos vivir engañados, o podemos ser conscientes de las cosas del mundo tal y como son. Y no es que no ocurra que tomemos por reales asuntos que descubrimos que son sólo aparentes. Pero estas consideraciones, como ya dije al principio, sólo tienen significado cuando las usamos dentro de un juego concreto en el que la distinción haya sido precisada de antemano. Por ejemplo, podemos entender que a nuestro perro le pareció que en esa zona del jardín había un hueso pero no era real. Pero esto es completamente distinto a cuando decimos que tal amigo nos pareció honesto cuando en realidad es un pájaro de cuidado. En el primer caso hay unas reglas que nos permiten distinguir la apariencia de la realidad y en el segundo hay otras. Platón supone que podemos hablar de la apariencia en sentido absoluto y la realidad en sentido absoluto.

Y por último, estas dos primeras afirmaciones nos permiten entender la tercera distinción, la de verdad y mentira; Platón también es el responsable de que los occidentales hablemos en los términos que lo hacemos de “verdad y mentira”. Y podemos comprender perfectamente qué es lo que llama Platón “Mentira”, es el conocimiento aparente del ignorante. En cambio el conocimiento del sabio es el conocimiento verdadero, del que procede según las reglas de la racionalidad que ya Platón se ha encargado de establecer.

Ustedes me dirán que Platón no ha inventado la verdad y que hay cosas que son verdad y cosas que son mentira. Yo les diré que por supuesto, pero no en los términos que los plantea la filosofía. Lo que sea verdad o mentira es algo que sólo tiene significado dentro de un juego o práctica determinada. Por ejemplo, el enunciado “el coche es rojo” es verdad porque previamente hemos establecido que consideraremos verdad oraciones de este tipo cuando se correspondan con nuestra experiencia. Esto se ha establecido en una tradición lingüística y se mantiene seguramente porque juegos de este tipo nos resultan útiles a todos. Nos viene muy bien que todos conozcamos el acuerdo cuando hacemos comunicaciones del tipo “te pasaré a buscar en mi coche rojo”. Sin embargo en otros juegos los acuerdos acerca de qué consideraremos verdad y mentira son más imprecisos o simplemente no están. Por ejemplo cuando decimos “el debate de investidura lo ha ganado el presidente del gobierno”. En este tipo de enunciados, puesto que no llegamos fácilmente a un acuerdo, tendemos a ser Platónicos. Pensamos que nosotros identificamos claramente la realidad mientras que otros ven exclusivamente las apariencias, viven engañados por la ideología. Rorty nos diría que en esos casos lo que ocurre es que jugamos a juegos distintos. Sucede lo mismo que ocurriría cuando ponemos a buscar drogas en un aeropuerto a un perro que no ha sido entrenado, que no sabe jugar al juego de buscar droga. Cuando el perro encuentra un hueso se alegra, pero el policía se decepciona.

EL CONOCIMIENTO DESDE UNA PERSPECTIVA NATURALIZADA.

Frente a la perspectiva griega que vamos a heredar los occidentales consistente en pensar que el conocimiento es una relación más penetrante con la realidad, una visión clara del mundo, y que engendra la distinción entre sabios e ignorantes, los pragmatistas americanos, tomándose en serio a Darwin, conciben el saber como un producto natural.

Desde la descripción que hace Darwin de la evolución humana, el conocimiento se comprende como un conjunto de pautas para la acción que han desarrollado las diferentes especies para hacer frente a las necesidades de la vida; esto equivale a la descripción que hemos hecho al comienzo de la charla de las prácticas humanas como actividades regladas. Si entendemos que tanto los animales como los hombres actúan en el mundo de acuerdo con una serie de pautas de acción, resulta difícilmente explicable defender que algunas de estas pautas sean valiosas en sí mismas y no por los beneficios que conllevan, como tampoco podemos distinguir de qué modo unas pautas puedan ser más verdaderas que otras.

Escuchamos a Darwin cuando nos explica cómo se generó en nosotros la postura erguida, cómo la liberación de las manos nos permitió fabricar instrumentos, o cómo los pájaros desarrollaron alas a partir de las extremidades de los dinosaurios. Pero tomarse en serio a Darwin consiste en considerar que no hay diferencia entre hablar de un producto como unas alas o un sistema digestivo, y hablar del conocimiento. No hay forma de entender cómo a lo largo de nuestro desarrollo evolutivo los seres humanos desarrollamos algo así como la filosofía o las matemáticas, entendidas teóricamente.

La perspectiva pragmatista de Rorty va a naturalizar el conocimiento y lo va a considerar como un producto más de nuestra evolución. Las diferentes creencias, así como cualquier otro conocimiento de cualquier índole, no son más que un conjunto de pautas de acción que se han ido seleccionando en virtud a las cosas que nos permiten hacer. Esto es válido tanto para la medicina hipocrática, para la filosofía platónica, para la física cuántica o para la construcción de centrales nucleares. Igual que los pájaros tienen alas para volar, los hombres desarrollamos el conocimiento para hacer algo con él. Y del mismo modo que no podemos hablar de que un martillo sea más verdadero que un destornillador, tampoco podemos preguntarnos si un conjunto de creencias representa mejor la realidad que otro conjunto de creencias. A lo sumo podemos decir que ciertas pautas de acción, ciertos juegos, se mantienen en la medida en que nos proporcionan un beneficio determinado. Pero no tendría sentido preguntarse, de acuerdo con la postura pragmatista de Rorty, si la física de Newton es más verdadera que los dogmas de la religión cristiana, o menos verdadera que la teoría cuántica. Sencillamente son pautas diferentes de acción, con propósitos diferentes y reglas diferentes. Por eso, si queremos construir un puente es tan inútil tener en cuenta los dogmas cristianos como los cálculos cuánticos; si queremos diseñar un ordenador es inútil que consideremos la gravedad newtoniana o las verdades de la fe; y si queremos promover la compasión entre los hombres, no nos servirá para nada ni la cuántica ni la gravitación universal, pero seguramente sí la religión cristiana. Por decirlo en los términos de Rorty: verdadero es el nombre que usamos para designar a cualquier creencia que resulte ser buena como modo de interactuar con el mundo. Algo que decimos que no es verdadero es aquello ante lo que más vale ser precavidos pues no es una creencia de la que podamos estar seguros, o que habitualmente nos permita una buena forma de relacionarnos con el mundo.


METAFÍSICA Y PRAGMATISMO.
La verdad se encuentra – la verdad se construye.

La actitud metafísica, o la actitud platónica podemos decir, sería la actitud de pensar que la verdad es algo que está ahí fuera que hay que hallar, que hay que encontrar. La filosofía nos dice que si somos racionales, si respetamos un método, si no nos dejamos llevar por nuestros deseos, o cualquier otra consideración, entonces daremos con la verdad. Decir que el conocimiento o la verdad se descubre, en lugar que se construye, es decir que el mundo, la realidad, puede guiar de algún modo lo que los seres humanos podemos hacer en esa realidad. Cuando tenemos una actitud Platónica afirmamos cosas como que Galileo y Copérnico descubrieron una verdad, que la tierra gira alrededor del sol. O que Newton descubrió una de las fuerzas de la naturaleza, la gravedad, o que Plank descubrió que las partículas son cantidades discretas de energía.

La postura pragmatista nos dice que la verdad no se halla, sino que se construye. Desde de Rorty, lo que hicieron estos científicos no fue más que redescribir la realidad usando palabras distintas, sistemas de creencias distintos, inventaron nuevas pautas de acción que nos permitieron hacer a los seres humanos cosas diferentes que nos permitían otras descripciones. No ocurre, según Rorty, algo que pone de manifiesto en libro de Kuhn “la estructura de las revoluciones científicas”, que hay un progreso en dirección a estar cada vez más cerca de la verdad y cada vez más lejos de la superstición, de la ilusión, de la mentira.

Si los europeos en un momento dado comenzamos a creer en el dios cristiano y en los distintos dogmas de fe del cristianismo, no fue porque el cristianismo, como conjunto de creencias, nos revelase una verdad más profunda que otros conjuntos de creencias. Fue fundamentalmente porque nos sirvió a los europeos para hacer algo que en un momento dado consideramos importante. Y si en otro momento comenzamos a considerar las creencias cristianas como supersticiones frente a las verdades de la mecánica de Newton, no fue porque la ciencia nos proporcione un conjunto de verdades más profundas que el cristianismo, sino que seguramente comenzamos a querer hacer otras cosas a parte de las que podíamos hacer hablando sólo como cristianos.

Decir que un producto como la ciencia es más racional o más verdadero que la religión, desde la perspectiva naturalizada de Rorty, sería semejante a que dijéramos que es más racional o más verdadera la postura erguida de los hombres frente al serpenteo de los reptiles. Pero lo cierto es que una cosa y otra sólo responde a propósitos y necesidades diferentes. La evolución biológica siempre produce nuevas especies y la evolución cultural siempre produce nuevas creencias. Pero no hay una cosa tal como "las especies que la evolución tiene en mira", ni una cosa tal como "la meta de la investigación" entendida como verdad.

Les voy a explicar esto utilizando un ejemplo práctico, lo que ta bien me permitirá sacar esta charla del debate epistémico e ir acercándome a temas prácticos. Los dos grandes sistemas léxicos de la política serían por un lado las creencias socialistas y por el otro las creencias liberales. Podemos intentar pensar estos dos léxicos no como distintas posiciones acerca de cómo deberíamos organizar la sociedad, lo que nos haría caer en la tentación de pensar que uno es más verdadero que el otro ya que se ajusta más a la realidad o a la esencia humana. O podemos comprenderlos como herramientas distintas que pretenden cosas distintas, algo que seguramente nos permita rebajar nuestra beligerancia con respecto a cada uno de ellos.

El léxico liberal, como ustedes saben, se desarrolló en el siglo XVIII como resultado de un trabajo colectivo, el de los ilustrados, que poco a poco fueron adoptando nuevos hábitos lingüísticos, nuevas formas de hablar. Los ilustrados hablaban del hombre en términos de libertad individual, mérito personal, individualismo, Racionalidad. Este léxico se enfrentaba al que se había generado en el ámbito de la religión cristiana y que describía al hombre en términos de pertenencia a una gran familia patriarcal. Para el cristianismo todos los hombres son vistos como miembros de una familia en la que Dios representa la figura de autoridad y de amor, y los hombres se consideran como hermanos. Este léxico, a ojos de Rorty, tenía la virtud de promover conductas como la compasión, pero a la vez también describía en términos positivos la sumisión, la obediencia, la mansedumbre. A los hombres que vivieron la edad moderna que culmina con los ilustrados, seguramente el léxico cristiano, bueno para generar actitudes de compasión y hermanamiento, resultaba inútil dado que el tipo de cosas que ellos querían hacer no era de esa índole. Los ilustrados querían generalizar las pautas de acción que empezaron a ponerse de moda durante el renacimiento, donde los hombres se sintieron más interesados en explorar sus capacidades individuales, que en formar parte de la gran familia humana. De esta forma, los ilustrados fueron generando poco a poco un sistema de creencias en el que el hombre era visto como un ser libre, dotado de razón con una capacidad enorme de acción y donde el antiguo Dios cristiano se redescribía como arquitectum dei.

Es Kant quien mejor va a saber tejer el nuevo léxico liberal que queda condensado en el famoso lema “sapere aude”, atrévete a pensar. Kant nos presenta al hombre como un ser dotado de una voluntad libre que se da a sí mismo la ley, es decir, que desde sí mismo elige las propias reglas de su acción. Podríamos pensar que este “darse a sí mismo la ley” es una defensa de la creatividad, de la imaginación, de la espontaneidad, pero lo cierto es que no es el caso. Lo será cuando los poetas románticos generen el léxico del romanticismo. Kant propone dos ámbitos en los que el hombre puede determinar por sí mismo las reglas de su acción; por tanto lo que está proponiendo es dos modos paradigmáticos de hombre. Estos dos ámbitos son el teórico y el práctico. Para ser más explícitos, el hombre cuando se ocupa de conocer y cuando se ocupa de su vida diaria, relacionándose con otros hombres. Cuando se trata de alcanzar la verdad el modo paradigmático de ser que Kant trata de generalizar, es el científico Newtoniano, el investigador que realiza su acción conforme al método científico generado por Galileo y Newton. Por eso, en la sociedad liberal surge la figura del “experto”, que es quien soluciona los problemas epistémicos.

Y cuando se trata de la vida práctica, Kant propone como modelo de hombre lo que podríamos llamar el “gentleman inglés”. Es decir, un hombre desapasionado, que no se deja llevar por sus inclinaciones y se comporta cumpliendo con sus obligaciones de forma voluntaria, libre. Estas obligaciones no van mucho más allá de respetar las leyes y pagar los impuestos. Es un hombre que puede dedicarse a sus asuntos privados con total libertad siempre y cuando cumpla con sus obligaciones cívicas. El resultado es el tipo de hombre que demandarían las futuras democracias liberales: hombres poco beligerantes y cumplidores de la ley que encuentran su felicidad en tal cumplimiento y en la reserva de un ámbito privado, dejando la solución de los demás asuntos a los expertos cualificados.

El léxico socialista, en cambio, nace con otros propósitos y se genera también por el concurso de muchas personas, muchas veces ilustrados, pero produce un modo distinto de hablar, pautas de acción diferentes a las generadas entre los liberales. Seguramente el léxico liberal fuera muy útil y beneficioso a las clases más favorecidas del siglo XIX, pero también resultasen completamente inútiles para las clases más pobres. De nada le sirve a una persona creer en la individualidad, la libertad personal y la racionalidad universal, cuando estas creencias no generan ninguna diferencia significativa en sus vidas. El obrero empleado en las fábricas textiles inglesas no tenía ningún poder real en la mejora de sus condiciones miserables de vida que tuviera que ver con el léxico liberal. La capacidad de acción de este tipo de trabajadores nada tenía que ver con la individualidad, y sí con la colectividad. Nos cuenta Marx que la organización como colectivos entrenados en fábricas les otorga cierto poder; los obreros de forma individual carecen completamente de acción, pero como pertenecientes a miembros de una cadena de montaje, en tanto que colectividad, poseen un poder importante. En el pensamiento marxista esta realidad se describe como proletariado. Hablar de los hombres en términos de proletariado es seguramente una de las claves fundamentales del léxico marxista y por tanto del léxico socialista. Permite describir la acción humana en lugar de en términos individuales, hacerlo en términos colectivos. Pero Marx fiel a la lógica platónica, no se limita a señalar que el hombre puede describirse, además de muchas otras formas, según su pertenencia a un colectivo. Marx se empeña en ser esencialista y señalar que el modo propio de ser hombre es la acción colectiva. La acción individual propuesta por el lexico Kantiano se convierte en apariencia, o en términos marxistas, en alienación.

Si en el léxico liberal el hombre paradigmático es el burgués ocioso, al que se le puede tolerar cualquier acción mientras sea respetuoso con la ley y pague sus impuestos, en el léxico socialista el modo paradigmático de ser hombre, es el trabajador miembro de una cadena de producción que toma conciencia de su poder colectivo y se convierte en revolucionario. Ninguna de estas definiciones, el trabajo colectivo o el ocio individual, son aproximaciones más verdaderas o más falsas que la otra. Únicamente son dos modos de actuar en la tierra no excluyentes el uno del otro y que el léxico liberal y socialista elevan a modo paradigmático de acción. Tanto uno como otro podemos comprenderlo como un conjunto de pautas de acción que nos permiten a los hombres hacer cosas diferentes. Podemos actuar de acuerdo a fantasías e intenciones privadas, pero también podemos actuar como integrantes de una acción colectiva al modo de una cadena de producción.

Los problemas entre estas dos formas de acción surgen cuando se procede metafísicamente desde la consideración de que cada una de estas acciones se puede considerar el modo paradigmático de acción humana, como la esencia humana. Puesto que debe haber una esencia humana y desde cada uno de estos léxicos esa esencia es enunciada en sus propios términos, las desviaciones del modelo son tachados de irrealidad, ideología, engaño o alienación. Para los liberales, la esencia humana pasa por la individualidad y para los socialistas la esencia humana tiene que ver con el trabajo colectivo. Dicho de otro modo, desde la lógica liberal, todo lo que no sea ser un gentleman o un científico nos convierte en brutos y esclavos. Y para los socialistas todo lo que no sea ser un trabajador colectivo y un revolucionario, nos convierte en alienados opresores u oprimidos.

Es por eso que para los liberales un sistema socialista en el que el individuo parece disolverse en la colectividad, y se censuran los propósitos individuales, no es más que un modo de esclavitud, una ideología destinada a esclavizar a un número creciente de personas. Y para los socialistas, un sistema de convivencia liberal aliena al hombre, lo aleja de su esencia colectiva, le hace vivir disgregado y aislado del resto de la sociedad y por tanto alienado.

La forma en que nuestras sociedades consideran que se superarán estas supersticiones e ideologías, ya sea que desde la lógica socialista se quiera escapar de la alienación, o desde la lógica liberal se trate de no caer en la esclavitud, es la llamada actitud crítica. Esto es lo que se les explica a todos los estudiantes de bachillerato en este país y es una de las piedras básicas del sistema educativo. Se les dice que no deben creerse todo lo que se les dice, que deben mantener una actitud vigilante, que deben poder argumentar sus posturas. Esta capacidad argumentativa es lo que les protege de ser engañados por la superstición y la ideología. Pero lo cierto es que, dicho en los mismos términos, esta actitud crítica sigue siendo tan ideológica como cualquier otra creencia pues nos exime de tratar de comprender las motivaciones y los propósitos de personas que no hablan en nuestros términos: Nos lleva a la consideración del otro como irracional, y por tanto a su rechazo. Al no comprender las motivaciones y los propósitos de otras creencias, nos evita considerar que la solidaridad pueda ser una obligación moral.

El problema es adoptar la postura platónica que habla de un hombre paradigmático y nos obliga a considerar que hay unas creencias verdaderas y otras falsas. Pero si adoptamos la perspectiva que Rorty nos propone, ya no cabe que hablemos de algo así como una esencia humana.

Desde esta perspectiva ya no se trata de desarrollar un conocimiento verdadero que nos indique por dónde deberíamos desarrollar nuestras sociedades, que nos marque el camino a seguir. Se trata más bien de generar sociedades en las que sea posible la máxima variedad, que quepan todas las formas de ser que seamos capaces de engarzar. Se trataría, por tanto, de no limitarnos a considerar que los seres humanos tenemos que responder a una naturaleza concreta, tenemos que ser un hombre paradigmático concreto. Se trata de que lo que los seres humanos somos es lo que somos capaces de generar mediante nuestra acción en la tierra.

Esta sociedad de la variedad para Rorty es la democracia. Pero no es la democracia planteada por el liberalismo esencialista, una democracia en la que todos debemos ser científicos en nuestro trabajo y caballeros ingleses en nuestras relaciones sociales. Se trata de una democracia en la que realmente la libertad y la variedad en el uso de los léxicos, en las distintas formas en las que nos podemos ver los seres humanos carece de límites.

Lo que está planteando Rorty es que, en lugar de ver como paradigma del conocimiento a la ciencia y a las matemáticas, tomemos como paradigma a la poesía. Entre dos científicos que se ocupan del mismo campo cabe la contradicción. Esto es así porque los dos juegan al mismo juego y con las mismas reglas. Ocurre lo mismo que en el fútbol, que no pueden ganar dos equipos distintos el mismo partido. Pero cuando se trata de poesía no pensamos nunca que un poema tenga que ser contrario o incompatible con otro. Pues bien, se trata, por tanto, de considerar que dos hombres pueden representar un poema distinto sin que por ello ninguno de los dos tenga que estar en una escala distinta de ser hombre.

Una forma en la que me gusta entender este modo de comprender la política, consiste en imaginar el espacio público como si se tratase de un manicomio. En un manicomio están las distintas fantasías privadas por un lado y la cordura del médico por la otra. El médico tiene el proyecto de eliminar tales fantasías privadas y construir un único modo de ser, la suya, la del cuerdo. La propuesta de Rorty sería no considerar que unos están locos y otros sanos, sino en considerar que tanto los locos, como el doctor, son víctimas de una fantasía privada. Uno se cree Napoleón, otro se cree un emperador romano y otro se cree un médico que los puede curar a todos, pero todos están al mismo nivel.

El espacio político consistiría en tratar de disponer de una situación en la que ninguno de ellos tiene por qué renunciar a su fantasía sino que debe de encontrar los modos de compatibilizarla con la de los demás generando nuevas fantasías que den cabida al otro. Por tanto el problema no consiste en hacer entrar en razón a los fanáticos o establecer un lenguaje mínimo y racional en el que limar nuestras asperezas (Habermas). Sino en hacer que puedan generar estas fantasías que den cabida al otro, a las fantasías privadas de los otros.

¿Cómo hacer esto? Rorty nos dirá que no es la filosofía, sino la literatura. La literatura es lo que permite la sociedad poetizada. Sin embargo en las sociedades del conocimiento la literatura ha sido considerada como una actividad de segundo orden, algo más bien destinado a un entretenimiento infructuoso. Lo realmente importante en estas sociedades, como ya he dicho, es el conocimiento. Pero Rorty nos dice que el conocimiento, la argumentación, no sirven de nada cuando de lo que se trata es de crear una sociedad de la variedad. La razón ya sea en su versión ilustrada o en su versión socialista, únicamente promueven el hombre paradigmático, el gentleman o el proletario, pero no hacen nada por la variedad. Esta es la razón por la cual tanto el estado socialista como la democracia liberal tienen una deriva fácil al totalitarismo.

La literatura, entendida en un amplio sentido como poesía, relato, cine, teatro, nos permite comprender otros léxicos, otras pautas, otras formas de ser hombre. Y eso nos pone en disposición de hablar como ellos. La literatura es quien redescribe la realidad de tal modo que se pueden generar nuevos modos de hablar en los que se de cabida cierto sufrimiento para el que antes de hablar de este modo eramos ciegos. Rorty pone el ejemplo del respeto de las comunidades de color en Estados Unidos. No fue el discurso ilustrado que defiende que todos los hombres son iguales en virtud a su racionalidad común, lo que hizo que distintas comunidades de americanos se tomasen en cuenta. Fue sin embargo la literatura en obras como “La cabaña del tío Tom”, las que comenzaron el proceso de comprensión. Del mismo modo que no fue la jerga marxista la que hacía tomar conciencia del sufrimiento de los trabajadores asalariados, sino las novelas de Zola, por ejemplo.

Según Rorty ya no se puede recurrir al criterio de la verdad como tribunal que deslegitime las construcciones sociales despóticas e injustas que imponen los derechos del más fuerte sobre los débiles, como hacían los ilustrados. La misión de la filosofía como aquella forma de conocer destinada a denunciar la presencia de ideología, de prejuicios, de “distorsión de la comunicación” como dice Habermas, queda completamete rechazada. Lo único que puede hacerse son descripciones detalladas de tales sufrimientos y humillaciones que hiciera surgir la necesidad de reformar la sociedad para que eso no siga pasando. Pero estas redescripciones ya no las suministra la filosofía como si se tratara de un tipo especial de hombre privilegiado (caverna de Platón), sino que es tarea de intelectuales en un sentido muy amplio: periodistas, antropólogos, psicólogos, sociólogos, novelistas, directores de cine… etc. Frente al filósofo que busca la verdad, Rorty propone al poeta creador de metáforas, inventor de nuevos lenguajes que sean capaces de sacar a la luz cosas que antes no eran vistas o carecían de importancia.

Por tanto, no es la actividad crítica de la filosofía, la búsqueda de la verdad, la actitud científica la que nos previene contra el totalitarismo, es la lectura de libros y el visionado de películas. En lugar de educación para la ciudadanía, lo importante es la literatura.

Pero no piensen que Rorty al proponer esta sociedad poetizada nos está diciendo que cuando comprendamos el sufrimiento de los demás se terminarán nuestros problemas y el sufrimiento cesará. Rorty no propone una utopía política y social como sí lo pueda hacer el socialismo o el progresismo tecnológico. El hecho de poder comprender el sufrimiento de otras comunidades para lo único que servirá es para adoptar una actitud en la que la limitación de tal sufrimiento sea posible.

La generación de nuevas fantasías en las que podamos comprender a los otros , de nuevos léxicos que nos permitan relacionarnos con la realidad de distintos modos, no nos garantizan un futuro mejor; este era el propósito de las sociedades del conocimiento y Rorty nos dice que a lo sumo podemos tener la esperanza de que las creencias que tenemos ahora y tratamos de generalizar mejoren nuestra vida, aunque no sabemos muy bien de qué forma puede suceder esto. La razón es que las distintas creencias o léxicos no son herramientas manipulables al antojo; El problema que tienen las creencias, y en eso se distinguen del resto de los instrumentos, es que a priori no podemos saber para qué van a servir, para qué se utilizarán en el futuro.

Cuando en el siglo XIX los trabajadores asalariados fueron adquiriendo el léxico marxista, podían ver cómo este léxico servía para promocionar en ellos actitudes y conductas de las que antes no eran capaces. Se convierten en revolucionarios y revalorizan la acción colectiva. Pero ellos no podían prever que años después ese mismo léxico iba a servir en la Rusia estalinista como herramienta perfecta de un sistema de dominación. Del mismo modo, cuando los ilustrados fueron generalizando el léxico liberal, muchos de ellos experimentaron de qué forma el nuevo léxico les permitía tener una actitud más abierta y activa, pero no podían prever que estas creencias, años después, también iban a ser utilizado para generar las actitudes de inactividad y pasividad propias del hombre aislado y masificado que describió Marcuse. En ninguno de los dos casos se podía prever de antemano cuál iba a ser el uso futuro de esos léxicos, del mismo modo que los dinosaurios no podían prever que millones de años después, sus escamas iban a ser plumas y sus cortas extremidades alas de pájaro.

Ambas comunidades políticas creen que argumentar sus posturas consiste en apelar a los libros que dan cuerpo a estos léxicos para defender sus creencias, pero apelan a los resultados del contrario para denostarlo. Los liberales creen que para comprender el liberalismo hay que leer a Montesquieu, a Locke y a Kant, y para comprender el comunismo hay que mirar los Gulags de Stalin. Y los comunistas suelen considerar que para entender el socialismo hay que leer a Marx pero para entender el liberalismo hay que ver cómo se comportan las corporaciones multinacionales y los estados que las amparan.

Al hacer esto una y otra comunidad suele pensar que hay una conexión interna, una conexión lógica entre las creencias y los resultados. Como ya he afirmado, se suele pensar por parte de la izquierda que desde su inicio las creencias liberales tenían el propósito de hacer que grandes corporaciones económicas en el siglo XXI se enriquecieran a costa de los ciudadanos-masa. Y los liberales suelen pensar que también el pensamiento socialista y marxista ocultaba desde sus comienzos una teoría de la dominación.

Pero lo cierto, piensa Rorty, es que no existe tal desarrollo dialéctico. Este es un ejemplo más del modo de proceder del platonismo que, como habíamos dicho, pensaba que el modo propio de ser era el del matemático. Igual que hay un cálculo que lleva de unas ecuaciones a un resultado, el filósofo de esta clase cree que hay un cálculo, una dialéctica que lleva desde ciertas creencias a ciertos resultados. Pero adoptar la perspectiva pragmatista nos evita pensar de esta manera: del mismo modo que no hay una conexión dialéctica entre las manos de los dinosaurios y las alas de los pájaros, no la hay entre ciertas creencias y tales resultados. Las ideas liberales no se idearon como un sistema de alienación, ni las ideas marxistas nacieron como un sistema de dominación. Ambos léxicos nacieron como herramientas para servir a distintos propósitos y con el tiempo han servido para otros diferentes.

La propuesta del pragmatismo considera que el conocimiento sólo tiene sentido si consideramos en tipo de cosas que se puede hacer con él cuando estamos haciendo algo con él. Pero no podemos prever dónde nos conducirá en el futuro esta manera de pensar. Por eso el pragmatismo nos inquieta, dado que no nos dice qué debemos hacer o cómo nos tenemos que comportar. La actitud de Rorty respecto del conocimiento no es epistémico, sino que es una actitud ética. Rorty propone que las sociedades sustituyan la fe en el conocimiento por la esperanza de que las cosas que hagamos hoy contengan bastante de lo que nos parece importante en el futuro. Restaura, de este modo, uno de los elementos que más persistente resulta en el vivir humano: la incertidumbre. Y confía que esta renuncia del conocimiento y este restablecimiento de la incertidumbre también se traducirá en un aumento de la sensibilidad para con los demás, dado que el tratado científico se sustituirá por el poema y la novela, lo que mantiene a los hombres en una actitud de escucha de las otras voces humanas, lejos de una confianza ciega en las propias creencias.